Fue en diciembre de 1922 que Eiji Mátsuda pisó suelo mexicano por primera vez. Llegó con su esposa y unos cuantos viajeros más desde su natal Japón a Escuintla, Chiapas, para establecerse en la Granja Fujino. Desde hace unos años, la granja existía para facilitar la llegada de migrantes japoneses al sur del país y que así no se repitiera la historia de la Colonia Enomoto, donde tras tan sólo dos meses de trabajo, casi todos los colonos tuvieron que regresar a Japón al no poder lidiar con el clima, el idioma y problemas de salud que surgieron. Para su suerte, la Granja Fujino había aprendido de esos errores y ahora funcionaba como una sociedad cooperativa que colaboraba con las comunidades locales y que ayudaba a que los nikkei (nombre dado a los emigrantes japoneses y a su descendencia, que en japonés significa “hijos del sol”) se integraran a estas nuevas tierras. Eiji llegó con su esposa, Midohu Kaneko, y un par de ingenieros navales para contribuir con la enseñanza del cristianismo en la zona. Ni Eiji ni su esposa eran párrocos o miembros formales de la iglesia. Mátsuda, de hecho, era un botanista que estudió en la Universidad Imperial de Taihoku, ubicada en Formosa, Taiwán, cuando la isla aún era controlada por el gobierno japonés.

Nació en Nagasaki un 20 de abril de 1894 y estudió en Formosa desde 1911 hasta 1916, donde se recibió con una licenciatura en estudios de botánica y una maestría en Ciencias Biológicas. Continuó trabajando ahí como profesor e investigador para el Departamento de Botánica del Instituto Nacional de Ciencias Naturales, y realizó expediciones a Hong Kong, Singapur e Indonesia para recolectar e identificar plantas. Fue en 1922 cuando, con 28 años de edad, tomó la intrépida decisión de dejar todo esto detrás y mudarse con su esposa a un país al otro lado del mundo, a una región con un idioma que no conocía, con un clima densamente selvático y con una flora como nunca había imaginado.
En la Granja Fujino, la experiencia de un botanista debió ser enormemente apreciada. Aunque inicialmente su trabajo se enfocó en la secularización cristiana, siendo él uno de sus instructores más importantes, uno de los objetivos principales de la granja fue el cultivo del café, por lo que su experiencia con las plantas y su manejo debió serle de gran ayuda. Además, la granja colaboró con las poblaciones cercanas, intercambiando técnicas y conocimiento de agricultura; además, establecerieron sistemas de educación pública y gratuita desde nivel básico hasta la secundaria, labor para la que Mátsuda también ya contaba con experiencia.
Aunado a su labor en la granja, Eiji Mátsuda comenzó a estudiar las plantas de Escuintla, de las que quedó indudablemente prendado, pues a los cinco años de haber llegado a México, en 1928, se nacionalizó mexicano, algo que, incluso en su opinión, era increíblemente poco común entre nikkeis, demostrando que realmente estaba aquí para quedarse. Esto también se vio reflejado en su familia, que en seis años creció de dos a diez, con cinco hijos biológicos y tres más adoptados.
Ahora, Eiji Mátsuda, naturalizado mexicano, abandonó su nombre de cuna para adoptar una versión más fácil de pronunciar para sus nuevos compatriotas. Siguiendo esta tradición muy mexicana, en que darle la bienvenida a algo es también volverlo parte nuestra con algo de irreverencia y picardía, el investigador Eiji Mátsuda pasó a ser conocido en adelante, tanto de manera formal como casual, como Eizi Matuda, tal vez por ser más fácil de pronunciar al español y tal vez porque, en parte, la palabra Matuda recuerda a su área de estudio, a las matas y matorrales en los que se aventuraba para investigar.
Así, Eizi comenzó a integrarse cada vez de manera más formal en la academia mexicana. En 1932 fundó el Instituto Botánico Matuda en Escuintla. Su investigación no se limitó únicamente al estado de Chiapas o incluso a México, pues también llegó a realizar estudios en Belice. Fue un verdadero experto en todas las áreas de la botánica; sin embargo, su especialidad fueron las plantas de la familia Araceae, caracterizadas por sus flores en espádice, como las de las cunas de moisés o los anturios.
En 1950 se mudó a la Ciudad de México, invitado por la UNAM para ser investigador y profesor en su Instituto de Biología. Aunado a este trabajo, también fungió como investigador del Instituto de Investigaciones Forestales de la Secretaría de Agricultura y Ganadería. Eventualmente, también colaboraría con la Comisión Botánica Exploradora del Gobierno del Estado de México con el objetivo de catalogar y estudiar las plantas de la entidad. De este proyecto, Matuda publicó varios libros, como Las bromeliáceas y aráceas del Estado de México, entre otros, enfocados en orquídeas, yucas, etc.
Fue también durante este tiempo que la renombrada investigadora Helia Bravo publicó su valiosísimo libro Las cactáceas de México. En este compendio, Bravo realizó un sumario extensivo de todas las cactáceas del país. Interesado por el libro, Eizi Matuda, junto a otros renombrados botanistas, como Sánchez Mejorada, Jorge Meyrán, y Dudley Gold, se reunieron para contactar a Helia Bravo, quien los invitó a su casa. De esta reunión nació la Sociedad Mexicana de Cactología, de la que Matuda fue cofundador.
Además de la Sociedad Mexicana de Cactología, en dicha reunión se creó un estrecho grupo de investigación entre estos reconocidos botanistas. Buscaron compartir gastos y salir a prácticas de campo en conjunto, y así compensar los limitados recursos que sus instituciones o el gobierno les daban.
La falta de recursos nunca limitó la tenacidad de Eizi Matuda y su prolífica carrera la vio reflejada. Un ejemplo concreto es la extensa investigación que publicó en 1954, titulada Las Aráceas mexicanas, en la cual, siguiendo el ejemplo de Helia Bravo, realizó un exhaustivo compendio de todas las aráceas del país. Hasta la fecha se considera que éste fue su trabajo más importante. Y tras 32 años de recorrer el país de arriba abajo, en 1962 publicó un trabajo extremadamente minucioso enfocado en la fauna de la región que le dio la bienvenida al país. Su investigación Estudios de la flora del sur de Chiapas también se considera una obra importante y fue el estudio por el que la Universidad de Tokio le otorgó un doctorado.
Matuda fue un incansable investigador al cual se le atribuyen 180 especies y dos géneros nuevos descubiertos, además de haber sido parte de una gran cantidad de institutos y sociedades que impulsaron el desarrollo de la investigación en botánica en el país.
Desde su natal Japón hasta los 56 años que vivió en México, Matuda no abandonó ni por un instante su pasión y admiración hacia las plantas. Por ello, no sólo se le debe considerar como uno de los investigadores extranjeros más dedicados, sino que como uno de los mexicanos más comprometidos con el desarrollo de la botánica y el estudio de la maravillosa flora mexicana.
En 1978, Eiji Mátsuda, ahora Eizi Matuda, murió en Lima, Perú, en una práctica de campo que realizaba en su camino de regreso del Segundo Congreso Latinoamericano de Botánica, en Río de Janeiro, Brasil a los 84 años de edad, sin mostrar por un instante señales de que su carrera podría ralentizarse.
Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.
Referencias
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Conabio, “Eizi Matuda, Curiosos Comprometidos”, Biodiversidad Mexicana, Conabio, 20022
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Natural History Museum, “Matuda, Eizi (1894-1978)” , Global Plants, JSTOR,
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Oyama K., “Reseña del libro: Studies of flora of southern Chiapas, Mexico. (Ph.D. Thesis) Por E. Matuda, University of Tokio, Japan. 1962”., Boletín de la Sociedad Botánica de México, 54, 1994, pp. 288-291