Mi primera mascota fue una perra que se llamaba Rolanda. Rolis para mis papás y Yaya para mi hermana y para mí, que aún nos costaba pronunciar su nombre.

La Rolis era mayor que yo por nueve años y su edad avanzada era representada de manera precisa por su apariencia cansada. Era pequeña y de pelo largo blanco, con parches café grisáceo en cada uno de los ojos y orejas.

A pesar de que, a mis ojos, la diferencia de edad no era tanta (tenía primos de más o menos la misma edad y podíamos jugar sin problemas), la Yaya se veía cada vez más cansada, mientras que yo ganaba más y más energía. “Es porque, en años de perro, ella ya está viejita”, me explicaban mis papás. Según sus cálculos, la edad de la Rolis debía rondar en los setenta años. Desde el momento en que nací hasta los cinco años que tenía en aquel entonces, la Rolis pasó de la mediana edad a ser una respetable integrante del grupo de la tercera edad.

Unas cuantas décadas más tarde mi interés por las edades de perro no desapareció, aunque por diferentes razones. Siempre me pareció interesante comparar mi edad con la de mis mascotas y ver, como en una especie de cápsula del tiempo, cómo Rolis y, tiempo después Kiara, comenzaban más jóvenes que yo, y en un abrir y cerrar de ojos no sólo me alcanzaban, sino que me rebasaban. Ahora, con más años de experiencia que ellas (aunque no en años de perro), mi desencanto llega de la idea de que este argumento de edades relativas es una completa fabricación.

Aunque intencionalmente exagerada, esa afirmación es algo que defiendo, al menos hasta cierto punto. El conocimiento popular dicta que un año de perro equivale a siete años de humano, exceptuando el primer año que equivale a quince años, pues da comienzo a su madurez sexual. Entonces, cada año son siete, menos el primero, que no cuenta.

Y bueno, ¿de dónde viene esta supuesta regla? Pues llega de un cálculo muy sencillo. Sólo necesitamos dividir la esperanza de vida de un ser humano promedio (ignoramos su país de origen y posición socioeconómica), es decir, alrededor de los ochenta años, y lo dividimos entre la esperanza de vida de un perro promedio (ignorando también la raza y tamaño), o sea entre diez y trece años. Dividimos ochenta entre doce y tenemos 6.666… que podemos cómodamente redondear a siete. De ahí proviene la dichosa regla.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Podemos aplicar esta fórmula a otros animales. Un pingüino emperador vive entre quince y veinte años. Así que cada año nuestro equivale a cuatro años de pingüino, exceptuando los primeros tres en los que alcanza su edad reproductiva. En general, las termitas viven unos dos años, así que un año nuestro son cuarenta de termita, a menos de que estemos hablando de la reina; en ese caso, una individua de estas puede llegar a vivir hasta cincuenta años, por lo que un año humano es 1.6 años de termita reina. En promedio, las diferentes especies de tortugas de las islas Galápagos viven alrededor de ciento cincuenta años, y aquí la cosa se complica. Un año nuestro sería un poco más de la mitad de un año de tortuga; viven casi el doble que nosotros. En ese caso, nosotros no deberíamos de medir su vida en años de humano, sino los nuestros en años de tortuga.

Y mi principal pregunta es, ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué intentamos descifrar la equivalencia de nuestra edad con la de los perros? Realmente, hacerlo tiene cierta utilidad práctica para los dueños. Podemos prevenir los cuidados especiales que nuestros perros vayan a requerir con el paso del tiempo y calcular la periodicidad con la que debemos visitar a los veterinarios. Podemos saber, gracias a que conocemos cuándo comienzan a madurar sexualmente, el momento ideal para agendar una esterilización o si debemos mantenerlos cerca o alejados de otros perritos. También nos ayuda a empatizar con las necesidades y nivel de energía de cachorros y perros sénior, entre otras cosas.

En mi opinión, pienso que hacemos esto como parte de nuestra naturaleza inquisitiva. Aprendemos jugando y comparando. La idea de pasar a cifras más palpables la longevidad de nuestras mascotas es también volver más manejable y personal nuestra relación con los que, básicamente de manera unilateral (al menos yo nunca he escuchado a un perro hablar), llamamos nuestros mejores amigos. Al hacerlo también nos adueñamos un poco de la libertad y alegría ingenua de los perros.

Incluso Pablo Neruda escribió, refiriéndose a su perro: “Ay cuántas veces quise tener cola andando junto a él por las orillas del mar. […] Alegre, alegre, alegre como los perros saben ser felices, sin nada más, con el absolutismo de la naturaleza descarada”.

Hemos llegado a tal grado que un estudio publicado en la revista Cell Systems tomó un planteamiento más técnico sobre las tasas de envejecimiento entre perros, humanos y demás mamíferos con el título “Traducción cuantitativa del envejecimiento canino al humano mediante la remodelación conservada del metiloma del ADN”. Este trabajo logra, por medio de estudios en metilación genómica a través de los años en perros y humanos, crear un mapa de envejecimiento genético que pueda traducirse de humanos a perros y extenderse a otros mamíferos.

Crear mapas de envejecimiento es lo que hacíamos con la regla de siete, donde rastreamos una edad y la comparamos con su equivalente. Esta vez, estos se basan en secuencias de genes que descienden de un gen ancestral presente en el antepasado común de perros y humanos. Son genes heredados que se han distanciado con el transcurso del tiempo y de distintas generaciones dentro de las especies; algo similar a lo que pasa con una línea sanguínea entre primos lejanos. Ahora, para estudiar la edad genética de estos organismos se analizaron las tasas de metilación de los genes mencionados. Si recordamos nuestras clases de química orgánica, un grupo metilo consiste en la agrupación de un carbono con tres hidrógenos. Los grupos metilo pueden adherirse a distintas secciones del ADN alterando la expresión de los genes; ya sea apagándolos o regulando la manera en la que se expresan. A lo largo de nuestra vida, la tasa de metilación va cambiando, generalmente disminuyendo conforme envejecemos.

Entonces, se contrastó la tasa de metilación de estos “genes parientes” de perros (labradores, al ser la base de datos más práctica con la que contaban los investigadores) y humanos. Se encontró que su nivel de metilación concuerda en ambas especies a través de sus distintos hitos del envejecimiento. Es decir, el nivel de metilación era equivalente con la edad biológica de los organismos en cuestión. La diferencia está en que el tiempo que le toma llegar a cierta edad a cada uno difiere entre las especies. Alcanzar estas etapas de edad genética en humanos toma varios años, mientras que un perro lo logra en menor tiempo. Este modelo fue extrapolado y usado con ratones y los resultados fueron igual de exitosos.

Gracias a estos estudios, los investigadores nos bendijeron con una fórmula más precisa para calcular la edad verdadera de un perro. Esta es: 16 ln(edad del perro)+31. Un poco más compleja de utilizar que la tabla del siete, pero para nuestra fortuna, aplica adecuadamente para cualquier edad del perro, sin importar si sólo tiene un año, tres meses o trece años.

Para hacer este ejercicio en casa debemos seguir los siguientes pasos. Primero, como nos estamos poniendo serios, debemos hacer uso de nuestra calculadora científica. Después debemos calcular el logaritmo natural de la edad de nuestro perro (eso es, los años de vida de nuestro perro y oprimir la tecla ln). El resultado es multiplicado por 16 y a esto le sumamos 31. Y ya quedó.

Para contrastar con lo absurdo de la existencia de esta fórmula, los investigadores nos facilitaron la vida a la hora de navegar sus gráficas utilizando imágenes de un labrador, desde su infancia hasta su senectud, a la par de imágenes de Tom Hanks, igualmente a través de sus diferentes etapas de la vida; demostrando que la ciencia también tiene su sentido del humor.

Este estudio es de gran utilidad y nos acerca a una comprensión más clara del envejecimiento a través de los genes en humanos y demás mamíferos. Pero no hay que quitar el dedo del renglón. Entender las tasas de metilación y su relación con otros organismos tiene fines prácticos, además de un gran interés para ciencias evolutivas y médicas. Conocer la edad virtual de nuestras mascotas no. Una vez más, esto es para los dueños.

Además, ¿por qué solo de perro? Qué tienen de malo las edades del gato, del canario o de la serpiente. Por qué nadie quiere saber cuántos años de tlacuache tenemos. Tal vez no sean los más agraciados, pero definitivamente merecen un lugar en el legendarium de edades animales.

Y realmente pienso que sólo queremos ser cómplices de la vida de nuestras peludas mascotas y dejarlos entrar en nuestro mundo con algo tan personal e irrevocable como es la edad de uno.

Kiara tenía 14 años cuando tuvimos que sacrificarla. Yo tenía 23. La compramos cuando yo era pequeño, aunque en realidad, ella fue la que me adoptó. Desde entonces fue conmigo a cada rincón de la casa al que me moviera. El día en que ella murió, me habría gustado decirle, como Neruda, que aunque no creo en un cielo, “para este perro o para todo perro creo en el cielo […] donde yo no entraré, pero [ella] me espera ondulando su cola de abanico”.

Lord Byron escribió un epitafio a su perro que, de no ser por la evidente anacronía, me harían pensar que conoció a Kiara, pues lo describió como “[…] alguien que poseía belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Este elogio, que sería un halago sin sentido si se inscribiera sobre cenizas humanas, no es más que un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro, que nació en Newfoundland en mayo de 1803 y murió en Newstead 18 de noviembre, 1808”. En mi caso sería a la memoria de Kiara, una perra, que nació en Aguascalientes en abril de 2004 y murió en Morelos un 17 de noviembre de 2018.

Como no pude decirle todo eso, me consolaba pensar que, en edad de perro, ella ya estaba bien adentrada en la tercera edad. Que sus padecimientos llegan con naturaleza a sus años y que, tal vez, cuando yo alcance su edad de perro, me enfrente a los años igual que ella lo hizo. Con la misma sobriedad, buena cara y gentileza.

Arremetí demasiado en contra de las supuestas edades de perro, pero la verdad es que me gusta esa idea. Es bueno que existan y que nos permitan empatizar más con nuestras mascotas y relacionarnos mejor con otros dueños. Así que, después de todo esto, la única buena conclusión que me queda es que no importa si es en años de perro, de gato o de humano, pienso que su tiempo junto al nuestro jamás será suficiente.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de la ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

 

Referencias

Wang, T., y otros. “Quantitative translation of Dog-to-Human Aging by Conserved Remodeling of the DNA Methylome”, Cell System, 11(2), 2020.

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Un comentario en “Años de perro

  1. Una buena lectura para entender mejor a nuestros amigos de 4 patas y para recordarlos con mucho cariño.

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