Cuando dejamos de entender el mundo:
Un verdor terrible, de Benjamín Labatut

La primera mitad del siglo XX es un periodo crucial en la historia de la ciencia moderna porque marca muchos precedentes para la investigación actual: la biología, la geología, la química, la astronomía y, por supuesto, la física. Estas disciplinas fueron reestructuradas gracias a avances que, en su mayoría, ocurrieron en un ambiente social de incertidumbre e inseguridad, producto de las dos guerras más devastadoras en la historia humana.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

El siglo pasado fue un periodo que estimuló el desarrollo científico-tecnológico para fines bélicos: en la Alemania nazi se produjeron armas químicas, como el pesticida Zyklon B a base de cianuro, que sería utilizado para acabar de manera sistemática con la vida de millones de presos en los campos de concentración; en Estados Unidos, bajo el nombre de Proyecto Manhattan, un grupo de físicos encabezados por Robert Oppenheimer aprovechó los recientes descubrimientos respecto a la estructura del átomo, la radiación y la relatividad para crear armas nucleares, proyecto que culminó con la caída de dos bombas atómicas en Japón, Hiroshima y Nagasaki, que provocaron la muerte de cientos de miles de personas.

Es en este periodo de logros científicos y terror social el escritor chileno, Benjamín Labatut, coloca la acción de su última novela: Un verdor terrible (Anagrama, 2020).

Un verdor terrible es un libro extraño. Se compone por una serie de cuentos, mezcla de ficción y hechos reales, que tienen como personajes protagónicos a científicos importantísimos, aquellos que encabezan los libros de historia y transforman el mundo, como Haber Bosch, Alan Turing, Albert Einstein y a casi todos los padres fundadores de la mecánica cuántica.

Pero su búsqueda literaria no parece limitarse a la novelización de la historia científica. Entre otras cosas, carece del tono didáctico que, ocasionalmente, adoptan los libros de difusión de la ciencia y, sin embargo, explica una cantidad tremenda de información con sencillez y belleza. Todos los datos científicos e históricos que se relatan en el libro son verídicos, pero Labatut especula respecto a los pensamientos e historias personales que llevaron a los protagonistas a deducir sus grandes descubrimientos.

Y es en esta especulación donde trata los otros temas del libro: las fronteras entre la genialidad y la locura, entre la revelación científica y el éxtasis místico, y la respuesta de estas personas ante lo misterioso y lo incomprensible (porque a pesar de los hallazgos que aborda el libro, los científicos desconocen muchos fundamentos en sus campos de estudio, y aún lo hacen).

Azul de Prusia, el primer relato, y probablemente el mejor, describe el desarrollo de las armas químicas en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Para ello, rastrea sus precedentes en el pigmento homónimo del siglo XVII, el cual se popularizó entre los burgueses europeos por su hermoso colorido y su accesibilidad. Este es un cuento sin protagonistas, la historia avanza de manera fantasmal a través de tiempos y personas. A partir del hermoso pigmento azul, Wilhelm Scheele desarrolló el cianuro, una sustancia química que en los siglos posteriores sería aprovechada para diferentes usos industriales, como los agroquímicos, los cuales aún siguen intoxicando aguas y suelos.

El cuento culmina con la historia del célebre químico alemán de ascendencia judía Fritz Haber, una de las personas más influyentes en la historia de la humanidad si consideramos que, gracias a su método para aislar el nitrógeno del aire (que desarrolló junto a Carl Bosch), fue posible la creación de fertilizantes y, en consecuencia, la producción de vegetales a niveles industriales sin precedentes. El proceso Haber-Bosch permitió la explosión demográfica moderna y este descubrimiento les dio a sus autores el Premio Nobel de Química en 1918.

Pero el trabajo de Bosch no se limitó a esto. También fue muy influyente la forma en la que se concibe la guerra al desarrollar, junto con un equipo de científicos, las primeras armas químicas de la historia; entre éstas, el infame gas mostaza, arma cuyo impacto es tan doloroso (quema la piel, sofoca los pulmones y degrada cualquier rastro de vida a su paso, sea animal o vegetal) que en 1925 se firmó el Protocolo de Ginebra, el cual prohibió el uso de armas químicas en la guerra, una formalidad que incluso Hitler acató en el campo de batalla. Sin embargo, eso no impidió que aprovecharan las armas químicas para el exterminio masivo de judíos y enemigos políticos, entre los cuales se encuentran muchos de los familiares de Bosch, cerrando el círculo de la historia.

El segundo cuento del libro, La singularidad de Schwarzschild, también trata de vidas atravesadas por la guerra. Tiene como protagonista al genial físico judío alemán Karl Schwarzschild, quien es famoso por ser la persona que resolvió las ecuaciones de la relatividad general el mismo año que Albert Einstein las propuso. Lo más sorprendente es que hizo tal hito debajo del barro y lodo de las trincheras alemanas donde combatió como soldado durante la Primera Guerra Mundial.

Schwarzschild también es célebre por haber hallado, de manera totalmente imprevista, que las ecuaciones de Einstein sugieren la existencia de lo que ahora conocemos como “agujeros negros”. Una entidad que ha fascinado a físicos y no físicos, no sólo porque dentro de cierto radio (conocido como radio de Schwarzschild en su honor), su densidad es tal que nada puede escapar de su fuerza gravitatoria, ni siquiera un rayo de luz, porque dentro de estos agujeros, los valores como el espacio y el tiempo dejan de tener sentido tal como los conocemos. Los podemos calcular, pero no los podemos concebir.

Schwarzschild queda obsesionado con el abismo y la oscuridad de ese resultado imposible. A su vez, mientras su estado de salud empeora (murió por una infección en la misma guerra), compara su nuevo descubrimiento con la espiral de violencia a la que Europa ha caído y de la cual no sabe cómo escapar, pensamientos que son una libertad poética que se toma el autor, pero que bien podrían ser verdad.

El tercer relato, El corazón del corazón, cuenta la historia de Alexander Grothendieck, matemático francés que puso las bases de la geometría algebraica, una rama de la ciencia que ha sido aprovechada para la transmisión y flujo de datos en los medios de comunicación, como el internet.

Grothendieck también tuvo una vida muy política. Hijo de un par de anarquistas, se involucró en los movimientos sociales que más movilizaron a la población en los años sesenta: protestó ante la intervención de Estados Unidos en Vietnam, y dio charlas para promover el pacifismo y el ecologismo. Finalmente, abandonaría el mundo académico al considerar que estaba comprometido políticamente y al descubrir que el instituto en el que trabajaba recibía fondos del ministerio de defensa francés (dato real). El final del relato muestra al matemático como un gran enigma: recluido, austero e impredecible. Nunca queda claro si sus acciones son dirigidas por sus convicciones políticas o si está al borde de la locura.

El impacto negativo del desarrollo científico cuando éste se pone al servicio de intereses egoístas y amorales es una de las preocupaciones de estos primeros cuentos. El personaje de Grothendieck dice: «los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones». Por eso no es raro que durante el primero de los relatos se mencioné a Mary Shelley y a su Frankenstein que, según palabras del narrador, “advirtió sobre el avance ciego de la ciencia, la más peligrosa de todas las artes humanas”.

Finalmente, el último cuento Cuando dejamos de entender el mundo, se enfoca en los trabajos que dieron lugar a la fundación de la mecánica cuántica. Con esta disciplina los científicos se refieren al marco conceptual dedicado a explicar las propiedades de las partículas subatómicas, a diferencia de la relatividad, que por lo general se encarga de explicar los efectos de los objetos de gran tamaño y masa, como planetas y estrellas.

La cuántica representa un capítulo singular en la historia de la ciencia. A pesar de que los físicos han descrito extensamente las propiedades de las partículas subatómicas, y cómo se ha aprovechado para generar una infinidad de tecnologías, como los semiconductores (aparatos que regulan con precisión la corriente eléctrica de todos nuestras computadoras y teléfonos), los rayos láser, el GPS, la resonancia magnética nuclear, entre muchos otros, los científicos no entienden por qué el mundo cuántico actúa como lo hace. A diferencia de la relatividad, no responde a principios que entendamos, y su naturaleza parece arbitraria ya que no es posible predecir el comportamiento de las partículas con precisión. Por primera vez desde que Newton postuló sus leyes de movimiento, los físicos tuvieron la fuerte impresión de no entender los fundamentos que rigen a la naturaleza, y por esa razón, tal escenario resulta perfecto para que Labatut nos describa el desconcierto de sus protagonistas (Schrödinger, Heisenberg y De Broglie) ante sus nuevos descubrimientos.

Un verdor terrible es una exploración de los alcances de la ciencia, pero también los del pensamiento. Es en nuestras limitaciones donde nacen los misterios que atormentan al lector en el genial libro de Labatut.

 

• Benjamín Labatut, Un verdor terrible, Anagrama, Barcelona, 2020, 224 p.

 

Mauricio Gómez Martínez
Estudiante de Biología de la Facultad de Ciencias de la UNAM

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Contactos