El código Doudna

Una tarde, Francisco Mojica, un investigador de la Universidad de Alicante, conducía del laboratorio en el que trabaja hacia su casa, cuando se le ocurrió el nombre de CRISPR (que se lee como crisper). 

Mojica forma parte de las investigaciones relacionadas con Repeticiones Palindrómicas Cortas Agrupadas y Regularmente Espaciadas (CRISPR, por sus siglas en inglés), el conjunto molecular presente en las bacterias y lo que les protege de los virus patógenos. Dicho investigador es el responsable de que llamemos así a esta tecnología que ha revolucionado la edición genética.

Sin embargo, a pesar de haberle dado el nombre a esta tecnología revolucionaria, Mojica apenas ha sido reconocido por la comunidad internacional, además de que no se ha escrito una obra biográfica de su vida. Al menos cuando se le compara con Jennifer Doudna.

Walter Isaacson, periodista especializado en biografías, le dedica a la bioquímica el protagonismo en su más reciente libro, publicado en medio de la pandemia de covid-19, un escenario que el autor utiliza para iniciar y cerrar la obra. El código de la vida: Jennifer Doudna, la edición genética y el futuro de la especie humana (Debate, 2021), una obra de más de quinientas páginas que cuenta la historia de vida de una de las científicas más prolíficas e importantes del siglo XXI. Un escenario que permite contextualizar a la técnica más prometedora para modificar el genoma de cualquier organismo, pero también para hablar del quehacer tecnocientífico y de su estrecha relación con la innovación y su comercialización, de las pasiones y del trabajo en equipo realizado por los humanos en el campo de la ciencia.

Ilustración: Patricio Betteo
Ilustración: Patricio Betteo

Doudna, una de las merecedoras al Premio Nobel de Química 2020, tiene además la bondad de llevar en el apellido a las moléculas más importantes: el DNA (por sus siglas en inglés). El apellido, que por regla general fue heredado por el padre, es la puerta de entrada para hablar del progenitor masculino, el primer personaje que destaca en la biografía. Llama la atención la influencia que tuvo sobre ella en la conformación de su pensamiento científico, a pesar de no haber sido una persona que se desarrollara en este campo: uno de sus empleos fue el de redactar discursos para el Departamento de Defensa estadunidense. El autor destaca cómo, sin duda, Jennifer fue la hija preferida de su padre, y de cómo la vida en Hawái tuvo implicaciones en el carácter de la bioquímica: aventurero, relajado y curioso.

“Ya desde la época en que se quedaba maravillada con la sensibilidad al tacto de las hojas de la dormilona que encontraba en sus paseos infantiles por Hawái, Doudna había sentido una impetuosa curiosidad por los mecanismos subyacentes de la naturaleza. […] Se acostumbró a pararse un momento, como hacemos todos durante la infancia, y preguntarse cómo funcionan las cosas. El campo de la bioquímica da muchas respuestas sobre el modo en que las moléculas de las células vivas se comportan”.

En los primeros capítulos del libro, Isaacson menciona cómo el pensamiento de ciertos personajes, como Charles Darwin o James Watson tuvieron impacto en la estructura académica de Doudna. Sin embargo, al menos en el caso del segundo mencionado, el autor decide profundizar en su vida personal: se habla de uno de sus hijos, diagnosticado con esquizofrenia, y del esfuerzo que el científico que describió la estructura del ADN ha impreso en intentar explicar el trastorno de su hijo, del carácter agrio y complicado del ganador del Nobel de Fisiología o Medicina de 1962, así como de las controversias y los conflictos en los que se ha visto envuelto.

En realidad, es hasta el segundo capítulo que Isaacson menciona a Mojica. De ahí en adelante, la historia de CRISPR pisa el acelerador a fondo y cuenta cómo pasó de ser una secuencia genética descrita en bacterias a una tecnología que permitió la fundación de, al menos, una compañía en la Universidad de Berkley. En medio se detallan los perfiles de distintos personajes que acompañaron a Doudna, ya sea reforzando sus ideas a través de la generación de evidencia, o a pesar de ella, aprovechando toda la información generada alrededor del mundo en torno a este tema.

La misma historia de CRISPR funciona como escenario para tejer la historia de Doudna como científica: sus relaciones con distintas universidades estadunidenses y los riesgos laborales que tomó en el camino, como renunciar a Berkeley para luego regresar ahí. También narra la compañía y apoyo que ha recibido por parte de su esposo, tanto en la toma de dichas decisiones académico-laborales, como en las personales (de hecho, la historia con la que abre el libro es la de ella y su esposo recogiendo a su hijo de un campamento científico, recién en el inicio de la pandemia), como en las científicas per se.

El tercer capítulo del libro cuenta, probablemente, las historias personales más destacadas. Se trata de las que Doudna tiene con cuatro personajes en específico: Jennifer Charpentier, Eric Lander, Feng Zhang y George Church. La primera es la que tiene con la científica con la que compartió el Nobel de Química 2020, del cómo se conocieron y de la relación subsecuente. La segunda es de cómo un científico resulta ser más complejo y conflictivo de lo que se esperaría de uno de los personajes emblemáticos por haber formado parte del proyecto que resultó en la primera secuencia del genoma humano. El tercero, por la competencia científica, tan natural en el quehacer de este campo. El cuarto, por su relación con la costa este de Estados Unidos.

De todos estos personajes y de su relación con Doudna, resulta de gran valor el enterarse de situaciones, como que las dos que comparten el Premio Nobel no son amigas: aunque la protagonista dice envidiar algunos aspectos del carácter y personalidad de la otra, cada una ha hecho su trayectoria científica por su cuenta. Incluso, el que Doudna decidiera no firmar la moratoria que llamaba a adoptar los aspectos técnicos y éticos del uso de CRISPR en embriones humanos, la cual sí fue firmada por Eric Lander y Emmanuel Charpentier; tiene un elemento político desconocido para los que no formamos parte de la esfera del poder de las ciencias genómicas.

Sin duda, una de las historias más relevantes es la que se cuenta sobre la relación de Doudna con He Jiankui, el científico que editó el genoma embrionario de al menos dos seres humanos, cuyo nacimiento en China causó revuelo y llevó, entre varias cosas, a la redacción de mencionada moratoria. Aunque hoy Jiankui cumple con una condena por lo sucedido, la biografía narra los distintos encuentros entre la protagonista y el científico en cuestión, incluso los primigenios, y pone en contexto las llamadas de atención que se fueron dando en el camino.

El libro termina con un análisis profundo sobre las cuestiones éticas asociadas al uso de CRISPR, en cuanto al estado de salud de las personas. Lejos del maniqueísmo, el autor propone discusiones complejas, en las que las decisiones son tan personales como los individuos que portan condiciones genéticas raras —denominadas así por el pequeño número de humanos a nivel global que las presentan—. Como pacientes que presentan condiciones clínicas que, en apariencia necesitan recibir atención médica, pero que en realidad dotan de identidad a sus portadores.

Es así que este libro, a pesar de los sesgos argumentativos naturales por tratarse de la biografía de un personaje puntual, necesita ser leído por la actualidad y trascendencia del tema. Porque la genómica continuará viendo su auge en los próximos años, gracias a la presencia de la herramienta de la edición genética que ha hecho brillar a los científicos del campo, bien representados por Jennifer Doudna. Pero también, porque la protagonista resulta ser una científica brillante, que se mueve como pez en el agua de una costa estadunidense a otra, de la ciencia básica a los negocios, de la diplomacia a la dirección de un laboratorio codiciado por los estudiantes y reconocido por la comunidad científica. Porque cuenta la historia de un personaje del quehacer científico que vale la pena conocer a través de la mirada de Isaacson.

 

Natalia Nieves Montiel
Maestra en arquitectura

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