Ahí estaba yo, parada sobre los restos de una papaya en el bote de basura orgánica de la casa de los Hernández cuando, de repente, la señora Hernández sacó un matamoscas y, con todas sus fuerzas, lo dejó caer sobre mí. Afortunadamente conseguí escapar a toda velocidad de ahí. ¡Son años de evolución en mis ojos como para que me atrape tan fácil, señora!, pensé mientras volaba hacia la cortina de la ventana de la sala.
Efectivamente, los ojos de aquella mosca Musca domestica son de los más complejos que hay en la naturaleza. Están compuestos por decenas de receptores de luz muy eficientes con los que puede percibir los movimientos de sus depredadores. Estos ojos compuestos forman una sola imagen construida a partir de muchas otras más pequeñas. La vista de una mosca es de muy baja resolución pero al mismo tiempo muy poderosa cuando de detectar los movimientos en su entorno se trata. Sin embargo, no había forma de que me percatara de lo que estaba a punto de ocurrir.
Volé lo más alto que pude, hasta el techo de la casa, un lugar difícil de alcanzar para la mayoría de los humanos con matamoscas. Ya cerca de la ventana, sobre el alfeizar, estaba ella, la mosca más atractiva que haya visto jamás. Recuerdo la primera vez que la vi como si hubiera sido ayer, pero ya han pasado casi diez largos días. Éramos tan sólo unas jóvenes pupas que acababan de dejar de ser larvas. Ella se movía entre el suelo excepcionalmente y siempre lograba encontrar los mejores lugares para comer; sus favoritos son los estercoleros. Era la pupa más hábil de todas.
Pero el momento en el que definitivamente me cautivó fue hace seis días, cuando extendió sus alas por primera vez. Tenía una venación en ellas que formaban figuras extraordinarias cuando las iluminaba la luz del sol y la manera en la que las agitaba al volar era única, con un zumbido como ninguno. Ayer pasé todo el día intentando acercarme a ella para poder convivir juntos, tal vez ir a comer a la basura orgánica, o quizá ir afuera, al patio donde vive el perro de los Hernández. No lo sé, no conseguí acercarme.
Aunque lleva ya unos tres o cuatro días comportándose rara. Siempre que la encuentro parada o caminando, lo hace levantando su abdomen lo más alto que puede, como si intentara tocar el techo con él. Hablando de su abdomen, este se ve exageradamente voluptuoso: nunca había visto una mosca con un abdomen tan grande y blanco, con las escamas de su cutícula tan separadas.
Sin embargo, no la veía desde ayer por la mañana, así que decidí armarme de valor y acercarme a ella.
Cuidadosamente, bajé hacia la ventana dando algunas vueltas espiraladas para cerciorarme de que la señora Hernández no estaba buscándome con el matamoscas en la mano y, en efecto, ella ya se había olvidado de mí, ahora veía la televisión en la sala. Todo era perfecto, la puesta de Sol se veía espectacular desde la ventana y la luz que reflejaban sus alas seguía siendo única. Todavía me preocupaba su extraño comportamiento, pero era la oportunidad perfecta.
Aterricé sobre el alféizar, no muy cerca de ella. Conforme caminaba, me envolvía una sensación muy extraña. Parece que ya estamos en esa etapa de nuestra vida, pensé. Mi deseo de acercarme era cada vez más grande. A la distancia podía verla hacer algunos movimientos muy peculiares con su cabeza, abría y cerraba su probóscide y la restregaba contra el suelo. Cuando estaba a unos cuantos pasos de ella, voló hacia el helecho que está a un lado de la puerta. Algo no está bien, ¡ya no te le acerques!, me decía mientras me preparaba para volar hacia donde ella estaba. No sé por qué, pero no pude evitarlo. Cada momento que pasaba me daba más desconfianza lo que sucedía. Ese comportamiento y su aspecto no eran algo normal. Yo ya no quería acercarme, pero mis alas volaban hacia el helecho.
Cualquiera que sea experto en comportamiento de moscas domésticas podría pensar que lo que le estaba sucediendo a nuestra mosca es el efecto de las feromonas sexuales, pero algo en la mosca hembra no encaja con el comportamiento habitual de apareamiento de M. domestica, pues ni las hembras ni los machos presentan un hinchamiento de su abdomen ni lo elevan de esa forma. Tampoco se les debería ver de color blanco y las láminas de esclerotina de su cutícula no deberían estar separadas.
Sin darme cuenta ya estaba en el mismo helecho. Ella seguía levantando su abultado y blanquecino abdomen. Ya no tenía control sobre mis alas ni mis patas. Yo quería quedarme quieto unos segundos y pensar lo que sucedía, pero no, mi cuerpo no respondía. Comencé a volar y saltar sobre ella, haciendo los típicos “saltos de cortejo” que había visto a otros adultos hacer — ¡no sabía que podía hacer esto! — pensaba mientras volaba de arriba para abajo.
Ella permanecía con las alas extendidas horizontalmente y con las patas firmes y estiradas. No cabe duda, pensé, esa es la posición de cortejo típica de M. domestica. A pesar de eso, ella no hacía ningún gesto; era como si no estuviera presente, como si sólo estuviera interactuando con su cuerpo, con un cascarón con alas.
Cada que saltaba sobre su abdomen, un pequeño polvo blanco salía disparado. Nunca había visto nada igual. Mi rostro se llenaba de ese polvo; era muy incómodo, pero no podía detenerme, mi cuerpo se movía solo, como si tuviera voluntad propia. De pronto comencé a percibir un olor muy peculiar, como a frutas, muy dulce. ¿Será ese polvo blanco?, me pregunté.

Entomophthora muscae en Scathophaga stercoraria. Fotografía de Hans Hillewaert bajo licencia de Creative Commons
Aquel momento sería el último que esa mosca iba a recordar, pues los conidios blancos del hongo Entomophthora muscae comenzaron a entrar en acción.
Los conidios son las esporas asexuales que producen los hongos y, en el caso de E. muscae, estos se adhieren a la cutícula de las moscas. Una vez establecidas en ellas, comienzan a generar tubos de germinación que invadirán el cuerpo de la mosca, sin importar si es en su cabeza, el tórax, las alas o el abdomen. Lo que vivió aquella mosca debió de ser algo aterrador.
Los tubos germinales, también llamadas hifas, producidos por los conidios, rompen y desplazan hacia afuera la cutícula hasta que consiguen llegar al sistema circulatorio, en donde se encuentra un líquido homólogo a la sangre humana llamada hemolinfa. A partir de ese punto comienza la inoculación de E. muscae, la cual durará alrededor de 28 horas. La parte más dura del proceso apenas comienza.
Las hifas del hongo proliferan mejor en el abdomen de la mosca, ya que es el lugar más amplio y con más tejido (es decir, nutrimentos) disponible. Ahí comienzan a devorar células de grasa y hemolinfa y, una vez destruidas, invaden tejidos musculares del tórax, las patas y las alas…
—Eso explicaría la extraña posición en la que esta mosca hembra murió, ¿no es así oficial? —preguntó una mosca transeúnte que pasaba por la escena del crimen mientras la policía doméstica daba su informe.
—Efectivamente, eso fue lo que ocasionó que sus alas y patas se extendieran de esa forma, como si estuviera en posición de cortejo — respondió el oficial. —Bien, continúo.
Generalmente las moscas infectadas morirán al cabo de unas noventa horas después de entrar en contacto con las esporas, por lo que la mosca hembra debería llevar muerta por lo menos cuatro días más que la mosca macho. Sin embargo, el ciclo no termina ahí.
Si E. muscae consigue infectar una mosca hembra, como en este caso, el proceso se vuelve aún más interesante.
Tenemos registrados más casos como este, en el que moscas macho intentan aparearse con cadáveres de moscas muertas, y da la casualidad de que siempre que eso sucede las esporas de E. muscae están presentes en la escena del crimen.
No comprendíamos muy bien por qué sucedía esto. Está claro que el hongo es el que mata a la mosca hembra, pero no tenía sentido que los machos quisieran aparearse con un cadáver. Pero entonces algunas de nuestras moscas colaboradoras del Departamento de Plantas y Ciencias Ambientales de la Universidad de Copenhague nos comunicaron el hallazgo del equipo del ecologista evolutivo, Henrik de Fine Licht. Todo parece indicar que el hongo produce una especie de “poción del amor” que atrae a las moscas macho hacia las moscas que acaba de matar.
—Eso es espeluznante —comentó una mosca entre el público.
—Pero eso no es todo — le respondió el oficial. —E. muscae manipula ambas partes. Por un lado, controla el comportamiento de la mosca hembra para mimetizar una conducta sexual e intentar atraer a los machos. Como todos aquí sabemos, en las moscas domésticas el cortejo comienza con el macho saltando encima de la hembra en un llamado "golpe” o “salto de apareamiento", colocando sus patas en la base de las alas de la hembra que, a su vez, instantáneamente extiende sus alas horizontalmente, asemejándose a la posición de vuelo.
Los y las investigadoras que trabajaron en ese estudio también observaron que, con frecuencia, los machos intentaban aparearse con cadáveres de moscas infectadas, dejando de lado a las moscas sanas. Pero el equipo de investigación intentó ir más allá.
Los y las científicas supusieron que lo que realmente atraía a los machos no era el cascarón vacío de las moscas muertas, sino las esporas que produce E. muscae. Así que diseñaron un experimento en el que había dos trozos de papel, uno con esporas del hongo y otro vacío. Descubrieron que, efectivamente, las moscas macho preferían el trozo de papel que tenía las esporas.
—Pero, ¿por qué se sienten atraídas hacia las esporas? ¿No podrían simplemente reaccionar y alejarse de ellas? —preguntó una hormiga que pasaba por ahí.
—Exacto, ¿por qué las moscas nos sentimos atraídas a esas esporas? Eso fue lo que el equipo de investigación encontró después —le contestó el oficial. —Los y las investigadoras sospechaban que ese olor a frutas o a hierba dulce que emiten las esporas es parte de su atractivo. Para tratar de resolver este problema estudiaron el cerebro de algunas moscas y los compuestos químicos que libera el hongo y encontraron que los olores que emiten las esporas estimulan una corriente eléctrica en los cerebros de las moscas de la misma forma en la que lo hacen las feromonas sexuales que ellas mismas producen.
Pero eso no fue todo.
Las feromonas sexuales de las moscas son, generalmente, compuestos químicos llamados alcanos, y parece que pertenecen al mismo grupo que los olores que el hongo emite. De esta manera, E. muscae puede manipular fácilmente a cualquier mosca y hacer que se acerque a otra que ya haya infectado y así facilitar la dispersión de sus esporas hacia una nueva víctima…
—¡Eso es aterrador! ¡Estamos perdidas! ¿A dónde vamos a parar? —se escuchaba entre los murmullos de los insectos del público.
—Y ¿ese hongo también puede infectar a las hormigas? —preguntó la hormiga que se encontraba entre el público.
—No, afortunadamente para ustedes, el ciclo de vida de E. muscae es bastante especializado y únicamente se desarrolla infectando moscas. Pero hay otros hongos, como Ophiocordyceps unilateralis, que llevan a cabo su ciclo de vida infectando el cuerpo de las hormigas, así que tal vez nadie esté a salvo…
—¡¿Qué hacen todos esos insectos en mi precioso helecho?! —se escuchó un grito furioso a lo lejos.
—¡Es la señora Hernández! —exclamó el oficial.
—¡Y trae el matamoscas! —gritó la hormiga.
—¡Aléjense de la escena del crimen! ¡Corran y vuelen por sus vidas! —dijo el oficial mientras huía despavorido. —Bueno, al menos otro caso del abominable hongo E. muscae está resuelto —pensó mientras volaba hacia el techo.
Víctor Alí Mancilla Gaytán
Biólogo por la UNAM y entusiasta de los datos curiosos
Referencias
Brobyn, P. J., y Wilding, N. “Invasive and developmental processes of Entomophthora muscae infecting houseflies (Musca domestica)”, Transactions of the British Mycological Society, 80(1), 1–8, 1983. doi:10.1016/s0007-1536(83)80157-0
Krasnoff, S. B., y otros. ”Behavioral effects of the entomopathogenic fungus, Entomophthora muscae on its host Musca domestica: Postural changes in dying hosts and gated pattern of mortality&lrquo;. Journal of Insect Physiology, 41(10), 1995, pp. 895-903.
Naundrup, A., y otros. “A pathogenic fungus uses volatiles to entice male flies into fatal matings with infected female cadavers”, bioRxiv, 2021.
Stokstad, E. “Fungus lures male flies into having sex with dead females”, Science, 1 de noviembre del 2021.