Cómo guardar un rayo en una botella

Hay un dicho de origen estadunidense que se utiliza cuando alguien tiene éxito en una hazaña sumamente improbable. Se dice que es “como capturar un rayo en una botella”.

Si yo pudiera guardar un rayo en una botella, más bien me gustaría utilizarlo como una especie de batería portátil improbable, o hasta como un mecanismo de autodefensa disfrazado. O mejor aún, para regresar la energía eléctrica en mi hogar que lleva un día entero ausente y que probablemente sea la razón por la que mi mente esté debrayando tanto.

Ilustración: Oldemar González

La electricidad recorre nuestros asentamientos como sangre que oxigena máquinas y circuitos. Los aparatos del día a día, como celulares, computadoras, autos, y refrigeradores se nutren de la electricidad que encapsulamos y canalizamos, no en botellas, sino que, en centrales generadoras, transformadores y redes de transporte. Desde la central hidroeléctrica El Novillo en Sonora, la planta Adolfo López Mateos en Veracruz, la planta Francisco Pérez Ríos en Hidalgo, o la presa Chicoasén en Chiapas (siendo este último estado el mayor motor de energía eléctrica en el país), la energía eléctrica atraviesa por arterias de cobre y aluminio hasta la comodidad de nuestras casas.

Y aunque nuestro aprovechamiento de ésta sea relativamente reciente, nuestra vida ya depende completamente de su uso. A tal grado que, tras tantas horas de este apagón y con intentos de mantenerme cuerdo organizando mis pantalones por color, una hoja de papel y una pluma fueron las que me recordaron que la productividad no está perdida cuando se nos va la luz. Que hace no mucho tiempo esto era suficiente para mover el mundo: comunicar ideas, explorar teorías, sellar contratos y que, en ese momento, no necesitaba más para bocetear este ensayo y librar a mi mente de divagar hasta la perdición.

Fue en 1752 cuando Benjamín Franklin, con su famoso experimento del papalote y la llave, probó que aquello a lo que él llamaba “fuego eléctrico” era también lo mismo que conforma a los rayos. En medio de una tormenta eléctrica y con la ayuda de su hijo, se dirigió a un campo abierto a volar un papalote. La punta del artificio volador tenía adherida un poco de alambre para atraer las corrientes eléctricas de la tormenta. Bajando del extremo opuesto del cometa, una cuerda de cáñamo humedecida por la lluvia de la cual también colgaba una llave actuó como conductora de la corriente atraída hasta una botella de Leyden (un aparato que en esencia actúa como una especie de batería muy rudimentaria). Si la botella se cargaba, indicaría que la energía capturada de la tormenta era la misma que la eléctrica con la que normalmente se carga. Atada a la cuerda de cáñamo, una cuerda de seda se extendía hacia la mano de Franklin que, al estar seca bajo un techo, lo mantuvo aislado de alguna descarga.

Joseph Priestley, científico contemporáneo de Franklin y reconocido por ser uno de los descubridores del oxígeno, describió con mucha gracia el proceso y resultado. “Para demostrar, de la manera más completa posible, lo mismo del fluido eléctrico con la materia del relámpago, el Dr. Franklin, por asombroso que parezca, se las ingenió para traer rayos desde los cielos, mediante un cometa eléctrico […]. Del fuego eléctrico obtenido, encendió los espíritus, y realizó otros experimentos eléctricos que usualmente se exhiben con una esfera o un tubo excitado”.

Realmente, el cometa de Benjamín Franklin no pudo haber sido golpeado directamente por un rayo, de lo contrario, sin importar que estuviera sosteniendo un cable aislado, la enorme corriente del “fuego eléctrico” como él lo llamaba, lo hubiera fulminado. Fue la carga estática en el ambiente generada por la tormenta lo que llegó desde el cielo hacia el papalote y hasta su botella de Leyden y que, al tocar con el dedo, le devolvió un chispazo. De ahí viene el famoso dicho del que hablaba. Así fue como Benjamín Franklin logró encerrar un rayo en una botella, o al menos en parte.

Esta no es la historia del descubrimiento de la electricidad. Tampoco explica el inicio del aprovechamiento de la energía eléctrica. Si acaso encontramos aquí el origen del pararrayos, pero yo argumentaría que sí se esconde algo más. Aquí hallamos que las maravillas de la naturaleza juegan al mismo juego que nosotros. Es decir, que no hay estados ni elementos solo permitidos para los dioses en el Olimpo, que las leyes de la física y del mundo natural son realmente universales y que intentar entenderlas es una posibilidad.

Se piensa que nuestro primer contacto con el fuego se debió al impacto de un rayo contra algún madero seco. Así comenzamos a cocinar nuestros alimentos, regular mejor nuestra temperatura y desarrollar diferentes materiales. Hoy en día, la misma energía del rayo, ya comodificada e industrializada, es la que utilizamos con estos mismos fines. Un rayo, cuya temperatura supera cinco veces la de la superficie del sol, cuya velocidad sobrepasa la de una bala llegando hasta 1400 kilómetros por segundo, y que azota con la fuerza de casi 250 kilogramos de dinamita, es la misma energía que transmite hasta nuestro cerebro lo que sentimos al percibir una caricia o la brisa del viento. Ese rugido primordial que inspiró a tantas culturas, ahora sabemos, que está en todas partes. Desde la neurona más interna hasta su producción más distante en un satélite artificial, en cada una encontramos energía eléctrica. Conceptos tan o más disparatados y, a simple vista improbables, que guardar un rayo en una botella.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

Referencias

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Publicado en: Métodos