
Hoy en día no es extraño leer o escuchar tanto en medios de comunicación como redes sociales sobre la compleja y profunda relación que existe entre la salud mental y la física. A menudo se habla y hace referencia a una asociación de tipo causa y efecto entre las emociones o el estado de ánimo y la función del sistema inmune. Pero, ¿qué evidencia científica respalda esta relación?
Algunos estudios –publicados en los años 2017 y 2024– muestran una influencia dinámica entre las emociones y la respuesta inmunológica. Por ejemplo, uno de ellos describe cómo los factores biológicos y ambientales se combinan en personas con depresión. Una combinación que causa una compleja retroalimentación entre el estado depresivo y el grado de inflamación en el cuerpo. Otro estudio indica que el estrés emocional agudo incrementa los niveles de moléculas inflamatorias. Este efecto se observó de manera independiente al tipo de estímulo detonante del estrés emocional.
Mecanismos detrás de la interacción emoción-inmunidad
Las investigaciones han identificado varios estados emocionales que afectan la actividad del sistema inmune. Entre ellos están el estrés agudo y estrés crónico. También, incluyen emociones relacionadas con el duelo –como tristeza, abandono, soledad y melancolía–. Además, el aislamiento social y las consecuencias psicológicas del abuso o la violencia alteran la respuesta inmunológica.
Estos estudios también han documentado mecanismos biológicos por los cuales el estado emocional influiría en las funciones del sistema inmune. Asimismo, han hallado que las perturbaciones emocionales, agudas o crónicas, pueden hacer que las células del sistema inmune respondan de manera exagerada. Este fenómeno puede contribuir al desarrollo de enfermedades inflamatorias, autoinmunes, hipersensibilidades y alergias. Una revisión publicada en 2014 evidencia que el estrés severo, como el maltrato durante la infancia, eleva el riesgo de presentar depresión en la edad adulta. Además, este tipo de estrés aumenta el grado de inflamación sistémica.
Es importante mencionar que el estrés agudo o de corta duración puede tener un efecto protector a corto plazo, ya que estimula al sistema inmunológico. En cambio, el estrés crónico activa de forma constante las vías moleculares relacionadas con la inflamación. Esta activación puede contribuir al desarrollo de condiciones inflamatorias con el tiempo y aumentar el riesgo de presentar problemas cardiovasculares.
Estrés agudo, estrés crónico y citocinas proinflamatorias
Los resultados obtenidos por otras investigaciones muestran que las experiencias sociales estresantes elevan los niveles de las citocinas proinflamatorias –moléculas principalmente producidas por las células del sistema inmune y que promueven respuestas inflamatorias–. Un aumento de sus niveles y de la consecuente inflamación que desencadenan puede incentivar la aparición y el mantenimiento de los síntomas de la depresión. Tanto el estrés agudo como el crónico son factores que predicen la aparición de depresión.
La relación entre la salud mental y la función inmunológica es bidireccional. Lo cual implica que la respuesta inmune puede afectar el estado emocional y generar un ciclo de retroalimentación. Una revisión del año 2014 recopiló evidencia que indica que las citocinas proinflamatorias liberadas a causa del estrés social pueden ocasionar cambios emocionales. Estos cambios incluyen la fatiga mental, disminución de la capacidad psicomotora, pérdida del interés por diferentes aspectos de la vida o el aislamiento social.
También, las citocinas proinflamatorias pueden alterar el metabolismo de los neurotransmisores. Por ejemplo, influyen en la capacidad del organismo de utilizar al aminoácido triptófano para sintetizar serotonina, neurotransmisor esencial para la regulación del estado de ánimo.
Consecuencias de la inflamación
Además, la activación del sistema inmune influye en nuestro estado emocional. La inflamación impacta en la función de regiones del cerebro, como el hipotálamo, donde intensifica el estrés emocional, deteriora la capacidad cognitiva y la memoria, y disminuye la motivación. En este sentido, la inflamación crónica se asocia con la fatiga física y una baja energía, situación que a su vez promueve las afectaciones emocionales y cognitivas. Sumado a este escenario, es necesario considerar las limitaciones causadas por condiciones inflamatorias, que suelen llevar al aislamiento social de las personas. Esta situación intensifica los sentimientos de soledad y tristeza.
Otro efecto de la inflamación es el aumento de la sensibilidad al dolor, fenómeno que tiende a intensificar la irritabilidad y la evitación de ciertas actividades. Promoviendo también el deterioro en la salud mental al intensificar la soledad y el aislamiento. Además, la inflamación puede generar o contribuir a la aparición de insomnio y modificar los ciclos de sueño, siendo otro factor importante en la alteración del estado de ánimo.
Efecto de emociones positivas y prácticas de bienestar
Es importante destacar que la retroalimentación entre el estado emocional y la función del sistema inmune también puede ocurrir con emociones identificadas como positivas. Una publicación de 2017 indica que las emociones como la alegría y un buen sentido del humor pueden incrementar la actividad de las células natural killer (NK). En esta misma línea, algunos estudios han asociado el hábito de practicar meditación o mindfulness con una mayor actividad citotóxica de las células NK.
La genética y el ambiente como otros factores involucrados
A pesar de toda la información que hemos explorado en este artículo sobre la interacción entre las emociones y la respuesta inmunológica, no podemos olvidar que existen otros factores que también participan. Por ejemplo, la composición genética de cada persona influye en su tipo de respuesta tanto al estrés social como a la inflamación –como es el caso de ciertos polimorfismos en genes codificantes para citocinas–. La composición genética explica, en parte, las variaciones observadas en la respuesta inflamatoria entre individuos. Incluso, se sugiere que las personas con una mayor respuesta inflamatoria al estrés podrían ser más susceptibles a desarrollar condiciones de salud crónicas como enfermedades autoinmunes.
La dieta es otro factor importante a considerar en la modulación de la respuesta inflamatoria. Numerosos estudios han demostrado que una alimentación balanceada aporta sustancias antiinflamatorias, que pueden ayudar a mitigar los efectos del estrés.
Enfoque terapéutico integral
Finalmente, es necesario recordar que tanto los estados emocionales como el sistema inmune son dinámicos y poseen gran plasticidad. Por ello, es fundamental promover la incorporación de acciones que mejoren el bienestar general. Entre las que destacan la inteligencia emocional, la terapia psicológica, mejores condiciones socioeconómicas y adopción de hábitos saludables. Estas medidas tienen efectos beneficiosos para la salud mental y la función del sistema inmune. George Slavich y Michael Irwin, de la Universidad de California, Los Ángeles, y Ebraim Haroon, de la Emory University School of Medicine en Atlanta, ambos en Estados Unidos, sugieren que este tipo de acciones son útiles para reducir el riesgo de trastornos depresivos y prevenir su recurrencia. Esto es especialmente relevante en personas con diabetes, sobrepeso u obesidad.
En 2017, un metaanálisis propuso apuntar a modelos terapéuticos que consideren la respuesta inflamatoria en conjunto con el estado psicológico. Este enfoque busca implementar un tratamiento integral de condiciones inflamatorias crónicas y trastornos psicológicos o psiquiátricos, como el estrés crónico y trastornos depresivos o ansiosos. En este último caso, un enfoque personalizado e integral de tratamiento ayudaría a disminuir el riesgo de desarrollar condiciones crónicas.
Issis Abril Pérez Alvarado
Maestra en Ciencias Biológicas por la UNAM, estudia el cáncer y se especializa en medicina personalizada y salud de precisión. Entusiasta de la divulgación de la ciencia.