Entre cactáceas: la vida de Helia Bravo

Un hecho no muy conocido es que el término “científico” no fue acuñado sino hasta mediados del siglo XIX. Con la Revolución Industrial, llegó también la profesionalización de la ciencia, por lo que, en términos generales, no ha pasado mucho tiempo desde que pasamos de ser naturalistas y filósofos a biólogos y físicos. Sin embargo, casi 200 años se dicen fáciles, y es importante recordar y celebrar a aquellas personas que abrieron brechas y se volvieron hito.

Este año se cumplen cien años de que Helia Bravo Hollis recibiera su título de biología por la UNAM y se convirtiera en la primera mujer en el país en hacerlo. Fue una de las botanistas más prominentes de su era; apasionada por el estudio de la vida y tenaz conservadora de la biodiversidad, por esto y mucho más es que se le llegó a conocer como la reina de las cactáceas.

Ilustración: Raquel Moreno

Mixcoac: la región más transparente del aire

Helia Bravo Hollis nació en Villa de Mixcoac, Ciudad de México, en 1901, tan sólo nueve años antes de que estallara la Revolución Mexicana. Hoy en día, Mixcoac es un área sumamente poblada, muy diferente a como era en aquel entonces, donde bosques de pino, ríos, ganado, y un cielo claro la recubrían. “La región más transparente del aire”, es como Helia la llamaba.

Cada domingo, sus padres la llevaban con sus hermanos a explorar el río aledaño, a observar las plantas y, al anochecer, ver el cielo estrellado. Desde una corta edad el mundo natural mantuvo su atención cautiva. Ella recuerda sentirse embelesada al observar por horas unos libros de ciencias naturales que se ganó en la primaria por sus buenas calificaciones, junto con un reconocimiento firmado por el presidente, Porfirio Díaz, aunque los libros, al final, fueron el verdadero tesoro.

Irónicamente, el padre de Helia, partidario de Francisco I. Madero, convirtió la sala de su casa en un salón de clases con el objetivo de enseñar a leer a albañiles, mecánicos y demás trabajadores y de hablarles de los ideales de Madero y del Partido Nacional Antirreeleccionista. Trágicamente, por su afiliación política, el padre de Helia muere fusilado al estallar la Revolución Mexicana.

Helia, bióloga

Estudió la preparatoria en la Escuela Preparatoria Nacional de San Ildefonso, ubicada hoy en el centro de la Ciudad de México. Allí, Helia descubrió su vocación por la biología de la mano del profesor y renombrado investigador Isaac Ochoterena quien encontró en Helia a una de sus alumnas más prometedoras. Ochoterena la invitó, junto con el resto de sus mejores estudiantes, a ayudarlo a preparar las clases de biología y les brindó a cada uno, un tema específico de biología para aproximarlos de primera mano a la investigación científica. El tema de Helia fueron los protistas. Diminutos seres vivos cuyos movimientos y vida microscópica cautivaron a la ya entonces protobióloga. Los observó por primera vez en un cultivo de infusión de paja a través de los lentes de un microscopio, y eventualmente, los estudio en libros especializados. En aquel entonces no era posible encontrar dichos libros traducidos del alemán, por lo que se dio a la tarea de aprender el idioma simplemente para entenderlos. Helia, aún como estudiante, publicó sus estudios en la Sociedad Antonio Alzate, el centro de investigación más importante del país. Su trabajo fue recibido con aplausos y en el fondo alcanzó a escuchar algunos científicos que decían “ya empiezan a meterse las mujeres en la ciencia.”

Las semillas del profesor Ochoterena rápidamente comenzaron a rendir frutos y, en 1920, Helia y otros de sus compañeros fundaron la Sociedad de Biología y Ciencias Afines José Mariano Mociño con el objetivo de realizar conferencias mensuales para debatir temas de ciencia.

Uno sólo puede imaginarse con interés y algo de envidia el enriquecedor ambiente que debió vivirse en la preparatoria San Ildefonso en aquel tiempo, donde muchos de nuestros más grandes e históricos intelectuales se formaban, conversaban, o hasta se iban de pinta. Mientras que Erasmo Castellanos Quinto llenaba salones para hablar de literatura, Antonio Caso defendía al creacionismo en los acalorados debates de la Sociedad José Mariano Mociño. Estas conferencias se veían ocasionalmente interrumpidas por las rebeldías de “Los cachuchas”, un grupo revoltoso de alumnos entre los que se encontraban unos jóvenes Frida Kahlo, Alejandro Gómez Arias, Miguel N. Lira y José Gómez Robleda. Y por los pasillos, Octavio Paz deambulaba mientras José Clemente Orozco y Diego Rivera pintaban murales.

Helia recuerda con mucho cariño aquel tiempo en su autobiografía, Helia Bravo Hollis. Memorias de una vida y una profesión, en especial a “su maestro sabio”, Ochoterena. Ella lo llamaba así ya que, según recuerda, era capaz de tener una conversación sobre cualquier tema con cualquier persona. Por eso mismo, Ochoterena los alentaba a aprender de ciencia y cultura por igual pues, según les decía, “un sabio sin cultura es un bruto.”

Al terminar la preparatoria en 1923, Helia comenzó a estudiar medicina en la Universidad Nacional de México, hoy UNAM. En aquel entonces, la UNAM no ofrecía la carrera de biología, así que comenzó a estudiar medicina por presión de su familia. Sin embargo, solamente un año después, en 1924, la carrera de biología se abrió y, a pesar de las protestas de su familia que le preguntaba que “para qué serviría una bióloga”, Helia inmediatamente solicitó ser transferida.

Helia Bravo Hollis no solo fue la primera bióloga titulada de la hoyUniversidad Nacional Autónoma de México, sino que también la primera mujer con ese título en el país.

Las cactáceas de México

En 1929, y con la autonomía de la ahora Universidad Nacional Autónoma de México, se formó oficialmente el Instituto de Biología, ubicado originalmente en la Casa del Lago de Chapultepec, bajo el liderazgo de Isaac Ochoterena. Éste llamó a sus discípulos a trabajar con él y, de igual manera que lo hizo en el bachillerato, los designó con un campo de estudio y labor específico. Helia fue nombrada encargada del herbario y se le encomendó el estudio de las cactáceas, labor al que dedicaría el resto de su vida. También con el estudio de estas plantas fue que se recibió como Maestra en Ciencias Biológicas en 1932.

Por cinco años, Helia Bravo recorrió el país, así como herbarios internacionales, capturando ejemplares y fotografías de diferentes cactáceas con el propósito de escribir un compendio que encapsulara a todas las especies de México. Así, Helia exploró desiertos, matorrales xerófilos, y selvas nubladas, primero con falda larga, traje sastre, y cuchillo en mano, hasta eventualmente adoptar pantalones, sombrero y botas de campo.

Su extensa investigación culminó en un libro de 775 páginas y 324 fotografías llamado Las Cactáceas de México, publicado en 1937 por la Imprenta Universitaria. Se agotó rápidamente y hasta la fecha es considerado por muchos como “la biblia” de las cactáceas mexicanas. México es el país con mayor diversidad de cactáceas en el mundo, lo cual pone en perspectiva la sorprendente labor que Helia realizó.

Al mostrárselo con orgullo al profesor Ochoterena, él le respondió: “La he visto trabajar con empeño en esta obra, su contenido es muy bueno y su presentación hermosa. Es un libro con el que usted cumplió con la UNAM y cumplió con lo que pidió nuestra nación. Debe usted estar satisfecha con su labor. Ahora, aquí en el Instituto, ya no tiene nada que aprender, ya está usted preparada para la enseñanza de la botánica, para enseñar en las instituciones dónde la soliciten”. Con mucha tristeza, Helia renunció a su puesto al día siguiente con el objetivo de dedicarse a la enseñanza, sin embargo, esto no sucedió pues contrajo matrimonio poco tiempo después. Su esposo fue Clemente Robles, un reconocido neurocirujano y antiguo compañero del colegio. Helia abandonó sus estudios a petición de su marido, quien le comandó dejar atrás su vida académica y dedicarse a la casa. Por 13 años, Helia Bravo y Clemente Robles estuvieron casados, hasta que él le solicitó el divorcio al no lograr tener hijos que prolongaran su apellido.

Plantas queridas

Inmediatamente después, Helia recurrió a sus “plantas queridas”, como las llamaba. En 1950 fungió como encargada del Departamento de Biología de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional, donde tuvo que esforzarse mucho para ponerse al día tras trece años de rezago.

Sin tomarse un respiro al tratar de reintegrarse de lleno a la vida académica, ese mismo año Helia se reunió con un grupo de reconocidos cactólogos que querían conocer a la autora de Las Cactáceas de México. Estos fueron Jorge Meyrán, Eizi Matuda, Dudley Gold y Hernando Sánchez Mejorada, y de esta reunión nació la Sociedad Mexicana de Cactología.

“Estos dos eventos”, escribió Helia, “me conmocionaron de tal forma que no tuve la oportunidad de lamentar mi divorcio.”

Tan sólo dos años después de comenzar en su puesto en el IPN, Helia presentó su renuncia para regresar a su alma mater, donde se encargó del herbario, recinto que cuenta con más de un millón de ejemplares de plantas desecadas.

Con el objetivo de ponerse al día con los avances de la cactología y debido a las constantes expediciones que realizaban de parte de la Sociedad Mexicana de Cactología, las casas de los miembros fundadores llegaron a saturarse de diferentes tipos y especies de cactáceas. De la idea de reubicarlas nace el proyecto que, en 1959, abriría sus puertas en la UNAM como el Jardín Botánico del Instituto de Biología. Helia Bravo fue su primera directora y alojó a una enorme cantidad de plantas, no solamente cactáceas. Hoy en día este recinto contiene 12.7% de todas las especies de cactáceas mexicanas en peligro de extinción.

Poco tiempo después, la profesora Bravo comenzó a trabajar en la segunda edición de su libro sobre cactáceas a petición del entonces rector de la UNAM, el Dr. Ignacio Chávez, ya que su primer libro ya no se encontraba en imprenta y a que tenía una gran demanda, especialmente del extranjero.

Helia también propuso la adquisición de extensos terrenos por parte de la UNAM que fungieran como área protegida y zona de estudio, aspecto en el que también fue pionera. De esta manera nace la primera estación de campo de la UNAM, llamada Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas, ubicada en el sur de Veracruz.

Con el paso del tiempo, Helia tuvo la oportunidad de recorrer de pies a cabeza la República mexicana, y de ver cómo, con el tiempo, ecosistemas que conocía ahora se encontraban marchitos, quemados o depredados. Al respecto dijo, “como primera bióloga de México y como alguien para quien la biología ocupó la mayor parte de su vida y dio las más grandes satisfacciones, darme cuenta que los organismos que yo identifiqué y estudié se están extinguiendo significa que parte de nuestra vida propia y del conocimiento de nosotros mismos se está aniquilando también”.

Fue esta pasión y entrega por la vida lo que la caracterizó y por lo que su carrera se adornó de reconocimientos. El Cactus de Oro, galardón ideado por la princesa Grace de Mónaco por su amor por estas plantas, es uno de tantos. Éste es otorgado cada dos años por la Organización Internacional para el Estudio de las Plantas Suculentas. Helia lo recibió en 1980 y fue la segunda persona en hacerlo. Entre otros se encuentra un doctorado Honoris Causa por la UNAM (1985), Investigadora Emérita por la misma institución (1989), un reconocimiento entregado por el entonces presidente Ernesto Zedillo en el año 2000, conmemoraciones y diplomas de instituciones de Estados Unidos y República Checa, así como jardines botánicos y estímulos nombrados en su honor.

Y tras más de 80 años al servicio de la biología, Helia Bravo se vio forzada a retirarse de la vida académica a los 90 años por problemas de salud. “El motivo de mi vida fue la biología y las cactáceas.” Dijo Helia en una entrevista. “Dediqué casi mis 100 años a mi ciencia preciosa. Gracias a ella vivimos, gracias a ella conocemos la naturaleza de la que somos parte”. Detrás de esta investigadora quedó un legado de más de 700 especies de cactáceas mexicanas clasificadas, 160 artículos publicados, dos libros, 60 clasificaciones científicas y 59 nomenclaturas revisadas. El único apelativo adecuado para describirla es el que se le da popularmente: “Reina de las cactáceas.”

Por sus allegados, la maestra Bravo, como le gustaba que se refirieran a ella, es recordada como una persona tenaz, imponente, cálida y, sobre todo, apasionada. Leonardo Ulises Guzmán-Cruz, investigador dependiente y compañero de la maestra Bravo, recuerda con gran afecto una visita que con otros compañeros le hizo tras haberse retirado. Ahí, una compañera le preguntó a la renombrada investigadora qué era lo que más extrañaba de su carrera. Helia, desde su silla de ruedas meditó y respondió: “Sentir la ropa sudorosa pegada a tu cuerpo”. Y con una sonrisa, continuó: “Pero, ¿qué implicó? Que caminaste, que vista las plantas que tanto quieres; paisajes que muy poca gente puede observar y, fíjense lo más importante, si tienen suerte, platicar con una gente de campo”.

Un par de días antes de cumplir los cien años, Helia Bravo Hollis falleció en la Ciudad de México en 2001.

El acervo de la vida y del trabajo de Helia Bravo Hollis se miden centenarios, pero, realmente, ni el tiempo ni los elogios le pueden rendir cuentas.

La brecha de desigualdad de género a la que se enfrentó es una que existe hoy en día y, con la intención de celebrar su esfuerzo, se corre el riesgo de glorificar el nado a contracorriente, por lo que el trabajo de su vida más bien nos debe de servir para sopesar las condiciones que a pesar del tiempo no han cambiado.

Y, al final nos queda otra deuda invaluable que, como nación, científicos, amantes de las plantas o de todo lo vivo, sólo se le puede retribuir asegurándonos de que el parteaguas que fue su vida continúe abriendo camino a través de las generaciones a las que Helia, más de cien años más tarde, continúa inspirando.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

Referencias

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Elementos