Extinción animal I: Last chance to see (Mañana no estarán) de Douglas Adams

Presentamos aquí la primera de tres entregas de una investigación ilustrada sobre el panorama actual de la fauna en peligro crítico de desaparecer del planeta.

En 1990 Douglas Adams, el gran escritor y guionista de radio de origen inglés, publicó uno de los mejores libros sobre fauna amenazada de los últimos años: Last Chance to See (Mañana no estarán en su versión traducida al español). Se trata, al menos, del texto más divertido al respecto y de una de las primeras obras que consiguió llevar la cuestión de la extinción contemporánea de especies zoológicas al terreno popular.

No olvidemos que, a principios de los años noventa del siglo pasado, el mundo natural y sus diversos habitantes aún no gozaban del podio mediático que ahora les caracteriza en los dominios del entretenimiento masivo. Sin ir más lejos: Animal Planet no comenzaría transmisiones sino hasta 1996 y Nat Geo apenas un año después. Así, la obra de Adams es —junto con los formidables documentales subacuáticos de Jacques Cousteau— un esfuerzo pionero en el rubro de abrir conciencias en estos menesteres.

Adams narra sus aventuras al lado de Mark Carwardine —zoólogo infatigable, fotógrafo preciso, guía de expedición y coautor del manuscrito en cuestión— con humor desquiciado y marcado sarcasmo británico, sin olvidar la autocrítica constante y la ironía persistente. El científico y el narrador se abocaron a la improbable misión de recorrer el globo terráqueo en búsqueda de los últimos sobrevivientes de las especies de animales más amenazadas de ese entonces: el delfín chino de río, el dragón de Komodo, el Aye Aye de Madagascar, el kakapo de Nueva Zelanda, el rinoceronte blanco del norte, el gorila de montaña, entre otras fieras singulares y con escuetos sobrevivientes.

Se trata de expediciones a parajes recónditos de la geografía (que, a su vez, fungieron como columna vertebral del programa de radio homónimo transmitido por la BBC), llenas de tensión dramática y complicaciones, sin duda edificantes, pero en general severas para el espíritu y en momentos francamente depresivas que, sin embargo, no alcanzan a demeritar el buen ánimo y pensamiento crítico con el que Adams aborda al mundo que lo rodea; no por nada, él mismo se describe, antes que nada, como un humorista (y en esos terrenos fungió como colaborador del célebre colectivo británico de comedia Monty Python).

Al utilizar el agudo sentido del humor que le caracteriza y al explotar el absurdo de las situaciones en las que él y Mark se ven envueltos como eje primordial, Adams obtiene una proeza nada sencilla: llenar la cabeza de información por medio de carcajadas. Lleno de observaciones precisas —no olvidemos que estamos ante una de las mentes más efervescentes y afortunadas de la ciencia ficción, artífice, entre otras sagas sobresalientes, de la famosa Guía del autoestopista galáctico— los libros no solo narran los acontecimientos de manera trepidante, sino que instan a pensar sobre nuestra cuestionable relación con los demás miembros de la zoología de una manera poco convencional; una aproximación sumamente alejada del tono de reproche que suele acompañar a este tipo de reflexiones sobre el lamentable estado actual del mundo silvestre.

Traigo esta breve reseña a cuenta no sólo porque (como quizás ya sea un tanto evidente) se trata de uno de mis libros favoritos —y una de las primeras obras naturalistas que atinaron a sacar el asunto de la extinción contemporánea de especies del círculo científico y que logró conectar con un público extenso—, sino también debido a que me parece que el libro de Adams sirve como un medidor adecuado para darnos una idea concreta de qué tan rápido avanzan los procesos de  la desaparición de los organismos.

Quizás para algunos internautas el año 1990 suene como a un pasado remoto, un año en el que algunos de los lectores no hayan nacido siquiera; sin embargo, para la naturaleza, treinta años son una nimiedad. En escala evolutiva, ya no digamos geológica, podríamos decir que ese periodo de tiempo es tan pequeño que prácticamente no existe.

No obstante, estas poco más de tres décadas han probado ser un intervalo de tiempo suficiente para que algunas de las especies visitadas por Adams durante sus viajes hayan pasado a engrosar las sombrías filas de los animales que no existen más. Lo cual, por un lado, me parece que brinda perspectiva sobre el poder que puede ejercer el humano y sus distintas actividades a fungir como agentes de extinción; pero también, por el otro, demuestra que cuando nos empeñamos y actuamos antes de que sea demasiado tarde en pro de la conservación, nuestras acciones devastadoras pueden ser no solo frenadas, sino incluso revertidas y, con algo de suerte, restablecer las poblaciones de algunos organismos que estuvieron al borde del colapso.

Ilustración: Ana J. Bellido

El Baiji o delfín oriental de río, Lipotes vexillifer, era un cetáceo endémico del río Yangtze, localizado en China, cuyos últimos sobrevivientes perecieron durante el año 2006. Gracias a la contaminación intrínseca al vertiginoso desarrollo de la nación asiática, la sobrepesca, la obstrucción del caudal del río por represas y a las constantes colisiones con embarcaciones, durante los años que pasaron desde que Adams los fue a buscar, y a pesar de numerosos esfuerzos de conservación, el mundo fue testigo de la desaparición de una de las menos de siete especies de este tipo de mamíferos acuáticos.

Ilustración: Ana J. Bellido

A pesar de que en los años noventa Adams presenció el optimismo involucrado en la posibilidad de salvar al rinoceronte blanco del norte, Ceratotherium simum cottoni, cuyo número total por aquel entonces rondaba los veintitrés individuos, hoy en día quedan apenas dos ejemplares con vida, y ambas son hembras. La pareja de rinocerontes habitan en un área natural protegida en Kenia (resguardados 24 horas al día por una escolta armada). Es decir, que se trata de una especie extinta en términos biológicos.

La alta demanda de su notable cuerno —el más largo entre todos los de su tipo, alcanzando precios que rebasaban los cientos de miles de dólares por pieza en el mercado negro asiático— aunada a la cazería furtiva consecuente, fungieron como la razón principal de su trepidante desaparición. Manadas poderosas de bestias, que hasta los años ochenta se contaban por miles, diezmadas por un motivo tan trivial y cuestionable como conferir propiedades medicinales y afrodisíacas a su cuerno.

Ilustración: Ana J. Bellido

El kakapo, Strigops habroptilus, es un perico de gran tamaño oriundo de Nueva Zelanda y las islas adyacentes. Se trata de un ave muy particular en lo que a pericos refiere, el único de su tipo que no posee la habilidad del vuelo, ostenta el título del perico más pesado del mundo (llega a pesar hasta 4 kg. y medir 60 cm. de largo) y es el único de hábitos completamente nocturnos. Su cuerpo se encuentra recubierto por una espesa capa de plumas cortas con coloración jaspeada que integra distintos tonos de verde, amarillo, café, negro y dorado. Este gran perico habita en los bosques húmedos, inclinado a una existencia solitaria.

Durante la mayor parte de su historia evolutiva, el kakapo no tuvo depredadores, lo que lo convirtió en un organismo de naturaleza más bien despreocupada. El problema surgió con la llegada de los colonizadores y la introducción de especies exóticas al ecosistema: ratas, gatos, hurones, perros y demás ejemplares de fauna doméstica. En menos de un siglo la población de kakapos se redujo trepidantemente hasta prácticamente ser erradicada en su totalidad; de hecho, durante algunos años se le consideró como extinta por completo.

En su peor momento se estimó que no llegaban a más de cincuenta ejemplares, hasta que en 1989 se creó el programa de recuperación del kakapo. Se realizaron esfuerzos tremendos y gracias a un fondo generoso del gobierno, el grupo de conservación localizó, capturó y reubicó a los escasos sobrevivientes a tres islas pequeñas libres de especies invasoras: Codfish, Anchor y Little Barrier. Hoy en día se han recuperado ligeramente, contando la población total en ciento cincuenta y seis individuos.

Ilustración: Ana J. Bellido

El imponente dragón de Komodo, Varanus komodoensis, quizás no necesite mayor carta de presentación: se trata después de todo, de uno de los reptiles más grandes de la actualidad. Alcanza tallas que van entre los dos y los tres metros y medio, y superando los setenta kilos de peso, se consolida como un verdadero superviviente de eras remotas: tiempo en el que los reptiles dominaban el planeta.

Oriundo de unas cuantas islas en el archipiélago indonesio —Komodo, Rinca, Flores, Padar e islotes adyacentes— el dragón se erige como el depredador cumbre de su entorno. Dotados con piel enchaquirada, poderosas garras, lengua bífida hipersensible y saliva venenosa, son bestias mitológicas como pocas. Gracias al estatus de especie protegida, y al esmero constante de múltiples biólogos, sus números no variaron tanto durante las décadas posteriores a la visita de Adams (estimándose alrededor de cinco mil ejemplares totales). Sin embargo, en años recientes (a causa de la sobreexplotación turística, del deterioro ambiental progresivo de la fracción de su área de distribución que no queda comprendida dentro de la reserva, y también por la caza furtiva para el mercado negro de mascotas exóticas) su población ha comenzado a declinar peligrosamente. El censo más reciente de la lista roja de la IUCN registró tres mil quinientos individuos en 2019.

Detengámonos por ahora, ya habrá cabida para más casos de animales en peligro crítico de extinción en la segunda entrega de esta investigación y pasemos el micrófono al propio Douglas Adams y su divertidísima charla Parrots the Universe and Everything. Disfrute usted.

 

Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Autor de la novela Cabeza ajena (Moho, 2017) y de los libros de ensayo El ajolote (Elefanta, 2016) y Faunologías (Festina, 2015). Colabora en Revista de la Universidad y Gatopardo, es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2018-2021) y fundador de la Sociedad de científicos anónimos.

Ana J. Bellido
Ilustradora y diseñadora. Su trabajo puede encontrarse aquí.

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