
El segundo polluelo del bobo de patas azules asoma de forma tímida la cabeza desde debajo de sus padres, estirando su delgado y desnudo cuello gris. A pocos centímetros, su hermano mayor por cuatro días, domina el espacio al no ser sólo más grande, sino tener mejor coordinación. Ambos esperan con ansias la llegada del alimento. Suplican insistentes, hasta que su padre regurgita el pescado que ya ha digerido. Cuando el menor intenta acercarse, su hermano lo aleja con un picotazo. Esta agresión obliga al menor a agacharse y encogerse de miedo. Durante los primeros días de vida, ambos desean crecer, pero sólo el mayor tiene la fuerza y la ventaja para hacerlo. Con el tiempo, el hermano menor aprenderá las reglas dentro del nido.
El bobo de patas azules es un ave marina de larga vida, que habita en diversas islas del océano Pacífico. La temporada de reproducción inicia a mediados de noviembre, cuando los machos buscan y defienden territorios adecuados para establecer sus nidos. Preparan con cuidado el espacio, esperando atraer a una hembra.
Por su parte, las hembras recorren la colonia en busca de un compañero adecuado. La elección depende, en gran medida, del tono de azul en las patas del macho: cuanto más brillante, más saludable se considera. Durante el cortejo, tanto machos y hembras despliegan sus alas, apuntan sus picos al cielo y exhiben sus patas, en una demostración de vigor y aptitud reproductiva. Este proceso, desde la selección del territorio hasta la cópula, dura casi tres meses.
Ambos padres comparten las responsabilidades de incubación, crianza y protección del nido. No obstante, las hembras proporcionan hasta tres veces más alimento que los machos durante los primeros 35 días de vida de los polluelos, y continúan alimentándolos con mayor frecuencia hasta los 60 días de edad. Esta diferencia podría explicarse por su mayor tamaño, lo que les permite ser mejores buceadoras y voladoras, ya que pueden sumergirse a mayores profundidades que sus parejas y su área de pesca es más grande que la de los machos.
Aunque esta especie es monógama, es decir, mantiene una pareja estable y un sólo nido, las infidelidades no son inusuales. En algunas ocasiones, los machos copulan con otras hembras fuera de su pareja oficial, lo que genera descendencia en múltiples nidos dentro de la colonia.
Las hembras ponen entre uno y tres huevos, aunque el 60 % de ellas deposita sólo dos. La puesta ocurre en intervalos de aproximadamente cuatro días, y la incubación dura alrededor de 40 días. Como resultado, los polluelos eclosionan con una diferencia de cuatro días entre sí. Este desfase genera diferencias en tamaño y desarrollo motriz entre los hermanos, estableciendo una jerarquía en la que el mayor domina al menor mediante picotazos, mordidas y vocalizaciones agresivas. En el 90 % de los casos, el hermano mayor se convierte en el dominante, sometiendo al menor durante todo el periodo de crianza. Si los recursos escasean, el hermano mayor puede llegar a eliminar al menor para asegurar su propia supervivencia.
Este fenómeno se conoce como “reducción facultativa de la nidada”, una estrategia reproductiva común en diversas especies de aves. Consiste en la eliminación de uno o más miembros de la nidada debido a factores como la escasez de alimento, una mala condición corporal, enfermedades o malformaciones. En algunos casos, los propios padres eliminan a una cría en un acto parecido al infanticidio. En otros, ocurre el fratricidio, en el que los hermanos mayores marginan, agreden e incluso expulsan del nido a los más pequeños. Cuando una cría es expulsada de su nido, lo más probable es que muera a causa de agresiones por parte de sus vecinos.
¿Por qué los padres permitirían que uno de sus hijos fuera eliminado por su hermano? Este fenómeno no siempre sucede, sino que ocurre en ambientes con escasez de recursos.Reducir el número de crías permite a los padres concentrar su atención y esfuerzo en un menor número de descendientes, aumentando así sus posibilidades de sobrevivir hasta la independencia. Esta estrategia reduce el desgaste de los padres y les permite seguir reproduciéndose en el futuro. Aunque puede parecer cruel, es un mecanismo evolutivo que ha perdurado en la especie debido a sus beneficios a largo plazo. Garantizar la supervivencia de al menos una cría fuerte es más eficiente que distribuir recursos entre varias crías que pueden no sobrevivir.
En el caso del bobo de patas azules, los estudios previos han explorado esta dinámica. Las investigaciones realizadas en colonias de bobos de patas azules en dos lugares: en Perú, por el doctor Alberto Velando y el doctor Carlos Alonso-Álvarez; y en México, por el doctor Iván Bizberg-Barraza del Instituto de Ecología de la UNAM, revelaron datos interesantes. En Perú, se observó que las hembras perdían peso cuando se manipuló su nidada de dos para convertirla en una nidada de tres, pero no aumentaban su peso cuando les restaban una cría. En contraste, los machos mantenían su peso hasta que la nidada disminuía, momento en el cual lo ganaban. En México, se encontró que las hembras que experimentaban una reducción de la nidada tenían una mayor probabilidad de sobrevivir al año siguiente, mientras que los machos no obtenían ningún beneficio de esta reducción. ¿Por qué esta diferencia? Si los machos aumentaban de peso y las hembras no, ¿qué estaba ocurriendo?
En el estudio que realicé con la colonia de Isla Isabel, Nayarit, sobre la reducción de nidada en el bobo de patas azules, busqué responder esta pregunta. Es posible que sólo las hembras puedan beneficiarse de esta disminución en la inversión parental debido a su mayor tamaño y eficiencia en la búsqueda de alimento. Además, a diferencia de lo observado en Perú, podría ser que los machos aumentaran de peso cuando las crías aún eran demasiado pequeñas por representar un gasto energético significativo. También es importante considerar que los machos, al llegar antes a los territorios de reproducción, ya han gastado energía defendiendo su espacio y cortejando a varias hembras. Por ello, podrían no estar dispuestos a invertir tanto esfuerzo como sus parejas. Si las hembras son las que invierten más energía en la crianza, no es sorprendente que sean ellas las que obtengan un beneficio cuando la nidada se reduce.
Otro factor a considerar es la posibilidad de infidelidad. Si un macho sospecha que una cría no es suya, es menos probable que invierta recursos en su cuidado, lo que podría afectar la dinámica de reducción de nidada. Esta incertidumbre puede generar un sesgo en la distribución de la inversión parental, en la que las hembras compensan la falta de esfuerzo de los machos con una mayor dedicación a la crianza.
En especies de vida larga, la relación entre reproducción y supervivencia es compleja. Cada individuo debe encontrar un equilibrio entre ambas para maximizar su éxito evolutivo. Un pequeño cambio en las estrategias reproductivas puede alterar el balance entre el cuidado parental y la supervivencia propia.
Por ello, el estudio de estos mecanismos no sólo nos ayuda a comprender mejor la biología reproductiva de distintas especies, sino que también ofrece una nueva perspectiva sobre la toma de decisiones en el mundo animal. Estos estudios nos permiten conocer con mayor profundidad cómo los animales gestionan sus recursos y su descendencia en función de las condiciones ambientales, brindando información valiosa para la conservación de la biodiversidad.
Alexandra Camacho Rodríguez
Estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM.