En 1940, el médico mexicano y miembro de la Sociedad Mexicana de Eugenesia, Alfredo Saavedra, dijo: “Qué más inmoral que permitir la disolución del hogar, la prostitución de la juventud, el aborto, el divorcio y la legión de degenerados, imbéciles, delincuentes, tarados y enfermos en lo general, frente a la lucha de salvar a la sociedad de esas plagas mediante la dirección razonada de la alta natalidad”.
De Comte de Buffon a Darwin, hasta los médicos mexicanos y los científicos actuales, ha existido un tipo de pensamiento utilizado para justificar prejuicios sociales y raciales de personas consideradas “anormales” en la sociedad. Este tipo de pensamiento no tiene un origen intelectual único, pero sigue una línea de estudio influenciada por el miedo al decaimiento de la sociedad provocado por individuos con “anormalidades biológicas”. Estas ideas pueden agruparse en lo que se conoce como “teoría de la degeneración” y, si bien el término ha perdido reconocimiento científico en el último siglo, su herencia intelectual sigue presente en disciplinas actuales, como la psiquiatría, la criminología y la biología evolutiva.
Desde que los europeos conquistaron e impusieron colonias en el continente americano que era hogar de una inmensa variedad de culturas, intelectuales como Immanuel Kant y Comte de Buffon intentaron explicar las diferencias raciales y “costumbres salvajes” de los hombres del Nuevo Mundo, y así formaron los primeros esbozos de la teoría de la degeneración. Influenciados por un pensamiento religioso en el que todos los humanos venían de seres casi perfectos (Adán y Eva), creyeron que la “imperfección y rarezas” observadas en estos individuos podían ser explicadas por el clima caluroso de América, el cual habría degenerado a estas poblaciones con el tiempo en comunidades menos perfectas que las europeas. Desde este momento, la degeneración tomó una fuerte noción de progreso, en la cual las fuerzas que producen reversiones biológicas a estados primitivos alejan a los individuos y a la sociedad de formas más complejas y perfectas.
El concepto de progreso tomó aún más fuerza en la Europa del siglo XIX: los rápidos cambios industriales, políticos y económicos de la época generaron la ilusión de un perfeccionamiento de la sociedad, donde la ignorancia era suplantada por la ciencia y el barbarismo por la civilización. Sin embargo, esta prosperidad fue acompañada por un aumento en crímenes, insanidad y vagancia, males de la sociedad que parecían estar relacionados a individuos no deseados, como pobres, criminales y prostitutas y provocó un miedo al declive de la civilización. Estos temores parecieron adquirir una explicación biológica con el desarrollo de la teoría evolutiva de Darwin, la cual permitió juntar teorías políticas, sociales y científicas en corrientes degenerativas.

Ilustración: Oldemar González
Si bien muchas de las justificaciones evolutivas usadas para la teoría de la degeneración fueron interpretaciones tergiversadas de los escritos de Darwin, sus contribuciones fueron significativas. El naturalista usó su teoría de selección natural para justificar y explicar por qué las naciones civilizadas (europeas) serían capaces de suplantar a las naciones de bárbaros (con menores facultades intelectuales); mostró preocupación por el impacto negativo que tendría en una nación la reproducción desenfrenada de las clases pobres (concepto que desarrollaría más ampliamente su primo Francis Galton y su eugenesia); manifestó oposición a las políticas igualitarias basándose en que esto le daría ventaja a los débiles y evitaría el progreso de la humanidad. Al mismo tiempo, Darwin reconoció que cualquier intento de dirigir el proceso evolutivo que tratara de eliminar a los débiles de la sociedad dañaría las partes más nobles de la naturaleza humana.
Con las bases biológicas que dieron Darwin y otros darwinistas sociales, científicos europeos encontraron justificaciones evolutivas para otras teorías en torno a la degeneración que partían de la misma premisa: existen individuos degenerados y dañinos para la sociedad con defectos biológicos heredables. Además, creían que era posible identificar a estos degenerados con rasgos físicos y psicológicos que, según la teoría de la degeneración, representan un retroceso a estados evolutivos anteriores. Por ejemplo, el psiquiatra francés Benedict Morel, en su tratado sobre degeneración humana, patologizó comportamientos característicos de las clases pobres y los asoció con imágenes de irracionalidad, peligro y locura. El médico italiano Cesare Lombroso propuso que las características físicas, psicológicas y morales hacían posible identificar criminales y degenerados, según sus estudios de antropología criminal. Emil Kraepelin, uno de los fundadores de la psiquiatría moderna, utilizó argumentos de esta teoría para marcar una línea entre las personas sanas y los enfermos mentales, los cuales son acechados por defectos biológicos heredables que causan –a manera de determinismo causal– enfermedades degenerativas.
Estas ideas facilitaron un enfoque aparentemente científico, donde la enfermedad, el crimen y otros males de una sociedad son causados por defectos biológicos y no por los problemas sociales o ambientales. Esto fomentó que la toma de decisiones fueran más agresivas en torno al control de la población, como la segregación de personas indeseadas a través de la institucionalización y, en casos más extremos, la intervención en la reproducción humana para que sólo aquellos individuos con características deseadas dejaran descendencia (eugenesia).
Por un lado, las medidas de eugenesia fueron adoptadas desde el inicio del siglo XX tanto en países europeos (notablemente en la Alemania nazi) como latinoamericanos, incluyendo a México. En nuestro país, durante la primera mitad del siglo XX, la teoría degenerativa dejó su huella en asuntos de salud mental y sexual a través de una fuerte influencia del Estado en temas de educación sexual, maternidad, aborto, criminología, psiquiatría y políticas de migración y educación que buscaron erradicar elementos no deseados de la sociedad. Estas medidas afectaron a las mujeres en general y, en particular, a personas con problemas de abuso de sustancias, enfermedades venéreas, enfermedades mentales, “desviaciones” sexuales y aquello considerado como atavismos indígenas.
Por otro lado, la psiquiatría ha seguido estigmatizando comportamientos variados, donde el componente moral de la teoría degenerativa sigue presente, por ejemplo, al patologizar expresiones desviantes de sexualidad y vida marital. Hasta apenas los años noventa varias organizaciones mundiales dejaron de reconocer la homosexualidad como una enfermedad, pero surgieron nuevos diagnósticos, como el desorden de identidad de género –que apenas en 2013 dejó de considerarse un desorden para evitar los aspectos negativos que conlleva esta palabra–. Si bien la ahora llamada disforia de género ha sido útil para describir aflicciones que algunas personas transexuales o intersexuales experimentan, también ha permitido asociar disfunciones mentales y sociales a estas personas –que no todos sufren– y ha sido utilizada por profesionales de la salud para imponer sus visiones de cómo debería de ser un comportamiento apropiado a su género.
Aunque diferentes formas de expresiones no normativas en sexualidad parecen correlacionarse altamente con desórdenes mentales, algunos autores han criticado este enfoque de patologizar lo anormal en diagnósticos que parecen sugerir que algún defecto biológico es la principal causa de la enfermedad o disforia. Este enfoque trata de buscar una cura a las alteraciones biológicas en lugar de enfocarse en los problemas sociales que generan disturbios mentales en las personas –en la psiquiatría también se han señalado las bases epistemológicas de la teoría de la degeneración en otros diagnósticos, como psicopatía y esquizofrenia–.
En el área de criminología hay una amplia literatura, escrita en las últimas décadas, que sigue buscando relaciones entre caracteres físicos y morales con conductas criminales. Hay teorías sobre “evidencia” genética y neurológica que “predice” cómo la “raza” negra o latina o las personas con ideologías liberales son más propensas al crimen. También es posible encontrar hipótesis que justifican, con procesos evolutivos, conductas como la violación, alegando que por procesos de selección natural se ha favorecido este tipo de acciones –por lo que se consideran conductas naturales determinadas por factores biológicos–. Estas trazas del determinismo biológico de la teoría de la degeneración son especialmente preocupantes, sobre todo cuando la opinión de estos expertos y su evidencia experimental puede influir en políticas públicas o procesos jurídicos, sin advertir los posibles sesgos del testimonio de estos científicos.
El pensamiento detrás de la teoría de la degeneración se ha mantenido hasta nuestros días por la flexibilidad que tiene para explicar miedos populares como el crimen, las enfermedades y la decadencia de la civilización. Además, permite justificar actos atroces cometidos por gobiernos, instituciones e ideologías al catalogar de degenerados, enfermos y criminales a cualquier enemigo de su supuesta normalidad y moralidad. De este modo, la degeneración representa un inmenso océano sin límites ni fondos.
Los seguidores de este tipo de pensamiento pretenden crear una nueva sociedad integrada por ciudadanos racialmente homogéneos que poseen una moralidad superior a sus ojos, aun cuando ni la moralidad ni la evolución funcionan en términos absolutos de perfección y valores preservados. Por un lado, es imposible cuantificar si una moralidad es objetivamente mejor que otra y, por otro, la evolución nunca aspira a una perfección estática, sino que requiere de desviaciones genéticas (como las mutaciones) que no necesariamente engendran organismos más avanzados ni complejos.
Hay que reconocer que las enfermedades mentales y otros males de la sociedad están relacionados a ciertos grupos de personas “anormales” no por un determinismo biológico, sino por factores sociales y ambientales que han afectado esos grupos sistemáticamente a través de la historia. Es importante repasar los conceptos de la teoría degenerativa para reconocer por qué no es un buen modelo de evolución ni de historia humana, no hay que repetir sus errores y hay que ver más allá del determinismo biológico que ha perpetuado prejuicios en nuestra sociedad.
Santiago García Ríos
Estudiante de biología de la facultad de ciencias de la UNAM
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Por supuesto que ciertas conductas antisociales hunden sus raíces en las condiciones familiares y sociales de las personas: clase, social, educación, etc., pero en la criminalidad también hay otros factores todavía no dilucidados por la ciencia, pienso en los violadores seriales en Norteamérica para los que se llegó a proponer una castración farmacológica.