De hocicos cortos a actitudes prosociales: efectos de la domesticación
El reverberante legado intelectual que Charles Darwin nos dejó en sus obras toca temas muy diversos, entre los que destaca la domesticación de plantas y animales. En su mayor proyecto literario, El origen de las especies (1859), Darwin desarrolla el tema a partir deuna serie de ejemplosrecopiladostras contemplar los esfuerzos de granjeros y agricultores para modificar organismos según su capricho o su necesidad. De hecho, lo utiliza como recurso didáctico para explicar su aportación más popular: la selección natural. Así como los ganaderos y agricultores hacen el trabajo de seleccionadores artificiales cuando escogen a los individuos que exhiben las cualidades que desean reproducir y mejorar y repiten esta selección en varias generaciones, así en la naturaleza, se llegan a seleccionar las variaciones individuales adecuadas a unas características específicas.
Para profundizar sobre la domesticación, Darwin escribió La variación de animales y plantas domesticados (1868), donde mostró que el proceso de domesticación en mamíferos se manifiesta en una serie de rasgos anatómicos diferentes respecto a los individuos silvestres (hocicos más cortos, cola corta y rizada, orejas caídas, reducción en el tamaño de los dientes, zonas con despigmentación), fisiológicos (ciclos reproductivos no estacionales, sino esporádicos y con mayor número de crías) y conductuales (retención de comportamientos juveniles y una disminución en la agresión y un aumento en la mansedumbre), llamados en conjunto síndrome de domesticación.
Darwin notó que los humanos compartían algunas de estas características, aunque sus afirmaciones al respecto ocasionaron polémica, por lo que dejó a sus interlocutores posteriores la pauta para discutir sobre el tema.
Durante el periodo de oscuridad política de comienzos del siglo XX se manipuló el concepto para ponerlo al servicio de políticas racistas o proyectos eugenésicos, que difundían ideas como que algunos grupos humanos estaban domesticados, pero otros no. En los estados socialistas, se categorizó como científicos fascistas a quienes trataban de usar la genética para explicar aquello relacionado con la herencia de ciertas características. Pero, a pesar de la manipulación política, no fueron opacados los estudios sobre el tema.
Uno de los trabajos, considerado ya un clásico, que se pudo concretar bajo este ambiente, comenzó en 1959, guiado por Lyudmila Trut y Dmitri Belyaev. Ellos se dedicaron a viajar por las granjas peleteras de la Unión Soviética y buscaron ejemplares de zorros plateados para criar y poner prueba su hipótesis, que suponía que los cambios anatómicos y fisiológicos observados en los animales domesticados eran el resultado de seleccionar un rasgo conductual: la mansedumbre. Los más dóciles de cada generación fueron elegidos y, en menos de diez generaciones, algunos empezaron a exhibir orejas caídas y colas rizadas. Para la decimoquinta, mostraron formas faciales y corporales más juveniles, como hocicos cortos y redondeados y extremidades cortas y gruesas, y sus niveles de la hormona del estrés se redujeron a la mitad, en comparación con los niveles de los zorros salvajes. Sus hábitos reproductivos también cambiaron: anticiparon su madurez sexual y, en promedio, sus camadas tenían un cachorro más. Es así que se asentó la idea de que los rasgos típicos del síndrome emergen como subproductos al seleccionar a los mansos y excluir a los agresivos. Además, el cambio de una respuesta antisocial, temerosa y agresiva a una positiva y amistosa fue reconocido como una conducta prosocial.
Este comportamiento pro-humano facilitó la venta de algunos de los zorros para ser animales de compañía, con el fin de continuar la financiación del experimento que, ahora, bajo la dirección de Trut, toma un enfoque más molecular, buscando determinar qué genes están implicados en los niveles de una menor agresión.
Girl Power: la unión hace la fuerza
Algunos años después, Brian Hare, antropólogo de la Universidad de Duke, quien trabajaba con primates desde los años 90, reconoció en los bonobos características de domesticación: cráneos, mandíbulas y dientes de tamaño reducido, despigmentación en los labios, hembras receptivas por más tiempo, todo en comparación con los rasgos de los chimpancés. También respecto a estos, exhibían notables diferencias en la agresión: mientras que los chimpancés la utilizan de forma cotidiana para competir por dominio y recursos, o cuando los machos intimidan a las hembras, o cuando las hembras pelean entre sí, o en la defensa del territorio, o cuando cometen infanticidio (tanto machos como hembras) con crías de los grupos vecinos, los bonobos no buscan el dominio mediante ataques físicos, sino a través de exhibiciones de intimidación (como correr o arrastrar ramas), y en ellos la agresión de machos se reprime por coaliciones que forman las hembras.

Ilustración: Oldemar González
La comparación entre estas dos especies de primates fue pertinente, porque son especies estrechamente relacionadas que se formaron de un ancestro común, hace apenas uno o dos millones de años, después de la formación del río Congo. Ante la cuestión de por qué una especie se volvió más combativa que otra, Hare hipotetizó que la separación geográfica puso a cada especie en entornos muy diferentes: la población del norte, que eventualmente daría lugar a los chimpancés, tuvo que competir por alimentos con los gorilas nativos. Aludiendo a la antigua expresión latina necessitas non habet legem, que se traduce como: “la necesidad no tiene ley”. Se cree que esta dinámica imperó en esta zona septentrional del río Congo y detonó el carácter agresivo de los chimpancés. Al sur del río, sin rivales y con más comida para todos, los machos optaron por formar alianzas en lugar de recurrir a la fuerza bruta, pero la mayor presión selectiva provino de las hembras: formaron vínculos estrechos entre ellas para reprimir a los machos beligerantes, terminando por anular sus posibilidades de reproducción, pues se prefería a los individuos menos agresivos. Es aquí donde el prefijo auto se añade a la palabra domesticación, pues no es un agente externo (humano), sino el papel activo de las hembras, en la selección de pareja, lo que dirige a la población hacia un estado de menor agresión.
El domesticador que fue domesticado
Las conexiones académicas siempre son un aliciente para que ideas germinales prosperen: Richard Wrangham, primatólogo, colaborador y vecino de Hare en Harvard, después de escribir con él sobre autodomesticación en bonobos, desarrolló esta línea en humanos desde el 2019. Al recurrir a los estudios de anatomía hechos en los fósiles más antiguos atribuibles a Homo sapiens (de unos 315 000 años) notó dientes más pequeños, retención de rasgos juveniles, aplanamiento en la proyección de la mandíbula y reducción endocraneal con respecto a otros Homo del Paleolítico. Para sugerir cómo podrían haber sobrevenido estos caracteres, sugirió una explicación basada en la versión de formación de coaliciones de Hare, pero aplicada a humanos, a la que llamó conspiración basada en el lenguaje. Con ella señaló que el momento en que el lenguaje se volvió lo suficientemente sofisticado como para facilitar que machos subordinados pudieran planear matanzas de machos agresivos y antisociales, comenzó la autodomesticación y, por ende, la aparición de los rasgos del síndrome.
Por supuesto, esta hipótesis es altamente especulativa por el hecho (bastante obvio) de que no existen registros conductuales de ese momento y porque deja muchas cuestiones sin responder; por ejemplo, ¿cómo es que los H. sapiens desarrollaron un lenguaje más sofisticado que otras especies de Homo? ¿Por qué esta explicación se aplica sólo a nuestra especie?¿Por qué aún con el surgimiento del lenguaje que supone un sistema para el mejoramiento del entendimiento, era necesarios los asesinatos? O ¿por qué en nuestro caso son los machos los que castigan a los dominantes y no las hembras, como en el caso de los bonobos? En su lugar, dedicó un libro completo a tratar otra ambigüedad de su hipótesis, que nombró como La paradoja de la bondad (2019).
Los dos tipos de agresión
La paradoja de la bondad apunta que la agresión se reguló al eliminar de manera planificada a los violentos, pero quienes llevaron a cabo los asesinatos estaban, por definición, exhibiendo un alto nivel de agresión. Es decir, para crear sociedades pacíficas se recurrió a la violencia… ¡No hay nada más contradictorio!
Para proporcionar una respuesta, Wrangham se apoyó en una idea adoptada por la biología, la psicología y las ciencias sociales en la que existen dos tipos de agresión: la pro-activa y la reactiva. La primera indica una respuesta ante una amenaza o a un evento que pone en riesgo a la vida y la respuesta con violencia tiene el único objetivo de eliminar dichos peligros. La segunda se presenta sin estar precedida por amenaza alguna, e implica planeación y cálculo con el fin de obtener un beneficio. Citando ejemplos, cuando un animal lucha contra su depredador o por recursos alimenticios, el tipo de agresión que se presenta es reactiva; la proactiva se materializa a través de acoso, intimidación u homicidios premeditados.
Si bien los humanos mostramos docilidad y paciencia en algunas situaciones, también podemos ser extraordinariamente violentos, como en las guerras. De hecho, algunos estudios señalan que la tasa de violencia letal (que resulta de la agresión proactiva) en sociedades de chimpancés y de humanos es similar.
Sobre la agresión reactiva presente en la competencia con los compañeros por comida o dominio, compartimos con los bonobos una menor propensión hacia ella, en comparación con los chimpancés. Así, se sugiere que los humanos han evolucionado para combinar una baja propensión a la agresión reactiva con una alta propensión a la agresión proactiva. Con lo anterior, se entiende la paradoja: al mismo tiempo, los machos subordinados eliminaban a aquellos individuos con el tipo de agresión reactiva (estableciendo una especie de igualdad social en la que no fuera ya necesario defenderse de posibles amenazas), el comportamiento de los machos subordinados se ajusta a una agresión proactiva, pues se basaba en un ataque planificado con miras a un objetivo muy claro: eliminar a los dominantes.
La autodomesticación fue en este sentido un antídoto contra la agresión reactiva, pero sin duda nos hace falta trabajar en reforzar otras restricciones culturales a la violencia proactiva, eliminando los elementos sociales que la promueven.
Ravel Ojeda García
Pasante de la carrera de biología en la Facultad de ciencias y entusiasta de la comunicación pública de las ciencias
Referencias
Darwin, C. 1875. The variation of animals and plants under domestication. Tomo II. London: John Murray; p. 495.
Belyaev, D; Plyusnina, I & Trut, L. 1985. “Domestication in the silver fox (Vulpes fulvus): changes in physiological boundaries of the sensitive period of primary socialization”, Appl Anim Behav Sci.;13: 359–370.
Hare, B.; Wobber, V.; & Wrangham, R. 2012. “The self-domestication hypothesis: evolution of bonobo psychology is due to selection against aggression”, Anim. Behav. 83:573–585
Wrangham, R. W. 2019. “Hypotheses for the evolution of reduced reactive aggression in the context of human self-domestication”, Frontiers in psychology, 10.
Wrangham, R. 2019. The goodness paradox. New York: Penguin Random House.
Wrangham, R. 2018. Two types of aggression in human evolution. PNAS 115 (2): 245-253.