La angustia de la existencia

El título, que para el lector podría parecer una nueva edición de una antología aforística de Schopenhauer, tiene el propósito de introducirnos a uno de los temas más interesantes de la biología: las interacciones ecológicas. ¿En verdad todo es una lucha despiadada y cruel por el alimento, el espacio o la reproducción? Numerosos estudios y ejemplos de casos en la naturaleza nos muestran que no. Entonces, ¿es posible que haya “ayuda” entre los organismos? Pues, por más sorprendente que resulte, la hay y más que eso.

En 1902, el naturalista y pensador ruso Piotr Kropotkin publicó la que sería, quizá, su obra más famosa traducida al español como El apoyo mutuo: un factor en la evolución. Como él mismo indica en las primeras páginas, la idea surgió a partir de un ensayo publicado en 1888 por el naturalista británico Thomas Henry Huxley (apodado el bulldog de Charles Darwin por defender sus ideas evolutivas), titulado The struggle for life in human existence (La lucha por la vida en la existencia humana). En este ensayo, Huxley sugiere que el motor de cambio en la evolución es la lucha constante de los organismos, la cual da lugar a la presión por sobrevivir y, por ende, a la selección. De esta forma, los más aptos sobreviven y pueden continuar en la línea evolutiva; Kropotkin, por el contrario, sugiere que el apoyo mutuo es el eje rector en la historia evolutiva de las especies. Así, algunas especies han adoptado patrones de reproducción, dispersión o alimentación en conjunto a otras, y ambas terminan con un beneficio que les permite perpetuarse. Las dos ideas han sido replanteadas en los ojos de la biología moderna, sobre todo con la intención de alejarlas del ámbito antropológico, pues Huxley y Kropotkin querían llevar sus ideas hacia propuestas de organización social y económica.

Ahora sabemos que ambas partes son caras de una misma moneda, o quizá sería mejor decir un dado, puesto que son múltiples caras. De hecho, al igual que el dado, son seis las interacciones ecológicas que existen, cada una con sus detalles más precisos y subdivisiones puntuales, pero con docenas de ejemplos asombrosos. Para comprender mejor el concepto de las interacciones ecológicas, lo primero es entender que la ecología estudia la relación que existe entre los seres vivos y su ambiente, desde cómo es un individuo y qué características ha adquirido para sobrevivir mejor en el medio en el que vive, hasta cómo se comportan las poblaciones de organismos con su entorno biótico y abiótico. Dado que los seres vivos no habitan de manera aislada, no pueden evitar la presencia de otros organismos en su entorno, tarde o temprano, para bien o para mal, terminarán interactuando con algún otro organismo. Las interacciones resultan de la existencia de dos o más organismos (sean de una especie o más) en un espacio compartido. Estas interacciones pueden tener, para cada parte involucrada, un efecto benéfico, dañino o neutral.

Conociendo esto, podemos adentrarnos mejor en las primeras dos interacciones ecológicas de las que ya hemos hablado: el mutualismo y la competencia. El mutualismo consiste en que la interacción entre los dos organismos involucrados resultará en algún beneficio para ambos. Este beneficio —va por delante— no tiene que ser simétrico en la ventaja que aporta a cada organismo. Por ejemplo, en el caso de la polinización, las plantas realizan un enorme gasto energético para producir flores que contienen aromas, colores, aceites aromáticos y polen, llamados en su totalidad atributos florales, que atraen a los insectos, quienes se alimentan o se benefician por alguno de estos atributos y, a la vez, transportan el polen desde una flor hacia la otra para que ocurra la fecundación. El mutualismo ha sido un modelo importantísimo en la evolución y, de hecho, las relaciones existentes entre flor y polinizador son en extremo específicas, por lo que se sugiere que la evolución de ambas partes ocurrió en paralelo.

Ilustración: Raquel Moreno
Ilustración: Raquel Moreno

Además, el mutualismo ha dado lugar a otras relaciones evolutivas muy interesantes y de suma importancia, como es el caso de las bacterias de nuestra biota intestinal, las cuales nos ayudan en la digestión y en la protección contra patógenos, mientras que nosotros les suministramos su hábitat y alimento. Y, por si fuera poco, hay casos de mutualismo obligado, en los que las especies no pueden sobrevivir o llevar a cabo alguna parte crucial en su ciclo de vida sin la otra parte involucrada. Tal es el caso de los higos y las avispas. Los higos presentan una forma floral muy peculiar llamada sicono; de hecho, el fruto que comemos está compuesto por muchísimas flores en un interior hueco, las cuales, al ser fecundadas, dan lugar a todas las semillas que se sienten como piedritas en medio de la pulpa carnosa. Las avispas se introducen en el sicono y depositan sus huevos, con lo que el higo se poliniza y la avispa puede tener un lugar para reproducirse. La avispa hembra pierde sus alas al introducirse al sicono por una cavidad en la parte inferior llamada ostiolo; posteriormente, muere. Una vez dentro, deposita sus huevos en las flores femeninas del sicono, pero como no puede hacerlo en todas, en algunas sólo deposita polen que acarrea de otra flor y esas son las que dan lugar a las semillas. Los machos son los primeros en eclosionar y fecundar a los huevos todavía en maduración de las hembras; luego realizan canales en el interior del sicono que permiten abrir camino hacia el exterior. Cuando las hembras eclosionan, ya fecundadas, salen por esas aberturas, pero llevan consigo el polen de las flores masculinas, listas para buscar un ostiolo y ovopositar.

La competencia es el otro caso que nos incumbe. En esta situación, los organismos comparten el uso de un recurso y el esfuerzo que realizan ambos para conseguirlo es dañino para ambos, incluso si uno de los dos gana. Tomemos, por ejemplo, el caso de dos hienas que compiten por un pedazo de carroña en la sabana. La lucha será feroz, pero una de las dos terminará con el alimento debido quizás a un mayor peso, una fuerza superior o simplemente un golpe de suerte. Sin embargo, la lucha, incluso para la vencedora, resultará cansada y desgastante; aún más, podría terminar con heridas permanentes, Para la perdedora, si no muere, la dejará vulnerable, cuestión que se agrava si tiene crías. En este caso, estamos frente a una competencia de tipo intraespecífica, pues los dos organismos pertenecen a la misma especie.

Un caso que sigue siendo citado sobre competencia interespecífica, es decir, entre dos especies diferentes, es el registrado por Connell en 1961. Él estudió dos especies de crustáceos de la subclase Cirripedia que habitan el noroeste de Europa, llamados comúnmente percebes: Chtamalus stellatus y Balanus balanoides. Estas especies habitan adheridas a las costas rocosas, pero Chtamalus se distribuye en la zona más alta de la cosa, mientras que Balanus, en zonas un poco más profundas. Sin embargo, los juveniles de Chtamalus suelen estar dentro del área de Balanus, por lo que Connell decidió investigar la supervivencia de estos juveniles en la zona de la otra especie. Para tener dos grupos de control, Connel dejó que algunos juveniles estuvieran en contacto directo sin ninguna ayuda frente a Balanus, pero creó un segundo grupo de control en donde limpió de Balanus la zona adyacente a donde crecieron los juveniles de Chtamalus. El resultado fue que los juveniles de Chtamalus que estuvieron en una zona despejada crecieron de forma satisfactoria, lo cual demuestra que sí tienen la capacidad para desarrollarse a esa profundidad, pero es la competencia con la otra especie la que lo impide. Se observó que los juveniles de Chtalamus no lograron crecer en la zona más profunda habitada por Balanus; de hecho, se observó cómo éstos últimos los aplastaban y los cortaban. Por otra parte, el número de Balanus se vio reducido durante la temporada de mayor crecimiento de Chtalamus. Este caso ejemplifica a la perfección el principio de exclusión competitiva, el cual dice que si dos especies pueden ocupar un mismo hábitat, pero existe competencia entre ellas, tendrán que ocupar dos zonas distintas o una podría llevar a la otra a la extinción.

Como hemos visto hasta ahora, el mutualismo y la competencia son dos fenómenos muy presentes en la naturaleza. Cada uno tiene ejemplos fascinantes que han influenciado en la adaptación de las especies a su entorno, lo cual se traduce en una diversidad de tamaños, formas, colores y mecanismos que permiten desenvolverse mejor. Ambas han sido parte de toda la historia evolutiva y son intrínsecamente bellas, no sólo por el concepto biológico que traen detrás, sino por la enorme diversidad a la que han dado lugar.

Hasta ahora, la idea es replantear al lector que no todo en la biología es una lucha encarnizada, no siempre gana “el más fuerte”, el mutualismo en la biología tiene repercusiones que, como hemos notado, son vitales para nosotros los humanos. Sin embargo, esto es apenas la mitad del viaje, quedan cuatro interacciones más que también han dado lugar a diversidad de estrategias y adaptaciones en los seres vivos. Por lo tanto, nos veremos en la segunda parte.

 

Isaac Daniel López Rodríguez
Estudiante de biología y entusiasta de la botánica y las letras. Ha colaborado en el blog digital Libropolis de Cultura UNAM y en la antología de cuentistas mexicanos contemporáneos Tierra del Sol (2023) del grupo editorial Letras Negras.

Referencias:

  1. Kropotkin, P., Mutual aid, a factor in evolution, 1902
  2. Huxley, T., “The struggle for existence in human society”en Collected essays IX: Evolution & ethicsCambridge, 1888
  3. Molles Jr., M. y Sher, Ecology concepts and applications, McGraw Hill Education, 2019
  4. Cook, J. M., y Rasplus, J.-Y., “Mutualists with attitude: Coevolving fig wasps and figs”m Trends in Ecology & Evolution, 18(5), 2003, pp. 241-248
  5. Connell, J. H., “The Influence of Interspecific Competition and Other Factors on the Distribution of theBarnacle Chthamalus Stellatus”, Ecology, 42(4), 1961, pp. 710-723.

 

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Publicado en: Elementos