Fantasmas vs. zombies: mentes sin cuerpo y cuerpos sin mente

“Hay que tenerles más miedo a los vivos que a los muertos”, reza un dicho popular con el cual coincido. Aunque yo hablaría de precaución más que de miedo y, sobre todo, con los que se pasan de vivos. Sé que necrofóbicos o tanatofóbicos discreparán: los primeros por tener un miedo irracional a los cadáveres (o cosas relacionadas) y los segundos por temerle exacerbadamente a todo lo que evoque su propia muerte.

Sin ser propiamente miedo, parece que los organismos, en general, evitan a toda costa perecer (al menos hasta haber asegurado su reproducción). Obviando a los humanos, sólo existen algunas pocas especies que manifiestan conductas autolesivas que resultan letales. Pero, cuando un organismo opta por la muerte, casi siempre es como mecanismo de defensa, por situaciones estresantes o para el cuidado de la progenie o los congéneres. Quizá el caso más conocido es el de las abejas obreras melíferas que, en defensa de su reina y la colmena, mueren luego de picar y dejar incrustado su aguijón en su objetivo.

Ilustración: Kathia Recio

Mentes sin cuerpo

El ser humano es la única especie que no sólo tiene aversión a su muerte, sino que es consciente de ella y le teme. Lo cual, sumado a su excepcional capacidad cognitiva, lo ha llevado a realizar todo tipo de especulaciones al respecto. Una de ellas es que después de la muerte es posible que algunas de sus facultades perduren, principalmente las mentales. Tal vez motivado por su deseo de inmortalidad, se planteó la posibilidad de entidades desencarnadas que superen su cuerpo corruptible. En esta línea de pensamiento, y según creencias populares, los fantasmas son sustancias incorpóreas que mantienen la personalidad de los fallecidos. Se piensa que —aburridos en la eternidad sin nada mejor que hacer— en ocasiones se manifiestan para asustarte (casi siempre luego de que hayas visto en el cine un terrorífico churro taquillero).

Pero la evidencia científica sugiere que las facultades mentales son funciones específicas del cerebro, particularmente de vertebrados superiores (aves y mamíferos, incluyéndonos). Esto hace complicado sostener que los aspectos que consideramos nos constituyen como personas pudieran perdurar a la destrucción o cese del funcionamiento del cerebro. Por ello, la idea de los fantasmas parece ser cada vez menos atractiva, incluso entre los amantes de los misterios paranormales, quienes han sido incapaces de mostrar una mínima evidencia a su favor. Lo que es de esperarse ya que, por definición, los fantasmas son seres espirituales y la ciencia y sus instrumentos sólo pueden detectar eventos que ocurren en entes materiales.

Debido a esta incompatibilidad de la idea de entidades desencarnadas con el conocimiento científico disponible, ésta ha sido relegada al ámbito de la fantasía (que curiosamente comparte origen etimológico con la palabra fantasma). Es cierto que versiones un poco más realistas como los poltergeists (movimientos bruscos “inexplicables”) han ganado adeptos. Aun así, cada vez son más quienes han dejado de temer a los muertos en este sentido. Sin embargo, existe otra posibilidad de temerles, aunque no mucho, y sin necesidad de apelar a cuestiones enteramente sobrenaturales.

Cuerpos sin mente

En contracorriente, en las últimas décadas el oxímoron muerto viviente ha cobrado más y más relevancia en la cultura pop. La idea de pálidos caníbales come cerebros resultó bastante rentable. (Sé que para algunos muertos vivientes y zombies no son necesariamente lo mismo, pero las palabras han sido utilizadas de forma tan indiscriminada que podríamos decir que se han homologado.) La lista de títulos de películas y series al respecto es casi tan larga y aburrida como verlas. Pero si algo de interesante tienen —lejos de lo poco temible que es que un ser más torpe y lento te persiga para convertirte en uno de ellos— son las justificaciones de su posible existencia a las que suelen recurrir.

Aunque la idea de zombie surgió al igual que la de fantasma en un contexto de concepciones sobrenaturales como la magia (particularmente el vudú haitiano), cada vez se ha vuelto más secular y sus argumentos se han vuelto más realistas y verosímiles. En un principio se creía que se trataba de un cuerpo resucitado por algún mago o hechicero con el fin perverso de esclavizarlo. Actualmente, se prescinde del factor sobrenatural y se apela a argumentos científicos (o cuasi científicos). Sin embargo, muchos de ellos con un componente crítico y una visión del avance tecnológico poco promisorio, donde los ambientes apocalípticos a causa de malas prácticas científicas son recurrentes (experimentos genéticos, radiación, virus, etc.).

Incluso las ideas más primigenias sobre los zombies haitianos han tenido intentos de explicaciones científicas (spoiler alert: insatisfactorias). Se llegó a argumentar, por ejemplo, que los brujos vudú haitianos podrían crear zombies reales mediante el uso de una toxina altamente peligrosa, a menudo letal, llamada tetrodotoxina (TTX) que se halla en la carne de los peces globo pertenecientes a la familia Tetraodontidae. Sin embargo, el psicólogo y escéptico Terence Hines encontró errores en la descripción de estos supuestos casos de zombies y falta de evidencia sólida. Cuestionó la posibilidad de que se pudieran administrar dosis precisas de TTX, dadas las variaciones en la toxina y las diferencias individuales en respuesta a los medicamentos para crear la zombificación.

Dejando de lado algunas condiciones patológicas humanas (como la catatonia), otro tipo de casos en la naturaleza han servido de justificación para la idea de los muertos vivientes. Como bien dicen, a veces la realidad supera la ficción. Existe un hongo parásito del género Cordyceps que manipula a las hormigas a través de la liberación de químicos que alteran su sistema de navegación. Este proceso comienza con la entrada de las esporas del hongo en el cuerpo de la hormiga a través del sistema respiratorio. A medida que el parásito crece y se alimenta de los tejidos no vitales de la hormiga, el sistema nervioso permanece intacto. Cuando el hongo madura, induce cambios en la hormiga que la llevan a trepar a una planta, donde se fija con sus mandíbulas. El hongo luego se alimenta del cerebro de la hormiga hasta su muerte, provocando su crecimiento y ramificación fuera del cuerpo de la víctima, liberando esporas que infectan a nuevos hospederos y reinician el ciclo.

El verdadero miedo: el zombie filosófico

Pero, aunque existan ejemplos en la naturaleza, no existe evidencia contundente de que algo parecido pudiese pasar con los humanos. Sin embargo, que no existan los zombies como los pintan la ciencia y la ficción no implica que no estemos rodeados de ellos de alguna otra forma. Es probable que, en algún momento, yendo en el colectivo o haciendo las compras, dé la impresión de que todos están aletargados por el ajetreo diario y que parecen arrastrarse y responder de forma automática como zombies. Quizá se cuestione si de verdad hay un ser consciente ahí dentro o sólo son cuerpos que han perdido su voluntad, esclavos de la monotonía y la jornada laboral.

En algún momento me he sentido un poco atemorizado al plantearme la posibilidad de que sólo yo sea consciente y los demás sean parte de la escenografía o una mera proyección mental mía. O que simplemente, aunque sean parecidos a mí, no tengan conciencia y sólo actúen como si la tuvieran. A fin de cuentas, la única certeza que tengo es sobre la mía. Esta es una vieja postura filosófica, respuesta al problema de las otras mentes, llamada solipsismo, que dice que sólo podemos tener certeza de nuestra mente o que, incluso, es posible que sólo ésta sea la que exista. Una posible superación a este problema es simplemente pensar que, si mis estados mentales son producto de funciones cerebrales, y los demás cuentan con ellas, entonces también ellos son conscientes. Pero esta respuesta no es plenamente satisfactoria para todos.

No fue el primero en pensarlo, pero el australiano David Chalmers es un famoso filósofo de la mente conocido por plantear la cuestión de si es posible imaginar seres idénticos a los seres humanos en términos de comportamiento y funciones cerebrales, pero que carezcan de experiencia consciente: los “zombies filosóficos”. Básicamente se trata de un sistema que tuviese exactamente nuestra misma conducta, que hablara, anduviera y se moviera por su entorno de la misma forma que nosotros, pero que no tuviese experiencia subjetiva alguna, que todo fuese oscuridad “ahí dentro”, un ser totalmente carente de conciencia, según el australiano. Este ser semejante sería increíblemente sofisticado que no podríamos apreciar la diferencia desde fuera, pero por dentro “no hay nadie en casa”.

Chalmers piensa que con estas pocas pruebas es lógico que uno llegase a pensar que este zombie sea posible. Aunque él no lo crea, considera interesante esta posibilidad, porque podemos plantearnos la cuestión de por qué no somos zombies. Para él es interesante el hecho de que, aunque un mundo así es posible, no lo sea y exista la conciencia. Lo que lo ha llevado a pensar que la conciencia es una propiedad del mundo a un nivel más profundo. Para él es muy plausible que, en este mundo real, la conciencia y el comportamiento inteligente vayan de la mano y que, cuando encontramos un sistema que se comporta y habla como nosotros es muy probable que sea consciente.

Es más que obvio que las ideas de Chalmers han tenido detractores. Yo mismo discrepo bastante con su filosofía de la mente en general. Pero, considero que ha sido enriquecedor la discusión propiciada por popularizar la idea del zombie filosófico. La idea en sí misma me parece más temible que los zombies de la ficción y que los fantasmas que hace años parecen haber perdido credibilidad, así como la batalla comercial y de popularidad.

Parece que la idea de los zombies se ha podido adaptar mejor a las narrativas que hacen uso de argumentos científicos y filosóficos. De acuerdo a la evidencia disponible, actualmente parece poco probable que existan entidades conscientes incorpóreas sin un soporte cerebral. Pero no suena descabellado que existan entidades con cerebro sin manifestar conciencia. Como sea, no le temo a los muertos, pero sí tomo mis precauciones con los que se pasan de vivos o parecen que no lo están.

 

Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia.

Referencias

Blackmore, S. Conversaciones sobre la conciencia, Grupo Planeta, 2010.

Bunge, M. A. Mente y Sociedad. Ensayos Irritantes, Alianza Editorial, 1989.

Carroll, R. T. The skeptic’s dictionary: A collection of strange beliefs, amusing deceptions, and dangerous delusions, Wiley, 2003.

Hines, T. “Zombies and Tetrodotoxin”, Skeptical Inquirer, 32(3), 60, 2008.

Ochoa-García, D., y Núñez-Bazán, R. “Insectos suicidas: irregularidades en su comportamiento”, Revista Digital Universitaria, 22(3), 2021.

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