Incesto: tabú en el reino de las plantas (I)

El incesto es quizás el tabú más antiguo de la humanidad, plasmado en mitos y en la literatura desde la antigua Grecia. En la famosa tragedia Edipo Rey, Sófocles nos narra la historia de Edipo, rey de Tebas, quien después de indagar las causas de una peste que azota su ciudad, se entera que muchos años antes, después de una complicada serie de enredos del destino, él mismo fue el asesino de su padre y que Yocasta, su esposa, es además su madre. Al descubrirlo, ella se ahorca en el palacio, él se arranca los ojos (simbolizando la ceguera ante lo que debía haber visto y que ahora ve), y abandona su cargo en la ciudad para pagar por su culpa en el destierro. Aún si no han leído esta gran obra, es probable que estén familiarizados con su cruel lección.

En los humanos, el miedo y el rechazo que produce el incesto tiene que ver, muy probablemente, con el conocimiento empírico de que las relaciones incestuosas o endogámicas –relaciones sexuales entre individuos con un estrecho parentesco–, frecuentemente producen descendencia con características desfavorables. Ejemplos de éstas son los síndromes de Alström y el de Riley-Day, o incluso la hemofilia, que se mantuvo a lo largo de varias generaciones en la dinastía de los Habsburgo y en el linaje de la reina Victoria del Reino Unido. Algunas de estas enfermedades son, aún en la actualidad, más frecuentes en comunidades o grupos aislados en los que no se permite el ingreso de personas ajenas, sea por motivos culturales, religiosos o por razones dinásticas o de linaje.

Entre los seres vivos, las plantas no son la excepción. La reproducción sexual entre individuos con un estrecho parentesco puede causar problemas de depresión endogámica, es decir, que se promueva una población homogénea y, por lo tanto, vulnerable a algún factor de selección natural.Qué ocurriría si, por ejemplo, todas las plantas de una población no fueran adecuadas para resistir al frío y en un año sobreviene una helada; evidentemente, la población entera estaría en riesgo de morir. Algo así ocurre con el agave azul, Agave tequilana, utilizado en la producción del tequila, pues prácticamente todos los individuos son genéticamente idénticos y, por eso, los cultivos son tan vulnerables a los diversos factores ambientales.

Por el contrario, cuando hay suficiente variación dentro de una población, es más probable que algunos individuos sobrevivan ante alguna adversidad y perpetúen genes relacionados a futuras adversidades, como por ejemplo el frío. Mantener y promover esta variabilidad se vuelve algo complicado en las plantas debido a su carácter sésil, pues no pueden “acercarse” a la pareja con quien se van a cruzar para tener descendencia. Esta falta de movilidad es una gran limitante, una característica que las deja a merced del ambiente y, hasta cierto punto, de la suerte (de ahí viene, de hecho, la expresión “vegetativa”, que Aristóteles acuñó para referirse a la vida inerte de las plantas).

Hoy en día sabemos que las plantas no son pasivas, pero el hecho de que permanezcan fijas al sustrato reduce sus posibilidades en todos los aspectos y representa un desafío al que nosotros, como organismos móviles, no nos enfrentamos con tanta severidad. El primer gran reto es tener que tolerar las adversidades del medio en el que las plantas crecen (nutrimentos del suelo, severidad climática, cantidad de luz solar, sequías, entre otros). Nosotros, como organismos con la capacidad de desplazamiento, podemos movernos y protegernos de la luz solar directa si tenemos calor, así como buscar agua y alimento. Las plantas, por su parte, no tienen otra opción más que quedarse bajo el sol, tolerar la temperatura y sequía. A lo largo de la evolución se han seleccionado diversos mecanismos, anatómicos y fisiológicos que permiten la sobrevivencia de ciertas especies y poblaciones en condiciones extremas. Por ejemplo, el engrosamiento de la cutícula y el desarrollo de mecanismos especializados de fotosíntesis que, como en el caso de muchas cactáceas, evitan la pérdida de agua durante el día, regulando por un lado la evapotranspiración y por otro, las reacciones bioquímicas necesarias para la fijación de carbono.

Con respecto a la reproducción, las conductas sexuales como el coqueteo y el cortejo, entre otras, son muy importantes en los animales a la hora de buscar pareja. Ejemplos de ello son las conductas de cortejo en aves, como el canto y la exhibición de plumaje. A las plantas, en contraste, les es imposible acercarse a otra planta. No importa qué tan fuerte o robusta sea, o que posea los colores más vivos, siempre dependerá de factores ambientales o estrategias reproductivas, como la polinización, para cruzarse y tener descendencia, pero eso es tema para otra conversación. En este ensayo y en la segunda parte que le sigue, exploraremos de manera muy breve, y enfocándonos en las plantas con flor –las angiospermas–, la enorme diversidad de estrategias que han evolucionado en las plantas para afrontar estos problemas. No en balde, en su clásico La inteligencia de las flores, Maurice Maeterlinck (1907) las calificó de “artimañas, combinaciones, mecanismos y trampas”. Aún en la actualidad, no dejan de sorprendernos tales trucos, pues las plantas no solo “resuelven” el hecho de estar fijas al sustrato, sino que también evitan problemas biológicos como la endogamia, evitando ese tabú tan antiguo: el incesto.

Comencemos por hablar del sexo en las plantas. Actualmente, hablar de la reproducción sexual de las plantas es algo común, y se trata de un asunto reconocido por su importancia ecológica y evolutiva en la biología. El sexo de las plantas es además utilizado por todas las personas cuyas actividades dependen de su reproducción: los agricultores, los floricultores, los apicultores e incluso los aficionados que disfrutan de tener una área verde, un jardín o huerto casero. El reconocimiento del sexo en las plantas, sin embargo, es algo relativamente reciente. El hecho de que las plantas se reproducen sexualmente, como los animales, no fue ampliamente aceptado sino hasta el siglo XVII, y las analogías que explicaban la sexualidad entre plantas y animales no se establecieron completamente sino hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX.

Son muchos los símiles y analogías que se crearon para relacionar la sexualidad de los animales con la de las plantas con el fin de comprender la fecundación en estos organismos –referenciada en ese entonces como el “coito de los vegetales”. Un hecho que desató una gran polémica es que la mayoría de las angiospermas son hermafroditas, es decir, sus flores poseen ambos órganos sexuales, masculinos y femeninos, funcionales. Esto significaría que hay dos sexos –masculino y femenino– pero tres tipos de flores: masculinas, femeninas y hermafroditas. Esto complicó el asunto, pues las categorías que los científicos usamos para describir la naturaleza provienen de nuestra misma cultura y, en esos tiempos, una categoría sexual diferente a las que comunmente se observaban entre los humanos –y que regían las normas sociales de la época– era difícil de aceptar y/o reconocer.

Las angiospermas, que constituyen el foco de este escrito, forman el grupo más diverso de las plantas terrestres. Actualmente, encontramos plantas con flor en prácticamente todos los hábitats del planeta. La evidencia fósil sugiere que esta diversidad hizo explosión en el Cretácico (145-66 m.a.), aunque los datos moleculares sugieren que el origen de las angiospermas, así como su diversificación, comenzó desde finales del Triásico (c. 201 m.a.). Aunque esta diversificación ocurrió en el orden de unas decenas de millones de años, hay que recordar que eso es un chasquido de dedos en la escala del tiempo geológico. El mismo Charles Darwin, en una carta personal (1879) a su amigo el botánico Joseph Hooker, distinguió a este fenómeno de rápida diversificación de las angiospermas como el “abominable misterio del origen de las angiospermas”.

Si consideramos que cerca del 90% de las angiospermas poseen flores hermafroditas, podría pensarse que lo más frecuente es que los órganos masculinos de una flor sean los que fecundan a los femeninos de esa misma flor. De hecho, bajo esta visión, Carl Von Linné (conocido en español como Carlos Linneo) propuso un sistema de clasificación de las plantas basándose en los órganos sexuales, introduciendo los términos andria y gynia como sufijos para describir los órganos sexuales masculinos y femeninos, respectivamente. Esto fue útil en sus descripciones porque los términos se refieren al esposo y a la esposa, más fáciles de comprender tomando conceptos que se encontraban en el imaginario colectivo. Así, en la clave para el sistema sexual que propuso Lineo, cuando hay tanto flores masculinas como flores femeninas en una misma planta, la analogía sería que el esposo y la esposa viven en la misma “casa”, es decir, la planta (monoecia, del griego monos, “uno”, y oikos, “casa”), pero no compartieran la cama, que sería la flor. Si estas flores se ubican en individuos separados, es decir, unas plantas solamente tienen flores masculinas y otras sólo femeninas, la analogía de Linneo es que la esposa y el esposo viven en casas diferentes (dioecia, “dos casas”). En las plantas hermafroditas, los esposos y las esposas comparten tanto la casa como la cama (monoclinia). El lenguaje colorido de relaciones matrimoniales excéntricas, que expresa las normas y costumbres de la época de Linneo, provocó que en diversas ocasiones se considerara el conocimiento taxonómico de las plantas como actividad impropia de las mujeres.

La separación de los órganos sexuales en distintas flores, ya sea en un individuo o en diferentes, es claramente una estrategia que dificulta la autopolinización y, por ende, la endogamia. Sin embargo, como ya mencionamos, esto ocurre en la minoría de las angiospermas, cuya condición predominante es el hermafroditismo. Ante ello, un gran número de las angiospermas han desarrollado una gama de estrategias que involucran tanto mecanismos diferenciales de desarrollo así como mecanismos bioquímicos, entre otros, para evitar el terrible incesto y sus consecuencias. A pesar de tener los órganos de ambos sexos en una flor, y de tener una movilidad limitada, dichos mecanismos favorecen la fecundación cruzada entre las plantas y obstaculizan la autocruza. Como si conocieran la historia de Sófocles.

Isaac Daniel López Rodríguez

Estudiante de Biología en la Facultad de Ciencias, UNAM, y de Lengua y Literaturas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.

Javier Andrés Juárez Díaz

Profesor de Carrera de tiempo completo del Departamento de Biología Celular, Facultad de Ciencias, UNAM.

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Publicado en: Cuestiones

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