Helado, tiburones y cómo no confundir la correlación con causalidad

En pleno verano, cuando el sol cae a plomo sobre las playas y la arena quema bajo los pies, dos cifras comienzan a incrementarse al mismo tiempo. En una gráfica, la relación parece clara: conforme aumenta la venta de helados, también lo hacen los ataques de tiburón. Las dos líneas ascienden casi al mismo ritmo, como si estuvieran sincronizadas. A simple vista, alguien podría pensar que hay una conexión directa entre ambos fenómenos. La coincidencia es tan llamativa que algún observador distraído podría incluso concluir: “Los helados atraen a los tiburones. Para proteger a los turistas, deberíamos prohibir las nieves en la playa”.

Aunque puede resultar absurdo imaginar que un helado de vainilla o una paleta de limón tenga el poder de convocar a un depredador marino desde las profundidades, este ejemplo se ha convertido en una de las formas más claras y memorables de explicar uno de los errores más comunes en la interpretación de datos: confundir correlación con causalidad.

La historia del helado y los tiburones es hoy un clásico en la enseñanza de la estadística y del pensamiento científico. Su valor no está en lo extravagante del ejemplo, sino en la lección que encierra. Que dos fenómenos ocurran al mismo tiempo o parezcan avanzar juntos no significa necesariamente que uno sea responsable del otro. Muchas veces, detrás de una relación aparentemente evidente, se esconde un tercer factor que influye sobre ambas variables al mismo tiempo. En este caso, ese factor es relativamente fácil de identificar: la temperatura.

Durante el verano, las temperaturas aumentan tanto en tierra como en el océano y ese cambio desencadena múltiples consecuencias. Por un lado, el calor favorece la venta de helados porque las personas buscan refrescarse. Por otro, también lleva a más personas a visitar las playas. Familias enteras, turistas y nadadores permanecen más tiempo dentro del mar o cerca del agua, lo que incrementa de manera natural la probabilidad de encuentros entre humanos y tiburones.

En estadística, este tipo de fenómeno recibe un nombre preciso: variable de confusión. Se trata de una tercera variable que influye sobre dos factores distintos y genera la ilusión de que existe una relación causal entre ellos. Sin considerar esa variable adicional, es fácil interpretar los datos de manera incorrecta.

Este ejemplo puede parecer obvio o incluso cómico, pero revela un problema mucho más profundo. Los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para encontrar patrones. Nuestro cerebro está diseñado para detectar relaciones en el entorno, incluso cuando éstas no son reales. Desde una perspectiva evolutiva, esta habilidad fue útil para sobrevivir: identificar conexiones rápidas podía marcar la diferencia entre el peligro y la seguridad. Sin embargo, en la ciencia, esa misma tendencia puede llevarnos a conclusiones equivocadas.

La correlación y la causalidad están relacionadas pero no son lo mismo. Para que exista una relación causal entre dos fenómenos, normalmente primero debe existir algún tipo de correlación entre ellos. Es decir, ambos deben variar juntos de alguna manera. Pero la presencia de una correlación no demuestra por sí sola que una variable cause la otra.
Existen muchas razones por las cuales dos variables pueden correlacionarse. Algunas aparecen por simple coincidencia estadística. Otras son producto de muestras pequeñas de datos que generan patrones engañosos. También hay casos en los que dos variables parecen estar relacionadas porque ambas responden a un tercer factor que no se ha tomado en cuenta.

En internet podrían abundar correlaciones absurdas: una aparente relación entre el consumo de queso per cápita y el número de personas que mueren enredadas en sábanas; o entre el gasto en ciencia y la cantidad de suicidios por ahorcamiento en ciertos años. Evidentemente, ninguna de estas variables causa a la otra. Son sólo ejemplos extremos que muestran cómo los números pueden engañar al interpretarse sin contexto.

La falta de información intermedia, es decir, de mecanismos biológicos, físicos o sociales que expliquen una relación, es una de las principales fuentes de error. Sin puentes explicativos, una gráfica puede sugerir conexiones que en realidad no existen.

Volviendo al caso de los tiburones, el ejemplo del helado puede ser exagerado pero nos conduce a una pregunta interesante: ¿existe una relación entre la temperatura del océano y el comportamiento de los tiburones? En este caso, la respuesta es sí, aunque es más compleja de lo que sugiere la broma inicial.

Diversos estudios han mostrado que el aumento de la temperatura del agua del mar está asociado con cambios en la distribución, la migración y el comportamiento de varias especies de tiburones. Estos cambios pueden influir indirectamente en la frecuencia de encuentros con humanos, sobre todo en zonas costeras donde coinciden actividades recreativas y hábitats marinos.

Uno de los factores más importantes es la migración. Muchas especies de tiburones recorren grandes distancias a lo largo del año en busca de condiciones ambientales favorables y de alimento. A medida que los océanos se calientan por efecto del cambio climático, algunas especies están extendiendo su rango hacia latitudes más altas, acercándose a regiones donde antes eran poco frecuentes.

Esto significa que playas que de manera histórica registraban pocos avistamientos podrían comenzar a observar una presencia más regular de ciertas especies. No porque los tiburones estén “buscando” personas, sino porque están siguiendo el desplazamiento de las condiciones que necesitan para sobrevivir.

Ilustración: Oliver Flores

La temperatura también afecta de forma directa el metabolismo de estos animales. Como ocurre con muchos peces, la fisiología de los tiburones está ligada a la temperatura del agua. En aguas más cálidas, su metabolismo se acelera. Esto implica que necesitan más energía para mantener sus funciones vitales y, en consecuencia, deben alimentarse con mayor frecuencia.

Un tiburón con un metabolismo más activo puede pasar más tiempo desplazándose y buscando presas. Esto no significa que se vuelva más agresivo hacia los humanos, sino que aumenta su actividad dentro del ecosistema.

Otro factor clave es el movimiento de sus presas. Los peces, calamares y otros organismos marinos también responden a los cambios de temperatura, desplazándose hacia zonas más favorables. Cuando las presas cambian de lugar, los depredadores suelen seguirlas. Si ciertas especies de peces se acercan a la costa, es probable que los tiburones también lo hagan.

La combinación de estos elementos –temperatura, desplazamiento de presas, migraciones y mayor presencia humana en el agua– crea un escenario en el que los encuentros pueden volverse más frecuentes en algunas regiones.
Sin embargo, es importante poner las cifras en perspectiva. Los ataques de tiburón continúan siendo extremadamente raros. Cada año, millones de personas nadan, practican surf o bucean en océanos de todo el mundo, y aun así solo se registran pocas decenas de incidentes.

El miedo a los tiburones suele estar muy por encima del riesgo real. En muchos países es más probable sufrir una lesión por una caída en la playa, una corriente de resaca o incluso un golpe de una tabla de surf, que ser mordido por un tiburón. A pesar de ello, la imagen cultural de estos animales como depredadores implacables ha alimentado una desproporcionada percepción del peligro.

Los científicos continúan estudiando cómo el cambio climático podría modificar estas interacciones en el futuro. En algunas regiones ya se han documentado cambios interesantes. En la costa del Golfo de México, por ejemplo, algunas investigaciones han observado un aumento en la presencia de tiburones juveniles en zonas costeras donde el agua se ha calentado en las últimas décadas.

También se ha visto que algunas especies migratorias, como el tiburón tigre, están modificando sus rutas y llegando antes a determinadas regiones costeras. Estos cambios no implican que las playas se estén volviendo peligrosas, pero sí muestran cómo los ecosistemas marinos responden a transformaciones ambientales globales.

Los tiburones, como grandes depredadores, son indicadores importantes de la salud del océano. Cuando cambian sus patrones de movimiento, a menudo reflejan alteraciones más amplias en la red alimentaria marina.

En última instancia, la historia del helado y los tiburones nos recuerda algo esencial sobre la ciencia: comprender el mundo requiere paciencia, contexto y una mirada crítica. Las gráficas pueden revelar patrones sorprendentes, pero interpretarlos de la forma correcta exige ir más allá de las apariencias. Los científicos deben preguntarse constantemente qué variables faltan en la ecuación, qué mecanismos explican las observaciones y si los patrones detectados se mantienen al analizar más datos o diferentes contextos.

La próxima vez que veas una gráfica con dos líneas que suben al mismo tiempo, recuerda el ejemplo del helado y los tiburones. Tal vez exista una relación real. Tal vez no. Tal vez una tercera variable esté moviendo a ambas desde la sombra.
Mientras tanto, puedes seguir disfrutando tranquilamente de tu helado frente al mar. Después de todo, el verdadero responsable no es el postre, sino el calor del verano, que invita por igual a humanos y tiburones a acercarse un poco más a la costa.

Alexandra Camacho Rodríguez
Bióloga egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM

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