Los incendios son un fenómeno del que cada vez escuchamos más y más: han incrementado en intensidad y en extensión, como consecuencia del aumento de la temperatura y por las sequías extremas. Según las predicciones de algunos científicos, esta tendencia se mantendrá al alza en el futuro. Sin embargo, a pesar de nuestra sorpresa ante lo que parece un castigo de dimensiones bíblicas, consecuencia del descuido de nuestra especie hacia el ambiente, los incendios no son eventos nuevos, pues en realidad, éstos son casi tan viejos como la vegetación misma: según la evidencia paleobiológica, han estado presentes desde hace 420 millones de años. La novedad radica en que, motivados por el efecto del Homo sapiens con el calentamiento del planeta, éstos han crecido fuera de su rango esperado y eso sí es un evento relativamente reciente.
Algunos especialistas en ecología y evolución no ignoran que el fuego es casi tan viejo como los árboles, tanto así que ya estamos hablando de una historia que se cuenta en eones. Sería de esperarse que algunas especies hubiesen desarrollado adaptaciones particulares a este fenómeno, más cuando se trata de un factor de transformación de los ecosistemas tan importante: el fuego posee, además de un gran poder destructor, una cualidad renovadora.

En contextos determinados, los incendios dan lugar a diferentes recursos que no estarían disponibles de otro modo. Por ejemplo, abren paso a la germinación y crecimiento de la vegetación secundaria, nombre que reciben las especies de plantas que aprovechan la remoción de la vegetación primaria, es decir, aquella que lleva mucho tiempo sin ser perturbada. Este evento forma parte de un proceso conocido como sucesión ecológica, en el que, eventualmente, las especies de vegetación secundaria, que suelen ser más pequeñas (entre otras características diferentes), ceden su lugar a las especies de vegetación primaria, las cuales suelen ser más grandes.
La vegetación secundaria, hasta donde se sabe, es parte indispensable de la dieta de ciertas especies de animales que habitan en los bosques, los cuales se alimentan de los pastos y arbustos que crecen en los claros que abrió el fuego. Por ejemplo, en los bosques africanos de miombo, algunos animales como las cebras, que suelen ser el desayuno de los grandes depredadores, tienden a esconderse en los bosques de árboles altos durante el día y, en las noches, en la oscuridad de la noche, salen a alimentarse de los pastos que crecieron gracias al fuego.
Los incendios también originan otro recurso no tan obvio: los espacios abiertos. Algunos animales, que bien podríamos juzgar de cautelosos, no se aventurarían a desplazarse en zonas boscosas muy densas donde la vista es corta y la vulnerabilidad a depredadores es alta. Un caso emblemático es el del lagarto de collar (Crotaphytus collaris) de la Meseta Ozark, en Missouri, el cual es famoso porque no migra hacia nuevas áreas si es que no hay claros y, por lo tanto, no forma nuevas poblaciones. Este necesita espacio para visualizar la tierra prometida a la que llevará su estirpe y extenderá su población.
Esta condición de los lagartos fue descubierta por un error humano bien intencionado: en los bosques de Ozark se tomó como una medida oficial la supresión de los incendios en 1946. Décadas después, una vez que los bosques cubrieron los claros, los científicos descubrieron que, como consecuencia de esta medida, la población de lagartos se redujo a más del 70 %. Pasa que los incendios a cierta escala son eventos naturales en la región y suprimirlos resultó en un desequilibrio de la situación histórica. Las buenas noticias son que ahora en la meseta de Ozark se estableció la quema controlada como una medida de conservación y se han registrado nuevos asentamientos de lagartos.
A modo de paréntesis, en algunos bosques donde se ha implementado la supresión total de incendios, se ha descubierto que esto puede llevar a la acumulación excesiva de ramas secas y hojarasca (combustible natural perfecto para dispersar el fuego) y, en consecuencia, hace al lugar más susceptible a incendios más intensos y difíciles de controlar.
Regresando a las adaptaciones biológicas, pasemos a las especies que dependen con más urgencia de los recursos que generan los incendios. Por un lado, en el reino vegetal son famosas las plantas que, por lo general, sólo germinan cuando el suelo caliente las somete a un choque térmico, que favorece la remoción de la pared externa de las semillas y que permite la entrada de gases y de humedad. Pero más curiosos resultan los animales cuya dependencia es tal que nosotros decidimos bautizarlas (no sin cierto morbo) como especies pirófilas, es decir “obsesionadas con el fuego”. Un caso emblemático es el de los escarabajos del género Melanophila, cuyas larvas se alimentan única y exclusivamente de árboles recientemente calcinados. Su dependencia a este recurso es tan vital que incluso poseen unos quimiorreceptores especializados para reconocer las moléculas de humo en concentraciones muy finas (apenas unas pocas partes por millón). Además de estos “detectores de humo” biológicos, los escarabajos cuentan con termorreceptores que les permiten reconocer la radiación infrarroja que emite el fuego (un estudio incluso sugiere que son capaces de detectar estas señales a distancia de ¡hasta 130 kilómetros!).
Existen más animales que aprovechan los incendios: por lo general depredadores que exploran el negro paisaje de árboles calcinados y ceniza en busca de presas, ahora más expuestas y vulnerables; aves rapaces australianas como el milano negro (Milvus migrans), el milano silbador (Haliastur sphenurus) o el halcón berigo (Falco berigora), toman ramas con fuego en sus picos y, deliberadamente, como si arrojaran bombas desde el cielo, las dejan caer en zonas aún no tocadas por el incendio; gatos salvajes que se han registrado pueden recorrer hasta 10 kilómetros en dirección a zonas recientemente quemadas; el pájaro carpintero de norteamérica (Picoides arcticus) que se alimenta de los cadáveres de escarabajos perforadores de madera que quedaron atrapados en el fuego; así como colibríes tropicales que dependen de flores de plantas que requieren de los incendios para germinar.
Hasta ahora nos hemos concentrado en las especies que aprovechan los recursos que generan los incendios, pero los científicos también han reconocido comportamientos que sugieren respuestas adaptativas para evitar el peligro que representa el fuego. Respuestas a estímulos olfatorios como el murciélago (Nyctophilus gouldi) y la zarigüeya pigmea (Cercartetus nanus) que se ha descubierto despiertan del letargo (estado caracterizado por el reposo y la baja actividad metabólica) cuando están expuestas al humo.
Respuestas a señales visuales como la de los chimpancés que, cuando avistan el fuego, se comunican entre sí, tranquilamente, sin mostrar signos de estrés, para organizar su desplazamiento hacia zonas más seguras y, una vez que el peligro se fue, regresan a las áreas quemadas para recolectar las frutas recién cocidas. O respuestas a señales auditivas, como es el caso de las ranas africanas (Hyperolius nitidulus), que se ha registrado reconocen el sonido del crepitar del fuego y se alejan de éste, ya que les sugiere peligro. Incluso se ha propuesto que algunas especies de insectos pueden responder a varios de estos estímulos, ya que con los incendios suelen buscar refugio en la profundidad del suelo o en la altura de los árboles. O posibles adaptaciones morfológicas, como ciertos árboles, que con sus cortezas gruesas y su gran capacidad de generar brotes, resisten al impacto de los incendios.
La ecología del fuego es un campo que ha sido poco explorado. Se han registrado algunas respuestas puntuales, pero no se conoce mucho de la historia evolutiva de la respuesta de flora y fauna a éstos. Sin embargo, los investigadores coinciden en señalar que las respuestas de adaptación en animales no son a los incendios en general, sino al régimen de incendios en el que los animales se han adaptado a través del proceso evolutivo a lo largo de miles de años. No hay la misma ocurrencia de fuego en los bosques californianos y australianos, muy secos en verano, que en una selva tropical o la sabana africana. No obstante, hay un consenso en que el clima ha cambiado de forma abrupta en los últimos años y, en consecuencia, el régimen de incendios. La mortalidad de animales y plantas ha aumentado mucho en los lugares donde los incendios se han extendido y esto nos sugiere que las respuestas adaptativas también se pueden ver comprometidas ante este nuevo paisaje que arde de manera más intensa que antes.
Mauricio Gómez Martínez
Estudiante de biología de la Facultad de Ciencias de la UNAM
Referencias
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