
Verde, verde, verde. Esa ha sido casi siempre la primera estrategia pensada para combatir la degradación de los ecosistemas. Frente al avance de la desertificación —un proceso que ya amenaza las vidas humanas y no humanas en las zonas áridas del planeta— la respuesta suele ser la misma: las plantas como promesa macroscópica de recuperación. Sin embargo, se trata de una narrativa ecológica limitada. En los ecosistemas áridos, plantar un árbol sin preparar el suelo es como intentar levantar un edificio empezando por la azotea. No importa lo que se asome al mundo: sin un suelo vivo y saludable, aquello no podrá sostenerse.
En las últimas décadas, cerca del 40 % de las tierras áridas del planeta han mostrado señales de degradación, como aumento de la erosión, disminución de la infiltración de agua, reducción de la materia orgánica y pérdida de cobertura vegetal, entre muchas otras. ¿Las causas? El cambio climático y el uso intensivo del territorio para una tecnología antiquísima e insostenible: la ganadería extensiva.
¿Qué tanto miramos con atención hacia donde comienza la vida? Es decir, hacia los primeros milímetros de suelo. En esa frontera diminuta, de máximo 10 milímetros de grosor, vive una comunidad silenciosa capaz de frenar la erosión, fijar nitrógeno y ayudar a que los paisajes tengan vida. Esa comunidad recibe el nombre de biocostra: la capa-piel viva del suelo, cuya mayor presencia se da en la superficie terrestre, pero que también puede establecerse sobre rocas y otras superficies minerales, como suelos calizos (ricos en carbonatos) o yesíferos (ricos en yeso). Sólo les basta que haya mínima humedad, luz y estabilidad para aferrarse a un paisaje.
A simple vista, las biocostras del suelo —o suelo criptogámico— parecen parches ultradelgados, descoloridos y crujientes, como totopostes tabasqueños. Pero, al mirar con atención, se asoman camitas de musgo y discretas manchas de líquenes. Sus distintos colores y texturas no surgen de la nada: aunque no podamos verlas, allí hay algas y cianobacterias. Estas microcomunidades no tienen una configuración universal, ni mucho menos fija. Quien predomina depende íntimamente del suelo, del clima y de la geografía. En sitios áridos pueden predominar las cianobacterias. A medida que la humedad aumenta, la composición cambia. Ya en zonas semiáridas o con mayor disponibilidad de agua aparecen musgos y líquenes que, al ser macroscópicos, ofrecen una protección superficial más robusta.
El tamaño minúsculo de estas comunidades es inversamente proporcional a los servicios ecosistémicos que ofrecen. Tienen la capacidad de estabilizar el suelo, porque las cianobacterias secretan polisacáridos —una especie de gel natural y microscópico— que actúan como un bioaglutinante que mantiene unidas las partículas minerales. Forman una capa protectora que actúa sobre la superficie, reduciendo el desprendimiento de partículas por el viento o la lluvia y frenando la escorrentía. Esta cohesión es medible: un suelo con biocostra resiste entre cinco y diez veces más la erosión que uno desnudo, dependiendo del tipo de biocostra y de las condiciones ambientales. También retienen la humedad y, en el caso de las cianobacterias, captan nitrógeno gaseoso de la atmósfera (N₂) para fijarlo en el suelo en forma de amonio (NH₄⁺) —gracias a la enzima nitrogenasa— y nitratos (NO₃⁻) —proceso llevado a cabo por otras bacterias— como nutrientes esenciales para el resto de la comunidad vegetal.
En conjunto, las biocostras cubren alrededor del 12 % de la superficie terrestre. Así que, si juntamos todas las biocostras del planeta, cubrirían un territorio casi del tamaño de dos veces Brasil. Parece muchísimo, pero, según un modelo global publicado en 2018 en Nature Geoscience, esto podría cambiar. Se proyecta que en los próximos 65 años la cobertura podría disminuir drásticamente (entre 25 y 40 %). Al depender del equilibrio entre la humedad, la temperatura y el manejo del suelo, las biocostras son especialmente vulnerables a la inestabilidad climática. Tanto las sequías prolongadas como los cambios abruptos en las precipitaciones pueden afectarlas negativamente y ponerlas en riesgo.
Formarse les toma décadas. Así que cualquier paso en falso —literalmente— puede destruir en segundos una comunidad que tardó, digamos, 30 años en consolidarse y otros tantos en regresar. Quizá su apariencia discreta les ha jugado en contra y, por eso, su papel se ignora frente a otras estrategias más populares.
El doctorante brasileño Mateus Oliveira, de la Universidad Federal de Minas Gerais, señala que “antes de 2019, en Brasil no había casi nada sobre restauración con biocostras”. En Sudamérica hace falta financiamiento para infraestructura básica —parcelas que permitan su cultivo y estudio riguroso—, lo que limita cualquier ambición de restauración activa. Al menos, el que podría ser el “vivero” de biocostras al aire libre más grande del mundo se encuentra cerca de Moab, Utah.
Para entender qué ocurre cuando el suelo pierde biocostras, basta con mirar un paisaje degradado por la desertificación o un sitio perturbado por la minería. En Brasil, el colapso de la represa de Fundão en 2015 —uno de los desastres ambientales más devastadores de la industria minera— dejó a su paso 43 millones de metros cúbicos de relave, una mezcla estéril —sin materia orgánica— de minerales finos, metales y residuos. Arrasó con áreas de Mata Atlántica, afectó la cuenca del río Doce y llegó hasta el Atlántico. Todo lo impregnó de hostilidad para cualquier intento de restauración.
Aquí entran en la historia Mateus Oliveira y su asesora, la Dra. Adaíses Maciel Silva, con una idea que pudiera parecer un chiste, pero es anécdota. Oliveira recuerda que una noche de principios de 2019 soñó que sobrevolaba en helicóptero un afloramiento rocoso y, sobre él, pegaba briofitas —plantas terrestres no vasculares— con pistolas de juguete. “Pensé que sólo nos reiríamos”, dice. Pero, semanas después, su asesora llegó al laboratorio con la primera versión de un pegamento biodegradable formulado con almidón de maíz, arcilla y gomas naturales. Con ello lograron pegar las briofitas en rocas y árboles, manteniéndolas vivas. Luego lo probaron con biocostras.
De un sueño loquísimo a hipótesis experimental, el biopegamento ayudaría a que las biocostras —especialmente los musgos— pudieran adherirse al suelo lo suficiente como para empezar su lenta, pero muy eficaz, ingeniería biológica. También funcionó. Realizaron las pruebas directamente en campo, en un área impactada por relaves mineros en la ciudad de Mariana, Minas Gerais. Evaluaron la adhesión y la supervivencia. El desafío no era menor: el principal obstáculo de la zona de relave era la lluvia intensa que arrastraba cualquier intento de restauración; en otros ambientes, como las regiones áridas y desérticas, el viento sería el desafío. Oliveira comprobó que incluso con lluvias fuertes el musgo permaneció adherido con una efectividad de casi 95 % durante los 75 días de monitoreo. El ensayo se realizó con Hyophila involuta, una especie liviana con hojas en espiral alrededor del tallo, cosmopolita y fácil de propagar, lo que facilitó la aplicación y el monitoreo. Los demás componentes de la biocostra, como algas y cianobacterias, son aún más livianos, así que la expectativa es que el pegamento también funcione bien con ellos, aunque esto aún necesita ser probado.
No es que el biopegamento creara vida, sino que le daba a la biocostra lo que necesita: tiempo y estabilidad, dos recursos escasos en ecosistemas dañados. Oliveira es claro sobre lo que aún falta en el proyecto. Han medido adhesión y supervivencia, pero todavía no han realizado mediciones funcionales sistemáticas que permitan demostrar cuantitativamente si la inoculación mejoró las propiedades del suelo contaminado por residuos de minería. Mientras tanto, el biopegamento ya tiene una segunda generación: pellets, unas pequeñas cápsulas que protegen los inóculos de biocostras, ayudando a preservar la viabilidad de los organismos y a facilitar la aplicación en campo.
Mientras que en países como Estados Unidos, China y Australia llevan décadas de ventaja, en latitudes del Sur Global los esfuerzos son dispersos y a ritmos distintos. Brasil, Argentina, Chile, Perú, Colombia y Uruguay son los países que lo están intentando en Sudamérica. La desconexión entre la evidencia científica y las políticas públicas es profunda. “Todo proyecto empieza con kits de plantas… nadie piensa en las biocostras”, lamenta la Dra. Maciel, asesora de Oliveira. Para cambiar eso, hacen falta investigaciones multidisciplinarias y redes regionales que aceleren el intercambio de datos y colaboraciones.
Sobre esto último, los esfuerzos también están germinando y creciendo. Un ejemplo es el trabajo de la pasante de biología Candela Cepeda junto a su asesor, el Dr. Sergio Velasco Ayuso, del grupo de Interacciones entre Clima, Ecosistemas y Biodiversidad (iCEB) de la Universidad de Buenos Aires y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) en Argentina, con el que han creado la Red Latinoamericana de Investigaciones sobre Costras Biológicas del Suelo. En octubre de 2025, en la 1.ª Reunión Trinacional de Ecología, presentaron un análisis de publicaciones sobre biocostras entre 2005 y 2025. El equipo demostró que, aunque la investigación sobre biocostras en Sudamérica tiene una tendencia creciente, el número máximo de artículos científicos por año apenas alcanza diez, mientras que en países como China se publicaron hasta 90 en el mismo periodo.
Otro de los resultados que presentaron fue que este esfuerzo, aunque todavía mediano, ha logrado un hito crucial: el enfoque científico ha pasado de ser meramente observacional (saber dónde estaban las biocostras) a ser funcional (cuantificar qué hacen). Un cambio que se refleja en la aparición de palabras clave en el buscador bibliográfico Google Scholar, como metagenómica, bioinformática, restauración y cambio climático, que indican que el estudio de biocostras se está haciendo desde una perspectiva molecular y de mayor complejidad, que utiliza herramientas de secuenciación bastante caras y de poca disponibilidad en Latinoamérica.
La urgencia de tejer esta red de conocimiento no es solamente académica. El análisis de publicaciones sudamericanas también reveló algo: una alta frecuencia del término “uso de suelo” (land use). Esto se debe a que la mayoría de los ecosistemas áridos de la región son la base de la ganadería que, a su vez, es un pilar económico en muchos países. El problema es directo: cuando el ganado pisotea la biocostra, destruye esta capa protectora y se acelera la erosión del suelo, un recurso vital.
Conocer las funciones de la biocostra puede ofrecer a los Estados herramientas para proponer y ejecutar una ganadería más sostenible, al menos como inicio. Al proteger el suelo de la erosión, se asegura la viabilidad ecológica a largo plazo, evitando el agotamiento del territorio. Los proyectos colaborativos, como los que ya se están ejecutando entre investigadores en Argentina, cuentan, según Cepeda, como el paso inmediato para llevar esta evidencia al diálogo con las políticas públicas, que para nada es fácil.
La ciencia de soluciones, sumada al entramado de redes, aporta un sentido humano y ecológico, y no sólo técnico. Se está acumulando conocimiento y evidencia científica para seguir desmoronando el paradigma poco a poco. El árbol es evidente en comparación con la biocostra, que es microscópica, lenta y discreta. No se trata de reemplazar la reforestación, sino de reordenar las prioridades de acuerdo con el contexto ecosistémico. Y, donde haga falta, volver a empezar, pero desde lo minúsculo. La restauración vista desde lo microscópico podría ser una de las lecciones más importantes de estos tiempos tan críticos para el medio ambiente.
Una breve invitación: Si quieres conectar con quienes están estudiando a las biocostras, la Red Latinoamericana de Investigaciones sobre Costras Biológicas del Suelo está abierta a nuevas voces, puedes sumarte en este enlace.
Abigail Zentella Hernández
Médica por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT) y miembro de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia.