Breve relato de Leopoldo Río de la Loza

“Su figura austera y grave, su cuerpo encorvado, su fisonomía demacrada causaban en sus discípulos una impresión profunda; se envolvía en larga capa española y sentado ya en la cátedra dejaba fluir de sus labios el límpido torrente de su enseñanza. A veces accesos de tos prolongados y fatigosos cortaban aquella palabra mágica, congestionaban aquel venerable rostro, y sacudían cruelmente aquel organismo…”. Algo que me fascina de esta descripción hecha por Porfirio Parra, médico y académico de mediados del siglo XIX, es el énfasis en el tono y las sensaciones, principalmente emocionales, que sentía al recibir cátedra del afamado químico, auténtico “todólogo” y, sobre todas las cosas, austero nacionalista, Leopoldo Río de la Loza.

Dicha descripción me deja imaginar un aula oscura y fría que no necesitó ser mencionada, pero que encaja perfectamente alrededor de un hombre alto, delgado y noble, cubierto con una larga capa negra que, a pesar de lo imponente, se veía maravillado por la ciencia que explicaba.

Desde pequeño, su vida fue moldeada por la química y la farmacéutica. Nació un 15 de noviembre de 1807 en la Ciudad de México, en una familia propietaria de una pequeña fábrica de productos químicos. A pesar de ser dueños de esta empresa, sus ingresos eran bastante limitados y, tras un accidente en 1815 que incendió dicha fábrica, un Leopoldo Río de la Loza de tan solo 8 años sufrió la pérdida de su padre, además de daños permanentes en las vías respiratorias tras inhalar los vapores tóxicos. De ahí los accesos de tos descritos por Porfirio Parra.

La familia logró salir adelante haciéndose cargo de lo que quedó de la empresa. Así, Leopoldo pudo continuar sus estudios, primero en el antiguo Colegio de San Ildefonso y, después, en el Real Colegio de Cirugía donde estudió medicina. Fue entonces, en 1827, que se casó con Magdalena Valderrama, de quién enviudaría varios años más tarde. Posteriormente, estudió farmacéutica en 1828 y medicina en 1833.

Terminando sus estudios se dedicó a la educación, dando clases de botánica, mineralogía, zoología y geología, haciendo en todas un particular énfasis en la química que, en aquel entonces, era completamente inexplorado en el país.

La enseñanza de estos temas fue su pasión y también una de sus mayores preocupaciones. En el inicio de un libro de texto de introducción a la química que publicó, escribió: “La mala organización que se ha dado en la República a la enseñanza de las ciencias exactas, hace que se carezca de una cátedra de química elemental que, […] contribuya a que los alumnos comprendan fácilmente las doctrinas especiales que se enseñan en cada una de las de aplicación. […] En vano se ha manifestado la necesidad de establecer, aunque sea una en la capital, en la que se enseñen los principios generales de la ciencia; […] en vano en fin se ha demostrado que es uno de los recursos de la buena educación en los países civilizados del mundo; esperanzas remotas y promesas no cumplidas: he aquí todo lo que he conseguido.” Con este impresionante “mic drop” figurativo, Río de la Loza expresó todas las carencias relativas a la ciencia que el país vivía, y cómo, de primera mano y a través de esfuerzos personales, culminó toda su experiencia en lo que fue el primer y más importante volumen de introducción a las ciencias en la historia del país. En muchas ocasiones, él proveyó directamente de su fábrica el material que utilizaba en clases, e incluso propuso dar clases dominicales gratuitas a obreros.

Además de la educación, Río de la Loza se dedicó a la investigación y a la industria. Todos sus estudios se enfocaron en plantas, minerales y animales mexicanos, entre los cuales se encuentran Las aguas potables de la Ciudad, El pulque, El azufre de nuestros volcanes, La sal del perímetro de los lagos, El ácido pipitzahoico. Este último fue su mayor descubrimiento. Extraído de la planta pipitzahuac, el ácido cuenta con diferentes propiedades como purgante, indicador de sales de sodio y colorante de diferentes fibras textiles naturales. Su descubrimiento se le premió en 1865 con una medalla de primera clase por la Sociedad Universal Protectora de las Artes Industriales de Londres.

En cuanto a la industria, Río de la Loza continuó con el legado de su familia siendo propietario de tres boticas y abriendo una de las primeras fábricas de amplia escala de químicos en el país donde produjo ácido sulfúrico, muriático y nítrico, además de alquitrán, madre perla, entre otros.

No obstante, Leopoldo Río de la Loza nunca quitó el dedo del renglón en cuanto a lo que él consideraba importante. Ejerció diferentes puestos públicos para el mejoramiento de la calidad médica, el desarrollo de las ciencias, y la implementación de la química en áreas de estudio adyacentes.

Más allá de los puestos que ocupó y las instalaciones que desarrolló, basta con ver los nombres que entrañablemente les dio a algunos de sus estudios como Las aguas potables de la Ciudad, El pulque, El azufre de nuestros volcanes, para notar el énfasis que hacía en lo “nuestro,” en su sensación de pertenencia con todo aquello que formara parte del país. A tal grado que, en 1847, con la invasión estadounidense a la capital del país, abandonó temporalmente los puestos públicos que en aquel entonces fungía para defender el Valle de México como teniente en el Batallón Hidalgo de la Guardia Nacional.

Y tras años de servir a la nación y a su ciencia, los problemas de salud con los que vivió desde su infancia, finalmente lo forzaron a retirarse en su casa. Un 2 de mayo de 1876, Leopoldo Río de la Loza murió en su hogar con tan solo 69 años de edad y con una nota que pedía un entierro de bajo perfil. En su nota solicitaba un funeral corto, que no se le hiciera nada a su cuerpo para preservarlo y que simplemente se le cubriera con su icónica capa negra. Y, tras el funeral, pidió que se le llevara en secreto al Panteón de Dolores, donde fue enterrado en una fosa de segunda clase, en la que, sin demasiado decoro, hasta la fecha yace una de las figuras más influyentes que la ciencia mexicana haya tenido.

Diego Ramírez Martín del Campo

Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

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Publicado en: Cuestiones