Los mundos que soñamos dormidos son increíblemente diversos, habría tantos como humanos en la Tierra. Inexplicables en su mayoría y, quizá, algunos similares a los que veríamos después de un viaje interestelar. Estos podrían llegar a ser igual de variados, tal vez más sencillos de explicar, pero inimaginables en la realidad. Por lo menos así sería hasta que, en 1995, los astrofísicos Michel Mayor y Didier Queloz descubrieron a 51 Pegasi b, el primer planeta observado fuera de nuestro sistema solar, orbitando una estrella similar a nuestro Sol. Se trata de una enorme masa gaseosa situada a unos 50 años luz de la Tierra y cuyo tamaño aproximado es la mitad que el de Júpiter. A partir de esa insólita observación comenzaría una búsqueda incesante de mundos allá afuera.
Tomemos en cuenta que, hasta el momento, según datos de la NASA, se ha confirmado la existencia de 4276 planetas fuera del sistema solar (también llamados exoplanetas), cada uno con características que podrían dar lugar a paisajes extraordinarios. Esos 4276 exoplanetas los podemos separar tomando en cuenta algunos aspectos muy generales: si son rocosos, similares a la Tierra y con núcleos de hierro, se les conoce como exoplanetas terrestres; si son mucho más masivos, pero más ligeros que un gigante gaseoso como Júpiter, formados por una mezcla de roca y gases, se les conoce como súper Tierras; aquellos constituidos por gas y con un gran tamaño, similares a Júpiter y Saturno, se les denomina gigantes gaseosos; y a los planetas con características similares a Neptuno, con atmósferas ricas en hidrógeno y helio, se les llama Neptunianos.
A su vez, estos planetas se pueden separar entre los que podrían albergar vida y los que no, dependiendo del tipo, la distancia que exista entre él y la estrella que orbitan, así como las características de ésta última. La peculiaridad de encontrar vida es lo que alimenta el deseo de la mayoría de los astrónomos de dedicar su existencia a la búsqueda de exoplanetas. La duda de si la vida en la Tierra está sola en el universo y nosotros los humanos solos con ella, ha llevado a muchas mentes a soñar con escenarios muy contrastantes. Desde la posibilidad de encontrarnos con otras formas de vida inteligente y poder establecer un diálogo con ellos, hasta el obscuro escenario de nunca toparnos con nadie en nuestro viaje hacia las estrellas más lejanas. En conjunto, estas dos posibilidades le dan forma a la paradoja de Fermi, que, básicamente, establece que a pesar de las altas probabilidades de que existan al menos un puñado de civilizaciones en el universo, el hecho de no haberlas visto nunca sería porque no existen.
No obstante, mientras alguno de esos escenarios sucede, lo que tenemos en frente basta para seguir maravillándonos por un tiempo. Esos miles de exoplanetas observados y las millones de estrellas en el cielo que nos faltan por conocer podrían generar preguntas como: ¿cómo son esos lugares? ¿Cómo se ve su cielo? ¿A qué huele un día lluvioso por ahí? ¿Cómo se ve la noche en su firmamento?

Ilustración: Izak Peón
Más allá de si alguno de esos planetas alberga vida o no, lo que seguramente hay para ver en esos terrenos lejanos o mares profundos debe ser asombroso. Gigantescos planetas cubiertos en su totalidad por roca volcánica negra, como el exoplaneta LHS 3844b; súper Tierras cubiertas casi por completo por lava ardiente, como en 55 Cancri e; paisajes con cielos completamente blancos por sus atmósferas ricas en helio e hidrógeno, como los de GJ 436b; o cielos nocturnos presenciando la colisión de galaxias enormes en planetas que orbiten alguna gigante roja a cinco mil millones de años luz de la Tierra.
Otro lugar espectacular que podemos encontrar podría estar en TRAPPIST-1f., un planeta que se encuentra tan cerca de su estrella que hace que su rotación provoque días eternos en una de sus caras y noches congeladas y perpetuas en la otra, con huracanes increíblemente grandes, generados por las temperaturas tan contrastantes que alberga. Sin embargo, es probable que este planeta tenga agua, lo que implicaría que sólo podría ser líquida en la cara iluminada por su estrella, mientras que en la cara congelada sólo encontraríamos hielo. Además de esto, este y los demás planetas de su sistema se encuentran muy cerca unos de otros, siendo visibles tres de ellos desde TRAPPIST-1f. Los dos planetas más cercanos a él se podrían ver prácticamente del tamaño de la Luna, mientras que el más lejano se vería mucho más brillante que las estrellas más grandes de nuestro cielo, lo que generaría un paisaje nocturno muy interesante. Por si esto fuera poco, estos planetas se encuentran en la llamada zona habitable de su sistema, lo que podría significar que las probabilidades de que alberguen vida son altas.
No cabe duda de que los lugares más asombrosos podrían estar en aquellos planetas que, dada una combinación de circunstancias muy específicas, albergaran vida. Esto daría lugar a panoramas que sólo podemos soñar, pero que yacen ahí, entre nuestra imaginación y la realidad de la distancia que nos separa de ellos, ya que éstas sólo son las características que podemos observar a lo lejos y, para poder volver realidad alguno de aquellos paisajes, se necesitaría alcanzar lo que hasta el momento parece inalcanzable: la velocidad de la luz.
Algunos de los planetas mencionados unos renglones atrás se encuentran a varios miles de años luz de nosotros. Si la velocidad de la luz es de aproximadamente 300 000 kilómetros por segundo, significaría que, aunque consiguiéramos desplazarnos en una magnitud similar, hay planetas a los que ningún humano podría llegar vivo, debido a que el viaje que realizaría duraría cientos o miles de años. Sólo unos cuantos planetas se encuentran a una distancia considerable como para poder alcanzarlos, aunque aún a la velocidad de la luz, tardaríamos cerca de cuatro años y medio. Este es el caso de Proxima b, un planeta ubicado en el sistema de Próxima centauri, la estrella más cercana a nuestro planeta. Los humanos podríamos llegar a ella en poco más de cuatro años, siempre y cuando consigamos alcanzar una velocidad cercana a la de la luz en el vacío. Con estos datos, el sueño interestelar parece que podría volverse realidad, sin embargo, es la velocidad de la luz la que convierte este sueño en una pesadilla desoladora.
Según las leyes físicas descritas en el último siglo, nada que posea masa podría viajar a la velocidad que alcanza la luz en el vacío. Inclusive acercársele un poco es complicado, ya que para acelerar algún objeto con masa (como podemos ser nosotros) tendríamos que aplicar muchísima energía, puesto que, según la teoría relativista, cada vez que un objeto viaja más rápido, su masa crece, por lo que aplicaríamos cada vez más y más energía para moverlo. Esto significa que es necesaria una cantidad de energía infinita para alcanzar tal velocidad, y energía infinita es algo que los humanos en la Tierra no poseemos.
A pesar de esto, el ímpetu motivado por la imaginación y los sueños prevalece. ¿Cuántas veces creímos o nos dijeron que algo era imposible hasta que alguien demostró lo contrario? La velocidad de la luz será, por lo pronto, una barrera inquebrantable, pero; tal vez eso no implique que un viaje interestelar sea inalcanzable. En este mundo hay un sinfín de universos dentro de cada persona, en los que las posibilidades no tienen límites y que nos permite soñar. Y gracias a eso, las respuestas para traspasar esas duras barreras llegan de vez en cuando.
El físico mexicano Miguel Alcubierre ha soñado con esto también y, entre las marañas de universos que seguramente visita en sus sueños y en los libros de física, se ha topado con una respuesta que no supone viajar a la velocidad de la luz, sino utilizar los principios relativistas a su favor: viajar deformando el espacio que nos rodea. Esta idea sería excelente para conseguir el sueño interestelar. No implica romper ningún supuesto de la física relativista y, matemáticamente, tiene el soporte necesario para ser considerada como una posibilidad.
En palabras del propio Miguel, el principio es el siguiente: “Lo que se requiere es producir una fuerte expansión del espacio detrás de una nave y una contracción opuesta enfrente de ésta. Así, es el espacio mismo el que empuja a la nave sin que ésta se mueva a través del espacio. Desde luego, la comodidad tiene su precio: para distorsionar el espacio hace falta un campo de energía, y en este caso la energía necesaria debe tener la extraña propiedad de producir antigravedad (repulsión gravitacional en vez de atracción)”. Aunque esta propuesta continua siendo una muy alejada de nuestro alcance, esfuerzos como este son los que nos permitirán reducir la brecha que nos separa de aquellas estrellas lejanas que hoy sólo vemos a través del cielo nocturno. Pero, siempre que haya alguien dispuesto a mirar hacia arriba y contemplar las estrellas, podemos estar seguros de que conseguiremos ver esos nuevos mundos hechos realidad.
Víctor Alí Mancilla Gaytán
Pasante de Biología en la UNAM y entusiasta de los datos curiosos.
Referencias
Chris Baraniuk, “La verdadera razón por la que nada puede ser más rápido que la luz”, BBC, 23 de mayo 2016.
Daniel Mediavilla, “Hallado un planeta como la Tierra en la estrella más cercana al Sistema Solar”, El País, 26 de agosto 2016.
Octavio Alonso Lara Lima, “¿Dónde está todo el mundo?”, Cienciorama, 2 de junio 2016.
Redacción, “El Nobel de Física 2019 premia a tres astrofísicos por su contribución a la comprensión del universo”, National Geographic, 8 de octubre 2019.
Exoplanet Exploration: Planets Beyond Our Solar System, NASA.
“Jet Propulsion Laboratory-California Institute of Technology- Spitzer Space Telescope”, NASA.
Sergio de Régules, “Miguel Alcubierre, más rápido que la luz”, ¿Cómo ves?, 24, 29. Recuperado el 18/01/2021.
Dissolving the Fermi Paradox
Anders Sandberg, Eric Drexler, Toby Ord
The Fermi paradox is the conflict between an expectation of a high {\em ex ante} probability of intelligent life elsewhere in the universe and the apparently lifeless universe we in fact observe. The expectation that the universe should be teeming with intelligent life is linked to models like the Drake equation, which suggest that even if the probability of intelligent life developing at a given site is small, the sheer multitude of possible sites should nonetheless yield a large number of potentially observable civilizations. We show that this conflict arises from the use of Drake-like equations, which implicitly assume certainty regarding highly uncertain parameters. We examine these parameters, incorporating models of chemical and genetic transitions on paths to the origin of life, and show that extant scientific knowledge corresponds to uncertainties that span multiple orders of magnitude. This makes a stark difference. When the model is recast to represent realistic distributions of uncertainty, we find a substantial {\em ex ante} probability of there being no other intelligent life in our observable universe, and thus that there should be little surprise when we fail to detect any signs of it. This result dissolves the Fermi paradox, and in doing so removes any need to invoke speculative mechanisms by which civilizations would inevitably fail to have observable effects upon the universe.