“Hay una grandeza simple en la concepción de que la vida, con sus fuerzas de crecimiento, asimilación y reproducción, ha sido alentada originalmente en la materia bajo una o unas pocas formas, y que mientras este nuestro planeta ha ido orbitando según leyes constantes, y el agua y la tierra, en un ciclo de cambio, han ido reemplazándose la una a la otra, a partir de un origen tan sencillo, mediante el proceso de selección gradual de cambios infinitesimales, han evolucionado infinidad de formas, las más bellas y maravillosas”.
—Charles Darwin, 18421
El significado de las palabras está en sus raíces griegas o latinas; en la óptica de una disciplina, de un periodo, de un país o de una cultura; en una especificación teórica o práctica, o en una combinación de éstas. Los factores históricos, teóricos y culturales le dan valor semántico al término, y éste último se simboliza y adquiere forma en relación a las preguntas y necesidades del contexto. Esto no significa que las palabras sean espacios sin gobierno; su etimología cumple la doble función de dar cuenta del origen y del desarrollo en la historia de la palabra, y el diccionario las enmarca en contextos teóricos y culturales específicos que las significan.
En la práctica, las palabras no siempre son moldeables a los diccionarios; algunas veces se vuelven volátiles. Y los libros, que también están cargados de historia, no logran expresar cabalmente la idea que se ha ido construyendo a través de las discusiones y del tiempo y no alcanzan a aprehender su historia. Mario Benedetti decía que las pobres palabras se perdían al ingresar al diccionario, pero que si estaban solas, al aire libre, se levantaban en su significado, decían algo y lo sostenían.2 De manera que si quiere comprenderse una palabra, además de detenerse en su historicidad, tiene que buscarse en las redes que la comunican con otros campos semánticos.
La palabra evolución es una de esas expresiones cargadas de historia que ha ido formando diferentes acepciones. Los significados que se le han dado son parte de su propia historia y de la historia de las disciplinas que la estudian como fenómeno biológico o social.

Ilustración: David Peón
Buscando a Darwin
En la novena edición de la Enciclopedia Británica, que constó de 24 volúmenes publicados entre 1875 y 1889, se escribió sobre evolución en un ejercicio histórico por contener los significados y las discusiones sobre el tema hasta ese momento. El artículo principal se tituló “Evolución”, se encontraba en el volumen ocho publicado en 1878, y se dividió en dos secciones: una desde una perspectiva biológica y otra desde un enfoque filosófico.
La primera fue escrita por Thomas Henry Huxley (1825-1895), también conocido como el “bulldog de Darwin”. El apodo hace referencia a la acérrima defensa que Huxley hizo de las explicaciones sobre el cambio de las especies en el tiempo, desarrolladas por el naturalista inglés Charles Darwin (1809-19882) durante gran parte del siglo XIX, y que finalmente hizo públicas junto con las reflexiones sobre el tema de Alfred R. Wallace (1823-1913) el primero de julio de 1858 en una lectura conjunta en la Sociedad Linneana de Londres, y posteriormente publicó en 1859 en su obra más divulgada: El origen de las especies. La segunda fue escrita por el sociólogo James Sully (1842-1923), una de las figuras más importantes dentro de los estudios de la mente humana del siglo XIX.
En la entrada actual a la enciclopedia, el fenómeno de la evolución se trata desde la antropología, la sociología, la psicología y, por supuesto, la biología. La reflexión que se centra en los fenómenos biológicos es un amplio documento sobre la biología evolutiva, su historia y sus teorías escrito por Francisco Ayala, publicado en noviembre del año en el que conocimos la evolución de una entidad biológica en tiempo real, el año covidiano 2019.
¿Qué es la evolución y por qué se relaciona con la idea de progreso?
Las redes de comunicación del siglo XIX, sobre todo epistolares, así como las publicaciones de las sociedades científicas, muestran un tejido intelectual cohesionado. El estudio de los fenómenos y de los objetos de la naturaleza durante este periodo se construyó a partir de esta amalgama de saberes articulados. En parte, esta permeabilidad entre disciplinas fue el motivo por el que las ideas de evolución y de progreso se vincularon tan estrechamente y de que esta relación marcara la historia del pensamiento evolutivo moderno. Para entender los procesos evolutivos desde una perspectiva biológica es fundamental situar histórica y teóricamente esa relación para saber de qué hablamos cuando hablamos de evolución.
En aquel artículo de 1878, Huxley escribió que la idea de evolución tenía dos grandes significados: en el primero, se describía el proceso embriológico de los individuos; mientras que, en el segundo, se hacía referencia al cambio de las especies en el tiempo (evolución biológica en términos modernos). Para la primera acepción, Huxley señaló que en las primeras décadas del siglo XVIII el término evolución se había introducido con el fin de indicar el modo en el que algunos de los fisiólogos más eminentes de la época, como William Harvey (1578-1657) y Marcello Malpigui (1628-1694), concebían la generación de los organismos. Antes del siglo XIX, el problema de la generación discurría en explicaciones sobre cómo se originaba un nuevo organismo, haciendo referencia a los procesos que ocurren durante la reproducción y el desarrollo embrionario. Para la reflexión naturalista del siglo XIX, evolución o desarrollo fueron, de hecho, nombres generales para explicar la historia de los pasos por los que cualquier ser viviente adquiere las características morfológicas y fisiológicas que lo distinguen.
Otros autores —como Peter Bowler o Robert J. Richards— coinciden en que durante el siglo XIX la noción de evolución se vincula con la idea de un desarrollo progresivo, que puede interpretarse como el aumento en la complejidad de los organismos. Coinciden también en que fue esta noción la que recorrió otras reflexiones fuera de la embriología, en las que se ha enfatizado la idea de progreso.
La idea de desarrollo progresivo —coinciden historiadores como Jonathan Hodge o Gregory Radick— es la que permitiría la aceptación de la idea de ascendencia común de Darwin, que explica que los primates compartimos un ancestro común y, de forma más amplia, que la vida en la tierra se originó de uno o unos pocos organismos primigenios.
Como advirtió Darwin, la noción de progreso tuvo un papel central en la influencia cultural que jugó el pensamiento evolutivo decimonónico, que se aleja del pensamiento darwiniano moderno. En el ámbito social, como afirmó Sully, la idea de evolución fue acogida como sinónimo de progreso y adaptada a discursos más antiguos sobre los procesos de desarrollo en el mundo moral.
No asombra que la idea de desarrollo progresivo repercutiera en el ámbito social, y que prevaleciera y permeara en el imaginario colectivo a través de imágenes potentes de disciplinas como la antropología. La “marcha del progreso” es una muestra de esta herencia: surge de una representación gráfica de la evolución de los homininos, publicada en extenso en 1965 en el libro El hombre primitivo de Francis Clark Howell y hecha por el ilustrador Rudolph Franz Zallinger. La imagen original ilustraba quince especies de nuestros ancestros de postura erguida y locomoción bípeda y “resumía” millones de años de cambios, adaptaciones, extinciones y de relaciones ancestrales entre especies a una línea evolutiva progresiva. El negativo de la foto se redujo a seis primates homininos que marchan hacia el progreso; es decir, hacia la especie actual a la que pertenecemos los humanos, Homo sapiens. Fue esta estampa la que se convertiría en un icono de la evolución, no sólo humana, y en la representación de la idea de evolución que se ha utilizado en infinidad de medios para hablar de evolución e involución, y también con otros fines propagandísticos. Lamentablemente, todavía puede encontrarse como recurso didáctico para explorar el tema en el aula u otros espacios de aprendizaje.
En términos biológicos evolución no es sinónimo de progreso, sino de cambio.
Evolución biológica en términos modernos
A los que nacimos en la década de los ochenta o antes se nos enseñaba que el ciclo de la vida consistía en que los organismos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Charles Darwin afirmó, en El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida (1859), que la evolución biológica ocurría, principalmente, por medio de procesos selectivos naturales de rasgos heredables que aumentaban la supervivencia y la reproducción de los organismos con respecto a sus condiciones de vida. Esto quiere decir que aquel ciclo de la vida que habla de la existencia de un individuo cobra, en términos evolutivos, otro significado: no todos los organismos llegan a nacer; de los que nacen, no todos crecen; los que crecen, no siempre se reproducen. Eso sí, todos, absolutamente todos, moriremos, aunque algunos seguirán existiendo, por lo menos en parte, en su descendencia. Y en todo este proceso espiral y gradual, que se extiende en el tiempo, no hay progreso ni dirección.
Martha Susana Esparza Soria
Doctora en historia de la ciencia por la UNAM.
1 Bosquejo de 1842, “Sobre la variación con la domesticación y sobre los principios de la selección”, en: Darwin, C. y Wallace, A. R., 2006, La teoría de la evolución de las especies, Ed. Fernando Pardos, traducción castellana de Joan Lluís Riera, Crítica, Barcelona, pp. 204.
2 Benedetti, Mario, 2011, Vivir adrede, Punto de lectura, México. p. 177.
Gracias por un texto tan ilustrativo. Junto con colegas de la Universidad de Valencia, hemos estado trabajando en evolución progresiva de genomas (https://www.nature.com/articles/s41598-020-76014-4). Por supuesto, es un tema controversial.