La muerte no es el fin

Quizá la cotidianidad nos ha hecho olvidar la importancia que tienen los cadáveres en los procesos ecológicos. Por ejemplo, muchos de nosotros encerramos los cuerpos de nuestros queridos en cajas que esperamos impenetrables durante mucho tiempo. Algunos otros, que se resisten a aceptar la putrefacción de los cuerpos, deciden optar por el embalsamamiento y momificación, como es el caso de algunos santos cristianos, la realeza egipcia o los cuerpos de Lenin y Eva Perón. Pero la verdad es que los cadáveres cumplen un papel crucial en la cadena trófica y, más allá de todas las asociaciones lúgubres, están involucrados en la regeneración de la vida.

Ilustración: Izak Peón
Ilustración: Izak Peón

Un requisito indispensable para que la vida se perpetúe a sí misma es el reciclaje de nutrimentos, y los cadáveres de animales representan un recurso valioso y codiciado dentro de la cadena trófica. Esto se debe a dos razones: primer, los cadáveres contienen una concentración particularmente alta de nutrientes; segundo, muchos de sus tejidos se degradan con facilidad. Es decir, son un recurso accesible y nutritivo. Estas características hacen que los cadáveres sean buscados por una gran cantidad de organismos de grupos evolutivos diversos: desde bacterias y hongos (que también son los principales descomponedores de la hojarasca), hasta vertebrados e invertebrados.

Sin embargo, la descomposición de un cadáver no comienza con la colonización de otros organismos, sino en el interior del mismo cuerpo, pocos minutos después de que los corazones dejan de bombear sangre y, por lo tanto, acarrear nutrimentos y oxígeno. La falta de dicho elemento da lugar a la acumulación de sustancias ácidas en el interior de las células y al colapso de ciertas estructuras que no soportan el nuevo ambiente químico, como es el caso de los lisosomas, que son los organelos encargados de aislar las enzimas digestivas del resto de la célula. Una vez liberadas las enzimas, éstas comienzan a degradar todo lo que se cruza a su paso. Comienzan con los organelos internos, continúan con las membranas y paredes celulares y acaban por filtrarse a través de los espacios que abrieron hasta que finalmente se derramar sobre otros tejidos. Este proceso es conocido como autolisis o autodisolución.

Pero la autodisolución de los tejidos no es suficiente para simplificar todos los nutrimentos que componen a un cuerpo. Es necesaria la participación de muchos actores y, por lo general, los primeros en reclamar los cuerpos son las bacterias y los hongos. Estos organismos son indispensables, porque absorben muchas de las moléculas complejas de los cadáveres (proteínas, carbohidratos, lípidos), las simplifican y, por último, las depositan en el suelo en formas más accesibles de absorber para las plantas. Con este proceso transforman propiedades del suelo como el pH, la conductividad o la concentración de nutrimentos; en particular, aumentan la concentración de nitrógeno y fósforo, dos moléculas esenciales en el crecimiento vegetal. Es por esta razón que podemos considerar a los cadáveres como un fertilizante natural.

Distintos estudios han demostrado que las áreas circundantes a la carroña muestran una mayor abundancia y diversidad de plantas, a comparación de las zonas en las que no se incorporan los nutrimentos de los cuerpos, y esta diferencia se puede mantener durante años. Esta misma tendencia (abundancia y riqueza de especies) se extiende a otros órdenes evolutivos, por ejemplo, la fauna edáfica: invertebrados diminutos que viven parcial o totalmente en el suelo.

Los invertebrados son el segundo grupo que llega a invadir los cuerpos, y está compuesto por una gran diversidad de organismos: principalmente los animales edáficos, como los anélidos, escarabajos, ácaros, colémbolos, hormigas, ciempiés, garrapatas y larvas de todo tipo, pero también otros tipos de invertebrados, como los dípteros adultos que sólo se acercan al suelo para consumir la carroña (por ejemplo, las moscas). Pero el carnaval no acaba aquí. Las bacterias estimularán la llegada del tercer grupo de organismo en colonizar los cuerpos: los vertebrados de gran tamaño.

Cuando las bacterias degradan las macromoléculas de los cadáveres de los que se alimentan, el proceso metabólico implica la liberación de desechos en forma de ciertos gases, como el amoníaco, el sulfuro de hidrógeno, la cadaverina y la  putrescina. Estas últimas moléculas (cuyo nombre deja claro su pacto con la muerte), están asociadas con el proceso de putrefacción. Son gases que desprenden las bacterias al incorporar y descarboxilar los aminoácidos de las proteínas animales, y estas moléculas, además, son en parte las responsables del olor putrefacto que desprenden los cadáveres.

Este olor, que a nosotros humanos nos resulta naturalmente repulsivo, para otras especies es una invitación: las moléculas actúan como transmisores informativos al estimular un receptor olfativo particular que, a su vez, envía una señal eléctrica al cerebro. ¿Pero qué es lo que informan estas señales químicas? No existe una sóla respuesta, pues los animales han desarrollado reacciones muy variadas a lo largo de su historia evolutiva. Desde comprender que el aroma es un mapa para encontrar una fuente de alimento, en el caso de los insectos se estimula la reproducción para depositar sus huevos en los cadáveres, así como pueden activar una respuesta de alerta y estrés (como es nuestro caso). A este procesos se suma la emisión de gases volátiles relacionados con la digestión por fermentación, que también actúan como señales químicas de la carroña.

La especialización de algunos animales para consumir carroña es una característica que han adquirido como parte de una adaptación evolutiva. Esta dependencia es tan profunda que algunos organismos han desarrollado mecanismos astutos para aprovecharse de los animales devoradores de carne en descomposición. Tal es el caso de la planta parásita Rafflesia arnoldii, la cual ostenta el título de la planta con la flor más grande del mudo y que, según muchos, “apesta a carne podrida”. Por más desagradable que nos parezca, el olor de R. arnoldii resulta irresistible para un sinfín de moscas carroñeras que se acercan a esta flor al confundirla con un cadáver. Para decepción de las moscas, al acercarse a la flor descubren que no hay carne que puedan consumir, así que deciden irse de ahí, pero no sin antes impregnarse del polen de la planta, el cual llevarán a otras cuando sean engañadas una vez más.

Este es un ejemplo de la dependencia que han adquirido algunos animales a su dieta rica en organismo inertes. Sin embargo, aún si la muerte es un proceso natural que compartimos con todos los animales, muchas especies de carroñeros están en peligro de extinción, en parte por falta de cadáveres. ¿A qué se debe esto?, ¿desde cuándo padecemos de un déficit de carroña?

En el caso de los grandes carroñeros, como los buitres, su disminución es multifactorial (pérdida y degradación del hábitat, caza, envenenamiento, etc.), pero una razón clave es la desaparición y extinción del platillo principal de su dieta: los ungulados herbívoros de gran tamaño. Lo que antes era un recurso seguro para las aves carroñeras, ahora es una aparición cada vez más extraña. Esto no sólo afecta a los buitres. Los grandes herbívoros representan un eslabón muy importante en la cadena trófica, y su desaparición amenaza a los depredadores de gran talla, por ejemplo, los tigres y osos, especies que históricamente se han alimentado de estas especies.

La disminución de los ungulados está relacionada con la expansión del humano, pero principalmente a la expansión abismal de tierra para cultivos y ganado. Podemos dimensionar lo insidioso de esta tendencia si consideramos que la biomasa total de animales domesticados, dígase vacas, cerdos, pollos, es catorce veces más grande que la de animales salvajes (100 000 000 de toneladas métricas sobre 7 000 000).

Esto ha hecho que los grandes carroñeros cada vez dependan más del consumo de cadáveres de animales domesticados. Un ejemplo de esto son los “restaurantes para buitres” o estaciones de alimentación suplementaria, medida que consiste en abastecer con grandes cantidades de ganado a estas aves rapaces. La medida, muy extensa y exitosa en Europa y también implementada en México para la conservación del cóndor de california, aunque eficiente, crea cierta dependencia que no es favorable para los animales salvajes. La restauración de grandes herbívoros es crucial si se quiere restablecer las poblaciones de animales carroñeros y depredadores.

La muerte no es el fin cuando se entiende que los animales podrán sostener sus poblaciones. Tampoco lo es cuando nos consta que los nutrimentos que contienen los organismos vivos serán reciclados y reincorporados al ambiente. Sin embargo, la disminución en la abundancia de animales salvajes a favor de intereses particulares ha llevado a muchos grupos de organismos al límite, a un punto definitivo en el que su desaparición implica el fin de todo un linaje evolutivo.

 

Mauricio Gómez Martínez
Estudiante de Biología de la Facultad de Ciencias de la UNAM

 

Bibliografía

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Publicado en: Elementos