Crítica científica: ¿herejía o motor del progreso?

Ilustración: Víctor Solís

Cuando Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859, no presentó sus ideas como un dogma incuestionable. Por el contrario, dedicó el capítulo VI a exponer con honestidad las “limitaciones” de su teoría. En ediciones posteriores, Darwin no sólo reconoció las críticas de sus colegas, sino que las incorporó para refinar su obra, añadiendo explícitamente que la selección natural era un mecanismo evolutivo, pero no el único. Darwin también adecuó su argumentación en reediciones sucesivas (capítulo VII); lejos de debilitar su legado, esta disposición a revisar y matizar sus planteamientos lo fortaleció.

Hoy, más de 150 años después, la teoría de Darwin continúa siendo el fundamento de la biología moderna, pero ahora entendemos muchos otros mecanismos evolutivos que el propio Darwin no conocía: la deriva genética, la transferencia horizontal de genes, entre otros.

Esta meticulosidad y la capacidad de adaptación frente a la crítica no son casuales. El filósofo Karl Popper (1902-1994) puso el dedo en la llaga cuando identificó qué hace que la ciencia sea diferente de otras formas de conocimiento. Popper notó algo curioso: las teorías pseudocientíficas, como el psicoanálisis, parecían tener respuesta para todo. No importaba qué datos se aportaran en contra, siempre hallaban una explicación que las hacía inmunes a la refutación. De acuerdo a Popper, las teorías científicas carecen de esta irrefutabilidad. En otras palabras, la línea divisoria entre la ciencia y la pseudociencia radica en una idea central: la falsabilidad: las hipótesis científicas están formuladas de modo que podrían, en principio, ser refutadas mediante la observación o experimentación; las pseudoteorías, en cambio, se presentan de tal forma que ningún resultado concebible las contradice.

Popper lo resumió en una frase brillante: “la ciencia avanza a través de conjeturas y refutaciones”. Proponemos ideas y luego las sometemos a prueba; las que resisten a estos “ataques” experimentales se vuelven más sólidas. En contraste, un astrólogo siempre puede encontrar una interpretación a una carta astral que se ajuste a la realidad post facto, y un psicoanalista puede explicar cualquier acción humana en términos de sus constructos teóricos sin posibilidad de contradicción empírica.

Pero aquí surge una paradoja moderna: mientras que esta crítica rigurosa debería ser celebrada como un motor del quehacer científico, hoy en día, con frecuencia, se la confunde con negacionismo o se la tacha de herejía. Conviene, por tanto, recuperar la distinción entre la crítica constructiva y la negación que rehúye a la evidencia.

Primero, aclaremos qué no es la crítica científica. No es simplemente decir “esta teoría está mal” y proponer algo diferente sin explicar ni mostrar evidencia de por qué es mejor tu teoría. La crítica científica real busca algo más profundo: identificar errores específicos en los datos, encontrar fallas en la metodología, o proponer mejores explicaciones que puedan probarse o refutarse. Es un proceso que requiere conocimiento, evidencia y, sobre todo, la capacidad de ofrecer alternativas mejores.

Pensemos en un ejemplo histórico que ilustra esto perfectamente. Durante siglos, el modelo ptolemaico del sistema solar funcionó bastante bien. Podía predecir dónde estarían los planetas en el cielo nocturno con notable precisión. Sin embargo, para lograr esa precisión, el modelo se volvió increíblemente complejo. Cuando una observación no encajaba, los astrónomos no descartaban el modelo, sino que le añadían “parches”, llamados epiciclos (círculos dentro de círculos). Es decir, hacían que su teoría fuera irrefutable. En lugar de arriesgarse a ser refutada, la teoría se modificaba constantemente para “inmunizarse” contra la evidencia nueva.

Sin embargo, cuando Galileo apuntó su telescopio al cielo, hizo hallazgos cruciales que actuaron como “experimentos falsadores” para el modelo geocéntrico. Galileo describió cuatro lunas que orbitaban Júpiter. Esto falsó la idea fundamental del modelo geocéntrico, de que todos los cuerpos celestes giraban alrededor de la Tierra, evidenciando que existían otros centros de movimiento en el universo. Aunque esto no probaba que la Tierra giraba alrededor del Sol, rompía con el pilar central del viejo sistema.

Podemos encontrar otro ejemplo en la física moderna: Einstein no simplemente dijo “Newton está equivocado”. Su teoría de la relatividad general responde preguntas que la física clásica de Newton no puede contestar, como los campos gravitacionales muy intensos. Pero, a la vez, la mecánica cuántica responde preguntas que la relatividad no puede manejar, como el comportamiento de partículas subatómicas.

Cada “revolución” no destruye el conocimiento anterior, sino que lo expande y lo refina. En todos estos casos, la crítica científica no frenó el progreso: lo aceleró enormemente. Pero, entonces, ¿por qué enfrentamos tantos obstáculos hoy en día?

Vivimos en una época de titulares instantáneos y redes sociales. Los medios, los políticos y hasta las agencias que financian la investigación científica exigen resultados “definitivos”. El problema es que la ciencia no funciona así.

La ciencia es un proceso de aproximaciones sucesivas, donde cada estudio aporta una pieza más al rompecabezas. Cuando vemos titulares sensacionalistas como “La ciencia resuelve el misterio” o “Los científicos encuentran la respuesta definitiva…”, se borra la complejidad y los matices del proceso científico. Se crea la ilusión de que existe un consenso monolítico donde en realidad hay debates activos entre datos, métodos e interpretaciones. Aunque es válido que los científicos “demuestren” hipótesis mediante experimentos y análisis, el peligro aparece cuando esas presuntas demostraciones son inescrutables o irreproducibles. Una demostración que nadie puede replicar o cuyo método se oculta deja de ser útil para la comunidad científica; se convierte en una afirmación aislada y frágil.

Otro problema está en cómo enseñamos ciencia. La educación científica, frecuentemente, tiende a enfocarse en memorizar hechos y teorías científicas establecidas, pero rara vez enseña cómo evaluar críticamente un estudio científico. Los estudiantes aprenden que “la fotosíntesis funciona así”, pero no aprenden a preguntarse “¿cómo sabemos que funciona así?” o “¿qué evidencia podría demostrar que estamos equivocados?”. Esto crea la percepción de que la ciencia es una colección de “verdades sagradas” en lugar de un proceso dinámico de descripciones. Cuando aparece nueva evidencia que desafía algo que aprendieron en la escuela, cabe la posibilidad de que no sepan cómo procesarla.

Dentro del mundo académico también hay problemas. Muchos estudiantes de ciencia y científicos piensan que cuestionar las ideas de otros profesores o de investigadores establecidos es invitar a la confrontación. Esto lleva a que críticas válidas —como señalar sesgos metodológicos o errores en la interpretación de datos— se queden calladas por presión social. Si tu carrera depende de la aprobación de ciertos científicos prominentes, ¿te atreverías a criticar públicamente su trabajo? Este ambiente puede sofocar exactamente el tipo de discusión que necesitamos para que la ciencia progrese.

Pero aquí viene lo preocupante: cuando no fomentamos una cultura de crítica científica saludable, la desinformación puede disfrazarse fácilmente de escepticismo legítimo. Si la gente no sabe distinguir entre crítica constructiva y negacionismo sin fundamento, cualquier persona con una teoría conspirativa puede sonar tan “científica” como un investigador real. La historia nos ha demostrado una y otra vez que suprimir la crítica no protege a la ciencia, sino que la corrompe. Los ejemplos son dolorosos pero instructivos, como se trata del caso Wakefield.

El caso Wakefield: cuando el fraude se disfraza de ciencia

En 1998, Andrew Wakefield publicó un estudio en la prestigiosa revista The Lancet que sugería un vínculo entre las vacunas y el autismo. El estudio tenía problemas metodológicos graves desde el principio, pero durante años la comunidad médica fue reacia a cuestionarlo públicamente. ¿Por qué? Porque Wakefield era un médico con credenciales, publicó en una revista respetada, y criticar su trabajo se veía como un ataque personal. No fue hasta 2010 que se reveló que Wakefield había manipulado y falsificado los datos. Pero, para entonces, el daño estaba hecho. La idea de que las vacunas causan autismo continúa circulando incluso más de una década después. ¿Qué pasaría si, desde el principio, existiera una cultura que celebre el cuestionamiento riguroso de cualquier afirmación extraordinaria, sin importar quién la haga?

Entonces, ¿qué podemos hacer?

Los científicos necesitamos celebrar la crítica constructiva, no temerla. Esto significa que, en lugar de presentar la ciencia como una colección de hechos inmutables, debemos enseñar cómo es que llegamos a esos conocimientos y qué evidencia podría cambiar nuestro entendimiento. Además, debemos fomentar el debate respetuoso, creando espacios donde las ideas puedan ser cuestionadas sin que eso se interprete como un ataque personal a quien las propuso.

Para los medios y el público: la próxima vez que se vea un titular que diga “La ciencia encuentra la respuesta definitiva…”, habremos de preguntar: ¿qué tipo de estudio fue? ¿Otros científicos han llegado a las mismas conclusiones? El escepticismo saludable pregunta “¿cómo sabemos esto?” ¿Estamos dispuestos a cambiar de opinión con la nueva evidencia? El negacionismo, simplemente, dice “esto no puede ser cierto” sin importar la evidencia. Además, hay que entender que cambiar de opinión es una fortaleza, no una debilidad.

Cuando los científicos modifican sus recomendaciones basándose en nueva evidencia (como pasó durante la pandemia de COVID-19), no están siendo inconsistentes. Están haciendo exactamente lo que se supone que deben hacer: actualizar su conocimiento y descartar las ideas que se demuestran como falsas. Podemos empezar a ver la crítica científica como lo que realmente es: el ritual de renovación que evita que la ciencia se convierta en dogma. Como consecuencia del racionalismo crítico, el escepticismo y el método científico, podemos decir que ninguna creencia debería ser sagrada; ninguna crítica tabú.

Una ciencia que admite sus limitaciones, que celebra las preguntas difíciles, y que se permite evolucionar es mucho más robusta que una que pretende tener todas las respuestas. Al final, como nos mostró Darwin hace más de un siglo, la disposición a ser criticados y a cambiar nuestras ideas cuando la evidencia lo amerita no es una debilidad: es exactamente lo que hace que la ciencia sea una de las herramientas más poderosas que tenemos para entender nuestro mundo.

Santiago García Ríos

Neurobiólogo computacional. Ha colaborado con el departamento de computación de la Universidad Estatal de Michigan y del Instituto Max Planck, así como en el Instituto de Fisiología Celular de la UNAM.

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Publicado en: Métodos