¿La confianza cabe en una molécula?

Cuando llegas a tu casa y algún otro miembro de tu familia ha terminado de preparar algo de comer y te invita, por lo general aceptas, ¿cierto? Tu cerebro ha tomado una decisión sin problema. Pero, ¿cómo sabes que ese platillo que te han ofrecido no está envenenado? Misma pregunta diferente contexto: un restaurante. Pides del menú, disfrutas la comida, pagas y listo. No cuestionas la “cadena de custodia” que ha llevado tu platillo hasta tu mesa. Confías.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

Admito que estas situaciones pueden sonar un poco paranoicas, pero lo mismo sucede cuando, por ejemplo, hemos pedido a un desconocido que aparte nuestro lugar en la fila del supermercado o del cine. ¿Por qué confiamos en que realmente nos guardará el lugar esa persona? Y, a su vez, ¿por qué esa persona nos ayudaría con nuestra petición sin nada a cambio? ¿Por qué confiamos ciegamente? ¿Cómo surge la confianza entre dos personas que no se conocen entre sí? Los estudios realizados apuntan a que las respuestas a estas preguntas podrían reducirse a la acción de una molécula en nuestro cerebro: la oxitocina.

Volteemos un momento a inicios del siglo pasado. En 1909, realizando experimentos con una gata embarazada, el fisiólogo británico Sir Henry H. Dale notó que un extracto de la pituitaria posterior del cerebro humano hacía contraer el útero de la gata. Debido al efecto que producía este extracto, Dale lo nombró con las palabras griegas de “rápido” (oxis) y “nacimiento” (tokos). En el curso de su investigación acerca de la oxitocina, Dale también observó que facilitaba la liberación de leche materna. Dos años después de su hallazgo, la oxitocina comenzó a utilizarse regularmente para estimular las contracciones durante las labores de parto. En 1936, Dale recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina “por sus descubrimientos relacionados con la transmisión química de los impulsos nerviosos”.

A pesar de convertirse en la hormona más ampliamente utilizada en obstetricia, fue hasta 1953 que la estructura química de la oxitocina se dilucidó por completo. Interesado en estudiar compuestos sulfurados de importancia bioquímica, Vincent du Vigneaud primero posó su atención en la insulina, pero tras realizar algunos estudios sobre su desactivación, prefirió enfocarse en la oxitocina, de menor peso molecular. Su investigación reveló que la oxitocina estaba formada por nueve aminoácidos y, tras su identificación, también logró desarrollar los métodos para sintetizarla. Todo este esfuerzo científico le valió a du Vigneaud el Premio Nobel de Química en 1955 “por su trabajo sobre compuestos de azufre de importancia bioquímica, especialmente para la primera síntesis de una hormona polipeptídica”.

Actualmente, sabemos que la oxitocina está presente, prácticamente sin cambios en su estructura química, en todos los mamíferos. Desde un punto de vista evolutivo, esta molécula es muy antigua: se ha conservado en el código genético de los mamíferos por millones de años. Su origen se remonta a los primeros antepasados que salieron del agua. Ellos poseían una hormona llamada vasotocina, cuya función era regular el contenido de sal y agua en el organismo. En la actualidad, los peces y las ranas utilizan dos versiones distintas de vasotocina con el mismo propósito que nuestros antepasados, mientras que los seres humanos contamos con la vasopresina y la oxitocina: la primera informa al riñón que conserve el agua, la segunda emite la señal para eliminar la sal.

Esto parece indicar que la oxitocina realiza una o más funciones importantes en los mamíferos. Por ejemplo, además de circular en el torrente sanguíneo como hormona, la oxitocina también es capaz de actuar como un neurotransmisor, afectando la función cerebral y el comportamiento.

Es precisamente ésta capacidad de afectar el comportamiento en la que pensaba el Dr. Paul J. Zak cuando comenzó a indagar sobre el porqué de la confianza en los demás, incluso cuando los desconocemos. La primera pista la halló en experimentos con roedores, donde se señalaba a la oxitocina como la posible responsable de dar la señal al cerebro de que “es seguro acercarse” a otros roedores, además de que observó un incremento en los niveles ante las caricias de las madres hacia sus crías.

Si bien a nivel genético los humanos pueden tener muchas similitudes con los roedores, nuestras relaciones sociales son mucho más complejas. Así pues, ¿cómo diseñar un experimento en humanos para demostrar que la oxitocina promueve la confianza entre las personas? Para ello, el equipo del Dr. Zak recurrió al trabajo desarrollado por Vernon L. Smith, premio Nobel de Economía en 2002 por “haber establecido experimentos de laboratorio como una herramienta en el análisis económico empírico”. Después de todo, una forma relativamente fácil y universal de saber si alguien confía o no en otra persona es a través del préstamo de dinero.

Mediante un experimento doble ciego —donde los sujetos y los investigadores desconocen lo asignado al componente experimental—, un grupo recibió una dosis de oxitocina y el otro, el grupo control, un placebo. Este “juego de la confianza” funciona de la siguiente manera.

Imaginemos a dos personas: usted y yo. Yo adoptaré el papel del inversionista y usted será quien reciba el dinero de la inversión. De entrada, tanto usted como yo tenemos en nuestra cartera 12 unidades monetarias, las cuales, al final del experimento, se canjearán por dinero real. En mi papel de inversionista tengo cuatro opciones para apostar por nuestra “relación comercial”: puedo transferir 12, 8, 4 o ninguna unidad monetaria. Aunque no nos veremos la cara durante el experimento, ambos sabemos que hay una persona (y no una máquina) detrás tomando la decisión de transferir. Por otro lado, lo que ninguno de nosotros sabe es que, al hacer la transferencia, el experimento está diseñado para que la cantidad que yo transfiera se triplique cuando llegue a usted. Por ejemplo, si le transfiero 12 unidades monetarias, usted tendrá en su bolsillo un total de 48 unidades (las 12 que tenía en un inicio más las 36 unidades que provienen de triplicar mi inversión).

Ahora bien, una vez consolidada la transferencia, usted tiene dos opciones: compartir una porción de las ganancias o quedarse todas las ganancias para usted. Sabiendo que no volveremos a interactuar (cada uno de nosotros seguiremos en el mismo rol durante otros tres emparejamientos), ¿compartirá algo de las ganancias conmigo? Si como inversor no recibo nada a cambio en la primera ronda, ¿seguiré confiando y arriesgando el máximo de mi capital con otras personas? He aquí el dilema de la interacción social: el inversor enfrenta un riesgo debido a la incertidumbre del comportamiento de quien recibe el dinero.

El experimento del “juego de la confianza” señala que la oxitocina incrementa la confianza del inversor: el 45 % del grupo que recibió la oxitocina mostró el máximo nivel de confianza en términos de unidades monetarias invertidas, en contraste con el 21 % de los inversores en el grupo con placebo.

Sin embargo, uno puede argumentar que la oxitocina en realidad disminuye nuestra aversión al riesgo en lugar de, efectivamente, modificar nuestro comportamiento en cuanto a interacciones sociales. Para salir de dudas, el Dr. Zak junto con sus colaboradores modificaron el “juego de la confianza”: el rol de quien recibe el dinero se sustituyó por un mecanismo aleatorio que tomaba la decisión de compartir parte de las ganancias o no; en otras palabras, las decisiones ya no dependía de una interacción social.

Los resultados en esta ocasión demostraron que el comportamiento de los inversores en el grupo que recibió la oxitocina no eran diferentes de los del grupo con placebo. De media, ambos grupos de inversiones transfirieron 8 unidades monetarias. Es decir, la oxitocina incrementa los niveles de transferencia monetaria en el “juego de la confianza”, pero no en el último experimento, lo cual sugiere que la oxitocina afecta específicamente la confianza en las interacciones interpersonales.

Los resultados anteriores pueden llevarnos a pensar de manera reduccionista: una molécula, un comportamiento. En palabras de Sue Carter, investigadora pionera de los efectos de la oxitocina en animales: “la oxitocina es una metáfora fisiológica de la seguridad”. Después de todo, si la oxitocina en realidad incrementa la confianza entre las personas, no suena descabellado usarla con fines políticos y comerciales; por ejemplo, manipular la confianza hacia un determinado candidato o inclinar nuestra preferencia por una marca de comida.

Sin embargo, se ha reportado que la acción de la oxitocina depende dramáticamente del contexto. Un experimento que utilizó también un juego económico para estudiar la confianza y la cooperación indicó que la oxitocina disminuye este segundo comportamiento e incrementa la envidia cuando la suerte no sonríe al jugador, siempre y cuando el otro competidor fuera completamente anónimo y se localizara en otra habitación.

Esta clase de experimentos han comenzado a abrirnos un panorama más complejo de la interacción entre el medio ambiente y las moléculas que afectan nuestro cerebro. El campo está en su infancia, pero se vislumbran algunos destellos de oro puro.

 

Martín Méndez
Doctor en Ciencias Aplicadas por el IPICYT, entusiasta de la divulgación científica y la innovación, más presente en el futuro que en el ahora.

 

Referencias

Donaldson, Z. R., y Young, L. J. “Oxytocin, Vasopressin, and the Neurogenetics of Sociality”, Science, vol. 322, 2008, p. 900-904.

Zak, P. J. “The neuroscience of trust”, Harvard Business Review, 2017.

Ridley, M. ¿Qué nos hace humanos?, Taurus, Madrid, 2004, 336 p.

Kosfeld, M.,  y otros. “Oxytocin increases trust in humans”, Nature, vol. 435, junio 2005, p. 673-676.

Sapolsky, R. M. Behave. The biology of humans at our best and worst, Penguin Press, Nueva York, 2017, 800 p.

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Publicado en: Métodos