Ni a Anne Rice, Bram Stoker o a Sheridan Le Fanu se les ocurrió poner a los mosquitos al servicio de Lestat, Drácula o Carmilla, respectivamente. Prefirieron que el animal símbolo del vampirismo fueran los murciélagos, cuando sólo tres especies de ellos son hematófagos (Desmodus Rotundus, Diphylla ecaudata y Diaemus youngi). Estos animales ni siquiera figuran en algún ranking de los animales más mortíferos para los humanos, a diferencia de los mosquitos, que ocupan el puesto número uno.
De acuerdo a un informe de la ONU, en 2019 se registraron 229 millones de contagios por malaria y 409 000 muertes por esa misma enfermedad, sin contar los fallecimientos por otras enfermedades de las que son vectores los mosquitos, como la fiebre amarilla, el dengue, el virus del Zika y del Chikungunya, entre otras.
Hasta el 26 de diciembre de 2020 se tiene un registro de 3 582 especies de mosquitos; las hembras de cerca de 200 de ellas (específicamente, las pertenecientes a la familia Culicidae), consumen sangre. De esta sustancia utilizan el hierro y las proteínas para el desarrollo de sus huevos, mismos que dejan incubando en pequeños cuerpos de agua. Fuera de este grupo, los mosquitos restantes basan su dieta en el néctar de las flores, que a su vez polinizan.
A simple vista, es difícil observar que los mosquitos hematófagos tienen todo un arsenal morfológico y bioquímico para extraer sangre. Su visión infrarroja les permite detectar potenciales víctimas en la oscuridad y tienen un total de seis agujas en su probóscide o trompa: dos perforan la piel, otras dos se encargan de mantener la piel separada, mientras la quinta aguja extrae la sangre y la sexta inyecta (además de uno que otro virus) proteínas que evitan que la sangre se coagule.
Fallar en el control de las poblaciones de mosquitos puede generar, además de muertes humanas, grandes pérdidas económicas. Esto ya le sucedió a los franceses en 1880, cuando quisieron construir un canal en Panamá. Como experiencia previa tenían la construcción del canal de Suez, en Egipto, en 1869. Sin embargo, en esa zona las lluvias son escasas y tampoco hay muchas plantas con néctar que sean fuente de alimento para los insectos y otros animales. Así que no se presentó ningún inconveniente con la fiebre amarilla y la malaria transmitidas por los mosquitos. En cambio, el istmo de Panamá es un lugar ideal para la proliferación de mosquitos, pues hay altas temperaturas que varían muy poco a lo largo del año, además de que la época de lluvias dura nueve meses y de que la vegetación es abundante.
Después de gastar 287 millones de dólares y de acarrear más de 20 000 muertes, entre las que estuvo la hija, el hijo y la esposa de Jules Dingler, quien era el director general de la compañía francesa a cargo de la construcción del canal, los franceses decidieron retirarse de Panamá en 1889. En ese entonces no se sabía cuál era la causa de la malaria. Fue hasta 1895 que el médico británico, Ronald Ross, realizó una serie de experimentos que le permitieron concluir que la malaria es transmitida por los mosquitos, un hallazgo que lo hizo ganador del premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1902.
Años después, en 1904, los estadunidenses comenzaron campañas en el istmo de Panamá para reducir las poblaciones de mosquitos con el fin de construir un canal que conectará el océano Atlántico con el océano Pacifico; utilizaron un conjunto de acciones que incluyeron podar las plantas y drenar o llenar de aceite o sosa cáustica los cuerpos de agua para matar las larvas y reducir la fuente de alimento de los mosquitos. Esto ayudó a reducir la tasa de muerte de empleados por malaria, que pasó de 11.59 decesos por cada 1000 en noviembre de 1906 a 1.23 en diciembre de 1909. Además, las muertes se vieron reducidas en la población total de la región, de 16.21 por cada 1000 habitantes en julio de 1906 a 2.58 en diciembre de 1909.
Si bien las infecciones por malaria no se detuvieron durante el tiempo que tardó la construcción del canal, al menos sí permitieron terminarlo, ya que las tasas por muertes debido a enfermedades infecciosas transmitidas por mosquitos fueron más bajas que en años anteriores al inicio de la construcción.

Ilustración: Kathia Recio
El futuro de los mosquitos
Los mosquitos no se limitan a vivir en zonas tropicales. Se les puede encontrar en casi todos los lugares del planeta, incluso en las zonas frías cercanas al Ártico, como en Alaska o en Groenlandia. Además, mientras que en los trópicos la población de estos insectos aumenta en temporada de lluvias durante el verano, en el Ártico lo hace cuando termina el invierno. Es entonces cuando la temperatura aumenta lo suficiente para descongelar el hielo, que se convierte en pequeños cuerpos de agua donde los mosquitos depositan sus huevos. Debido a que el Ártico se está calentando dos veces más rápido que el resto del planeta por el cambio climático, los lagos y otros pequeños cuerpos de agua tienden a descongelarse en mayo y no en junio, como sucedía en años pasados y, de acuerdo a un estudio realizado por la investigadora Lauren Culler, de la Universidad de Dartmouth, los huevos de los mosquitos eclosionan dos semanas antes de lo que lo hacían en 2011.
Los datos del estudio de Culler se obtuvieron en un lapso de dos años, de 2011 —con una temperatura promedio del agua de 8.4°C— a 2012 —con una temperatura promedio del agua de 9.1 °C—. Este trabajo encontró que, en dicho periodo de tiempo, los moscos presentaron una disminución en el tiempo de desarrollo, que cayó de 24 a 20 días. Esto implica que las larvas se encontraron cuatro días menos expuestas a los escarabajos, quienes se alimentan de sus larvas. Sin embargo, a pesar de que los escarabajos (Colymbetes dolabratus) también eclosionan días antes con respecto al año anterior, los mosquitos aumentaron su población.
Si bien esto no es un peligro mortal para los humanos, en tanto que no hay evidencia de que los moscos de latitudes altas, como los de la especie Aedes nigripes, sean vectores de algún virus, sí resultan una amenaza para caribúes y renos que habitan en latitudes altas: dado que los mosquitos atacan en grupos de cien o más individuos, en cuestión de segundos pueden cubrir casi todo el cuerpo de un reno. El tiempo que gastan escapando de las picaduras de estos insectos, sumado a la pérdida de sangre y a la indisposición de poder alimentarse como en años anteriores, hacen que estos mamíferos pierdan peso en un momento del año en que deberían de estar acumulando grasa para el próximo invierno.
La temperatura no sólo tiene un rol en el desarrollo de las larvas de los mosquitos, también lo tiene en la eficacia con la que se transmite y se manifiesta un virus. Por ejemplo, en Bangkok, Tailandia, un grupo de investigadores analizó, en 1987, el potencial de contagio por dengue en monos Macaca mulatta. En el estudio, los primates fueron picados por miembros de la especie Aedes aegypti, incubados a temperaturas de 20 °C a 30 °C. En los datos obtenidos, se observó que el 75 % de los monos fueron picados e inoculados por los mosquitos de este grupo. En un segundo experimento, los investigadores subieron el intervalo de temperaturas de incubación, de 26 °C a 35 °C, y hallaron que un 95 % de la población de macacos del estudio se infectaron de dengue.
Con el cambio climático, la tasa a la que se evaporan los cuerpos de agua del planeta está incrementando. Si en el futuro éste no se mitiga, además del incremento en la temperatura, habrá una mayor disponibilidad de vapor en la atmósfera; esto promoverá lluvias más fuertes en comparación a las que se ven hoy en día, dando lugar a nuevos nichos donde los mosquitos depositarán sus huevos. Esta situación significará un aumento poblacional y, por tanto, un incremento de los contagios por enfermedades como el dengue, Zika, chikungunya y fiebre amarilla.
De continuar con el ritmo actual de emisiones de gases de efecto invernadero, para el año 2100 los niveles de CO2 serán de 670 partes por millón. Para ese escenario se pronostica un aumento de la temperatura global de 3 °C a 4 °C, un dato relevante si se toma en cuenta que, para el año 2050, la mitad de la población humana mundial estará expuesta a las enfermedades transmitidas por Ae. aegypti y Ae. albopictus, como revela un modelo que usa técnicas de mapeo estadístico y realizado por M. U. Kraemer y compañía. En este pronóstico, el escenario para México es poco alentador. Los mapas de Kraemer muestran que, por la posición latitudinal y las dos costas que posee nuestro país, la presencia de los mosquitos vectores del dengue y otras enfermedades cubrirá poco más del 60 % del territorio nacional para 2050.
Aunque la Ciudad de México y Puebla son dos de los lugares que casi no presentan casos de dengue a lo largo del año, dos estudios —uno de 2012 y otro de 2019, de la Universidad de Colorado y del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades, respectivamente— indican que ya comienza a registrarse mayor presencia de los mosquitos transmisores del dengue en los lugares antes mencionados. Por lo tanto, y dado que hay una correlación entre el aumento de la temperatura y la expansión territorial de los mosquitos, recomiendan un mejor manejo medioambiental para que la temperatura no aumente.
Ángel Martínez García
Licenciado en Ciencias de la Tierra por la UNAM.
Referencias
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