La memoria y sus juegos, o de cómo el ambiente moldea nuestros recuerdos

Creo que más de una vez hemos escuchado que alguien tiene buena o mala memoria según sea el caso. Mi memoria siempre fue motivo de comentarios. Al parecer, poseía una memoria prodigiosa, capaz de recordar detalles, lugares y datos que escapaban a la atención de los demás. Gracias a eso, ganaba trivias y apuestas, pues citaba líneas de diálogo de series y películas.

Con el tiempo, al especializarme en neurociencias, me enteraría de que esa concepción común que la mayoría tenemos sobre la memoria apenas rasca la superficie de su complejidad. Es sólo la punta del iceberg.

Recordar. Cotidiano pero imprescindible en nuestra realidad. Ya sea el nombre de alguien, un número telefónico o simplemente lo que comimos ayer, la memoria declarativa es la que solemos asociar con tener “buena memoria”. La habilidad que todos desean poseer, ya sean estudiantes que buscan destacar o profesores anhelosos que sus alumnos la desarrollen. Es el recuento. Traer el pasado de vuelta, a voluntad.

Pero más allá de esta forma de memoria consciente y deliberada, existe otra forma menos conocida pero igualmente presente en nosotros: la memoria de procedimiento o no declarativa. Esta se manifiesta en nuestras habilidades motoras y en la ejecución de tareas prácticas, como andar en bicicleta o bailar. Pipetear, en mi caso. Aunque pasada por alto o ni siquiera mencionada, esta faceta de la memoria resulta esencial. De hecho, gracias a ella tenemos frases como “lo bien aprendido jamás se olvida”.

Un amigo, doctorando, le decía “la mal llamada memoria muscular”, y tuve que recurrir —irónicamente— a mi memoria declarativa para recordar su frase exacta: se llama memoria de procedimiento.

Pero volvamos a la memoria declarativa. Como todo proceso, tiene una serie de pasos. Estos se llevan a cabo en el cerebro, concretamente en nuestro hipocampo, una estructura pequeña —y según el anatomista Giulio Cesare Aranzio, parecida a un caballo de mar—. Personalmente, al haber observado disecciones, me parece más similar a una diminuta banana rosa.

Ilustración: Sergio Bordón

Comienza el juego

Es posible caer en la idea de que sólo deseando aprender y recordar, sucede, pero es más complejo. Hacer la abstracción de cómo se guarda un recuerdo puede ser un ejercicio algo abrumador. Para mí, resulta sencillo y poco disparatado relacionar el cómo se forma una memoria a largo plazo, o mejor dicho, la consolidación de ella, con la experiencia de un videojuego. En muchos de ellos, especialmente los clásicos, existe una meta suprema, pero para alcanzarla, hay que superar niveles, cada uno con enemigos y desafíos propios.

El proceso de la memoria sigue una lógica similar. Pensemos en un potencial recuerdo a formarse como protagonista. El primer desafío: codificar. Esto implica captar, comprender y modificar la información para respaldar su almacenamiento.

Luego, nuestro personaje se encuentra en una bifurcación. ¿Memoria a largo o a corto plazo?

En la memoria a corto plazo, la información codificada se almacena inicialmente allí y luego, si es necesario, se transfiere a la memoria a largo plazo. Sin embargo, la memoria a corto plazo tiene limitaciones: el tiempo y la falta de atención pueden provocar olvidos, ya que sólo dura entre 15 y 30 segundos y almacena entre cinco y nueve elementos de información. Elegir esta opción en un juego podría significar que tu personaje tiene la oportunidad de obtener más puntos. Sin embargo, ¿asumes el riesgo de ser eliminado en esa sección y tener que comenzar de nuevo?

Si nuestro personaje opta por la memoria a largo plazo, debe saber que ésta ofrece un almacenamiento inmenso y de perduración indefinida. Pero la creación de recuerdos no es instantánea, necesita consolidación: el proceso donde los recuerdos pasarán de temporales a estables. No obstante, no hay garantía de consolidación para todos los recuerdos. Y, de no suceder, no se guardaría el progreso en la partida para el próximo nivel.

Una vez consolidada (y almacenada) la información, es necesario recordarla. A largo plazo, existe una ventana de 24 horas (conocida como ventana de consolidación), donde es crucial que nada interfiera tras aprender. Este nuevo desafío trae consigo la dificultad del ambiente, el cual puede influir en nuestra capacidad para recordar. El listado es largo, pero rescato factores como la nutrición, tóxicos, etanol, tabaquismo, contaminación del aire y sustancias químicas.

Epi…¿qué?

Constantemente, todos los seres vivos enfrentamos estrés y cambios en el entorno que pueden afectarnos. El ambiente no tendría un papel tan relevante en nuestra memoria (y cuerpo) si no lo viéramos desde una perspectiva epigenética, la cual estudia cómo los comportamientos y el entorno pueden causar cambios que afectan la función de nuestros genes. A diferencia de los cambios genéticos, los epigenéticos son reversibles y no alteran la secuencia de ADN, pero sí pueden modificar cómo nuestro cuerpo interpreta esa secuencia.

Durante una estancia que realicé, tuve la oportunidad de observar directamente cómo funciona en el cerebro una de las modificaciones epigenéticas más conocidas: la acetilación de histonas (aquellas proteínas que empaquetan nuestro ADN).

En resumen, gracias a este fenómeno, el ADN se puede “desdoblar”. Al desdoblarse, puede ocurrir la transcripción genética, antesala para que nuestras células, eventualmente, produzcan proteínas necesarias en distintos procesos. Y como casi todo en el mundo natural es dualidad, existe el proceso contrario, que silencia genes, por lo que no habrá producción de proteínas. En nuestro cerebro, este proceso afecta a genes responsables de la memoria y el aprendizaje.

En el laboratorio donde hice la estancia, se sostenía (y había comprobado) que al no haber acetilación, se interfiere con una correcta formación de los recuerdos. Pero no sólo eso. Vieron que si inhibían un grupo de enzimas de acción contraria (de nombre HDACs), se facilitaba la memoria. Todo esto, en modelos animales.

Aunque pueda parecer una dicotomía entre un proceso “bueno” y otro “malo”, es crucial destacar que ambos son igualmente necesarios y deben estar regulados. Cuando este equilibrio falla, se producen alteraciones en procesos vitales. Por ejemplo, en enfermedades como el Alzheimer, suelen observarse desequilibrios en la actividad de estas enzimas. Deterioro cognitivo.

Dentro de la narrativa de videojuegos, se podría decir que la epigenética es un enemigo o jefe tan ambivalente como ineludible. Una vez que nuestro personaje vence los obstáculos ambientales, pasará, por fin, al siguiente nivel y su progreso queda guardado: consolidado.

Para eso, es crucial que nuestras herramientas y estrategias sean nuestro mejor aliado: alimentarnos adecuadamente, evitar fumar, dormir lo suficiente y hacer ejercicio. Una de nuestras mejores armas será decidir, informadamente, sobre lo que consumimos.

Recodificando-ando, ¿o era recordando?

Podríamos pensar que sólo con prestar atención y atender a cómo nuestro cuerpo interactúa con el ambiente mejoraríamos nuestra memoria. Y aunque eso es en parte cierto, no significa que hayamos triunfado en esta historia.

Supongamos que, hasta ahí, habría terminado un nivel del juego. Derrotaste a un jefe. Tu personaje superó la carga ambiental y logró la consolidación, para luego almacenar el recuerdo en el codiciado hipocampo, y tal vez más tarde se transfiera al neocortex. Pero los desafíos no terminan aquí.

Cuando intentamos recordar algo, poco dimensionamos sobre cómo ese recuerdo queda expuesto durante el ejercicio memorístico. Y vale la pena recordar: el hecho de que se haya almacenado alguna vez no significa que permanezca inalterable para siempre.

El final del primer nivel (con fases como la codificación, pasando por la consolidación y terminando en almacenamiento) habrá sido como un checkpoint: aquellas etapas de un videojuego donde se guarda nuestra partida. Pero, aunque gracias a ese checkpoint no volvamos al inicio, los desafíos posteriores (como la fase de evocación y reconsolidación) alterarán a nuestro personaje.

Cuando evocamos recuerdos, podemos perder información del original. Este proceso no es como acudir a la biblioteca de nuestro cerebro y reproducir exactamente el recuerdo. Es una reconstrucción activa.

Cada vez que accedemos a una memoria para recuperarla en el presente, ese proceso modifica la memoria misma; eso es, básicamente, recodificar. Al final del nivel dos, nuestro personaje ya no es como al principio del nivel uno y deberá experimentar una estabilización antes de volver a almacenarse; el recuerdo no puede permanecer lábil. Esto es la reconsolidación.

La memoria y la cognición, aún llenas de incógnitas, nos ofrecen la promesa de respuestas en el futuro. Desde mi trinchera, me emociona la idea de investigar más sobre ellas.

Este pilar evolutivo, aunque intangible, es indispensable, otorgándonos identidad y guía para decisiones. Paradójicamente, también es como una corriente: fluida y cambiante, vulnerable a alteraciones ambientales y dinámicas proteicas.

Preservar la memoria —tanto individual como colectiva— es preservarnos. Se logra al aprender, cuidar la salud y mantener la mente activa. Ya lo dijo el argentino Ernesto Sabato: vivir consiste en construir futuros recuerdos.

 

Mariana Mastache-Maldonado
Bióloga por la UNAM y miembro de la cuarta generación de su Unidad de Investigaciones Periodísticas. Investiga sobre ambiente, neurociencias y epigenética. Realiza comunicación científica en medios nacionales e internacionales, además de ilustración.

Referencias

Federman, N., Zalcman, G., de la Fuente, V., Fustiñana, M. S., y Romano, A., “Epigenetic mechanisms and memory strength: a comparative study”, Journal of physiology, Paris, 108(4-6), 2014, pp. 278–285

Federman, N., Fustiñana, M. S., y Romano, A., “Histone acetylation is recruited in consolidation as a molecular feature of stronger memories. Learning & memory (Cold Spring Harbor, N.Y.), 16(10), 2009, pp. 600–606

Maity, S., Farrell, K., Navabpour, S., Narayanan, S. N., y Jarome, T. J., “Epigenetic Mechanisms in Memory and Cognitive Decline Associated with Aging and Alzheimer’s Disease”, International journal of molecular sciences, 22(22), 2021, pp. 12280.

Santana, D. A., Smith, M. A. C., y Chen, E. S., “Histone Modifications in Alzheimer’s Disease”, Genes, 14(2), 2023, pp. 347

Sweatt J. D., The emerging field of neuroepigenetics. Neuron, 80(3), pp. 624–632

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Publicado en: Cuestiones