Cómo se forma la personalidad de un perro

Ilustración: Mariana Villanueva

El perro ha sido el mejor amigo del ser humano desde hace, al menos, 14 000 años. Con el tiempo, los humanos se convirtieron en una fuente estable de recursos y, a cambio, encontraron seguridad y afecto en los perros de compañía. Esta especie se adaptó para colaborar en una gran variedad de tareas, como el pastoreo, la caza o la vigilancia, y desarrolló con nosotros vínculos estrechos. Hoy en día, casi todas las familias conviven con al menos un perro; forman parte no sólo de nuestros hogares, sino también de nuestra comunidad. Sin embargo, esta convivencia puede verse afectada por problemas de conducta, sobre todo relacionados con la agresión, el miedo y la ansiedad por separación.

En 2021 llegaron dos cachorras de golden retriever, Suki y Verona, al mismo edificio y piso, compartiendo el pasillo. Aunque coincidían en aspectos como la raza, la edad y el entorno, con el tiempo comenzaron a mostrar personalidades no sólo diferentes, sino casi opuestas. Mientras Verona parecía irradiar alegría al interactuar con otros perros y con los vecinos, Suki reaccionaba como si cada encuentro fuera un reto. Otros perros no eran posibles compañeros de juego, sino rivales a los que había que enfrentar. Lo que empezó como cierta desconfianza, con los años se transformó en conductas agresivas no sólo hacia otros perros, sino también hacia personas desconocidas.

¿Cómo es posible que dos cachorras tan similares en apariencia y entorno terminaran siendo tan distintas? La respuesta, como suele ocurrir en la biología del comportamiento, no es tan simple. Hay que regresar a las experiencias tempranas y aprendizajes sociales. 

Es muy importante tomar en cuenta su vida de recién nacidas: Verona nació como la más pequeña de su camada; Suki, en cambio, fue una de las crías más grandes y fuertes. En las primeras semanas de vida, cuando los cachorros aún dependen de la leche materna, estas diferencias de tamaño son determinantes. Los más grandes suelen imponerse, desplazando a los hermanos más débiles y acaparando las mejores posiciones para alimentarse, un proceso que impacta en el desarrollo temprano y posterior comportamiento social.

Esta competencia influye en el crecimiento físico y en el desarrollo del temperamento. Los cachorros que logran imponerse desde sus primeros días de vida tienden a desarrollar conductas más dominantes; mientras que los que deben adaptarse a un acceso limitado suelen mostrarse más sumisos. Es posible que Verona, desde sus primeros días, aprendiera que la paciencia y la flexibilidad le permitían sobrevivir, mientras que Suki consolidó una forma de relacionarse marcada por la insistencia y la confrontación.

La infancia de un cachorro es un periodo sensible de socialización, pues es la etapa donde aprenden a relacionarse con el mundo. En el caso de Suki, sus primeras experiencias fuera de casa no fueron afortunadas: un perro más grande la agredió en un encuentro temprano. Para un cachorro, un evento así puede ser determinante. La psicología del aprendizaje lo explica a través del condicionamiento: si un estímulo (otros perros) se asocia a una experiencia desagradable (el ataque), se genera una respuesta emocional negativa: miedo, en este caso. Y el miedo en los perros, con frecuencia, se expresa como agresión defensiva.

Verona, en contraste, fue introducida a un grupo de paseo diverso y controlado, con perros de distintos tamaños y temperamentos, bajo la guía de personas que aseguraban interacciones positivas. Ella asoció la presencia de otros perros con juego, compañía y seguridad. Lo que en Suki se convirtió en temor y confrontación, en Verona se transformó en comodidad y juego.

Otro factor que marcó la diferencia fueron los contextos familiares. Aunque ambas han sido criadas en un hogar lleno de amor, Suki convive con dos adolescentes que jugaban con ella de manera más ruda. Para un perro joven, este tipo de interacción puede reforzar conductas de excitación elevada, saltos, mordidas de juego intensas e incluso respuestas desproporcionadas a los estímulos. Verona, en cambio, compartía su hogar con un bebé. Desde temprano aprendió a controlar la fuerza de su hocico, a moderar sus movimientos y a esperar la atención paciente de los adultos. Su repertorio de juegos se moldeó hacia la calma y la delicadeza.

El caso de Suki y Verona refleja un dilema etológico: ¿qué tiene más peso, la genética o el ambiente? Podría ser que ambas interactúan. La genética puede predisponer a ciertos temperamentos: algunas razas heredan niveles más altos de reactividad y energía. Pero lo que las experiencias tempranas hacen es activar, moderar o suavizar esas tendencias.

En el caso de Suki, una cachorra grande con tendencia natural hacia la seguridad y la fuerza, la segunda aumentó por un episodio traumático temprano y por un contexto familiar que reforzaba la intensidad en el juego. Verona, con una predisposición quizá más sumisa, vivió experiencias de socialización positivas y un ambiente hogareño que premiaba la calma.

Una investigación publicada en el Journal of Research in Personality examinó los cambios en la personalidad de los perros mediante una encuesta implementada a más de 1 600 dueños de cincuenta razas distintas. Ellos evaluaron la personalidad de sus mascotas y, además, respondieron un segundo cuestionario sobre su propia personalidad. Los resultados mostraron una correlación en tres aspectos principales: la relación entre la edad y la personalidad del perro, y la influencia que la personalidad canina ejerce en la calidad del vínculo con su dueño.

Uno de los rasgos que menos se modifica con la edad en los perros es el miedo y la ansiedad. En el estudio, las personas extrovertidas calificaron a sus mascotas como más inquietas y activas, mientras que los dueños introvertidos describieron a sus perros como más temerosos y menos receptivos. Por otro lado, quienes se consideraron a sí mismos como agradables percibieron a sus perros como poco temerosos y menos agresivos hacia personas y animales. Esto evidencia hasta qué punto los dueños pueden influir en la personalidad de sus compañeros animales.

Al adoptar un perro es probable que algunos rasgos de su personalidad estén determinados por la biología y no cambien con facilidad. Sin embargo, al integrarlo en un entorno donde se sienta querido y respetado, es posible que su temperamento evolucione hacia una personalidad más calmada y equilibrada.

Aunque los perros son considerados los mejores amigos del ser humano, en ciertos casos pueden desarrollar conductas agresivas y atacar tanto a otros perros como a personas. Por ello, es fundamental identificar dónde buscar ayuda para estabilizar a la mascota y lograr que conviva de forma segura. La modificación de conducta es una intervención basada en principios de la psicología que busca disminuir o eliminar comportamientos desadaptativos y fomentar aquellos que favorezcan una interacción adecuada con su entorno.

La profesora Sofía Viniegra, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, junto con un equipo de estudiantes, ofrece consultas de etología clínica para perros y gatos con el fin de prevenir, diagnosticar y tratar problemas de comportamiento. Su recomendación principal es no intentar resolver estos problemas por cuenta propia, sino acudir a un especialista capaz de identificar el origen de la agresión, determinar qué la desencadena y definir las medidas necesarias para una rehabilitación adecuada.

Para llegar a un diagnóstico, el equipo de etología clínica sigue un protocolo específico con los pacientes caninos. Un grupo de cuatro personas acompaña al perro y a su dueño desde su llegada hasta el área de trabajo para evitar accidentes. Durante la valoración se mantiene una distancia prudente con el animal para prevenir agresiones. Luego se registra su peso y datos generales, y se solicita no interactuar con él, incluso evitando el contacto visual. Después, se elabora un expediente con los antecedentes de los episodios agresivos y sus detonantes. Con esta información se construye un diagnóstico que orienta el tratamiento, las actividades a realizar en casa y los pasos a seguir en futuras consultas. Cuando es necesario, se recomiendan aditamentos de seguridad y, en casos muy específicos y respaldados por estudios, pueden prescribirse medicamentos.

Para dar seguimiento al caso, se pide al dueño describir la evolución del comportamiento del perro, reportar cualquier incidente nuevo y detallar cómo interactúa con otros individuos. Al final, se recrean distintos escenarios para evaluar el progreso del animal. Ésta no es una historia de “buen” y “mal” perro, sino de cómo pequeñas diferencias en las experiencias tempranas pueden transformarse en trayectorias divergentes de comportamiento. La etología nos enseña que los perros son individuos únicos, producto de su herencia genética, sus vivencias y el ambiente humano que los rodea, y que estas interacciones pueden moldear respuestas conductuales complejas.

Los problemas de comportamiento en los perros influyen en su bienestar y el de las personas con quienes conviven. Es por eso que los dueños tienen la enorme responsabilidad de guiar esos aprendizajes. Con paciencia, conocimiento y acompañamiento profesional, es posible reconducir conductas problemáticas y, sobre todo, prevenirlas en los primeros meses de vida. Ambas historias, sin embargo, nos recuerdan que cada perro merece comprensión y que nunca es tarde para trabajar en su bienestar emocional para fortalecer vínculos más sanos.

Alexandra Camacho Rodríguez

Bióloga egresada de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

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Publicado en: Cuestiones