
Hoy en día, el 98 % de los artículos científicos a nivel mundial se publican en inglés, lo que lo convierte en el idioma común de la ciencia moderna. Como biólogo mexicano, puedo dar fe de cómo este idioma domina el campo y también de cómo, particularmente durante los años formativos, fue una enorme limitante para muchos de mis pares.
Durante la carrera, recuerdo cómo para algunos de mis compañeros leer y estudiar artículos en inglés requería una cantidad considerable de tiempo adicional, lo que obligaba a algunos a tomar clases extracurriculares de inglés solo para no quedarse atrás con el calendario curricular. Estas clases eran una carga adicional de tiempo y dinero que, considerando que generalmente un mejor nivel de inglés viene de la mano de un nivel socioeconómico más alto, terminaba siendo una carga considerable para quienes difícilmente podían permitírselo. Esta limitante, entre otras, forzó a varios de mis compañeros a abandonar la carrera.
La función de una lingua franca es actuar como puente para que un mensaje sea entendido sin importar el origen de los participantes. Así, el uso del inglés en la ciencia busca estandarizar el conocimiento global y facilitar la colaboración internacional. Sin embargo, un aspecto que comúnmente ignoramos es que también puede actuar como filtro para aquellos cuyo acceso a ese idioma es limitado, como es el caso de gran parte de América Latina.
Algunos de los países con menor dominio del inglés también se encuentran entre los que presentan una mayor desigualdad económica, la cual, generalmente, repercute en la ciencia. Así, investigadores con ingresos ya de por sí bajos, necesitan aún más recursos para traducir y publicar sus investigaciones en las revistas más prestigiosas. Como resultado, lo que originalmente se concibió como un debate global es ahora un diálogo cerrado entre las usuales potencias globales.
Con esto en mente, la investigadora Valeria Ramírez-Castañeda decidió estudiar el costo económico, emocional y de tiempo que supone publicar en inglés para los investigadores de su país, Colombia. Según su estudio, “comprender las desventajas a las que se enfrentan los investigadores colombianos es fundamental para minimizar la desigualdad global en el ámbito científico”. Para ello, Ramírez-Casteñeda realizó una encuesta en la que participaron 49 estudiantes de doctorado y doctores en ciencias biológicas. La encuesta consistió de 44 preguntas sobre los antecedentes socioeconómicos de los investigadores, su nivel de inglés, número de publicaciones, gastos derivados de escribir en inglés (es decir, pagar por servicios de edición o traducción), dificultad para leer y escribir tanto en inglés como en español, y sus niveles de ansiedad al participar en conferencias en inglés. La encuesta se tituló “Implicaciones del idioma en la publicación científica” y se publicó en X, antes Twitter, con el hashtag #CienciaCriolla, donde permaneció activa durante dos meses.
Para analizar estos datos, Valeria Ramírez-Castañeda separó la información demográfica por género, origen étnico y contexto socioeconómico, y seguido de esto, información relevante salió a la luz. Solo el 30.2 % de los participantes eran mujeres, la mayoría de los investigadores procedían de grandes ciudades y el entorno de los estudiantes en su mayoría era de ingresos medios a altos. Esto demostró un sesgo considerable sobre quienes, en un principio, tienen acceso a la ciencia como profesión.
Lo que el estudio demostró
Puede ser que escribir en inglés sea complicado para los investigadores; sin embargo, de acuerdo con los resultados, es ubicuo, pues el 92 % de los artículos publicados por los participantes fueron escritos en este idioma. Como la autora sugiere, la razón detrás de esto puede deberse más a una “obligación” que a una “preferencia”, pues casi la mitad de ellos afirmó tener dificultades para escribir en inglés, ya que, al menos en una ocasión, su trabajo fue rechazado o tuvo que ser revisado por errores gramaticales. Sin embargo, otro problema radica en que, comúnmente, estas revisiones contienen coloquialismos o expresiones con las que los investigadores no anglófonos no están familiarizados .
Entre los países latinoamericanos (al menos durante el estudio), Colombia ocupa el segundo lugar en desigualdad económica, además de tener uno de los niveles de dominio de inglés más bajos del mundo. De acuerdo con la encuesta, existe una relación directa entre ambas variables pues, a mayores ingresos, mejor nivel de inglés (Fig. 1). Como resultado, escribir artículos en inglés supone una enorme inversión de tiempo para los investigadores menos privilegiados, que requieren en promedio más de 200 horas comparado al español que les toma poco más de la mitad de tiempo.

Fig. 1. Relación entre el estatus socioeconómico (eje X) y el dominio del inglés (eje Y), que, al menos en Colombia, muestra una correlación significativa. Figura 6 del artículo utilizado bajo licencia CC BY 4.0.
Debido a esto, tres quintas partes de los investigadores han tenido que pagar por servicios de edición y más de una cuarta parte ha utilizado servicios de traducción. Sin embargo, el problema se agrava aún más si consideramos los ingresos mensuales de los estudiantes de doctorado en Colombia. Por ejemplo, la traducción y edición de un artículo de 3000 palabras dirigido a alguna de las revistas científicas más relevantes puede representar desde un cuarto hasta la mitad de sus ingresos mensuales. Esto ha obligado a algunos investigadores a solicitar ayuda informal a conocidos. De acuerdo con los datos, el 93.9% de ellos ha pedido este tipo de asistencia no profesional para editar sus trabajos, y más de un 30% ha solicitado ayuda para traducirlos. En cuanto a conferencias científicas internacionales, una tercera parte de los encuestados decidió simplemente dejar de asistir debido a que estas generalmente se llevan a cabo en inglés. Todos estos factores se convierten en una carga adicional de tiempo, emocional y económica que los investigadores del norte global no tienen que considerar.
Falta de diversidad y acceso
Valeria Ramírez-Castañeda no aboga en contra del valor de un idioma común en la ciencia. Utilizar un mismo idioma es clave para enlazar diferentes prácticas e investigaciones de todo el mundo, lo cual vuelve la investigación entendible y replicable sin importar el lugar de origen de los científicos. Sin embargo, las puertas que regulan el flujo del conocimiento científico en el mundo continúan cerradas para los menos privilegiados. Así, la integración global del inglés en la ciencia actúa como un proceso de homogeneización que trunca la diversidad de los investigadores y, como resultado, la diversidad de las preguntas. Citando a la autora: “la diversidad de idiomas promueve la diversidad de pensamiento”. Generalmente, los investigadores que no disponen de los medios para producir ciencia en inglés encuentran refugio en las revistas nacionales. Sin embargo, desde un punto de vista global, la calidad de estas se considera limitada. Esto incentiva a los investigadores a publicar principalmente en revistas internacionales, lo cual deja a aquellos que solo pueden acceder a las nacionales con conocimientos limitados.
También es importante considerar que la población local puede también verse afectada, pues se limita su acceso a la ciencia producida en su propio país, con posibles repercusiones en políticas nacionales en materia de protección de recursos naturales y del medio ambiente.
¿Cuáles son las alternativas?
Un idioma común debería actuar como un canal de comunicación, no como control de calidad, por lo que, en opinión de la autora, un esfuerzo bilateral debería hacerse para remediar algunas de estas desigualdades. Por ejemplo, ella sugiere impulsar a investigadores extranjeros a publicar en revistas locales, así como apoyar a revistas internacionales que aceptan artículos en diferentes idiomas. Además, sugiere que la edición y traducción de los artículos recaigan en las revistas, no en los investigadores; que las conferencias internacionales adopten servicios de traducción simultánea; y, por último, hacer hincapié en el uso de software de traducción público y gratuito.
En general, éste sería un proceso lento pero con resultados prometedores. Resultados que se requieren para contrarrestar un problema medular que, hay que recordar, empieza mucho antes que en el doctorado: en el colegio, y seguramente antes. Es allí donde una validación de privilegios y de demás factores filtra gradualmente el acceso a la ciencia, y donde perdemos la diversidad social y de género que recuerdo vívidamente de mi carrera y de la cual mi escuela se enorgullecía. Así, la incorporación de estas armas habría ayudado a mis compañeros a defender su lugar en la ciencia y varios de ellos posiblemente seguirían en la investigación. Por eso, darle más oportunidades a la gente en la ciencia es también darle más oportunidades a la ciencia.
Este ensayo es una versión al español del original, publicado en SciComm Bites. Agradecemos a los editores el permiso para republicarlo en nexos.
Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.
Todo niño bilingüe que crece en EU, de padres latinos, sabe lo laaaaargo que es el español. Para hacer ciencia basta con leer en inglés. Y eso se aprende…leyendo en inglés. No hay ningún secreto ni dificultad en ello. Quien no lo pueda lograr, quizás no deba iniciar una carrera científica. Lo difícil de la ciencia para nada es el idioma inglés.
Ademas ya existe IA traductor. No se entiende cuál es tu punto con este artículo. ¿O crees que es mejor no conocer un segundo idioma, aun sin relación con el quehacer científico?