La boa más grande que he visto en el medio silvestre medía poco más de tres metros de largo. Fue durante mi primera visita a Calakmul, por el año 2001, y me la crucé hacia el atardecer atravesando la terracería al salir de las ruinas. Supe que se trataba de una hembra desde antes de que estuviera a punto de morderme por pretender atraparla: sus dimensiones la delataban. Posteriormente, su temperamento mejoró. La sujeté por unos momentos conforme la fotografiaba y anotaba los datos pertinentes en mi bitácora de campo y después la dejé ir para que siguiera su camino.
El dimorfismo sexual se define como las variaciones en la fisonomía externa —tales como forma, coloración o tamaño— entre machos y hembras de una misma especie. Al menos en lo que corresponde al tamaño, este dimorfismo se presenta, en mayor o menor grado, en la mayoría de grupos de fauna. Usualmente, siendo las hembras más grandes que los machos (con excepción de los mamíferos, ciertos reptiles y algunas aves). Por eso es que, desde que divisé el contorno de aquella boa, resultó evidente que se trataba de una hembra, pues lo machos rara vez superan el metro y medio de longitud. Algo similar sucedió con casi todas las tarántulas que me crucé un poco más tarde esa misma jornada, así como con dos o tres ranas arborícolas y un par de alacranas.
Pero dejemos de lado el terreno de los organismos en los que las diferencias de tamaño entre sexos son, si bien significativas, modestas y abramos el catálogo de fieras donde el asunto alcanza extremos insospechados y da pie a que se pongan en marcha toda clase de prácticas reproductivas insólitas afines al parasitismo sexual. Cosa que acontece sobre todo bajo la superficie del mar.

Ilustración: Patricio Betteo
La primera vez que tuve la oportunidad de observar un pulpo abajo del agua juré que jamás volvería a comerme a uno de su clase. Sucedió durante un buceo nocturno en la costa de Guerrero y, como probablemente ya debería ser claro, se trataba de una hembra. La cefalópoda estaba enfrascada en la ardua tarea de abrir un ostión por la mitad, sin parecer demasiado perturbada por el haz de luz de la linterna, cuando una raya se aproximó por el costado a olisquear el ostión, ocasionando que ésta saliera huyendo, propulsándose en reversa y dejando un manchón de tina a su paso. Recuerdo que me sorprendió que, aun de noche, eyectara su tinta. De cualquier manera, bastaron unos minutos de su magnificente presencia para dejarme trastocado.
En los pulpos suele presentarse un dimorfismo sumamente marcado, con las hembras siendo unas 10 veces más grandes que los machos (imaginemos que si la hembra tuviera las dimensiones de un balón de basquetbol, entonces el macho sería como del tamaño de una pelota de golf). Pero más sorprendente que esta diferencia de tamaño es su reproducción, que generalmente acontece por medio de una extremidad modificada, de las ocho en total del macho, denominada como hectocótilo. Durante el cortejo de apareamiento, el macho introduce dicho brazo modificado en la hembra y, posteriormente, se quiebra en su interior, lugar en el que permanecerá como un visitante parasítico aportando los espermatozoides.
A lo mejor le podríamos llamar fecundación por mutilación a este curioso ritual, quién sabe. Lo que es seguro es que en los argonautas es donde se manifiesta uno de los dimorfismos más marcados de quienes lo llevan acabo —ellos midiendo apenas dos centímetros de largo y ellas más de 20—. En ocasiones denominados como nautilos de papel, los argonautas en realidad son pulpos. Unos pulpos muy singulares pues, en época reproductiva, las hembras confeccionan una concha calcárea similar en apariencia a la de los nautilos, pero de mayor ligereza y como apergaminada, la cual emplean para proteger a sus crías.
Un poco más exagerado que el caso de los argonautas es aquel que puede observarse en los peces linterna, de las profundidades marinas, en los cuales se registra uno de los dimorfismos sexuales más marcados del reino animal, donde las hembras suelen ser 60 veces más grandes y hasta 500 000 veces más pesadas que los machos. Se han descrito unas 200 especies dentro del orden de los Lophiiformes; algunas, como el rape, merodean en los arenales a hondura media, pero la mayoría de su estirpe sólo puede ser encontrada más allá de la frontera donde la luz solar jamás ha penetrado, es decir, por debajo de los 1000 metros de profundidad.
Posiblemente uno de los rasgos más distintivos que presentan estos peces, además de su aspecto extravagante, es el apéndice alongado, llamado antera, que se dispara desde la parte frontal de su rostro y que emplean a manera de señuelo para atraer y emboscar a sus presas: en el caso del rape, meciéndolo como si se tratara de una caña de pescar y, en el de las variedades más abisales, cual carnada luminosa gracias a las propiedades bioluminicentes que les confiere haber establecido una simbiosis con ciertas bacterias. Y es aquí cuando la cuestión se torna realmente bizarra y las asunciones que solemos tener con respecto al funcionamiento de la pareja comienzan a desvariar.
Sucede que para estos organismos el consorcio entre individuos es completamente definitivo, pues los machos no sólo son diminutos en comparación con las hembras, sino que ni siquiera tienen sistema digestivo desarrollado o boca. O bueno, siendo estrictos sí poseen una especie de aparato bucal rudimentario, pero se encuentra clausurado por una capa de tejido. El caso es que la única posibilidad de supervivencia para los jóvenes pretendientes es hallar a una hembra de su especie antes de morir por inanición. Si es que lo consigue, el pequeño pececillo se cierne sobre el lomo o vientre de la hembra y, habiendo secretado una enzima que degrada la capa de mucílago que antes cerrara su boca, muerde la piel de ella y se aferra con devoción. Lo que sucede entonces no tiene nombre en nuestro modesto modo de comprender el amor: los tejidos del macho comienzan a licuarse, fusionándose con los de la hembra. Durante el proceso, el macho va perdiendo sus estructuras: sus ojos, órganos internos y demás atributos primordiales se reabsorben y se establece un solo torrente sanguíneo —así como un solo flujo metabólico y de intercambio gaseoso— entre la novel pareja que ahora integra un mismo entramado anatómico.
Al final, lo único que permanece para la posteridad del humilde pececillo es su contorno cartilaginoso y sus gónadas (o testículos). Y es así como la hembra se hace de los espermatozoides necesarios para poder engendrar descendencia y perpetuar la especie: carga consigo al vestigio de semental embebido sobre su cuerpo por el resto de sus días. De hecho, no es inusual que una sola hembra lleve adosados a varios machos sobre su superficie, pudiendo ser hasta ocho los individuos que la llaman hogar.
Si bien el dimorfismo sexual de los peces linterna y el parasitismo sexual que practican es ya de algún modo azorante, el propio de los gusanos comedores de huesos de ballena francamente medra con los linderos de la fantasía. Y es que estos moradores de las profundidades abisales presentan, quizás, el extremo más desaforado de las diferencias de tamaño entre sexos. Pertenecen al Género Osedax, término que se deriva del latín “comedor de huesos”, pues estos pequeños anélidos (que miden entre dos y siete centímetros de largo) muestran una predilección marcada por los restos de ballenas y otros vertebrados en descomposición. Específicamente, por sus esqueletos o, siendo más exactos, por los lípidos y proteínas contenidos dentro del coloide grasoso que conforma la médula ósea; misma que alcanzan gracias a unas estructuras que se proyectan desde el extremo posterior de su cuerpo, semejantes a un enmarañado de raíces filamentosas de color verde brillante, a través de las cuales secretan un ácido corrosivo y poderoso. Perforan así túneles y cavidades en las capas superficiales óseas hasta que consiguen llegar a su ansiada merienda.
Por el extremo opuesto de su cuerpo cilíndrico se dispara un conspicuo penacho tipo plumero de colores rojizos y cuyas delicadas plumas funcionan a manera de branquias. Nunca se les encuentra solos, sino que confeccionan colonias nutridas. De manera que conforman coloridos tapetes mucilaginosos, integrados por miles de individuos, que le confieren un aspecto aterciopelado y rosáceo al esqueleto que están engullendo. El caso es que, durante décadas, su apareamiento constituyó un enigma para la ciencia, pues en las tupidas alfombras que recubrían los huesos de ballenas sólo parecía haber hembras. ¿Sería acaso que el Género Osedax se componía sólo por especies partenogenéticas? ¿Que sus alumbramientos eran virginales y que prescindían por completo del sexo masculino como sucede en algunas especies de lagartijas? La respuesta es que no, pero casi.
Lo que sucede es que los machos son invisibles. No en el sentido mágico del término, sino a nuestra escala visual. Y es que, si bien el dimorfismo sexual de los peces linterna parecería ya algo difícil de concebir, aquel que se registra en estos gusanos es llanamente delirante, puesto que los machos son microscópicos y habitan a la manera de endoparásitos en el interior de las hembras, con cada gusana albergando una comunidad de hasta 100 diminutos machos en su microbioma.
Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Autor de la novela Cabeza ajena (Moho 2017) y de los libros de ensayo El ajolote (Elefanta 2016) y Faunologías (Festina 2015). Colabora en Revista de la Universidad y Gatopardo, es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2018-2021) y fundador de la Sociedad de científicos anónimos.