Desde hace unos años tenemos muy presente la palabra contaminación: en la tele, en la radio, en videos y comerciales, en el podcast favorito y en cada comentario nos mencionan la necesidad de reducir los índices de polución. Estas sugerencias surgen del impacto que las actividades antropogénicas causan al ambiente, no sólo por la producción de desechos sino por su mal manejo. La mala gestión de los desechos puede observarse en los bloqueos de alcantarillas que causan inundaciones y, encima, aumentan las infecciones o enfermedades humanas.

Ilustración: David Peón
En 2019 la Organización Mundial de la Salud (OMS) estimó que, hasta 2017, aproximadamente 2200 millones de personas alrededor del mundo no contaban con servicios de agua potable gestionados de forma segura; es decir, que carecen de agua limpia disponible en caso de necesitarla. De este total, 4200 no cuentan con servicios de saneamiento, por lo que sus desechos sanitarios no son tratados y eliminados de forma segura; además, 3000 millones carecen de instalaciones básicas para el lavado de manos.
Los datos antes mencionados son alarmantes, más aún cuando el saneamiento y la disponibilidad de servicios de agua son de suma importancia para la salud de miles de personas. Respecto al agua potable, menos del 3 % del agua mundial es dulce y, de ésta, al menos un 2 % se encuentra congelada. Si ese 1 % no es usado debidamente y se contamina más de lo que la naturaleza puede purificar, nos espera —y se está notando— una falta de agua continua.
Existen campañas en las que los gobiernos del mundo incitan a la población a cambiar de hábitos, como ducharse de forma rápida, reciclar agua para el sanitario o cerrar el grifo al lavarse los dientes. Estas acciones son importantes, ya que todos debemos hacernos cargo de nuestros actos; no obstante, la mayor contaminación del agua viene de las grandes empresas o producciones masivas. Por ejemplo, cada año la agricultura consume alrededor del 69 % de las extracciones de agua a nivel mundial. No todos los países consumen o contaminan agua en igual cantidad, pero es importante hablar de un cambio mundial para que el problema realmente disminuya.
Hablemos de cifras en México. En su “Reporte de Gestión Integral de Residuos 2020”, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) menciona que la región que más genera basura en México es el Noroeste, con 1083 kilogramos per cápita al día, y la menor cantidad es generada en el centro del país, con 766 kilogramos. Sin embargo, las entidades que generan más residuos son el Estado de México y la gran capital del país. En México se recolecta el 83.87 % de los residuos, gracias a los 16 615 vehículos, 127 instalaciones para transferencia de residuos y 173 centros de acopio.
En el mismo informe se menciona que sólo el 31.56 % de todos los desechos generados es susceptible de aprovechamiento (PET, vidrio, cartón, lata, entre otros); de este total, 46.42 % corresponde a residuos orgánicos, y un 22.03 % a otro tipo (loza, material de construcción, pañal desechable, residuo fino, etc.). Del 100 % de sitios de disposición final, sólo el 16.30 % cuenta con la infraestructura necesaria para lixiviados, es decir, líquidos formados por el paso a través de un sólido que no son solubles, combustibles ni biodegradables, lo que hace que contaminen de agua.
Las cifras de residuos son altas y las cifras de costos para el manejo son igual de impactantes. Desde el año 2000, el Banco Mundial ha destinado más de 47 000 millones de dólares para programas de gestión de residuos sólidos. Pero, al considerar enfermedades o problemas de salud, las cifras generadas por una mala gestión de residuos superarían por mucho estos costos. Un ejemplo oportuno es la pandemia de covid-19: debido a la necesidad de contar con agua limpia, la ONU, a través de la Global Water Operators’ Partnerships Alliance (GWOPA), ha establecido instalaciones de emergencia para el lavado de manos y agua potable, lo que disminuye los contagios y la inversión en insumos médicos.
La calidad del agua, entonces, no sólo afecta al ambiente y a la salud humana, sino también a la economía de los países en desarrollo. Como mencionan los reportes del Banco Mundial de 2019, en algunos países el crecimiento económico se ve afectado en un tercio, por lo que debe prestarse atención inmediata atención a la gestión de residuos. Y no se afecta únicamente a la tierra firme de los países, sino que los océanos también han resentido los efectos. Un ejemplo son las islas de plástico, formadas por residuos no biodegradables acumulados por las corrientes marinas, que reflejan un reciclaje inadecuado y la contaminación de los ríos.
Existen islas de plástico en el mar Mediterráneo, en los mares europeos y, según lo reportó en 2019 el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), la más cercana a México abarca una superficie de 1.6 millones de kilómetros cuadrados entre California y Hawái, en el Océano Pacífico. Millones de animales marinos mueren por ingesta de plásticos, o bien, al quedar atrapados en estas zonas. Por lo tanto, es evidente que el deterioro ambiental causa problemas mundiales; como respuesta, se han generado organizaciones, propuestas y tratados internacionales, todos ellos con el objetivo de reducir la contaminación.
Entre los tratados más recientes se encuentran los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) rumbo a la Agenda 2030 de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Los ODS se adoptaron el 25 de septiembre de 2015 en la “Cumbre de la ONU sobre el Desarrollo Sostenible” convocada como un llamado urgente y universal para proteger al planeta, mejorar la vida de las personas en todo el mundo y erradicar la pobreza.
Estos objetivos son diecisiete, cada uno con sus metas específicas para enfrentar al cambio climático sin que ningún país o región se quede atrás. Dado que cubre tantos puntos se trata, sin duda, de una agenda ambiciosa. Sin embargo, el Banco Mundial afirma que el progreso económico va de la mano con la buena gestión de residuos y el avance educativo y social de todas las comunidades, lo que además generaría resiliencia frente a las condiciones climáticas extremas.
Dos de los ODS son de especial interés respecto al saneamiento y buen manejo del agua potable en el mundo: el sexto objetivo “Agua limpia y saneamiento” y el decimocuarto “Vida submarina”. El sexto busca mejorar la calidad del agua y su acceso equitativo a precios asequibles mediante la reducción de la contaminación por vertimiento de productos químicos y materiales peligrosos, el uso eficiente de los recursos hídricos para extracción y el abastecimiento eficiente. Por su parte, el decimocuarto objetivo busca gestionar y proteger de forma sostenible los ecosistemas marinos y costeros; reglamentar la explotación pesquera, acabar con la pesca ilegal y aplicar planes para restablecer las poblaciones de peces, y reducir la contaminación marina y minimizar la acidificación de los océanos. Todas estas medidas buscan restablecer la productividad y salud de los océanos, lo que a su vez reduciría el impacto del calentamiento global.
A algunos nos sorprenderá saber que las bacterias usadas en el proceso de detección de covid-19 se encuentran en las profundidades extremas del océano, y no sólo éstas, sino miles de organismos importantes. Como lo dijo Francesca Santoro, oceanógrafa e investigadora de la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco): “Año tras año, la conexión entre la salud humana y la salud de los océanos es aún más evidente. Cada vez hay más investigaciones que utilizan sustancias producidas por organismos marinos como soluciones a enfermedades”. Lo que nos recuerda que estamos conectados con la naturaleza y que, si cuidamos de ella, cuidamos de nosotros.
Es cierto que hemos avanzado con proyectos de saneamiento, pero los datos actuales siguen siendo alarmantes. Y, como se menciona en la agenda 2030, todos los objetivos están entrelazados. Por ello, debemos seguir cuidando lo que consumimos y desechando la basura de forma adecuada. Y sí: todo el mundo debe hacer su parte, personas como nosotros, la sociedad civil y, sobre todo, el sector privado y los gobiernos.
Rubi Evangelista
Pasante de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM, aficionada de las preguntas curiosas