El 12 de octubre de 1980 a las 18:45 horas, al sur de la ciudad de Seattle, Estados Unidos, una mujer fue violada por un hombre con barba, que conducía un auto azul. Tras detener y fotografiar a una serie de hombres con autos azules y barba en la zona, la policía de Seattle organizó una prueba de reconocimiento de rutina, en la que la víctima debía tratar de identificar a su agresor por medio de las fotos recopiladas. Tras inspeccionar las imágenes, la mujer señaló la de Steve Titus y mencionó que él era el más similar a su agresor. Posteriormente, durante el juicio, la víctima reportó que Steve definitivamente la había agredido. Steve fue sentenciado a prisión. Como parte de su defensa, Steve contó con el apoyo de una psicóloga experta en estudios de memoria: Elizabeth Loftus, cuyas investigaciones sobre sugestión y recuerdos alterados impulsaban la hipótesis de que la víctima reconocía a Steve por una memoria distorsionada. Eventualmente, la familia de Steve logró contactar a un reportero que se interesó lo suficiente por el caso como para encontrar al verdadero culpable, un violador serial que se estima había atacado a alrededor de cincuenta mujeres en la zona y que, llegado el caso, confesó sus delitos. Al final, Steve pasó solo una noche en prisión, pero a raíz de estos eventos y la presión mediática que conllevaron, terminó perdiendo su empleo y cayó en una profunda depresión que culminó en su divorcio y, finalmente, muerte por daño cardiaco un par de años después.

Desafortunadamente el caso de Steve no es el único de esta naturaleza. Alrededor de los años noventa, cuando las pruebas de ADN comenzaron a introducirse al ámbito jurídico, se elevó la cantidad de personas que apelaban resoluciones previas con base en la nueva evidencia genética. Se estima que poco más del 70 % de los casos en los que se ha revocado una convicción por pruebas genéticas ha sido en casos basados en el testimonio visual de las víctimas. ¿Cómo pasa alguien de identificar una similitud entre dos personas a estar definitivamente seguro de que está frente al culpable? Los eventos sucedidos en estos casos revelan un hueco importante no sólo en el sistema legal norteamericano de los ochenta, sino en la manera en la que se conceptualizaban los testimonios de testigos visuales. Vivir un suceso y luego recordarlo se caracterizaba como un proceso perfectamente análogo a filmarlo para luego reproducirlo en una videocasetera.
Hoy en día, gracias al esfuerzo de diversos grupos de investigación internacionales, contamos con una comprensión un poco más elaborada sobre los fenómenos de memoria y cómo es que se genera, almacena y recupera un recuerdo. Sin embargo, la analogía original se mantiene. Ahora, en la versión moderna del símil, recordar se compara con reproducir un video capturado con el celular. Como humanos, tendemos a sobrevalorar no sólo nuestra capacidad de recuerdo, sino en general casi todas nuestras capacidades cognitivas. La realidad está bastante lejos de esta noción. De hecho, la mayoría de los expertos sugieren que recordar vivencias tiene mucha más similitud con imaginar que con acceder a algún repositorio interno de información estable.
Existen varios requisitos previos para que un animal, humano o no humano, pueda recordar. El primero es percibir. La percepción se refiere a la interpretación subjetiva de aquella información que entra en contacto con nuestros sensores. Por ejemplo, cuando los fotones que provienen del Sol rebotan en un muro y, posteriormente, impactan en nuestra retina, nuestro sistema nervioso genera una imagen en el córtex visual. Esta imagen no es una representación fiel de la realidad pues, como punto de partida, por nuestra historia evolutiva particular, los sensores sólo son capaces de percibir cierto rango del espectro de luz. Percibimos con mayor facilidad las clases de estímulos que han sido relevantes para nuestra especie, lo demás se descarta. Independientemente del grado de fidelidad de la imagen percibida, el procesamiento de esa información visual se codifica en arreglos neuronales compuestos por millones de células nerviosas y trillones de conexiones entre ellas. Mientras observamos un objeto, hay una red particular de neuronas que se activa, lo que genera la experiencia subjetiva de percibir el estímulo. De hecho, diferentes grupos de neuronas se activan al percibir ciertas características de la imagen, como los bordes, los contornos, el color o las texturas de las cosas. Al conjunto de diversos grupos de neuronas que se prenden para representar una imagen completa le llamamos ensamble neuronal. Muchos animales tenemos la capacidad de reactivar dichos ensambles una vez que la estimulación original deja de presentarse, formando así una imagen mental. A la evocación consciente de estos ensambles es a lo que nos referimos coloquialmente cuando hablamos de recordar.
Una vez que un objeto sale de nuestro campo de visión y lo evocamos, estamos reactivando un patrón de actividad eléctrica que, de manera práctica, nunca es exactamente el mismo que se activó la primera vez, en el momento en el que lo percibimos. La cantidad de células involucradas en el proceso es tal que resulta simplemente imposible reactivar las mismas células, en el mismo orden, durante el mismo tiempo, en situaciones futuras. El nuevo arreglo neuronal que se activa es sólo estadísticamente similar al original. Y es en estas pequeñas diferencias, que tienden a acumularse con el tiempo, que yace el origen del recuerdo alterado. Si la primera vez que se recuerda algo ya es posible identificar ligeras diferencias con la experiencia original, ¿qué pasa con los recuerdos posteriores? ¿Qué sucede si ahora recuerdo el recuerdo? Llega un punto en el que la imagen evocada se sostiene más por la narrativa que tenemos acerca de ella que por la identidad con la imagen original. De hecho, nuestras narrativas, la manera en la que nos expresamos acerca de una situación, cambian con el tiempo por fenómenos similares. En el transcurso de la vida aprendemos nuevas palabras, formamos nuevas asociaciones, cambiamos de opinión acerca de ciertos temas, teniendo un efecto en nuestras células nerviosas, alterando de manera diminuta —pero acumulativa— cada una de nuestras percepciones y posteriores procesos cognitivos.
Una manera práctica de notar la imprecisión de nuestra capacidad para recordar es intentar dibujar un objeto conocido, algo que veamos todos los días y durante mucho tiempo. Por ejemplo, intente usted dibujar una moneda o un billete que le sea particularmente familiar. Podemos tener la ilusión de que lo conocemos perfectamente, incluso podemos observarlo durante algunos minutos y luego intentar el dibujo. Muy probablemente nuestra breve empresa artística fracase a menos de que tengamos experiencia explícita ejercitando ese tipo de aptitudes. Y eso es en el caso de una imagen estática. Al considerar la dimensión temporal que representa el recuerdo de un evento social, la dificultad aumenta de manera exponencial.
La investigación de estos fenómenos ha identificado algunas variables que parecen acentuar la divergencia del recuerdo original hacia futuras reiteraciones. Incluir ciertas palabras en interrogatorios, realizar preguntas cargadas, o el simple hecho de discutir la situación con otros que se expresan con certeza parece incrementar de manera dramática el grado en el que un recuerdo se altera. Por ejemplo, en un experimento ahora considerado clásico en la literatura se le mostró a diversas personas un video en el que se observa el choque de dos vehículos. Posteriormente, se separó a los participantes en dos grupos y se les preguntó de manera individual si recordaban haber visto vidrios rotos en el video. A uno de los grupos se les preguntó si recordaba ver los vidrios después de que los coches contactaran, mientras que al otro grupo se le preguntó si había visto los vidrios después de que los coches chocaran, una palabra semánticamente más cercana a un golpe de mayor magnitud, comúnmente asociada a accidentes. Los participantes reportaron mayores velocidades estimadas y mayor prevalencia de vidrios rotos en el grupo con el verbo chocar que en el grupo con el verbo contactar. Cuando se les preguntó, muchos respondían estar convencidos de que su recuerdo era congruente con lo observado, aunque el video original no contenía vidrios rotos.
Conocer la manera en la que funcionan los recuerdos nos da herramientas poderosas para lidiar con situaciones inciertas, puede fomentar la duda en momentos de certeza que pueden prevenir eventos deplorables, como lo ocurrido en el caso de Steve Titus y demás inocentes condenados. Sin embargo, este mismo conocimiento puede utilizarse para lo opuesto. La investigación en falsos recuerdos también ha sido utilizada como herramienta de defensa jurídica en casos en los que acusados probablemente culpables desean probar su inocencia. Uno de los casos más famosos que representa esta situación son las acusaciones de abuso sexual contra Harvey Weinstein, productor de Hollywood que en 2017 recibió más de un centenar de denuncias en un lapso de meses. Dado que la mayor parte de la evidencia en su contra era anecdótica, Weinstein solicitó la comparecencia de Elizabeth Loftus durante el juicio, quien asumió una posición neutral, limitándose a explicar al jurado las condiciones que propician la alteración de recuerdos. Weinstein fue encontrado culpable de violación y crímenes sexuales algunos años más tarde.
La realidad es mucho más compleja de lo que muchas veces pensamos, y somos más falibles de lo que nos gustaría reconocer. Los casos de Titus y Weinstein suponen dos caras de la misma moneda. ¿Debemos creer a una presunta víctima sólo por hablar de manera emocional y convincente? Sin duda esta pregunta no tiene una respuesta fácil. Si algo podemos aprender de estos casos es que tanto los testimonios como la corroboración de los hechos por otras vías son importantes. Afortunadamente, hoy en día contamos con desarrollos tecnológicos que facilitan el dilema, como las pruebas basadas en material genético, o la evidencia en formato de audio o video que se puede capturar con un teléfono inteligente. Sin embargo, su uso aún puede suponer un desafío económico o cultural en muchos lugares. Independientemente de los casos extremos de Titus y Weinstein, es importante recordar que los fenómenos de falso recuerdo nos acompañan todo el tiempo en nuestro día a día. Cada vez que recordamos algo lo estamos reconstruyendo con la influencia de nuestras nuevas experiencias o nuestro estado de ánimo. Nuestra historia evolutiva no nos permite crear copias fieles del mundo en nuestras cabezas, ni a nosotros ni a ninguna otra especie. Lo que sí nos permite es percibir una “realidad” suficiente como para orientarnos y sobrevivir. Probablemente, esto sea para bien, pues nos permite actuar con flexibilidad, olvidar viejas ofensas, reinterpretar malentendidos de manera distinta y, más importante aún, y aunque suene contraintuitivo, dudar de nuestras propias capacidades y determinaciones. La duda es el motor del cambio, y siempre conviene estar abiertos a diversas formas de ver la vida.
Rodrigo Benavides
Profesor de la Facultad de Psicología, UNAM, participante en el Seminario Raíces evolutivas de la capacidad moral en el Programa Universitario de Bioética de la misma Universidad.
Rodrigo: Desde luego que no eres Rodrigo Días de Vivar, sn embargo, tu nombre recuerda al Cid Campeador; pero es pelillos a la mar; lo que quiero escribirte muy brevemente, es que estoy totalmente de acuerdo con la parte final de tu colaboración, pues en los seres que ya estamos «rufles» (84), la fugacidad de la memoria es inaudita, no la podemos detener, se nos va, como se dice coloquialmente, el avión a cada rato; pero lo que me más me gustó es tu opinión sobre la duda, pues ésta, efectivamente, es el motor del cambio y siempre debemos estar abiertos a las diversas formas de ver y hasta vivir la vida. Si te quité er tiempo, «sorri» Rodrigo. Vale.