Formas de amor

El amor entra por los ojos, a simple vista se selecciona a aquella persona que será dueña de los más profundos suspiros. Sin embargo, pese a que la especie humana puede tener más de una característica preferida en cuanto a sus gustos en parejas, no todas las especies tienen esa libertad.

Las misteriosas flores, con sus colores llamativos que resaltan en calles, bosques y demás lugares en todo el mundo, son la estructura de reproducción sexual de las plantas, las cuales están formadas por un cáliz, corola, estambres y gineceo; pese a que cada una de estas partes tiene su propia complejidad, para fines de este texto, se prestará especial atención a la corola o pétalos.

Hay pétalos de todas formas, tamaños y colores, algunos más llamativos que otros, pero, ¿por qué el color o la forma de las flores? Aquí inician estas breves y antiguas historias de amor. Esta estructura de las plantas, a diferencia de las demás partes, como las hojas o los tallos, es más llamativa debido a que su fin es atraer a los polinizadores, quienes reconocerán a su flor de acuerdo a sus características.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Polinización: un acto de compatibilidad

Se estima que la relación flor-insecto comenzó hace aproximadamente 120 millones de años, lo que permitió que ambas especies coevolucionaran con el fin de adaptarse una a la otra.
Para Charles Darwin, las flores fueron un “misterio abominable”, como él mismo lo mencionó en 1879 en una de sus cartas enviadas al botánico Joseph Hooker. El naturalista no logró explicar la rápida colonización de las plantas con flores. Esto contradecía parte de la selección natural, donde la evolución se da de manera gradual.

Las plantas realizaron adaptaciones mediante mutaciones que resultaron en aromas y fragancias, entre otros. Posteriormente, estos cambios se especializaron más, a tal grado de que, con el paso del tiempo, su morfología se transformó en concordancia con determinados animales, por ejemplo, en el color, la forma y el tamaño. A lo largo del tiempo y después del paso de distintas generaciones, las adaptaciones selectivas resultaron benéficas para ambos: con ellas, se evitó la competencia por la recompensa (néctar) y las plantas lograron reproducirse de manera efectiva.

La polinización es el proceso por el cual se da la transferencia de polen, desde los órganos de reproducción masculinos (estambres), hasta los femeninos (estigma). Para que la reproducción de las plantas se logre con éxito, la propagación debe darse entre las plantas de la misma especie, por lo que cada animal tiende a contar con una flor específica para polinizar, también denominado síndrome de polinización, el cual es la relación directa con los animales.

Además de las características de las flores en cuanto a su estructura, esos atributos son asociados con “recompensas” para los polinizadores a través del néctar, del polen, los aceites, las fragancias, entre otras. El polinizador buscará flores que se adecuen a las características que tiene, como su tamaño, preferencia por un aroma, atractivos visuales, etc. Al acercarse a las estructuras reproductivas de la planta, atraído por el aroma o para comer, el polen se impregnará en alguna parte del cuerpo y podrá llevarla hacia otra planta, depositándola en el estigma.

Filia: afición por algo

Hasta aquí puede que se haya preguntado cómo se diferencia la polinización entre un animal y otro. Al igual que en muchos aspectos de la vida, nombrar las cosas puede ser de gran utilidad.
Un ave que da hasta setenta aleteos por segundo y flores con forma de trompeta de colores rosa, anaranjado, rojo, amarillo, que aparecen agrupadas en forma de ramo en algunas plantas, son los protagonistas.

La parte inicial, por donde se asoman los estambres, puede ser circular, formar una estrella o incluso con curvas que asemejan a otra flor. Ambos poseen una atracción específica: la única forma de obtener el néctar de la profundidad del tubo es manteniéndose frente a la flor en vuelo y contar con un pico que va de los cinco hasta los veinte centímetros. Gracias a que posee todas las características anteriores, el colibrí es el encargado de polinizar a ese tipo de flores, dando lugar a la ornitofilia.

Sin embargo, no todos los animales tienen la capacidad de agitar sus alas a velocidades increíbles. Hay algunos que, al igual que nosotros, necesitan caminar o pararse sobre algo.
Estos animales, aparte de necesitar una plataforma para sostenerse, precisan de corolas que los guíen hasta el pozo de néctar de estas flores. Las abejas y avispas llevan a cabo la melitofilia en flores como las orquídeas, las cuales poseen una parte denominada labelo, la cual funciona como plataforma de aterrizaje. A su vez, esta estructura tiene líneas guía que indican al insecto el camino hacia el néctar.

Casi en todo existen coincidencias y los síndromes de polinización no son excepción. Las flores tubulares son visitadas por otro animal, que si bien no tiene un pico, sí posee un aparato bucal con dimensiones similares. La psicofilia se da debido a que las mariposas cuentan con una “boca” tubular, la cual desenvuelven para chupar el néctar.

Los síndromes de polinización previamente descritos tienen lugar durante el día. Sin embargo, cuando el Sol apunta hacia el otro lado del mundo, los polinizadores nocturnos buscan lo suyo.

Algunas flores se mantienen cerradas en el día y abren durante las noches para que la falenofilia se lleve a cabo. Sus colores son blanco o verdoso para poder ser vistas en la oscuridad, tienen gran cantidad de aroma y, al igual que en la psicofilia, cuentan con nectarios. Los visitantes son las polillas quienes, al igual que las mariposas, cuentan con un aparato bucal que desenrollan para introducirlo al nectario.

A pesar de que el concepto de flor denote colores vivos e incluso aromas agradables, hay algunas que son la otra cara de la moneda. En la miofilia, los olores fétidos y los colores rojos semejantes a la carne en descomposición son la característica de aquellas flores que se relacionan directamente con las moscas.

No todo ocurre en alturas a nivel del suelo, pues hay flores que alcanzan grandes alturas. Los agaves, una vez en su vida, emiten un tallo (quitote) de casi diez metros de altura en donde, en la punta, están las flores pequeñas de color amarillo.

Como ocurre en la falenofilia, las flores del agave abren por las noches, lo que da lugar a que, en conjunto con los murciélagos, se dé la quiropterofilia.

Volviendo a las bajas alturas, esta última historia abarca al conjunto de flores duras, amarillentas que parecieran formar un pequeño elote sin dientes y a los escarabajos, quienes poseen mandíbulas con las que pueden polinizar a algunas especies de plantas, como la “cuna de moisés”.

Los polinizadores, como el lector lo ha podido conocer, fungen un papel importante dentro de la reproducción de las plantas. Gracias a ellos, la producción de frutas y semillas ha podido ser utilizada por el ser humano en su alimentación. Sin embargo, en la actualidad, se han visto seriamente afectados por la actividad humana, el cambio climático y el uso de plaguicidas.

De acuerdo con la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), el 75% de los cultivos de alimento humano dependen de la polinización de los animales.

El ser humano tiene cabida dentro de las historias previamente descritas, ya que es inminente el beneficio obtenido. Tal como las plantas y los animales han coevolucionado y llegado al beneficio mutuo, nuestra responsabilidad es cuidar de la naturaleza, en la que ha sucedido este proceso de millones de años y que ha desembocado en la amplia variedad de plantas conocidas. ¿Seremos capaces de proliferar la relación de estas parejas por muchos millones de años más? Supongo que la respuesta radica en ocho miles de millones de personas.

 

Ana Luisa Pérez Sánchez
Egresada de la carrera de Comunicación y Periodismo de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón, UNAM. Ha realizado colaboraciones con la gaceta de la facultad y con el Instituto de Astronomía de la misma Institución. Actualmente, es periodista de negocios, editora de video y estudia biología en la Facultad de Ciencias, UNAM. Pretende dedicar su vida a las letras.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Elementos