Historia de una isla en el pacífico

“¿Qué clase de ave hace ese ruido?”. Fue el primer pensamiento que me venía a la mente durante mi primera mañana en la isla. Imagina despertar con el sonido de lo que, de no ser por saberte despierto, fácilmente podrías confundir con el de algún dinosaurio de Jurassic World. Después, con los pies congelados, te levantas aún algo dormido. El viento frío hace chocar las ramas contra tu tienda de acampar y con calma sales a tomar tu primer café del día sentado frente al mar mientras te preparas para caminar por el corazón del bosque de una isla deshabitada en medio del pacífico, en busca del carismático bobo de patas azules.

Así comienzan las mañanas para aquellos estudiantes que se adentran valientemente por dos meses en Isla Isabel, Nayarit: un proyecto liderado por el doctor Hugh Drummond, la maestra Cristina Rodríguez, y su equipo del Laboratorio de Conducta Animal del Instituto de Ecología de la UNAM, que se lleva a cabo anualmente desde hace más de treinta años. Con la finalidad de estudiar la fauna silvestre de la isla, desde los pequeños reptiles hasta las gigantescas aves que gobiernan el lugar, aunque la estrella por excelencia es Sula nebouxii, un ave mejor conocida como el bobo de patas azules que recibe este nombre debido a su curiosa manera de moverse y el brillante azul de sus patas, que a paso torpe recorre el bosque buscando el mejor lugar para encontrar pareja y establecer su nido. Pero que no engañe su gracioso caminar, pues son pescadores excelentes que llegan a sumergirse hasta cinco metros en el océano en busca de alimento, haciendo uso de sus grandes patas palmeadas que obtienen su llamativo color azul de los carotenoides de su dieta basada en peces, como las anchoas y las anchovetas.

Con las botas bien puestas, mucho bloqueador y una excelente actitud, los estudiantes deben recorrer la costa hasta llegar a uno de los dos puntos de estudio donde los bobos establecen sus colonias. Una vez ahí, los estudiantes deben localizar todos los nidos dentro de la zona de estudio que serán numerados con estacas de madera e identificados dentro de un mapa especial que divide el bosque. Chocando con las ramas, arrastrándose por la tierra y con mucho cuidado, se debe identificar a los adultos que viven en cada nido, siguiendo algunos pasos.

Primero se debe diferenciar entre la madre y el padre. Esto es posible debido a que las hembras son más grandes y robustas que los machos; aunque esta característica puede ser engañosa, por lo que se debe poner atención a otros detalles, como el sonido emitido de forma diferencial entre machos y hembras: las hembras graznan y los machos silban. Además, los machos tienen pupilas con forma de círculos oscuros y pequeños, mientras que las hembras tienen una forma conocida como “huevo estrellado”.

Después, con ayuda de un “bobero”, una rama que termina en forma de V, se levanta con mucho cuidado al animal, permitiendo observar el anillo de acero que tiene en su pata; dicho anillo tiene un número de identificación. En cada revisión se debe registrar cuántos huevos, o bien, cuántas crías habitan en los nidos, esto con el fin de llevar un control sobre el crecimiento de la colonia. Toda esta información se recaba en una enorme base de datos que, a través de los años, ha permitido realizar distintos estudios sobre la historia de vida de esta especie, apoyando proyectos de todos los niveles.

Pero en esta isla no sólo vive el bobo de patas azules, sino que también es el hogar de siete especies de reptiles, 97 especies de aves y una gran variedad de invertebrados marinos y terrestres. Además, durante la temporada de invierno fácilmente pueden observarse grupos de ballena jorobada que regresan de su larga travesía de migración o, si ponemos atención, podemos encontrarnos con el tiburón ballena, mantarrayas, delfines o tortugas. Es una opinión común que la isla parece salida de una película sobre dinosaurios, ya que el lugar es gobernado por la Fregata magnificens, un ave que posee una envergadura de hasta 244 centímetros y realiza un sonido que no tiene nada que envidiarle al que, probablemente, emitían los pterosaurios.

Al recorrer los senderos de la isla, es posible ser rodeado por esta ave que, como su nombre lo indica, es algo magnífico de ver. Encontrar a los machos con su pecho rojo y abombado, o a las tiernas crías que, de no estar en la naturaleza, pasarían por juguetes de peluche, hace que, con tiempo suficiente, sea muy especial sentarse a ver su dinámica familiar: a los adultos robar alimento o cortejar, e incluso entrenar a los miembros jóvenes de la colonia. Esta ave es fácil de observar, ya que su distribución abarca toda la isla, pero con algo más de suerte se podría encontrar a alguna tímida garza, ver juguetear a los pelícanos cerca del mar, descubrir los nidos de los rabijuncos o ver a las curiosas pericotas.

Vivir en la isla es toda una experiencia, no sólo por encontrarse en el territorio del bobo de patas azules, sino que, al atravesar el bosque, se puede encontrar a la serpiente falsa coralillo, que silenciosamente cruza la isla buscando sombra. Si no se tiene cuidado por donde se camina, podríamos terminar envueltos en la telaraña de alguna de las numerosas especies de arañas que ahí habitan. Pero el lector no debe preocuparse, pues esta isla es en realidad un lugar muy amistoso para sus visitantes, ya que, entre estos animales no hay ninguna especie de interés médico.

En el extremo contrario al campamento científico se encuentra el campamento turístico, donde se puede acampar cerca del mar y disfrutar de la deliciosa comida que ahí preparan. Este turismo se encuentra regulado en tanto que la isla es una reserva natural protegida, por lo que el número de visitantes es reducido, al igual que el tiempo de visita. No muy lejos de este campamento se encuentra una pequeña villa, que es el sitio de trabajo para los pescadores del pueblo de San Blas, un espacio lleno de risas y personajes a quienes, si se les hacen las preguntas correctas, revelarán las historias más asombrosas sobre la vida en altamar.

Dos meses no son suficientes para conocer todos los rincones de la isla, pero vale toda la pena intentarlo. La isla es bastante pequeña, pero cada uno de sus escenarios merece tiempo propio. En el campamento científico se tiene como vista principal “Las Monas”, dos rocas gigantes que se encuentran en la costa, de las que sale el sol por las mañanas y es el hogar de muchas aves que decoran los días cruzando el mar. Además, si se es un buen nadador, es toda una aventura observar el arrecife que rodea el campamento o, de vez en cuando, recibir la emocionante visita de una raya cruzando por el jardín o ver a los grupos de ballenas pasar mientras se prepara el almuerzo.

El cerro del faro es la estrella turística, pues desde ahí es posible observar la isla en su totalidad, tener una vista de las Islas Marietas, mirar los barcos pasar, y ver las estrellas con una claridad que no deja de sorprender y que es imposible de encontrar en la ciudad. Incluso, a ciertas horas de la noche, el cielo se despeja, y la luz de la noche baja tanto, que es posible ver la Vía Láctea y nombrar las constelaciones. Por otro lado, la Playa del Ocaso tiene la mejor vista para los atardeceres. Ahí, el cielo alcanza tantas tonalidades que es necesario encontrar un lugar para sentarse, ya que, al estar acompañado de las aves que regresan a sus nidos después de un largo día de pesca, y de las gigantescas olas rompiendo en las rocas cercanas. Es imposible no quedarse un par de horas a ver el espectáculo.

Sin duda pasar dos meses en una isla no es algo sencillo; además, no deja de hacerme reír cómo reaccionan las personas cuando les cuento esta historia, impactados no sólo de cómo aún existen lugares que prevalecen en su estado natural, sino también en cómo es posible adentrarse a vivir en ellos y salir tan feliz como yo. Sin embargo, ha sido una experiencia única en mi vida y que, sin lugar a dudas, volvería a hacer.

El Parque Nacional Isla Isabel es el hogar de numerosos animales que han podido hacer de él un lugar seguro para vivir. La desconexión total del ruido y el estrés de la ciudad nos recuerda que aún hay lugares donde la naturaleza manda y que es importante cuidarlos. No sólo representan un hogar para los animales, sino que son el sustento de muchas familias que dependen de la pesca y el turismo. Además de la Isla Isabel, en México existen 225 Áreas Naturales Protegidas que han sido vitales para la conservación de la biodiversidad en nuestro país. Espero que más personas conozcan este lugar, su importancia y lo disfruten tanto como yo.

 

Alexandra Camacho Rodríguez
Estudiante de la Facultad de Ciencias de la UNAM.

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