Una iguana puede detectar el peligro en medio de una selva densa, su excelente visión le permite ver sombras a grandes distancias. Una boa acecha entre la vegetación, la iguana ya había advertido la amenaza y se mueve ágilmente entre las sombras, deslizándose como si leyera cada pliegue de la selva; la lluvia había comenzado, el aguacero inundó algunas partes de la selva, la iguana se zambulle en un riachuelo escondiéndose mientras la corriente la arrastra.
El agua se precipita en una enorme cascada y la iguana —como corcho— es arrastrada por la pendiente; entonces cae desde una considerable altura de unos 15 metros. La iguana resiste y persiste, son excelentes nadadoras, pueden durar bajo el agua hasta 15 minutos. Ahora está al otro lado de la selva. Se dispone a buscar alimento, come algunas hojas; los nutrientes procedentes de ellas son transportados por la sangre de la iguana, lo que le da fuerzas para continuar su camino. Trepa un árbol de considerable altura, sus fuertes garras y su larga cola le permiten ser una ventajosa escaladora, y allí reposa por un largo tiempo.
Aunque parezca un episodio sencillo, la escena de la iguana no se explica desde el azar ni desde la simpleza. La idea de que todo ser vivo es un sistema cognitivo —una red viva que se percibe a sí misma y a su entorno— tiene una genealogía precisa. Fue desarrollada por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela en la segunda mitad del siglo XX, como una crítica al reduccionismo mecanicista de la biología molecular y un giro epistemológico hacia la complejidad. Esta teoría, conocida como “autopoiesis”, sostiene que la vida no es una sustancia pensante-extensa, sino “una organización que se genera y mantiene a sí misma mediante una red de procesos interconectados”.
Maturana y Varela rompieron con el dualismo cartesiano al plantear que todo sistema vivo —desde una bacteria hasta un ser humano— es un proceso cognitivo en sí mismo, en constante interacción con su entorno, a través de experiencias que acontecen, un “acoplamiento estructural” que permite el aprendizaje y la transformación sin perder identidad. Esta mirada se distancia tanto del darwinismo clásico, como del neodarwinismo centrado en el gen: no explica la vida como una competencia por la supervivencia, sino como una red de relaciones activas que organizan el ser desde adentro. En esta clave, la evolución no es únicamente selección natural, sino también construcción activa del entorno por parte de los organismos.
Una línea paralela, pero complementaria, es la que propone Lynn Margulis con su teoría de la endosimbiosis. Para ella, el origen de la complejidad celular no proviene de mutaciones aleatorias, sino de alianzas entre organismos distintos: bacterias que se fusionaron para dar paso a células eucariotas, con mitocondrias y cloroplastos. Margulis reintrodujo el concepto de simbiogénesis como motor evolutivo, desafiando las versiones lineales y genocéntricas de la evolución. Así, tanto la autopoiesis como la simbiosis nos invitan a pensar que la vida no es producto del azar ni del control, sino de las relaciones creativas que brotan entre lo diverso, entre lo vivo que se reconoce mutuamente y se transforma al vincularse.

Las células y plantas que saben
Según Maturana y Varela, las interacciones de un organismo vivo con su entorno son interacciones cognitivas. Por cognición (del latín cognosceré, “conocer”) se entiende como la facultad de los seres vivos de procesar información a través de la percepción y del conocimiento adquirido.
¿Cómo pueden tener percepción y conocimiento las células y las plantas? La célula, el organismo vivo más simple, está delimitada por una membrana que la separa del entorno. Ese perímetro de la célula no permanece siempre cerrado: se abre y se cierra constantemente, para dejar entrar algunas sustancias, e impedir el paso de otras, manteniendo equilibrios delicados. Decide qué incorporar y qué rechazar, como si percibiera con exactitud lo que hay fuera de su perímetro. Regula, selecciona, responde. Equilibrando una red de reacciones químicas —su metabolismo— sosteniéndose en vida.
Así, una célula vive y se relaciona. Las plantas parecen saber qué hormigas buscan robar su néctar: se cierran cuando las sienten cerca y sólo se abren cuando el rocío cubre sus tallos, impidiendo que escalen. Sus raíces se alargan hacia el interior de la tierra, como si supieran adónde ir, sus capullos, vástagos, hojas y flores están en movimiento; sus tallos y ramitas tantean el entorno y alargan sus brazos para palpar alrededor. Las raicillas perforan la tierra, aferrándose a ella, probando su sabor mientras siguen avanzando. En los extremos de las raíces, pequeños orgánulos cargados de almidón —conocidos como estatolitos— se desplazan por efecto de la gravedad, señalando a la planta la dirección hacia donde debe crecer. Al percibir la sequedad del suelo, las raíces se orientan hacia zonas más húmedas, alargando sus filamentos con tal fuerza vital que pueden perforar las rocas o el cemento.
Autopoiesis: una red que se regenera a sí misma
Según esta teoría, la cognición está relacionada con la autopoiesis —proceso de autogénesis de las redes vivas—. Esto significa que la cognición experimenta continuos cambios estructurales, al mismo tiempo que conserva su patrón de organización en red. Los componentes de la red se producen y transforman unos a otros de dos formas distintas.
La primera clase de cambios estructurales consiste en la autorrenovación. Todo organismo vivo se renueva a sí mismo mientras mantiene su identidad o patrón de organización; los cangrejos que mudan su caparazón, o las arañas que se desprenden de su exoesqueleto al crecer. En los mamíferos, aunque el cambio no sea tan visible, ocurre igual: mis movimientos de las manos al teclear estas letras, cada que respiro, cada movimiento, cada que hablo en voz alta; mi boca, mi lengua, mis labios que hablan cambian continuamente sus células sin que yo me dé cuenta. Cada hora del día, millones de células mueren, y son reemplazadas en mi cuerpo. A pesar de este cambio incesante, mantengo mi identidad —o patrón de organización— es decir, sigo siendo yo, como el río es el mismo, aunque agua nueva corre en su cauce.
La segunda clase de cambios estructurales en un sistema vivo la constituye aquéllas alteraciones que crean nuevas estructuras, nuevas conexiones en la red autopoiésica. El sistema vivo se acopla al entorno estructurándose. La evolución por selección natural constituye la explicación generalmente aceptada de esta condición: la adaptación. Esta adaptación ocurre a lo largo de la historia de una especie, de generación en generación, lo que puede tomar cientos o miles de años y, cuando se consolida, queda codificada en su material genético, aunque pueda modificarse nuevamente bajo otras presiones evolutivas.
Cada organismo vivo se topa con factores que limitan o restringen su crecimiento, como la temperatura, el agua, las lluvias, el tipo de suelo, la disponibilidad de luz, la salinidad, todos los factores abióticos, y también los factores bióticos, como la depredación, los parásitos, la enfermedad o la competencia por el alimento. El organismo puede cambiar, pero regresa a su estado original; un coyote que migra de un valle hasta los declives altos de una gran montaña, en busca de agua o comida, presenta un ritmo de respiración que se empieza a incrementar para adquirir el oxígeno adecuado debido a la altura —un factor abiótico implicado—. Sin embargo, después de un tiempo, dicho ritmo de la respiración disminuye hacia los valores que tenía originalmente.
Cuando una característica, surgida en la interacción con el entorno, se hereda de generación en generación y se sostiene sobre una base genética, podemos hablar de adaptación. El organismo es un registro de los cambios estructurales originarios y, por lo tanto, de la historia de su linaje. A través de la historia de la iguana podemos ver cosas: excelente visión, grandes nadadoras, garras afiladas y larga cola. Toda característica tomó generaciones en surgir, a través de repetidos obstáculos y acontecimientos. Los cambios estructurales en respuesta al entorno y el resultante proceso de adaptación, aprendizaje y desarrollo constantes, constituyen características clave del comportamiento de todo ser vivo.
Desde la postura de Maturana y Varela, el entorno no hace más que propiciar los cambios estructurales, no los especifica ni los dirige. El organismo es quien responde estructuralmente qué perturbaciones del entorno van a desencadenar esos cambios y de qué modo se reorganiza en términos estructurales. Cada respuesta es una expresión de su historia. Con esto tenemos que el organismo resuelve desde su propia estructura aquello que delimita el alcance de su cognición. Esto lo señalan Maturana y Varela: “Nunca es posible dirigir un sistema vivo, sino tan sólo perturbarlo”. Es decir, ningún sistema vivo puede ser completamente dirigido, ni siquiera por la mano humana. Sólo puede ser perturbado, y su respuesta emerge desde su propia estructura e historia
Simbiosis: forma de cognición compartida
Pero ningún ser vivo vive solo. Incluso los sistemas que se autoproducen lo hacen en un mundo de otros. Aquí es donde entra la mirada de Lynn Margulis: si la autopoiesis explica cómo se sostiene un organismo, la simbiosis revela cómo emerge lo nuevo entre los organismos. La vida no se limita a conservar patrones, también los mezcla. Las células eucariotas nacieron cuando distintas bacterias se reconocieron, se alojaron mutuamente, y “decidieron” no devorarse. Ésa fue una forma profunda de cognición: percibir al otro no como amenaza, sino como posibilidad.
Bajo el suelo, donde casi nunca miramos, ocurre una de las alianzas más antiguas de la vida: la simbiosis entre plantas y hongos. Allí, las raíces de la mayoría de las plantas se enlazan con hifas fúngicas en estructuras conocidas como micorrizas. A través de esta red viva, el hongo extiende el alcance de la raíz, permitiéndole absorber más agua y minerales —como fósforo o nitrógeno— que no podría alcanzar por sí sola. A cambio, la planta le entrega al hongo azúcares producidos por fotosíntesis.
Pero esta alianza no es sólo un intercambio químico. Es una forma de percepción compartida del entorno. Si una raíz detecta sequía o ataque, esa señal viaja por la red micorrízica y puede modificar el comportamiento de otras plantas conectadas: cerrarse, retrasar la floración, activar defensas. Algunas investigaciones llaman a esto la wood wide web, una red fúngica que permite a los bosques “comunicarse”, aprender, coordinarse.
Desde esta perspectiva, las micorrizas son también una forma de cognición simbiótica: no es la planta ni el hongo quien conoce, sino la relación. La vida aquí no es una suma de individuos, sino una inteligencia compartida que se teje en la cooperación.
Autopoiesis y simbiosis en clave no-dual
Autopoiesis y simbiosis no se oponen: se entrelazan. Un ser vivo se conserva porque se transforma con otros. La cognición no es sólo interioridad organizada, también es apertura simbiótica. La red no se sostiene desde el yo, sino desde los vínculos.
Esta mirada no es decorativa. Es política, estructural y urgente. Porque si la vida surge del vínculo —y no de la competencia— entonces las narrativas que sostienen el extractivismo, el control genético y la idea de “recursos naturales” no sólo están equivocadas: son falsas de manera biológica.
Las mitocondrias, esas pequeñas centrales energéticas de nuestras células, no nacieron dentro de nosotras. Fueron bacterias libres que entraron en alianza. No fueron tragadas. No fueron conquistadas, se quedaron. Y desde entonces respiramos. Aceptar que somos producto de una simbiosis antigua es asumir que ninguna forma de vida es autosuficiente. Que toda autonomía real nace de una interdependencia bien tejida. Que la inteligencia de la vida no está en dominar el entorno, sino en saber habitarlo sin quebrarlo.
Hoy, en un mundo que amenaza con colapsar desde dentro, estas ideas no son poesía especulativa. Son ciencia, sí, pero también son insumisión epistemológica. Un contraataque al dogma de la separación. Un recordatorio biológico de que vivir es vincularse, y desvincular es morir.
Esta perspectiva no sólo reconfigura la teoría sintética de la evolución: desestabiliza el modo mismo en que la ciencia moderna ha entendido la vida. Porque si aceptamos que somos red —que la vida no se origina en la competencia sino en la cooperación, que no somos entes aislados sino sistemas entrelazados— entonces no estamos ante una metáfora bonita, sino ante una fractura epistemológica profunda.
Aceptar que la vida emerge del vínculo y no del conflicto implica derribar los pilares que han sostenido buena parte de la biología, la economía, la política ambiental, incluso la educación científica. Si los organismos no son individuos autónomos que luchan por sobrevivir, sino redes relacionales que coevolucionan, entonces el modelo que separa al ser humano de su entorno, que convierte al mar en infraestructura, a las ballenas en datos, y a la energía en mercancía, ya no se sostiene. Se cae no sólo éticamente, se derrumba de forma epistemológica.
Aceptar que la vida es red —y no una suma de partes aisladas— nos obliga a abandonar ciertas ficciones: que la ballena está separada del océano, que el litoral es un borde sin vínculo, que la duna termina donde comienza la playa. Nada de eso es cierto en términos biológicos. Son cortes impuestos por mapas, por mercados, por marcos jurídicos que no comprenden la interdependencia ecológica. En la vida real, el océano es parte del cuerpo de una ballena. Una playa sin duna se derrumba. Y un ecosistema no puede ser fragmentado sin ser destruido.
Nysaí Moreno
Con formación en biología, es escritora, ensayista y autodidacta.