Presentamos aquí la segunda de tres entregas de una investigación ilustrada sobre el panorama actual de la fauna en peligro crítico de desaparecer del planeta.
Tal como mencionamos en la primera entrega de esta serie, en 1989, Douglas Adamas (el gran escritor, maestro de la sátira y guionista británico) recorrió el planeta junto al zoólogo Mark Carwardine para buscar a los animales más amenazados por la extinción de ese momento: el dragón de Komodo, el delfín de río chino, el rinoceronte blanco del norte, el kakapo de Nueva Zelanda, el aye aye de Madagascar y los murciélagos gigantes de las islas Mauricio. Resultado de tales expediciones fueron una serie de radio de la BBC y un libro de crónicas titulados Last Chance to see (Mañana no estarán, en su versión traducida al castellano), ambos productos culturales pioneros en llevar la extinción global de especies al terreno de las grandes audiencias y, de ese modo, comenzar a despertar conciencias.
En 2009, veinte años después de la expedición original, Stephen Fry (actor célebre, escritor, humorista y guionista británico) se unió a Mark Carwardine para, haciendo honor al proyecto original y al fenecido Douglas Adams, dar seguimiento al asunto. La idea era volver a los sitios visitados por Adams a finales de los ochenta, buscar a los animales en peligro de extinción sobre los que él había reportado y corroborar qué había pasado con ellos desde entonces: ¿cuál era su estado dos décadas más tarde? ¿Estaban mejor o peor que antes? ¿Cuántos ejemplares quedaban aún con vida? ¿Qué deparaba su futuro? Y, por supuesto, además agregar a la lista una nueva serie de organismos sumamente amenazados.
Claro que, ajustándose a los cánones mediáticos de la primera década del siglo xxi, dicha secuela no se realizó en formato radiofónico, sino audiovisual, en forma de una serie documental para la televisión británica y que, al igual que en el caso del proyecto original, fue acompañada por un libro homónimo, en este caso de la pluma de Fry (el cual, aunque ciertamente talentoso e incisivo, es bastante inferior al prodigioso Adams). La serie de televisión, de igual manera producida por la BBC, sirve a la vez como tributo al gran Douglas Adams, quien murió por un infarto cardiaco en 2001 con apenas 49 años de edad.

Fry y Mark, ambos amigos muy cercanos de Adams, se embarcan hacia geografías lejanas: el Amazonas, Indonesia, África, Nueva Zelanda y México en pos de dar con dragones de Komodo, kakapos, aye ayes y demás fieras peculiares incluidas en los viajes de Adams. Pero, ya entrados en materia, los anfitriones del programa no se detienen tan sólo en un recuento de las especies originales (algunas de ellas ya extintas y otras en vías de recuperación gracias a esfuerzos tremendos de conservación), sino que también van en búsqueda de los nuevos miembros de la zoología que en ese momento ensanchaban las filas de los animales más amenazados del planeta: manatí del Amazonas, lémur de tierras bajas, ballena azul, etc. y, tal como hiciera Adams, dedican especial atención a lo largo del proyecto a las personas e instituciones que se encargan de velar por la conservación del medio ambiente y sin los cuales todas las especies mencionada se habrían extinto hace ya mucho tiempo.
Fry posee, al igual que Adams, una inteligencia aguda y un humor notablemente inglés, partidario de la sátira y de la ironía como medio de abordaje al mundo, es un personaje cínico en el buen sentido del término y explota la autocrítica con regularidad. Digamos que, encarnando un cuerpo más bien robusto y de edad avanzada, cuyo corte y temperamento se alejan por completo de lo atlético y tratándose de un ente citadino por antonomasia —de gustos culinarios refinados (a los cuales saca jugo en podcasts, películas y escritos)—, no se trata precisamente del guía que uno esperaría en las arduas condiciones que imperan en la floresta (de hecho, durante la filmación del episodio que sucede en Brasil, se fracturó un brazo). Vamos, que Stephen Fry de aventurero no tiene un gramo. Lo que lo torna, por si hiciera falta aclarar, en un candidato ideal para ocupar el puesto del anfitrión cómico del programa dejado vacante por Adams.
Pero todo lo que a Fry le falta de intrépido le sobra de culto, de manera que siempre cuenta con alguna reflexión atinada que aportar sobre los lugares que visitan (aunque en el primer episodio dicho recurso de narración fuera de cuadro se utiliza de manera exagerada y francamente llega a ser un tanto cansado), a lo cual se suman las frecuentes contribuciones de Mark, que en su papel de naturalista versado y experto en materia de zoología cobra mayor relevancia en esta segunda emisión del proyecto. Su rol como coprotagonista se siente más acentuado; no sólo acompaña al escritor en la travesía (organizando las expediciones) como hiciera en la versión original, donde si bien es parte integral de la narración no solemos ver las cosas desde su perspectiva, sino que su voz también funciona a manera de guía para hacer avanzar la trama. En fin, supongo que si uno no estuviese al tanto de la edición de Mañana no estarán a cargo de Adams, esta segunda versión quizás podría resultar más convincente, aunque se queda lejos de la brillantez y frescura de la primera edición.

Los episodios que integran la serie son:
1. El manatí del Amazonas: aunque nadie sabe la cifra exacta con certeza, sólo quedan unos pocos miles de manatíes en la cuenca del Amazonas. En un nuevo enfoque para poner fin a su caza, un proyecto de investigación trabaja con las comunidades tradicionales para rescatar y liberar organismos heridos de vuelta a la naturaleza.
2. El rinoceronte blanco del norte: Mark y Stephen van en busca del rinoceronte blanco del norte, pero llegan demasiado tarde. A pesar de la pérdida de la especie, se han aprendido algunas lecciones valiosas que podrían ayudar a que el rinoceronte negro no corra con la misma suerte. En Kenia se está ejecutando un gran proyecto de reubicación para algunos de los restantes de estos magníficos mamíferos.
3. El aye aye de Madagascar: una de las casi cien especies de lémures, aunque uno de los pocos de hábitos nocturnos y cuyo dedo protuberante se emplea a la manera de los picos de los pájaros carpinteros, estos sifacas danzantes tienen una marcha insólita cuando se ven obligados a salir de los árboles y moverse por el suelo.
4. El dragón de Komodo: en un viaje a través de Malasia e Indonesia para localizar al poderoso rey de los varanos, los viajeros ayudan a liberar tortugas en la naturaleza y se encuentran con una de las serpientes más mortíferas del mundo.
5. El kakapo de Nueva Zelanda: el primer nido de la temporada de esta especie gravemente amenazada es un momento emocionante para los científicos. Bajo las raíces de un árbol, Lisa la kakapo se sienta en su nido y será monitoreada por los investigadores con cámaras remotas hasta que los huevos eclosionen.
6. Ballena azul, Golfo de California, México: la laguna de San Ignacio, en Baja California, es el punto medio de una ruta migratoria de 20 000 kilómetros de largo para la ballena gris. Vienen aquí para aparearse, dar a luz y amamantar a sus crías en la seguridad de la laguna. Del otro lado de la península, en la laguna de Loreto, hacen lo propio las ballenas azules, los animales más grandes que jamás hayan existido.
7. El retorno del rinoceronte blanco (capitulo especial): seguimos a cuatro de los últimos rinocerontes blancos del norte que quedan con vida mientras son trasladados del zoológico de Dvur Králové en la República Checa a una reserva protegida en Kenia, se trata del último intento de salvar a la subespecie de la extinción.
Advertencia de spoiler: respecto a lo que Fry y Mark encontraron sobre las especies que Adams visitara durante el proyecto original, quizás ya pueda sospecharse que en términos generales el panorama no fue demasiado alentador. Si bien los kakapos, pericos gigantes de hábitos nocturnos oriundos de Nueva Zelanda (de los que quedaban apenas un par de docenas en 1989), comenzaban a recuperarse tras años de esfuerzos de conservación, que entre otras cosas involucraron atrapar a todos los supervivientes de la isla mayor y relocalizarlos en una isla pequeña libre de especies invasoras introducidas por el humano —y que para 2009 ya superaban la centena de ejemplares—, para el resto de especies involucradas las cosas pintaban bastante mal.
Para cuando Fry y Mark realizaron su travesía el banji o delfín chino de río ya se catalogaba como la primera extinción de un cetáceo del siglo xxi, como también era el caso del mamífero terrestre de gran tamaño retratado en el libro original, el rinoceronte blanco del norte (del que, si bien en 2009 quedaban unos cuantos ejemplares aún con vida, en términos ecológicos la especie ya se consideraba como inviable). Los aye aye, Daubentonia madagascariensisesos, esos lémures nocturnos de aspecto tan peculiar, tampoco podían presumir de ir mejor en vida libre, aunque ya para el momento de la serie la especie había sido integrada al programa de reproducción en cautiverio del Centro Durrell para la Conservación (con miras a su futura reintroducción), la continua destrucción de su hábitat, las supersticiones regionales y la cacería furtiva los habían colocado entre la espada y la pared. Situación que año a año se ha ido tornando más desfavorable; sin ir más lejos, precisamente Madagascar, la isla de donde son endémicos estos y el resto de lémures, lidera la lista de países con mayor número de especies en peligro de extinción en este momento (contando con más de 3000 especies amenazadas).

Incluso los dragones de Komodo, que durante décadas mantuvieron una población relativamente estable de alrededor de 5000 ejemplares en las islas aledañas a Flores, Indonesia, cuestión que señaló Mark en el libro original cuando Adams le preguntó al respecto —“¿Cuántas de estas cosas quedan?, pregunta Adams. Como 5000, contesta Mark. ¿Y cuántas solía haber antes? Como 5000. Hasta donde sabemos, esos son más o menos los que ha habido siempre”–, comenzaban a mostrar números a la baja por primera vez desde que se empezaron a estudiar. Cuestión que sólo ha empeorado en la década sucesiva.
Tal como comentábamos en la primera entrega, pero que aprovecho aquí para profundizar, en la evaluación más reciente, la Lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (iucn por sus siglas en inglés), registró que en 2019 quedaban 3458 dragones en libertad (de los cuales sólo 1383 eran adultos reproductivos). El problema es que aproximadamente un tercio de estos viven en zonas fuera de la reserva, a lo largo de la costa noroeste de Flores, y no se encuentran protegidos. De lo que no cabe duda es de que se trata de una de tantas especies (día con día más frecuentes) cuyo devenir está completamente ligado a nuestros designios y que, en cualquier momento, si es que los esfuerzos de conservación no resultan persistentes, podría desaparecer por completo.

Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Autor de la novela Cabeza ajena (Moho, 2017) y de los libros de ensayo El ajolote (Elefanta, 2016) y Faunologías (Festina, 2015). Colabora en Revista de la Universidad y Gatopardo, es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2018-2021) y fundador de la Sociedad de científicos anónimos.
Ana J. Bellido
Ilustradora y diseñadora. Su trabajo puede encontrarse aquí.