Alfonso León de Garay: entre la Guerra Fría y la genética

Con sólo un par de años para que las Olimpiadas de México 1968 se celebraran en el país, Alfonso León de Garay sabía que no tenía tiempo que perder. Una vida entera de esfuerzos para volver la genética en México una ciencia que no solamente se entendiera, sino que también se practicara y en la que se destacara globalmente, podían culminar con uno de los estudios más ambiciosos en la historia del país.

Con el creciente interés global en el estudio de los efectos de la radiación en los seres vivos, llegó también un gran impulso en el estudio de la genética: la única ciencia ganadora en el conflicto entre ambos bloques.

León Alfonso de Garay, nacido en 1920 en Puebla, dedicó las etapas tempranas de su vida al estudio de la medicina y su trabajo profesional a la genética y la radiobiología, con un particular énfasis en promover su estudio en el país. Veía en las colaboraciones internacionales la mejor manera de intercambiar y reforzar conocimiento. Y qué mejor manera de atraer la atención del mundo entero que con las Olimpiadas que se celebrarían en México en 1968: las primeras en ser acogidas por un país “en vías de desarrollo” y que supuestamente enviarían un mensaje de paz en el contexto de la Guerra Fría. Sin embargo, para celebrar los juegos de la paz el gobierno mexicano “calló de un golpe” las voces de los estudiantes que se manifestaban en contra del autoritarismo y la represión del Estado. Así, el mundo acudió a unos Juegos Olímpicos cuyo vacuo símbolo fue la paloma de la paz.

Estas justas eran el lugar perfecto para que la Unión Soviética y los Estados Unidos compitieran de manera “amistosa” para demostrar, al menos parcialmente, la supremacía de sus ideologías. Pero León de Garay, en cambio, vio a atletas de élite que provenían de todas partes del mundo. Vio a individuos que a través de esfuerzo y genes llegaron a la cima del deporte, rompiendo récords que se pensaban inalcanzables para el ser humano y cuyo material genético escondía las condiciones que podían elevar a estas personas más allá de lo que cualquier otro pudo imaginar. Este estudio, como él promulgó toda su carrera, podría beneficiarse de apoyo internacional y de las mentes e ideas que ignoraran las barreras de las fronteras. Sin embargo, sin los recursos para hacerlo y sin apoyo de parte del gobierno o demás instituciones para hacerlo, De Garay logró contactar al Comité Olímpico Internacional que, para su sorpresa, aceptó financiar su encomienda. Así nació el Programa de Genética y Biología Humana, un estudio que buscó analizar patrones genéticos y hereditarios en deportistas de élite de todo el mundo.

Para darle al proyecto la mejor oportunidad de tener un desarrollo completo y óptimo, De Garay desarrolló dos seminarios con expertos en biología, genética y antropología de diversas partes del mundo, para planear el proyecto en conjunto. En este aspecto, De Garay ya tenía mucha experiencia. Como estudiante hizo una estancia para expandir sus conocimientos de radiobiología en Tennessee, Estados Unidos, y posteriormente en Puerto Rico. En 1959 recibió una beca de parte del Organismo Internacional de Energía Atómica que le permitió estudiar bajo la tutela de Lionel S. Penrose en el Laboratorio Galton del University College London, de Reino Unido. Estos viajes le enseñaron lo localizada que podía estar la ciencia en aquel entonces y el enorme valor que había en disolver los coágulos de conocimiento estancado. Fue también así que, de vuelta en México en 1960, fundó el Programa de Genética y Radiobiología bajo la Comisión Nacional de Energía Nuclear; en 1963 fundó el Departamento de Genética en la Escuela de Medicina de la Universidad Autónoma de Puebla; fundó y presidió en 1966 la Sociedad Mexicana de Genética, y fue profesor de posgrado en la UNAM a partir de 1965, todo esto con el interés de formar nuevos investigadores. Continuó estrechando relaciones en Inglaterra e Israel, y trajo de vuelta para sus estudiantes el conocimiento que adquirió en aquellos lugares, además de los primeros cromosomas que se estudiaron en Inglaterra para utilizarlos como material de enseñanza. Entre sus conexiones, se hizo allegado de David A. Hungerford, el codescubridor de las anomalías cromosómicas en cáncer y con quien, posteriormente, colaboraría en México. Gracias a esta coalición, De Garay pudo mandar a sus técnicos del Programa de Genética y Radiobiología a estudiar en Filadelfia con Hungerford. Siguiendo esta misma técnica, continuó enviando a sus allegados desde Estados Unidos hasta Francia.

De Garay realmente creía que la mejor manera de hacer ciencia era a través de esfuerzos transnacionales y fue gracias a ellos que el Programa de Genética y Biología Humana logró desarrollarse y estar listo para las Olimpiadas. Los laboratorios fueron instalados en Villa Olímpica, completamente financiados por el Comité Olímpico Internacional. Los estudios se dividieron en tres partes: estudios familiares que consistieron en preguntas subjetivas sobre la destreza deportiva de la familia de los atletas; análisis antropológicos, o medidas específicas de la forma y composición del cuerpo y, finalmente, estudios de caracterización genética donde se estudiaron cromosomas, grupos sanguíneos y las huellas dactilares y de palma de los competidores. Aunado a estos estudios, hubo otros que tuvieron que realizar como encargo del Comité Olímpico. Estos fueron las ahora polémicas pruebas de verificación sexual, llamadas en aquel entonces “examinaciones médicas a mujeres”. Dichas pruebas fueron las primeras de su tipo en la historia de las Olimpiadas y consistieron en estudios cromosómicos en todas las atletas para corroborar su sexo. Su origen llega de la presión de los medios estadunidenses que afirmaban que la única razón por la que las competidoras soviéticas eran más exitosas que las del bloque oeste era porque eran tan corpulentas que seguramente eran hombres en cubierto. El Comité Olímpico buscó realizar pruebas con respaldo científico como las de cromosomas, pero, debido a la naturaleza ambulatoria de las competencias, encontrar expertos calificados en países extranjeros era una idea lejana. Fue así que, como podemos suponer, la propuesta de De Garay “les quedó como anillo al dedo.”

Tanto los estudios de De Garay como las pruebas del Comité se llevaron sin mayor problema. En cuanto a los resultados, ninguna de las dos arrojó nada significativo ni incriminatorio. Ni había hombres escondidos entre las atletas ni se pudo encontrar alguna característica entre los genes, proteínas y cromosomas que escondieran el secreto de la excelencia en el deporte. Sin embargo, la filosofía de De Garay, la manera en la que hacía ciencia, demostró ser efectiva. Renombrados investigadores colaboraron con el desarrollo de su proyecto, y el conocimiento ganado se quedó en varios de los jóvenes asistentes en el proyecto, la mayoría de ellos aún estudiantes de la licenciatura y que eventualmente se volvieron parte de las primeras generaciones de investigadores en genética en el país.

Este proyecto fue uno de los primeros de su tipo en América Latina y demostró el valor de las prácticas de De Garay, además de su capacidad para desarrollar y coordinar investigaciones de esta envergadura. Gracias a todo esto, León de Garay fue invitado a formar parte del Comité Científico de la ONU para el estudio de los efectos de la radiación en los seres vivos y para examinar los efectos de la posesión y el desarrollo de armas nucleares. De Garay también fue electo ministro consejero de la Embajada de México en Austria para dar su opinión respecto a los temas recién mencionados. Esto lo llevó a enfocar sus labores en el área de la política, incluso llegando a fungir como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante el gobierno de Israel desde 1979 hasta 1983. De vuelta en México, fue nombrado director del Consejo de Salubridad, y también fue invitado por la Unesco a formar parte de los expertos que estudiaron los efectos de la catástrofe ocurrida en la central nuclear de Chernóbil.

Por su labor, León Alfonso de Garay recibió numerosos reconocimientos como el Premio a la Investigación Científica en Genética de parte de la Sociedad Mexicana de Genética, el Premio a la Investigación en Genética por parte del Instituto Nacional de Ciencias Nucleares, y el premio Juan de Palafox Mendoza por el Consejo Estatal para la Cultura del Estado de Puebla.

Tras una vida de esfuerzo para el desarrollo de una ciencia global y transnacional, Alfonso León de Garay falleció el 21 de octubre de 2002, seguramente satisfecho sabiendo que, a lo largo de su vida, una nueva ciencia se volvió una de las disciplinas mejor establecidas en el país, llenas de expertos, directores y líderes que en algún momento fueron sus alumnos y discípulos.

Diego Ramírez Martín del Campo

Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

Referencias

Barahona A., “Transnational science and collaborative networks. The case of Genetics and Radiobiology in Mexico”, 1950-1970, Dynamis, 35(2), 2015, pp. 333-350.

CBT Tequixquiac, “Dr. Alfonso León de Garay Castro (1920-2002)”, CBT Dr. Alfonso León de Garay, Tequixquiac

De Garay A. L., Levine L., Carter J. E. L., “Genetic and Anthropological Studies of Olympic Athletes”, Academic Press Inc, Estados Unidos, 1974.

 

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Publicado en: Elementos