El ADN y la crisis forense en México

La tecnología puede ser fascinante. En lo personal, siempre me ha llamado mucho la atención aquella basada en biología molecular. Me deja asombrado, y a veces un poco estupefacto, cuando leo sobre las microscópicas máquinas que obtenemos de los seres vivos y cómo es que éstas pueden producir objetos tan importantes, como medicamentos o alimentos. Leer sobre las nuevas aplicaciones biotecnológicas me despierta la imaginación ante la posibilidad de que mis bisnietos —y, si tengo suerte, yo mismo— puedan presenciar ciudades turísticas sostenibles, con medicamentos asequibles, alimentos nutritivos de bajo impacto ambiental, una economía circular con sociedades y ecosistemas sanos. ¡Todo gracias a la maravilla de la tecnología!

Esto es, claramente, un sueño guajiro, pues algo que me queda cada vez más claro es que el desarrollo tecnológico sin una correcta aplicación para el bienestar social es —en el peor de los casos— un arma para perpetuar mayores desigualdades o —por lo menos— una herramienta sin filo. Un ejemplo particularmente bueno de esto, aunque gravemente preocupante, es la crisis forense en México.

Con decenas de miles de cuerpos no identificados y un número aún mayor de personas desaparecidas con familias en constante búsqueda, las conversaciones sobre una posible solución han girado repetidas veces hacia el análisis de ADN para la identificación y establecimiento de parentesco por la perpetuación de la idea que estas pruebas moleculares son evidencia definitiva: panaceas de la identificación forense. Sin embargo, diversas instituciones gubernamentales y privadas han tenido la capacidad de realizar estos análisis durante ya algunas décadas. Ante esta situación, ¿por qué la crisis continúa?

Esto se debe a que la tecnología no es la solución, sino sólo parte de ella. El análisis de ADN no es ni siquiera la única herramienta necesaria en la identificación forense, y aun con todas las herramientas tecnológicas combinadas, el problema seguiría creciendo más rápido que nuestra capacidad de relacionar la evidencia con las identidades; diversos expertos en un informe del Comité contra la desaparición forzada de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) opinaron que, en las condiciones actuales, serían necesarios 120 años para identificar todos los cuerpos, sin contar los que continúan acumulándose. Esto, aunado al sistema que permite y retroalimenta este fenómeno, es la crisis forense en México.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

La crisis forense en México

Más de 4000 fosas clandestinas, más de 52 000 cuerpos sin identificar y, al inicio del 2023, al menos 100 000 personas desaparecidas y no localizadas. Las cifras son impactantes, pero cuando recordamos que cada unidad que se acumula al conteo es la historia de vida de una persona, es una familia que busca y lucha por encontrar a su hija, hermana, padre o nieto, la urgencia se vuelve palpable. Trece de estos testimonios son plasmados en el libro No hay lugar en este país, de Fundar. Si en algún momento el constante crecimiento de estas cifras comienzan a desensibilizarnos de su gravedad, leer una de estas experiencias basta para volver al peso real de los números.

Es esta la magnitud del problema, ¿cuál es, entonces, la estrategia y herramienta necesaria para resolverlo? Existen muchas propuestas, pero una idea que destaca mucho entre éstas es el ADN. Es fácil entender por qué: el primer acercamiento —y, en muchos casos, el único— que se tiene a la ciencia forense es el televisivo, en los programas policiacos donde se habla del gran poder de las tecnologías de ADN para resolver crímenes e identificar cuerpos. En estos programas se observa cómo un análisis de laboratorio arroja una verdad incuestionable en cuestión de minutos, como si se tratase de una varita mágica que, al agitarla, resolviera el caso sin importar el resto del trabajo realizado. Lamentablemente, la realidad es más compleja.

El ADN y otras tecnologías forenses

¿Cómo funcionan las pruebas forenses de ADN para la identificación de cuerpos? De forma simplificada, estas pruebas consisten en extraer la molécula de ADN de una muestra biológica del cuerpo, la cual es copiada numerosas veces para así analizarla y arrojar un perfil único de la persona o de su linaje familiar.

Todas nuestras células contienen esta molécula de ADN. Dentro de la molécula existe un código, de las que ciertas regiones son únicas para cada individuo; también hay algunas que sólo compartimos con nuestros hijos, hermanos, madres o abuelas. De esta manera, se puede comparar este perfil con uno que pertenezca al de algún familiar de la persona desaparecida o de la desaparecida misma (esto si es que se tiene una base de datos realizada con anterioridad, o se tiene acceso a una muestra que, con certeza, pertenecía al desaparecido).

Esta técnica es realmente poderosa: si el proceso se lleva a cabo de manera adecuada, la sensibilidad puede superar el 99.9 %. Sin embargo, no es completamente infalible. Errores humanos, negligencia, contaminación de la muestra, entre otros problemas, pueden poner en duda la evidencia establecida por los análisis genéticos. Es por esto que las pruebas de ADN son sólo una de las muchas evidencias en el proceso de identificación.

En realidad, la identificación es un proceso complejo que incluye el análisis del caso y sus pistas para la correcta búsqueda, localización y recuperación de potenciales restos humanos, así como el análisis de evidencias del perfil biológico y antropología forense (edad, sexo, estatura, lesiones), elementos característicos (tatuajes, perforaciones, documentos, rasgos inusuales), huellas digitales, odontología forense y análisis de ADN.

El hallazgo e identificación de cuerpos fallecidos son tareas en las que no sólo intervienen distintas ciencias, sino que también lo hace una serie de disciplinas, metodologías, técnicas y políticas que dan lugar a un proceso adecuado. De manera que se necesitan las tecnologías certeras, tanto para hacer los análisis biológicos como para los ejercicios de búsqueda, así como el personal capacitado para implementar los procedimientos, las instituciones e infraestructura política y legal que permita la identificación eficiente, y los recursos económicos para llevar a cabo todo el trabajo.

Haciendo una pequeña metáfora: si trataramos de construir una cabaña de madera, un rotomartillo podría ser una herramienta excelente y poderosa, pero sin una correcta esquematización, planeación, acceso a madera, clavos, electricidad, así como de otras herramientas o recursos y de personas capacitadas para el proyecto, el rotomartillo se vuelve inútil. Las soluciones a la crisis no pueden ser unidimensionales, ya que el problema y los procesos que lo perpetúan tampoco lo son.

Soluciones integrales

Existen varias propuestas que se construyen según el marco jurídico de cada país. En el caso de México, Diana Bustos Ríos habla en el libro ADN, Protagonista Inesperado de un modelo integrado de investigación para la identificación humana en el que se plantean seis pasos: 1. El análisis del caso donde se establecen los antecedentes de la situación; 2. La búsqueda, que debe estar sustentada en el paso anterior; 3. La localización y recuperación de los restos que se buscan; 4. El análisis multidisciplinario de evidencias (antropología forense, química, balística, genética; 5. La identificación del cuerpo utilizando toda la información relevante y registrándola para su posterior cotejo; 6. La restitución y entrega digna, lo cual incluye que los familiares sean informados en plenitud y con el lenguaje apropiado de todo el proceso que se llevó a cabo.

Para la correcta implementación de este modelo es necesario no sólo que los equipos multidisciplinarios que llevan a cabo el modelo sean competentes, sino que exista un marco legal y los recursos económicos necesarios para que cada parte del proceso pueda ser llevado adecuadamente.

Como sociedad debemos buscar que se invierta en herramientas tecnológicas, como las del ADN forense, para resolver los problemas sociales asociados a la crisis que atravesamos. Pero aún más: debemos trabajar para que exista un marco legal y la inversión económica necesaria para un modelo integral de identificación de cuerpos, lo cual incluirá las tecnologías del ADN, pero sólo como una pieza del rompecabezas. Esta propuesta no es un simple sueño idílico carente de sustento: existen ejemplos sobre cómo ésta y otras tecnologías forenses junto con un sustento económico y normativo adecuado logran resultados contundentes.

Estos casos de éxito, lamentablemente, no se enfocan a resoluciones que afectan a millones de personas, sino a dos casos curiosos en el continente europeo. La familia Romanov, zares del antiguo imperio Ruso, murió en manos de los bolcheviques en 1918 y Ricardo III, rey de Inglaterra, quien murió en 1485. Ambos son casos estelares y populares de la identificación de cuerpos utilizando tecnologías del ADN. Además, en ambos casos se requirió una enorme cantidad de recursos humanos y económicos, investigaciones, análisis de antropología forense, historia, osteología y química. El ADN se mostró como la última pieza de evidencia que concluyó por identificar los restos como el antiguo rey en 2012 y la familia del zar entre 1991 y 2009. Con el método, tecnología y los recursos adecuados, ni siquiera las décadas o incluso los siglos evitaron el hallazgo e identificación de estos cuerpos.

La falsa utopía tecnológica

Los análisis del ADN son una herramienta forense increíblemente poderosa. Pero, al igual que el rotomartillo en nuestra metáfora, sin la complementación con otros recursos, factores y personas, su utilidad se vuelve mínima, como un cuchillo sin filo o una lámpara sin luz. En casos peores, estas herramientas no sólo son embotadas y limitadas en su potencial, sino que pueden ser malversadas y utilizadas para beneficios personales. Esto ha ocurrido cuando los análisis forenses del ADN han sido como instrumentos de la necropolítica y necroeconomía que generan ingresos e influencia a través de vender servicios y esperanza a familias con duelos suspendidos en la incertidumbre.

A esto se puede llegar cuando nos cegamos con un tecnoptimismo utópico y sobresimplificado: las tecnologías que iban a salvarnos se vuelven decepcionantemente infructíferas, o incluso armas usadas en nuestra contra. Estos no son problemas sencillos; el mal uso de las tecnologías, la falta de comunicación empática y adecuada con las familias, estructuras político normativas deficientes, falta de recursos, alto volumen de cuerpos y desaparecidos, aunada a una justificada desconfianza en las autoridades complica severamente la resolución de la crisis forense en México, pero esto no significa que sea imposible.

Existen ejemplos en Latinoamérica donde las reestructuraciones en el sistema pueden traer cambios positivos en el manejo de las instituciones forenses. Colombia ha sufrido en el pasado una crisis de desaparecidos similar a la que aqueja a México debido a su conflicto armado. Después del Acuerdo de Paz para Colombia fue necesaria la introducción de diversos mecanismos en la maquinaria forense para buscar un funcionamiento armónico de todas las instituciones involucradas, y así lograr garantizar los derechos a la verdad, justicia, reparación y no repetición de las víctimas. Estos cambios se propician a raíz de legislar y estructurar las prácticas según las condiciones propias y eventos sociales del país, lo que ha llevado a poner énfasis en la necesidad y relevancia de la interdisciplinariedad, el trabajo cercano con las víctimas y en el enfoque hacia la justicia transicional.

La tecnología ciertamente es fascinante. Su rápido desarrollo ha inspirado diversas ideas e historias, tanto utópicas como distópicas. Lo que determina si estas causarán un bien o un mal social no está en el poder que tienen, sino en cómo son utilizadas. El caso de las técnicas de ADN forense es tan sólo otro ejemplo de ello.

Es por esto que debemos trabajar en asegurar el uso correcto de éstas y otras tecnologías, evitando que sean instrumentos político-económicos de enriquecimiento que depredan la crisis humanitaria, rechazando el tecnopositivismo unidimensional y el deterioro del uso de estas maravillas, donde en vez de promover un bienestar social generalizado, sólo unos cuantos, como la antigua realeza europea, ven los frutos de su implementación. Debemos luchar para que sea un arma contra la crisis forense de México y no sólo una promesa vacía para sus más de 100 000 familias en búsqueda.

 

Diego Alonso Echánove Cuevas
Biólogo, educador y divulgador. Entusiasta de la ciencia para la investigación, la innovación y el cambio social.

El autor agradece a las Dras. Claudia Segal Kischinevzky y Vivette García Deister por su apoyo y retroalimentación durante este trabajo.

Referencias

Bustos, D., “La integralidad de la investigación forense en la identificación de personas”. En ADN, protagonista inesperado. Promesas y realidades de la investigación genética ante nuestra crisis forense, Siglo XXI, 2022, pp. 65–84,

Comité contra la Desaparición Forzada, Informe del Comité contra la Desaparición Forzada sobre su visita a México al amparo del artículo 33 de la Convención, Naciones Unidas, 2022

Comité Internacional de la Cruz Roja, Personas desaparecidas, análisis forense de ADN e identificación de restos humanos, CICR, 2009

Flores Clavo, R., y Paredes Miranda, B. J., “Pericia genética: Valoración y fiabilidad de la prueba de ADN en criminalística y en el Proceso Penal”, Derecho y Sociedad, 57, 2021, pp. 1–19

García, V. (). Bases de datos genéticos: La administración de la esperanza. En ADN, protagonista inesperado. Promesas y realidades de la investigación genética ante nuestra crisis forense, Siglo XXI, 2022, pp. 29–44

Olarte-Sierra, M. F., “Balance y flexibilidad en los límites: Prácticas forenses en Colombia en la implementación del acuerdo de paz”. En ADN, protagonista inesperado. Promesas y realidades de la investigación genética ante nuestra crisis forense, Siglo XXI, 2022, pp. 159–180

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