Nadie estaba a salvo. Era el asesino perfecto. Casi imposible de detectar, pues bastaban unos pocos gramos para provocar una muerte lenta y silenciosa. Grandes personajes, tanto reales como ficticios, perecieron por la ingesta de la pócima.1 Hoy en día aún existe envenenamiento con esta sustancia y la Organización Mundial de la Salud (OMS) la cataloga como una de las diez más peligrosas para la salud pública. Esta es la historia del arsénico (y sus óxidos), una de las sustancias más mortales de la historia, y el esfuerzo de los químicos por vencer al rey de los venenos.
Un veneno milenario
Julia Agripina fue una emperatriz romana que nació en el siglo I de nuestra época. Tuvo una vida muy agitada, pues nunca se conformó con ser un adorno para los emperadores romanos. Por ejemplo, en una ocasión planeó, junto a su amante Tigelino, el asesinato de Calígula. Al ser descubierta, fue desterrada. El posterior asesinato de Calígula le dio la oportunidad de volver a Roma, gracias a las diligencias de su tío y ahora emperador romano, Claudio. Con él, Julia se casó (por tercera y última vez). Si bien Agripina se convirtió en emperatriz, su ambición le pedía más. Ella quería que su hijo Nerón se hiciera del trono y así obtener más poder político y económico. Sin embargo, su esposo le estorbaba para ejecutar su plan.
Para sacar a Claudio de la jugada, Agripina contrató los servicios de Locusta, una envenenadora eficaz. Ésta preparó un veneno con arsénico, que Claudio ingirió, sufriendo una muerte atroz: dolores, vómito, diarrea y convulsiones.
Hoy sabemos que el arsénico tiene una gran afinidad al azufre. Cuando entra en las células animales se une a las moléculas que lo contienen, por ejemplo, a las enzimas. Estas proteínas tienen muchas funciones celulares que son vitales, por eso cuando el arsénico se combina con los azufres de la enzima, “inutiliza” a los elementos químicos, la proteína deja de funcionar y provoca la muerte celular. Por cierto, Locusta tuvo un trágico final: fue asesinada por órdenes del emperador Galba.
Sin embargo, en esta época, los óxidos de arsénico no eran los venenos más populares, ya que un color distintivo podía delatarlos. Fue gracias al trabajo del gran alquimista Jabir Ibn Hayyan (Geber) que el arsénico se convirtió en el monarca de los venenos.
El rey de los venenos o el veneno de los reyes
Desde mi punto de vista, Geber debería ser más conocido fuera del mundo científico. Sus trabajos fueron un pilar de lo que hoy llamamos química. A Jabir se le atribuye el descubrimiento del ácido nítrico, el sulfúrico y al protagonista de este texto: el trióxido de arsénico (conocido como arsénico blanco). Esta sustancia química era el veneno perfecto. No huele, no tiene sabor ni color.
Es imposible mencionar al arsénico sin citar a dos de las familias más poderosas de Italia: la familia Medici y los Borgia. Ser invitado a una cena en casa del papa Alejandro VI y de su hijo César Borgia podría significar no seguir con vida al día siguiente. César Borgia (que inspiró a Maquiavelo a escribir su obra magna El príncipe) fue el gran experto en el envenenamiento con arsénico. En la cima de su imperio (y corrupción) era capaz de matar con arsénico y fósforo a cualquiera que se interpusiera en su camino. Su veneno era llamado cantarella.

Otra mezcolanza con arsénico muy famosa del siglo XVII fue el acqua tofana. Aparece en dos pasajes de la novela El conde de Montecristo. Su ideadora fue Julia Tofana, que vendía su famoso veneno a mujeres que tenían problemas con sus maridos. Parece que más de 600 personas perecieron por el acqua —entre ellos dos papas. Al final, en 1659 Julia fue detenida y torturada, junto con sus colaboradores, pero el terror de ser envenenado no se disipó en el reino de Nápoles. Poco a poco, el arsénico fue haciéndose más asequible y ya no era necesario saber sobre mezclas de sustancias químicas o tener mucho dinero para hacerse del veneno.
A mediados del siglo XIX, alrededor del 70 % de los envenenamientos en Londres involucraban al óxido de arsénico. Cualquiera podía ser víctima: los reyes, un marido o novio abusador o, simplemente, una persona que estorbara a los intereses. El envenenamiento más famoso era aquel en donde se envenenaba al pariente rico, para poder heredar su fortuna. Por eso, el arsénico fue apodado el “polvo de las herencias”.
Ya hemos visto por qué (no huele, no sabe y es incoloro) el arsénico era el veneno más famoso y, por ende, el más usado en distintas épocas. Sin embargo, lo que hacía infalible es que no existía un método preciso para detectar la sustancia. Por ejemplo, las mejores pruebas existentes consistían en dar una muestra del alimento o la bebida posiblemente envenenada a un perro o cerdo y observar si el animal se moría. Y, para comprobar si alguien había sido envenenado, se recurría a un método similar: se daba de comer a un perro o gato extractos del intestino de la persona muerta, si el animal moría se concluía que la persona había sido envenenada.
¿Cómo vencer al monarca de los venenos?
Año 1832. James Marsh es contratado como perito para determinar la culpabilidad de John Bodle, acusado de matar a su abuelo y a dos de sus sirvientas. Las pruebas contra John eran fuertes: había sido visto comprando arsénico, diciendo que quería ver muerto a su abuelo y preparando el café con el supuesto veneno. Sin embargo, no eran pruebas irrefutables. La justicia pidió a Marsh hacer el ensayo definitivo con el único experimento existente. Se agregaba ácido sulfhídrico a la muestra examinada y, si se formaba un precipitado de sulfuro de arsénico (de color amarillo), se concluía la prueba como positiva. Sin embargo, el precipitado amarillo era inestable, pues cambiaba de color sin aparente razón. Cuando Marsh hizo el test, la prueba dio positivo, pero cuando la mostró en el juicio, la mezcla había cambiado de color. Por ende, Bodle fue declarado inocente.
Algunos años más tarde, Bodle acepto (junto a otros delitos) que él había sido el artífice del asesinato de su abuelo. Marsh quedó profundamente dolido del orgullo y decidió crear una prueba irrefutable: estable y sensible. Trabajó duro durante cuatro años para encontrar su método infalible. Lo ayudaron sus conocimientos en electricidad (modestamente, fue alumno de Michael Faraday) y en la química de los venenos. Por fin, en 1836, publicó en la Edinburgh New Philosophical Journal su texto titulado “Relato de un método para separar pequeñas cantidades de arsénico de las sustancias con las que se pueden mezclar”. Aquí, el químico muestra una gran capacidad experimental, dibujando el proceso para realizar la prueba.
La prueba parte de una de las reacciones más básicas de la química: un ácido y un metal. Marsh colocó ambas sustancias junto con el trióxido de arsénico para forzar que el monarca de los venenos (si es que estaba presente) se convirtiera en arsina o arsano (AsH3). Por último, quemaba la arsina en un objeto de porcelana. Si aparecía una mancha oscura-plateada, que era el arsénico en su forma elemental, no quedaba duda: la prueba era positiva. Lo más impresionante es que este método detecta cantidades de hasta 0.02 miligramos. Con este importante avance comienza la época de la química forense.
Poco a poco, el test de Marsh se fue haciendo famoso, pero el caso que le dio la merecida connotación se llevó a cabo en 1840: el de Marie Lafarge, en Francia. Ella fue acusada de envenenar a su marido Charles. John probó su ensayo en la comida preparada por la sospechosa, y éste dio positivo, lo que llevó a la condena de cadena perpetua.
La puntillada final la otorgó el químico Robert van Bunsen, más conocido por sus estudios sobre la espectrometría y la composición química del Sol. Sin embargo, también fue un estudioso del arsénico y, en 1834, obtuvo el primer antídoto a base de óxido de hierro hidratado contra el envenenamiento por arsénico. Además, se propusieron leyes y regulaciones que impedían que cualquier ciudadano común pudiera obtener sustancias químicas o venenos (Ley del Arsénico en 1851 y ley de Farmacia en 1868)
Hoy en día, el fármaco que se usa contra el monarca de los venenos se conoce como dimercaprol. Este antídoto contiene átomos de azufre con una mayor afinidad al arsénico que el de las enzimas. De esta forma, el veneno “deja en paz” a las enzimas y éstas continúan ejerciendo labores vitales para la célula.
El monarca de los venenos ha sido derrotado.
Iván de Jesús Arellano Palma
Maestro en Filosofía de la Ciencia (Comunicación de la ciencia) por parte de la UNAM. Ha colaborado en distintos medios como la Revista ¿Cómo ves?, Cienciorama, la Revista Digital Universitaria (RDU), entre otros.
Referencias
Castellanos de Zubiria, S., Mujeres perversas de la historia, Bogotá, Norma, 2008
Organización Mundial de la Salud, “Arsénico”, 2022
Marsh J., “Account of a method of separating small quantities of arsenic from substances with which it may be mixed”, Edinburgh New Philosophical Journal 21, 1836, pp. 229-236.
Muñoz Páez, A., Historia del veneno: de la cicuta al polonio, Debate, Barcelona, 2012
Pérez Vaquero, Carlos, “Locusta: ¿la primera asesina de la historia?”, Derecho y cambio social, 2013
Uruchurtu Gertrudis, “Venenos, envenenados y envenenadores”, Revista ¿cómo ves?, UNAM, 2006
1 Si el lector quiere hacerse una idea más completa de varios asesinatos provocados por arsénico, ver “El arsénico en la historia del crimen. El caso Bodle, Lafarge y otros”.