La importancia de llamarse

“¿Qué hay en un nombre?”, preguntó Julieta a Romeo, cuestionando la relevancia y jerarquía de los nombres, y continuó: “Lo que llamamos una rosa por cualquier otro nombre olería igual de dulce”. ¿Por qué nombramos? Julieta probablemente habría dicho que los nombres, a final de cuentas, sólo son fonemas sin ningún tipo de poder directo sobre aquello que denominan. La esencia o lo que representan le es propio al objeto en cuestión y lo demás son sólo palabras.

La existencia de los diferentes lenguajes es una prueba clara; diferentes nombres para las mismas cosas. Sin embargo, podría argumentarse que también al nombrar creamos y damos forma a conceptos dentro de nuestro imaginario. Damos importancia y, hasta cierto punto, encapsulamos una totalidad en unas cuantas sílabas. Le damos significado o peso a aquello que denominamos a través de la palabra que termina por apoderarse de su esencia. En la ciencia esto es muy importante. Tomemos a los nombres científicos, por ejemplo, compuestos por dos palabras. La primera, el género, indica un grupo general al cual pertenecen organismos emparentados y de características similares. El segundo, o epíteto específico, habla de una particularidad de la especie en cuestión.

Canis, por ejemplo, son los cánidos. Entonces tenemos al Canis familiaris o perro y al Canis lupus o lobo. Emparentados ambos al ser cánidos, pero distinguibles entre sí y señalado por lupus o lobo en latín y familiaris o doméstico en latín también.

Los nombres, en este caso, son importantes y, a diferencia de lo que señaló Julieta, donde la esencia de Romeo se mantiene en él sin importar cómo lo llame, los nombres científicos roban un poco de ésta y de las características de los organismos para encapsularlos en unas cuantas palabras. Al menos en la ciencia, por eso nombramos.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Parte título, parte apelativo, parte poema inconcluso, los nombres científicos encierran y representan un trayecto evolutivo de eones en unas cuantas palabras y, en mi opinión, muchos lo hacen con cierta gracia y elegancia. Crotalus atrox es la serpiente de cascabel de diamantes del oeste. Crotalus viene del griego krotalon o cascabeleo, entonces este género encapsula a todas las serpientes de cascabel. Atrox, vocablo proveniente del latín de mismo origen que la palabra atroz, señala algo alarmante o espantoso. El género de las efímeras o cachipollas es Ephemeroptera del latín ephemerus o que dura sólo un día y del latín pteron o alas. Entonces tenemos a estos insectos alados que como adultos sólo viven un día.

Así, como una especie de epigrama, los nombres científicos desenmascaran a sus portadores mientras que encapsulan su naturaleza en un par de palabras. Esto es algo que los nombres comunes no logran hacer, pues estos más bien nos hablan de su región de origen y cultura más que de la criatura en cuestión.

Existe un sinfín de nombres comunes con los que nos referimos a animales y plantas que no sólo cambian con los idiomas, también lo hacen de región a región. En México, por ejemplo, conocemos como chupamirto o chuparrosa a los colibríes, dependiendo de la zona. Dentro y fuera del país es común referirnos como pantera a los jaguares o leopardos con exceso de pigmento en el pelaje y la piel. Ambos ejemplos son una consecuencia de su nombre científico. Colibri es el género de los primeros, Panthera el de los segundos. Los nombres científicos son entonces denominaciones inamovibles que usamos para caracterizar y decretar que un organismo es ese y no otro más. En estos nombres contenemos no sólo su identidad como seres vivos, también sus hábitos, comportamientos y apariencia.

Salman Rushdie, escritor y ensayista británico-estadunidense, dijo: “Los nombres, una vez que se vuelven de uso común, rápidamente se convierten en meros sonidos, quedando su etimología sepultada, como tantas maravillas de la Tierra, bajo el polvo de la costumbre”. Por eso pienso que es un ejercicio interesante desempolvar las raíces de estas palabras para ver que, de una manera similar a la de los organismos y especies, de las palabras también podemos trazar un linaje. Podemos ver cómo además de estar hermanadas, las palabras también cambian y se adaptan por la fuerza de lo que las rodea. Una especie de selección natural, por así decirlo. Esto, evidentemente, representa un problema cuando se intenta crear una manera estandarizada para clasificar a los seres vivos, y fue precisamente esa la encrucijada con la que se enfrentó un joven botánico sueco en el siglo XVIII, cuya aportación cambiaría radicalmente la trayectoria de la ciencia.

Carl von Linné

Nomenclatura binomial se le llama al sistema de dos nombres con el que denominamos científicamente a los organismos. Fue desarrollado en el siglo XVIII por el naturalista y médico sueco Carlos Linneo (Carl von Linné), como un método para clasificar a los seres vivos de una manera estandarizada y universal.

Antes de Linneo, la necesidad de sistemas de clasificación era clara y diferentes esfuerzos se habían realizado para abordar este problema. Los nombres comunes levantaban confusión debido a distanciamientos culturales, regionalismos y a los distintos idiomas, por lo que, si se buscaba realizar un sistema estándar de clasificación, un lenguaje universal sería necesario. Así, el latín se presentó como el intérprete ideal para la labor. Al ser una lengua muerta no corría el riesgo de ser modificada por la fuerza y uso, además de que su dominio y conocimiento ya era común entre especialistas e intelectuales. Por esta razón, los diferentes sistemas populares de clasificación desarrollados durante la época tomaron el latín como su lengua madre, aunque con poco éxito.

El sistema de nomenclatura polinomial, por ejemplo, el más popular entre botánicos, consistía en descripciones detalladas en latín sobre las propiedades médicas y características físicas de las plantas. Entonces se llegaron a tener especies como Plantago foliis ovato-lanceolatus pubescentibus, spica cylindrica, scapo tereti, o lo que en español sería: plántula de hojas ovaladas-lanceoladas, con punta cilíndrica y escapo cónico. Francamente, un nombre demasiado general y tan largo que complicaba la clasificación y etiquetado en colecciones y bibliotecas. Llantén es el nombre común en español de esa planta, y para llegar al más funcional y elegante Plantago media del sistema de Linneo aún faltaría un poco.

Pintura de Alexander Roslin, provista por el Nationalmuseum (Stockholm) a Wikimedia Commons
Pintura de Alexander Roslin, provista por el Nationalmuseum (Stockholm) a Wikimedia Commons

En otro intento de clasificación, el botánico y médico suizo Caspar Bauhin propuso la utilización de un sistema binomial de nomenclatura, aunque sin demasiado éxito. Sin embargo, este fue el último elemento necesario para que Linneo ideara un método efectivo y funcional.

Primero desarrolló un sistema de clasificación basado en su teoría de sexualidad de plantas (contando sus estambres y pistilos), con lo que pudo agruparlas según sus similitudes. Entonces tomó el uso de dos palabras de Bauhin, el latín del sistema polinomial, así como sus descripciones generales y particulares, hasta llegar a un método que sería conocido como el sistema de nomenclatura binomial.

Este nuevo método vio la luz del día en su trabajo Systema naturae (Sistema natural), publicado en 1735, y que fue recibido no sin pocos ataques y detracciones. William Goodenough, un naturalista inglés, atacó duramente al escrito por su contenido: “Los nombres repugnantes, la nomenclatura indecente, la lascivia vulgar y la soez mente concupiscente” de su creador, Linneo. Sin embargo, su Systema Naturae fue la piedra que desencadenó una avalancha y que, tras subsecuentes trabajos y estudios, concluyendo con su Philosophia botánica, culminó como el sistema que se convirtió en el estándar universal de denominación científica que conocemos y utilizamos hasta hoy. Un método sencillo y elegante de dos nombres en latín, el primero general y agrupador (el género), el segundo específico a la especie (epíteto específico), siempre escrito en itálicas y con la primera palabra iniciando con una mayúscula y la segunda siempre en minúsculas.

Así, el sistema de nomenclatura binomial comenzó a adoptarse y a estandarizarse. Primero por los círculos científicos europeos, hasta eventualmente popularizarse como la técnica predilecta global. Más de cien años más tarde, en el primer Congreso Internacional Zoológico de 1889 y el también primer Congreso Internacional Botánico en 1867, desarrollados con el objetivo de estandarizar la clasificación de la vida, el sistema de nomenclatura binomial se sugirió como la mejor manera de categorización de especies y, tras subsecuentes revisiones, se volvió el método oficial.

Hoy en día, estas normas y sugerencias son globalmente aceptadas y reguladas por el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica en el caso de los animales, y por el Código Internacional de nomenclatura de algas, hongos y plantas en el caso de estos últimos; ambos considerados como los métodos universales de nomenclatura de seres vivos.

De esta manera es que los nombres científicos han tomado forma a través de los años y lograron apoderarse (a pesar de las opiniones de Julieta) de la identidad de los seres vivos. Dice Saramago que “el nombre que tenemos sustituye lo que somos”. En muchos casos eso es cierto, y continúa: “El nombre no es más que una especie de muro voluntario que impide saber quién es el otro.” A lo que se refiere es que, al conocer el nombre de una persona, sabemos de ella, pero realmente no la conocemos más allá de un nombre. Pero en el caso de los nombres científicos me atrevo a diferir, pues pienso que más bien reemplazan este muro y actúan como cartas de presentación, en especial para aquellos que buscan conocerlos.

Tal vez la esencia personal, es decir, lo que hace al individuo él mismo no exista dentro de meros fonemas, pero lo que los nombres científicos reemplazan es una introducción que invita a la aproximación sin quitar espacio a lo que esté del otro lado, ya sea una planta, un animal o hasta otro Homo sapiens, y pienso que eso es algo con lo que hasta Julieta podría estar de acuerdo.

 

Diego Ramírez Martín del Campo
Biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Divulgador de la ciencia y apasionado de la historia y la filosofía de la ciencia.

Referencias

Espinel, L. M. “Ensayo sobre la ceguera de José Saramago: Representación de la política y la educación”, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 2008, pp. 29.

González, J. M. “Pehr Löfling: Un apóstol de Linné en tierras de Venezuela, Ciencia y Tecnología”, Meer, 2018.

Huxley, R. Los grandes naturalistas, Ariel, primera edición, Barcelona, España, 2007.

Lobato, I. “Where do names of species come from?”, All you need is biology, 2017.

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Publicado en: Métodos