De nuestro lenguaje como humanos y emociones en los animales no humanos

Ser internautas nos ha brindado la posibilidad de convertirnos en observadores de la fauna silvestre al mirar atisbos de la vida de animales libres que, de otra forma, no conoceríamos. Notamos que los animales actúan de manera fascinante e inesperada. Quizás el lector haya encontrado animales que formaron lazos con otros de diferentes especies. En una grabación de la reserva de Wind Cave, al sur de Dakota, en Estados Unidos, por ejemplo, quedó el registro de un coyote saltando animosamente y mirando hacia el horizonte. A su derecha, un tejón se aproximaba al ras del suelo, alcanzando unos segundos después al coyote, ante un túnel por el cual ambos pasaron.

Es difícil dejar de preguntarse qué pasa por la mente de los animales, ¿existe la amistad entre pares de diferentes especies? Los términos compasión y amistad aluden a emociones que nos llevan a preguntarnos qué son, y si los animales pueden experimentarlas. Ciertamente, este tipo de preguntas existen como un debate constante entre la biología, las neurociencias y la psicología comparada, entre otras disciplinas.

Los sentimientos o emociones tienen esta cualidad visceral, biológica o instintiva, y las reconocemos cuando las nombramos. Pero, a veces, sólo alcanzamos a darles un valor: entre el bienestar o un malestar. Es en este debate en el que el lenguaje, tan dependiente de la cultura en los humanos, las moldea. Por lo mismo, si el lenguaje ha cambiado a través de la historia de la humanidad, ¿es posible que la evolución de las palabras que usamos para aquella nube de conceptos (como sentimientos o afectos) nos permita estudiarlas en los animales?

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Thomas Dixon —un historiador de la filosofía, la ciencia, la medicina y la religión— se ha dedicado a estudiar la historia de las emociones en el Queen Mary Centre for the History of the Emotions, y ha encontrado que a lo largo del tiempo se han adicionado nuevas categorías a este concepto. Ello lo ha llevado a mantener la idea de que no existen las llamadas “emociones básicas”, como aquellas que se muestran en la película Intensamente, donde la felicidad, la tristeza, la rabia, el miedo y el disgusto controlan el comportamiento de los humanos a través de una consola en el cerebro.

Sin embargo, los neurocientíficos e historiadores dentro de la corriente del profesor Dixon dirían que, en realidad, las emociones no son reducibles a un cierto número y que dependen de las experiencias individuales, la época, y la cultura. Por ejemplo, durante el Medievo, algunos monjes experimentaban un sentimiento llamado acedia:un estado de letargo desafortunado que sufrían en el monasterio. “Hoy —dice el investigador T. Dixon en una de sus entrevistas para la BBC— no hay un equivalente de esta palabra para nuestra época”.

El profesor Dixon sigue dentro de la misma idea al contarnos que las emociones no existían hasta el siglo XIX, pero no porque la biología o las respuestas fisiológicas internas estuvieran colapsadas en aquel entonces, o no porque en la historia de la humanidad las personas fueran insensibles, sino más bien porque los nombres eran diferentes. Eran pasiones turbulentas para aquellos sentimientos violentos o por el contrario, afecciones o afectos para aquellas emociones calmadas o gentiles.

Aceptando que los seres humanos somos producto de nuestra época, ahora pensemos en el ambiente y su relación con el lenguaje. Una misma especie de organismos puede ser nombrada distintamente en otras regiones, para sorpresa de ambas partes. Por ejemplo, el maíz, como lo conocemos en México, es llamado choclo en la región andina.

Así como un mismo organismo es nombrado diferente en distintas geografías, una misma cascada de reacciones neurofisiológicas pueden ser activadas a partir de eventos diferentes a los cuales son sujetos los individuos. Para una persona de la ciudad, que está por viajar por primera vez a la costa, la sensación del mar o la brisa marina en una tarde fresca cobra un nuevo significado si antes le era indiferente.

Las emociones experimentadas en otros ambientes y circunstancias cobran sentido individual dependiendo de la experiencia embebida en el ambiente. Y cuando las explicamos a otros en busca de empatía, apelamos a similares mapas sensoriales en ellos. Hay un esfuerzo por entender la experiencia del otro desde el propio engranaje de experiencias pasadas, pero su acumulación sigue siendo individual.

Creo que esta misma idea nos puede funcionar para entender el estudio de las emociones en los animales. Joseph LeDoux y, de manera similar, Eliza Bliss-Moreau piensan que las circunstancias ambientales moldean los comportamientos de los animales, porque los retos impuestos por la naturaleza (ambiente) son parecidos. Por ejemplo, cada animal tiene su propio depredador y el comportamiento de escape es natural ante la caza. Y nosotros categorizamos estos eventos como miedo, por ejemplo.

Así, pienso que podríamos argumentar que una misma serie de efectos fisiológicos, como una cascada de señales hormonales, tienen efectos biológicos que pueden ser estudiados en otros organismos mediante herramientas científicas. Y, dependiendo de nuestras similitudes con los organismos, podemos nombrar sus reacciones fisiológicas como categorías que reconocemos en nosotros.

En estudios con venados que fueron objeto de caza dentro del territorio del Reino Unido, por ejemplo, se determinó que sus músculos presentaban desgarramientos poco usuales y que los niveles de la hormona cortisol eran extremadamente altos. Los neurofisiólogos nos han enseñado que el cortisol suele liberarse en estados de alerta y estrés, porque permite la captación de glucosa, que proporciona energía a los músculos para correr o escapar de un depredador. Sin embargo, en dosis muy altas y por tiempos prolongados, tiene efectos negativos en los organismos. El estado en el que se encontraría un mamífero como estos venados lo nombraremos como miedo y sería raro clasificarlo como positivo cuando tu vida corre peligro.

Es así que la fisiología y el lenguaje humano se pueden compaginar para entender las experiencias de otros animales. Si bien somos incapaces de saber qué pensaría un venado en estas condiciones, podemos empatizar con ellos al conocer el estado biológico en el que se encontraban durante aquellas situaciones en las que su vida pendía de un hilo.

Anteriormente, los científicos han argumentado que asignar emociones a los animales es antropomorfizar, lo cual, en opinión de muchos científicos, es una actividad errónea. La antropomorfización se refiere a la asignación de emociones a animales no humanos, pero estudiar los procesos biológicos y nombrarlos en paralelo a nuestras experiencias humanas nos da la oportunidad de entender mejor a los animales y así idear formas saludables y efectivas para interactuar con ellos, además de tener mayor consideración por sus necesidades.

La profesora Laurel Brightman, de la Universidad de Stanford en Estados Unidos, ha llamado a esta idea la antropomorfización informada. Ella piensa que si la información científica que tenemos acerca de nuestros animales de compañía se adiciona a nuestras observaciones personales, y las combinamos con una mejor interacción con ellos, no se ve razón por la cual debiera considerarse un problema o una situación digna de juicios negativos cuando realizamos antropomorfizaciones informadas. Finalmente, ambas partes se benefician. Dice Brightman: “Si tú notas que tu perro o el chango que conoces se encuentran deprimidos… es muy probable que lo estén, porque tú los conoces mejor”. Las observaciones empíricas y personales pueden ser el inicio de un mejor trato e incluso de atención veterinaria en caso de ser necesario.

Como humanos, vivimos entre distintos idiomas y lenguajes que nos diferencian de otras especies. Y nuestra experiencia está embebida en un ambiente donde se forma un simbionte particular que crece y se extiende en sus límites y que puede entender a otros organismos y animales como seres autónomos con los cuales creamos patrones de entramados y quienes, a su vez, también poseen experiencias complejas que los vuelven fascinantes por sí solos.

 

Elisa González Verdejo
Bióloga por la UNAM, escribe sobre historia de la biología. Puedes encontrarla en galerías de museos de donde alimenta su creatividad o escucharla cantar algunas veces. Otros días, también dibuja.

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Publicado en: Elementos

2 comentarios en “De nuestro lenguaje como humanos y emociones en los animales no humanos

  1. Aunque no existe palabra moderna para la palabra «acedia» no significa que se haya dejado de sentir. Este concepto aún se usa en ambientes religiosos («En mi sed me dieron vinagre», Horacio Bojorge), y en ambientes laicos («la jaula de la melancolía», «el llanto de los ángeles», Roger Bartra).

    Hay grupos de nativos que viven cerca del círculo polar que tienen diferentes nombres para la nieve. Pero no es porque tengan una subjetividad diferente, sino porque es vital para su supervivencia detectar variaciones sutiles en las cualidades de la misma.

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