Animal de figura y tamaño pequeño, incluso algunas veces mal confundido con las ratas, de dos o tres palmas de largo en estado adulto, tiene un hocico delgado, alargado, sin pelo y, en el caso de los machos adultos, se asomarán dos grandes colmillos que utilizará en la época de apareamiento si es necesario.

Su cabeza es pequeña y las orejas sumamente delgadas, casi transparentes. Su pelaje es jaspeado, su cola cilíndrica, larga y más bien pelona; eso sí, tenaz, fuerte y prensil que puede llegar a utilizar como una extremidad más y usarla para aferrarse a una rama o incluso agarrar objetos.
La hembra es capaz de parir hasta dieciocho crías descubiertas de pelo, del tamaño de un frijol, las cuales inmediatamente después de nacer seguirán el camino de saliva que, previamente, la madre ha señalado para terminar su desarrollo dentro de una extraña bolsa en la barriga, como narraba Fray Diego de Landa en sus crónicas en relación de las cosas de Yucatán. Y ahí permanecerán durante los siguientes cien días aproximadamente hasta que tengan pelo y puedan andar. Esta extraña bolsa en la barriga se trata de un marsupio.
Pero, ¿qué es el marsupio? Se trata de una “bolsa” característica de las hembras de ciertos mamíferos, que funciona a modo de cámara incubadora. Esta duplicación de la piel situada en la pared ventral exterior está estrechamente ligada con la crianza de las crías de los marsupiales.
¿A quién le estamos dedicando estas líneas? Tiene ojos negros, pequeños, vivos y abiertos. Trepa los árboles con increíble agilidad, aunque también es muy buen nadador, de hábitos más bien diurnos y nocturnos, pariente lejano de los canguros, koalas, wombats y ualabíes.
Alrededor del mundo, dependiendo de la región y el país, se les conoce bajo diferentes nombres, tales como zarigüeyas, tlacuache, rapipelaos, chuchas. Por ejemplo, en la región sur de México, específicamente en el estado de Yucatán, se les denomina zorritos, mientras que en el resto del país son conocidos como tlacuaches.
Los tlacuaches son originarios del continente americano y su distribución abarca desde Canadá hasta la Patagonia en Argentina. En México se reconocen ocho especies de marsupiales, dentro del orden Didelphimorphia, en siete géneros (Marmosa, Tlacuatzin, Caluromys, Chironectes, Didelphis, Metachirus y Philander), cuya distribución geográfica se extiende prácticamente en todo el país, abarcando desde el nivel del mar, hasta altitudes superiores a los 3000 metros sobre el nivel del mar, ocupando casi todo el territorio a excepción de las zonas desérticas, por lo cual no lograremos observarlos en la península de Baja California , Sonora y parte del desierto chihuahuense.
El crecimiento continuo de la población humana en los últimos años ha resultado en la ocupación y fragmentación de áreas naturales y, en consecuencia, se ha incrementado el contacto entre la fauna nativa desplazada, los animales domésticos y los seres humanos. El tlacuache no es ajeno a tal situación, de manera que encontrarlo deambulando en las zonas y entornos urbanos no es de extrañarse. Actualmente, este marsupial se considera dentro de la fauna urbana, e incluso ha sido señalado como un “ladrón doméstico”.
Lamentablemente, genera temor y aversión en comunidades y ciudades por igual, ya que se dice que se alimenta de gallinas que, a la manera de las zorras y comadrejas, degüella para beber su sangre. Además, ha sido etiquetado incorrectamente como un animal violento, sucio, transmisor de rabia; si agregamos lo poco agraciados que parecen ser ante los ojos de los demás, muchas veces son maltratados y privados de la vida en nombre de la seguridad y de salvaguardar el orden.
Pero esto no siempre fue así. En el México prehispánico eran animales ampliamente valorados. De acuerdo con las tradiciones mesoamericanas, se dice que, al igual que el Prometeo griego, trajo el fuego a los humanos, tal como se aprecia en la leyenda náhuatl “El origen del fuego”, que relata el gran valor y astucia que desplegó el tlacuache frente al jaguar, el guardián del fuego, a quien burló robándole una braza con su cola, misma que quedó encendida, siendo su cola desnuda prueba fiel de tan gran hazaña. En su libro Los mitos del tlacuache, Alfredo López Austin escribe: “El Tlacuache fue un animal muy importante, se cuenta que era un viejo sabio, alegre y […] que fue él quien entregó el conocimiento a los humanos”.
El tlacuache también es bien conocido por su capacidad de “fingir su propia muerte” y regresar del más allá una vez que haya pasado el peligro, lo que popularmente se conoce como “hacerse el muerto”. En el ámbito científico este fenómeno es conocido como tanatosis o inmovilidad tónica (tonic immobility, por su traducción en inglés). Durante este proceso, el animal experimenta una paralización muscular durante la cual no responde a estímulos externos. Si bien este fenómeno ocurre en prácticamente todos los grupos animales y puede ser observado en patos, reptiles e, incluso, peces, nuestro amigo el tlacuache es seguramente el ejemplo más famoso de los animales que tienen esta habilidad. Del griego hanat(o)- θάνατος gr. “muerte”, y -ō-sis gr. “proceso”, la tanatosis involucra la inmovilidad del sujeto, con el agregado de que los tlacuaches son capaces de reducir su respiración en un 31%, la frecuencia cardiaca en un 46%, y su temperatura corporal casi medio grado. Estos cambios fisiológicos hacen que el acto sea definitivamente convincente.
Pero el tlacuache va más allá. Abrirá la boca, sacará la lengua y, en algunos casos, vaciará los intestinos, segregará almizcle y fluidos desagradables. Todo este acto confundirá al depredador y terminará convenciéndolo de que no es una buena opción y podría ser dañino su consumo, provocando que la amenaza se aleje. Si bien esta magistral actuación lo haría merecedor de premios en cualquier festival de teatro o cine, la verdad es que este comportamiento característico de hacerse el muerto es una estrategia de supervivencia, probablemente tan antigua como la respuesta de lucha o huida. Esta estrategia le ha permitido adaptarse a su hábitat y maximizar sus posibilidades de sobrevivir, transmitir sus genes a las siguientes generaciones y la perpetuación de la especie.
Lo que es cierto es que la evidencia fósil encontrada, y perteneciente al período Cretácico, indica que los tlacuaches existieron a la par de los dinosaurios. Si hay un habitante fiel que ha sido testigo de la historia del planeta ese es el tlacuache. Ha sobrevivido a la caída de un meteorito y glaciaciones, a tiempos de conquistas, independencias, revoluciones y hoy día a la transformación de las áreas verdes en asfalto y concreto. Sin duda, el tlacuache ha sabido adaptarse a los cambios y las adversidades a lo largo del tiempo. Cada noche, cuando lo vemos cruzar la calle o el jardín de nuestra casa, quizá nos brinda la más profunda enseñanza sobre la resiliencia y la adaptación al cambio.
Paola A. Tenorio-Rodríguez
Doctora en Ciencias en el Uso, Manejo y Preservación de los Recursos Naturales por el Centro de Investigaciones Biológicas del Noreste S.C. (CIBNOR). Puedes encontrarla en la playa recolectando algas. Otros días también se dedica a rehabilitar tlacuaches.
Referencias
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