Julieta Fierro: de observadora de estrellas a estrella de rock de la ciencia

Recuerdo ir caminando por la unidad habitacional en la que vivía en Copilco y ver a Julieta Fierro a lo lejos, probablemente de camino hacia la UNAM. En aquel entonces yo era estudiante de biología en la misma Facultad y, aunque hubiera sido una interesante anécdota, la verdad es que nunca la alcancé para hablar con ella. No quería importunarla y, siendo realistas, probablemente ya iba tarde a mi clase (es fácil confiarse cuando se vive tan cerca de la escuela). Me conformaba entonces con contarle con orgullo a mis amigos que la rockstar de la divulgación de la ciencia era mi vecina, esperando que gracias a la cercanía se me pegara algo de su talento en la comunicación.

Lamentablemente, esto no sucedió, pero ahora, casi diez años más tarde, atesoro mucho más saber que ella me demostró, con el ejemplo, que la comunicación de la ciencia no tiene que ser sólo una pasión, sino que también puede ser una profesión. Por esto y mucho más, Julieta Fierro, quien falleció este pasado 19 de septiembre, deja un hueco enorme en la ciencia y su divulgación, no sólo en el país, sino también fuera de este.

Ella fue una gran inspiración para muchos. Lo fue para mí al demostrar que la ciencia puede ser divertida y sorprendente para cualquier público. Que puede ser dulce, como le gustaba decir. Que el lenguaje puede combinarse elegantemente con una explicación técnica. Que el humor y la sobriedad tienen su respectivo lugar en la divulgación, y muchas veces funcionan mejor si se les mezcla. Quien sea que haya tenido el gusto de verla dar una conferencia puede constatar de lo que hablo. Con su característico cabello lacio cano, y su tradicional vestimenta mexicana, ella sabía manejar a su audiencia con destreza. Este talento suyo lo conoció desde pequeña, pues confiesa que de niña quería ser cirquera. Afortunadamente para nosotros, la ciencia la encontró poco después.

Nació en la Ciudad de México un 24 de febrero de 1948 en el seno de una familia conservadora. Al morir su madre, cuando ella era una adolescente, el cuidado de su casa y de tres de sus hermanos recae en ella y su hermana mayor. Sin embargo, impulsada por los movimientos estudiantiles y sociales de finales de los sesenta y principios de los setenta, eventualmente, Julieta Fierro y su hermana se rebelaron y dejaron su casa para continuar con sus estudios universitarios. Su padre le permitió estudiar física en la UNAM, pues pensó que no iba a ser capaz, pero en palabras de Julieta para ¿Cómo ves?, “Y pude, por supuesto que pude.”

Terminando sus estudios universitarios, Fierro continuó con una maestría en astrofísica y se dedicó a la investigación, pero siempre hizo un espacio para buscar maneras de divulgar la ciencia. Tenía un programa de radio, daba conferencias y pláticas, además de escribir libros y diversos textos de divulgación. Con el paso del tiempo, hablar y escribir de ciencia se volvió su profesión entera y fue aquí que, de su actitud carismática y fortuita, se le llegó a conocer como la rockstar de la divulgación de la ciencia.

Con el tiempo colaboró con el desarrollo y coordinación de museos y observatorios en México, Estados Unidos, Sudáfrica y Puerto Rico. Además de ser miembro de la Academia Estadounidense de Artes y Ciencias, la Academia Mexicana de la Lengua (lugar que aceptó con su genial discurso Imaginemos un caracol), la Real Academia Española, entre otros.

Así fue que su alcance abarcó más que sólo la academia. De hecho, uno de los museos en cuyo desarrollo desempeñó un papel importante fue el Museo Descubre, de Aguascalientes. Fue en ese mismo lugar donde, con cuatro años de edad, vi por primera vez una representación de la “Marcha del progreso”. Esa imagen en la que, gradualmente, un monito se va irguiendo y creciendo hasta volverse un humano adulto. Fue de ese lugar también donde mi mamá tuvo que sacarme corriendo, porque yo no dejaba de gritar que yo no era un mono. De este “trauma” tal vez venga mi elección de carrera. Menciono esto porque Julieta Fierro, directamente (también indirectamente en mi caso), fue responsable de que muchos tomaran la bata de laboratorio, el microscopio o el telescopio.

Ciertamente, su legado es un campo estrellado en la academia mexicana que fue tejiendo punto a punto, hasta formar una constelación que se ve de día y de noche. Un trabajo que no conoció fronteras entre ciencias. Me gusta pensar que por eso los participantes del Segundo Festival de las Luciérnagas de México eligieron democráticamente el nombre de Julieta Fierro para nombrar a una especie de luciérnaga recién descubierta: Pyropiga julietafierroae. Que sin importar si hablamos de biología, química o astronomía, al pensar en este animalito oriundo de la Ciudad de México brillando por la noche, recordaron a las estrellas que tanto la maravillaron. Y ahora, entre estas estrellas que vuelan cerquita del suelo, acompañadas con las del firmamento, serán siempre tributo de la estrella del rock de la comunicación de la ciencia.

 Diego Ramírez Martín del Campo

Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

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Publicado en: Elementos