El implacable poder homogeneizador del pez diablo en la Selva Lacandona

Cuando llega la temporada de secas en la Selva Lacandona, las transparentes aguas de los ríos tributarios del Usumacinta dan la engañosa impresión de estar deshabitadas. Pero la realidad es otra. Si nos pusiéramos en las escamas de un pez y nos sumergiéramos en el río, descubriríamos una de las comunidades de seres vivos más diversa que se pueden hallar en agua dulce. Bastarían unos minutos en el agua para atestiguarlo. De repente, sentiríamos las caricias de los largos bigotes de los bagres nativos: el bagre lacandón y el bagre del Usumacinta, que no viven en ningún otro rincón del mundo. Veríamos salir de su escondite en el lodo a una escurridiza anguila de pantano. Pasaría a nuestro lado, nadando con calma, un pejelagarto, cuya forma nos recordaría a un cincel con aletas. Sobre nosotros, los enormes cuerpos de sábalos y robalos crearían suaves ondulaciones en la superficie mientras intentan escapar de los anzuelos de los pescadores, quienes año tras año intentan capturar al de mayor tamaño para ganar un trofeo. Serpenteando entre los recovecos, se escabulliría una criatura de cuerpo aplanado y colores sepia, cuyo amplio hocico y prominente mandíbula le han ganado el nombre de “sapo mexicano”. Pero realmente es un pez, representante de una de las 72 especies de peces que habitan estas aguas. La mayoría de las especies de este idílico recorrido, desafortunadamente, se ve amenazada hoy por la llegada de una sola: el pez diablo.

Fotografía: Néstor Rosales Quintero

El río Lacantún es una de las regiones con mayor riqueza y diversidad de peces del país, pero también es una de las menos estudiadas por la ciencia. Hasta ahora, una de las revelaciones más preocupantes es que la salud de este ecosistema enfrenta dos desafíos principales: la degradación ambiental y la invasión de especies exóticas. Como causantes del primero, debemos señalarnos a nosotros mismos. El segundo desafío se centra, por el momento, en una especie exótica en particular, proveniente de la cuenca del Amazonas y que, paradójicamente, no parece amenazante a primera vista.

El pez diablo (especies del género Pterygoplichthys), también conocido como pleco, plecostomo o bagre armado, representa una de las mayores amenazas para la biodiversidad de los ecosistemas acuáticos y las pesquerías de agua dulce en México. No lo adivinaríamos por su apariencia, que le ha ganado también los nombres de “limpiapeceras” o “limpiavidrios”. En lugar de filosos dientes de depredador, el pez diablo tiene la boca en la parte inferior de un cuerpo que es plano por abajo y rugoso por arriba. O sería más exacto decir puntiagudo. Tiene el dorso cubierto con rígidas espinas que le corren por la espalda y con robustas placas óseas, con las que puede defenderse de los depredadores que lo ataquen desde arriba mientras nada rozando el suelo del río y chupa el sedimento en busca de partículas de alimento. Limpiando las rocas del fondo, el pez diablo parece estar ensimismado y no buscar problemas. Cuesta trabajo echarle la culpa del deterioro ecológico que puede causar. Pero su inocente apariencia es engañosa. Su ofensa no es la forma de su cuerpo, sino lo que puede hacer con él.

Cuando el pez diablo se restriega en el lecho del río, levanta sedimento y forma nubes de partículas en el fondo del Lacantún, que llamaríamos polvaredas si estuvieran en tierra firme. Como pasa con las nubes en el cielo, estas partículas oscurecen el agua e impiden que penetre la luz del Sol, una fuente crucial de energía de cualquier ecosistema acuático. Sin suficiente luz, decaen los organismos fotosintéticos, como las algas y las plantas. A medida que disminuye la materia vegetal, los herbívoros la pasan mal, y los que se los comen a ellos la pasan aún peor. A la larga, los peces de mayor tamaño, las nutrias, los cocodrilos y las aves, que son los últimos en la fila alimentaria, buscarán comida en otro lado cuando ésta comience a escasear, o bien, les será imposible sobrevivir.

Fotografía: Néstor Rosales Quintero

Además, para hacer sus nidos, los limpiapeceras erosionan con sus bocas las laderas del río, las cuales terminan por derrumbarse. Otros peces que viven o anidan en ellas son desalojados. Como si esto no fuera suficiente, las partículas contaminantes en el agua, que normalmente se precipitan hacia el fondo, se vuelven a revolver en la corriente por la acción del pez diablo. Esto agrava aún más la situación y pone en mayor peligro a las especies que ya están de por sí afectadas. Las aguas enturbiadas por la presencia del pez diablo no son propicias para la diversidad, lo que es una invitación a que esta especie invasora prospere.

A nivel mundial estamos frente a un proceso que se conoce como homogeneización biótica, que hace que las comunidades biológicas sean más parecidas entre diferentes áreas geográficas. Es decir, estamos perdiendo diversidad biológica local y nos estamos quedando con conjuntos de especies cada vez más uniformes. Es un triste espejo de la globalización cultural que ocurre en nuestros tiempos. La homogeneización biótica tiene graves consecuencias ecológicas, impactos económicos y sociales y, sobre todo, afecta la capacidad de los ecosistemas para proporcionar servicios ambientales. Las especies invasoras, como el pez diablo, son uno de los impulsores fundamentales de esta homogeneización biótica.

Muchas de las características biológicas de este pez lo hacen especialmente apto para invadir ecosistemas ajenos. Las hembras alcanzan la madurez sexual al año de vida y pueden producir entre 800 y 1500 huevos por puesta que, una vez eclosionados, los pequeños pececitos diablo disfrutan del cuidado de su padre durante sus primeras etapas de vida. Ya adultos, se defenderán por sí mismos de los escasos depredadores que se atrevan a desafiar su puntiagudo cuerpo y su gran agresividad.

Fotografía: Néstor Rosales Quintero

En sus aguas natales, sus depredadores son abundantes, pero en las aguas del Usumacinta, sólo los cocodrilos, las nutrias y alguna que otra ave, que lamentablemente escasean cada vez más, se atreven a enfrentarlos. Los peces diablo incluso compiten ferozmente entre ellos mismos, debido a su comportamiento fuertemente territorial y agresivo. Además, tienen una habilidad única: pueden sobrevivir fuera del agua durante tiempos prolongados, gracias a que su estómago está equipado por numerosos vasos sanguíneos, que les permiten obtener oxígeno del aire atmosférico.

Pero el pez diablo no es el único factor que contribuye a la homogeneización. Como podríamos adivinar, otro elemento es el impacto de las actividades humanas en los ecosistemas. Una pregunta apremiante que requiere investigación es hasta qué punto nuestras acciones favorecen que las especies exóticas se conviertan en invasoras. Actualmente, un gran equipo de investigación, en el que participan Susana y Fernando, autores de este texto, está estudiando este tema en el Lacantún. Esta pregunta cobra aún más urgencia porque la invasión del pez diablo ha ido avanzando río arriba, desde las zonas más contaminadas del Usumacinta hacia las más prístinas. En 2015, el equipo de Natura Mexicana reportó por primera vez la llegada de estos peces a la Reserva de la Biósfera Montes Azules, uno de los refugios de biodiversidad más importantes de nuestro país. Esta reserva es el área natural protegida con mayor extensión dentro de la Selva Lacandona, y es uno de los macizos de selva tropical mejor conservados de Mesoamérica.

Afortunadamente, esta reserva es una luz de esperanza para la comunidad de peces del río Lacantún, que fluye a través de la majestuosa Selva Lacandona. Este cuerpo de agua alberga ríos y arroyos en admirable estado de conservación y es hogar de una de las faunas de peces de agua dulce mejor conservadas en todo el país. Los sistemas como este son cada vez más raros y, al mismo tiempo, cada vez más importantes. Proporcionan un entorno de estudio ideal para comprender la compleja interacción entre la degradación ambiental y la expansión de especies invasoras. Podemos visualizar esta comunidad como una red, donde cada especie es un hilo y cada interacción ecológica, un nudo. Cuantos más hilos y nudos tengamos, más robusta será la red en términos ecológicos. Sin embargo, debido a la presencia de especies invasoras y la degradación ambiental, la red pierde hilos y nudos, debilitándose y volviéndose menos resiliente desde una perspectiva ecológica.

Por lo tanto, es fundamental comprender que la lucha contra las especies invasoras no puede separarse de la necesidad de abordar las causas subyacentes de la degradación ambiental, que actúa como un catalizador para las invasiones.

Una de las estrategias clave para enfrentar esta invasión es la implementación de un programa integral que abarque el monitoreo, la erradicación y el control del pez diablo, y que al mismo tiempo promueva la captura y explore alternativas para su comercialización. Entre las diversas opciones se encuentran la elaboración de subproductos, como la harina de pescado, destinada a la alimentación de animales de granja y el apoyo al desarrollo de la piscicultura. Además, la harina de pescado puede ser usada para la fabricación de abono orgánico, mientras que el aceite de pescado para alimentar rumiantes. Estas medidas también deben ir acompañadas de programas educativos destinados a reducir el riesgo de propagación y prevenir futuras invasiones.

El desafío más apremiante radica en abordar la amenaza silenciosa del pez diablo sin perder de vista las causas subyacentes de la degradación ambiental. Es crucial encontrar un equilibrio entre combatir la amenaza inmediata y abordar de forma integral las actividades humanas que debilitan la red ecológica. La pregunta clave no tiene una respuesta sencilla. ¿Cómo podemos remendar una red cuando, al mismo tiempo, nuestras acciones diarias continúan desgarrándola? El caleidoscopio de diversidad del río Lacantún aguarda una respuesta.

 

Fernando Córdova Tapia
Investigador en el Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM, donde se dedica al estudio de la ecología de los cuerpos de agua dulce.

Víctor R. Hernández Marroquín
Biólogo, profesor en la Facultad de Ciencias de la UNAM, divulgador de la ciencia, traductor y narrador oral.

Susana de la Rosa García
Profesora investigadora en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, enfocándose en el aislamiento e identificación de microorganismos ambientales, así como en la evaluación de su potencial biotecnológico.

El proyecto de investigación se titula: “Relación sinérgica entre la antropización y el proceso de invasión del bagre armado en el río Usumacinta. El efecto en la estructura trófica, la diversidad funcional y la resiliencia ecológica (CONAHCYT-560/2023)”

Referencias e información adicional

Ayala-Pérez, L. E., Vega-Rodríguez B. I., Terán-González G. J. y Martínez-Romero G. E., El pez diablo en México: guía para administradores y usuarios de recursos pesqueros. Universidad Autónoma Metropolitana, 2015

Ramírez-Martínez, C., Naranjo, E., Caspeta, J. M., Barba, R. y Espinosa-Pérez. E.,  “Calidad de los ecosistemas acuáticas de la subcuenca del río Lacantún”. En: Carabias, J., De la Maza, J. y R. Cadena (coords.) Conservación y desarrollo sustentable en la Selva Lacandona. 25 años de actividades y experiencias. México. Natura y Ecosistemas Mexicanos. 2015, pp: 193 – 207.

Ramírez, C., Barba, R., Caspeta, J. M., Córdova-Tapia, F., Espinosa, H., Larre, S., … y Álvarez, F., Biota acuática de la cuenca media del río Lacantún, Chiapas y la importancia del monitoreo de largo plazoRevista mexicana de biodiversidad, 93: e934844, 2022

Rodiles-Hernández, R., Hendrickson, D. A., Lundberg, J. G., y Humphries, J. M., “Lacantunia enigmatica (Teleostei: Siluriformes) a new and phylogenetically puzzling freshwater fish from Mesoamerica”, Zootaxa, 1000(1), 2005, pp. 1-24.

Semarnat, “Informe de la situación del Medio Ambiente en México”, 2015

Velazquez Velazquez, E., Lopez Vila, J. M., & Romero Berny, E. I., “El pez diablo: especie invasora en Chiapas. Lacandonia, 7, 1, 2013, pp. 99-104.

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Publicado en: Elementos