De la vida y de secuoyas: Ynés Mexia

Cuán seguido escuchamos el famoso “nunca es demasiado tarde.” No importa cuál sea el contexto, la idea de que siempre hay tiempo suficiente para compensar por el perdido es un sentimiento comúnmente compartido que, agradable, sí, pero en mi opinión, no deja de ser el ineficiente último recurso para intentar mejorar el estado de ánimo de quien, efectivamente, ha perdido el tiempo. Que si el tiempo es relativo o es un constructo social (físicos, no se enojen), la verdad es que su monetización es el recurso predilecto del poscapitalismo y los únicos minutos de los que podemos disponer son los de alguien más a cambio de unas cuantas monedas. Dejémosle el tiempo de sobra a las tortugas y a las soberanas secuoyas, cuyo eterno e imponente porte les da el lujo de no tener que decidir si ahorrar tiempo tomando un Uber o ahorrar dinero en el transporte público.

Todo lo anterior es en parte una exageración, pero es que la presión cotidiana de que el tiempo no es suficiente es algo que nos alcanza a todos, irónicamente, cuando intentamos andar a la par de un mundo que se mueve demasiado rápido. Así fue que cansado de mirar con ansiedad hacia adelante, tuve la idea dar un paso atrás y echar un vistazo a quienes desafiaron este estigma, a quienes sin importar su edad o profesión, encontraron la manera de hacer a un lado el tiempo y caminar a su propio ritmo. De esta forma me encontré con quien quizás podría ser la personificación de que, en realidad, “nunca es demasiado tarde”. Una mujer de nombre Ynés Mexia que, tras haber perdido todo lo que había construido en su vida, encontró en su pasión por las plantas su verdadera vocación y se convirtió en la colectora e investigadora más prolífica de su época, sin que nadie estuviera cerca de pisarle los talones.

Ynés Mexia. Ilustración: Jhosselyn (Kiara) Prado-Albizures en dominio público

Ynés aprendió de las secuoyas rojas. Esos emblemáticos árboles estadunidenses de los que recién me mofaba, famosos por vivir más de mil años y por ser uno de los más altos del mundo, y que llegan a medir más de cien metros. Como miembro activo del Sierra Club de California, en Estados Unidos, donde vivió gran parte de su vida, aprendió a identificar y apreciar diversas especies de plantas, su diversidad y hábitat. Esto la llevó a unirse a la Save the Redwoods League, una organización que hasta la fecha lucha por la protección de las secuoyas rojas, así como por la conservación del medioambiente. Este interés despertó en ella una pasión por las plantas que la llevó a enrolarse en la Universidad de California de Berkeley para poder dedicarse formalmente a su identificación y colecta profesional. Esta representación de Ynés Mexia pinta a una activista, exploradora y naturalista dinámica y apasionada, por lo que resulta particularmente importante contextualizar esta etapa de su vida. Ella tenía 51 años, era trabajadora social de tiempo completo desde hace más de una década en Estados Unidos, a donde llegó desde México para escapar de una crisis mental y física, y con enormes problemas de salud.

Su vida no siempre fue así. Ynés Mexia nació un 24 de mayo de 1870 en Washington D.C. Su padre, Enrique Mexia, era un diplomático mexicano en aquel país. Ahí conoció y se casó con quien sería la madre de Ynés, Sarah Wilme. Este matrimonio duró poco. Sus padres se divorciaron cuando Ynés tenía sólo tres años. Su padre regresó a México, y ella y su madre se mudaron a Limestone, Texas. Y así fue hasta que, al cumplir 17 años, el padre de Ynés enferma, por lo que decide mudarse a México para cuidar de él y ayudarlo con el trabajo de su hacienda, donde vendían animales de granja. Por diez años vivió ahí hasta que se casó con un comerciante local de ascendencia alemana-española de nombre Herman de Laue. Lamentablemente, siete años más tarde, su marido falleció. Para este punto, Ynés tenía 34 años y poca experiencia en la exploración e identificación de plantas, más allá de lo que tuviera que hacer para facilitar el negocio familiar en la hacienda, ahora heredada por su padre. Al poco tiempo, Ynés se vuelve a casar, esta vez con un empleado de la hacienda llamado Agustín Reygados. Así fue que su esposo tomó el control de la misma y un terrible manejo la llevó a la bancarrota en poco tiempo. Evidentemente, esto terminó con su matrimonio, pero la combinación de tantos infortunios le provocó a Ynés una terrible crisis nerviosa y física. Ahora, sin patrimonio, empleo, el apoyo de sus padres, dos divorcios, la pérdida de su herencia familiar, nula experiencia en otros ámbitos laborales y casi 40 años de edad, Ynés Mexia decidió regresar a Estados Unidos para buscar ayuda sanitaria e intentar comenzar una nueva vida.

Así fue como llegó a California a los 39 años, donde se asentó y comenzó a laborar como trabajadora social. Durante los siguientes doce años, esa fue su vida hasta que, en busca de un pasatiempo, descubrió el Sierra Club del que hablaba antes, y encontró ahí su verdadera vocación: las plantas.

Por eso decía que si alguien llegó a personificar la idea de que “nunca es demasiado tarde” fue precisamente Ynés Mexia. No intento menospreciar las condiciones tan complicadas con las que una enorme cantidad de joven adultos intentan enfrentar las precarias condiciones socioeconómicas y de vivienda, pero pienso que hay mucho que aprender de la determinación de Ynés y de la cara con la que afrontó su vida. Así fue que decidió llevar su pasión a un nivel profesional y comenzó a estudiar Ciencias Naturales en la Universidad de California, con compañeros hasta veinte años menores que ella. Ahí conoció a Alice Eastwood, una de sus maestras y creadora de la colección botánica de la Universidad de California, quien se convirtió en una mentora cercana y la instruyó minuciosamente en la ciencia de la identificación y preservación de las plantas en el campo. Y ahí, Ynés encontró su oficio.

En 1925, a la edad de 55, con la investigadora Roxana Ferris de la Universidad de Stanford y un grupo del mismo colegio, realizaron una expedición a México. Una vez de vuelta en el país en el que vivió tanto tiempo y con el que estaba tan bien familiarizada, decidió que ella podría abarcar y aprovechar mejor esta expedición por su cuenta, así que abandonó al grupo de investigación de Stanford y comenzó un recorrido que la llevó a cada rincón del país, de norte a sur, iniciando por Sinaloa en una travesía que duraría dos años. Colectó más de 1500 muestras de plantas, un número impresionante, que envió de vuelta al herbario de Berkeley. Gracias a esto, la contrataron para hacer una expedición en Alaska, lo cual la convirtió en la primera investigadora en recolectar plantas en el que hoy en día es el Parque Nacional Denali.

Y fue precisamente gracias a su talento colectando, al volumen con el que lo hacía y a su indudable calidad, que encontró la manera perfecta de financiar su nuevo modo de vida y continuar haciendo lo que más le gustaba. Ynés vendía sus colectas a universidades, investigadores y museos, y esto le permitía recorrer, ya no sólo México de cabo a rabo, sino también Brasil, Perú, Ecuador, Chile y Argentina. Atravesó al Río Amazonas en canoa hasta su inicio en los Andes, en una travesía que duró dos años y que amasó un kilometraje de 4800 km. Estas odiseas eran tan rudimentarias como podrían serlo. Los viajes fueron a pie o en canoa, con o sin guía, evidentemente sin servicio eléctrico ni agua potable, muchas veces sin rastro de civilización a la redonda, y prácticamente nunca con algo más que el suelo y una tienda de acampar donde dormir, y nada estuvo cerca de quebrantar la voluntad y pasión de Ynés Mexia.

Así, continuó explorando México y partes de Sudamérica hasta 1938, cuando una enfermedad interrumpió su expedición por Oaxaca y la forzó a regresar a California para ser atendida de emergencia. Lamentablemente, ese fue el último recorrido de la inquebrantable exploradora que falleció ese mismo año a la edad de 68 con un diagnóstico de cáncer de pulmón ya bastante avanzado. En tan sólo trece años llegó a colectar la ridícula cantidad de 145 000 especímenes, lo cual la vuelve, efectivamente, la investigadora y exploradora más prolífica de su tiempo. Nadie había logrado obtener tantos ejemplares como ella, y lo logró en un lapso de poco más de una década. 500 de esas muestras fueron catalogadas como especies nuevas, 50 fueron nombradas en su honor, y varias de ellas continúan siendo estudiadas y clasificadas hasta la fecha.

Una vida entera de descubrimientos y exploración en tan sólo trece años de carrera. Hay tantos ejemplos de quienes han hecho menos con más, y nos hace preguntarnos, ¿realmente, quién ha perdido el tiempo? Tal vez ese ineficiente último recurso del “nunca es demasiado tarde” tenga mucho más valor del que le daba crédito, especialmente si se le da a quien tenga el talento de aprovecharlo. No es sobre cuánto tiempo tenemos sino cómo lo manejamos, y en ese caso, cualquier tiempo en nuestras manos es suficiente. Como probablemente habría contestado J. R. R. Tolkien, “sólo podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado”, nada más, e Ynés Mexia demostró que incluso cuando todo lo que había construido a lo largo de su vida se vino abajo, saber usar tus minutos vale tanto o más que el espacio que nos quede para maniobrar en este mundo.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

Referencias

Carolina Martínez Pulido, “Ynés E. J. Mexia, fructífera combinación entre amor a la ciencia y a la aventura”, Vidas Científicas

Alicia Mastretta y Lourdes Rico, “Ynés Mexia”, Biodiversidad Mexicana

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Publicado en: Elementos