El extremófilo ocasional
Definir la vida —o qué es un organismo— es dificilísimo. Pero existe suficiente consenso sobre ciertas propiedades que comparten todo lo que designamos como vivo. Una de ellas es que son sistemas abiertos, termodinámicamente desequilibrados que necesitan energía del medio; en palabras llanas: lo que no se alimenta se muere. Es por ello que la diversidad de la vida en la Tierra ha proliferado en lugares donde el ambiente es propicio y el alimento asequible, por lo que la cadena trófica es más estable.
Pero la evolución no deja de sorprendernos. Existen organismos adaptados para habitar en lugares aparentemente hostiles en los que muchas otras especies no podrían ni siquiera sobrevivir. La mayoría de ellos son microorganismos capaces de resistir condiciones de temperatura, presión, acidez o salinidad extremas. Por ello se les conoce como extremófilos. Sin embargo, existe una especie que no es microscópica y que, ocasionalmente, ha logrado sobrevivir en ambientes en los que “naturalmente” moriría ipso facto. Es un organismo cosmopolita único en la historia de la vida.
Empero, el simple hecho de poder atravesar y vivir en distintos climas alrededor del orbe (por muy inhóspitos que se sean) no le merecería el título de extremófilo ocasional. Pues comparado con las condiciones extremas o escasez de nutrientes que toleran ciertos microorganismos es poca cosa. Más bien, se debe a que este esporádico amante de condiciones extremas y viajero empedernido, entre muchas otras cosas, ha podido resistir condiciones de baja y alta presión; incluso también ha podido resistir la radiación cósmica.
Este singular organismo, protagonista de innumerables hazañas, cuenta con dos extremidades superiores finamente articuladas que le confieren asombrosas cualidades que le han permitido hacer lo que ninguna otra especie. Cuenta con el sistema nervioso más complejo conocido con el que ha logrado tener un gran dominio de la naturaleza; aunque actualmente, con suerte, tarda aproximadamente unas ocho horas diarias (cinco días a la semana) para procurar sus alimentos. Es un animal gregario pero agresivo y territorial que, cuando logra organizarse con sus congéneres, puede hacer cosas loables como la democracia participativa. Perdió el pelaje que cubría la piel de sus ancestros y camina a dos patas por todo el planeta; aunque, también viaja en dos, cuatro o más ruedas y vuela y explora los océanos.
Este extremófilo ocasional —el ser humano— ha podido lograr las más espectaculares hazañas en apenas 10 000 años, incluyendo asombrosos y titánicos viajes. Uno de ellos, aunque quizá no tan extremo, fue la circunnavegación, hace unos quinientos años, que le permitió conectar dos mundos previamente aislados, conquistar nuevas tierras y expandirse por todo el planeta. Unos trescientos años más tarde, comenzó a desarrollar la tecnología que le permitiría no sólo atravesar ríos y mares, sino sumergirse profundamente en ellos. Cien años después había logrado ya la asombrosa hazaña de comenzar a viajar por los cielos, cumpliendo uno de los más añorados sueños del inventor y genio renacentista Leonardo Da Vinci.
Pero son dos las cosas que, a mi parecer, le otorgan el título de extremófilo (aunque sea ocasional). La primera —que es quizá uno de los logros más grandes como especie— fue convertirse en navegante cósmico. En un viaje tripulado por las ideas de Newton, venció la gravedad en nuestro planeta y no sólo tocó el cielo, sino que lo atravesó hasta llegar al Espacio. Ahí, equipado con alta tecnología, pudo sobreponerse, paradójicamente, a la aparente tranquilidad y a la vez hostilidad de este ambiente. Pudo tolerar la falta de oxígeno, bajas presiones, frío y radiación cósmica con la ayuda de su ingenio y artefactos.
La otra gran hazaña, curiosamente más cercana pero menos satisfactoria, es la exploración del océano. Se dice que se ha explorado más en el Espacio —cuyo inmenso tamaño ni siquiera podemos saber con precisión— que en el océano profundo. En términos de extensión, hemos llegado más lejos fuera de nuestro propio planeta por la impenetrable dureza que lo constituye o por las altas presiones del océano profundo.
La tecnología submarina ha avanzado muchísimo desde los primeros intentos a principios del siglo XVII. El principal reto ha sido encontrar materiales suficientemente resistentes (que soporten las altas presiones del agua) y, a la vez, ligeros que logren retornos exitosos a la superficie. También se han requerido sistemas de oxigenación eficientes que permitan la estancia de sus pulmonados tripulantes (aunque actualmente muchos son dirigidos remotamente). La tecnología subacuática se ha servido de la industria metalúrgica para obtener mejores aleaciones para resistir la corrosión y presión del agua y conseguir sus fines. Tampoco es ningún secreto que estos ingenios se han desarrollado enormemente debido a su aplicación bélica.

Titánicas pero catastróficas hazañas
Desde el pasado 18 de junio, la prensa internacional y nacional, de forma paulatina y sensacionalista, cubrió la noticia del extravío de un novedoso minisubmarino de la compañía privada OceanGate. La loable pero criticada hazaña emprendida por el ingeniero y empresario estadunidense Stockton Rush quizá hubiese pasado desapercibida de no ser por su funesto desenlace. Desde el primer día esta noticia contaba con los ingredientes para acaparar las primeras planas.
Era difícil que pasara de largo la noticia cuando los titulares evocaban la nostalgia de la tragedia más romantizada en la cultura popular: el Titanic, la grandiosa hazaña transatlántica que terminó en catástrofe. Esta tragedia ha sido relatada en decenas de libros, películas y documentales, y fue inmortalizada en 1997 por la aclamada y multipremiada película homónima del director canadiense, ingeniero y explorador marino James Cameron. Desde que en 1985 se encontró el pecio del Titanic —es decir, sus restos hundidos—, se han realizado múltiples exploraciones. El mismo James Cameron ha descendido con sumergibles a las profundidades unas treinta y tres veces para ver los restos que se encuentran a casi 4000 metros de profundidad. Cameron además fue el primero en llegar al área más profunda de los océanos: el abismo Challenger, en el extremo sur de la fosa de las Marianas, a casi 11 000 metros de profunidad. Estas exitosas inmersiones contrastan, para bien y para mal, con la del sumergible de la empresa OceanGate que llevaba el nombre de Titán por sus materiales y en honor al legendario transatlántico.
El Titán, un batiscafo único en su tipo, era capaz de transportar hasta cinco personas y sumergirse a una profundidad máxima de 4000 metros. Era el primer sumergible comercial tripulado con un casco construido con materiales compuestos de titanio y fibra de carbono. Este último material es común en la ingeniería espacial y aeronáutica, pero es considerado experimental y peligroso en tecnología submarina debido a las altas presiones. Sin embargo, no fue sólo la arriesgada innovación con estos materiales lo que hizo que el Titán llamara la atención de comunes y expertos. El otro factor que alimentó a la prensa sensacionalista y el morbo de la audiencia fue que las expediciones del Titán fueron las primeras en ser de carácter turístico a ese destino: cualquier civil podría vivir la experiencia de ver los legendarios restos del Titanic sin ser ningún experto, sólo eran necesarios unos dinerillos extras (250 00 dólares).
Después de ochenta horas de búsqueda y un gran despliegue de recursos humanos y económicos, se concluyó que Stockton Rush, fundador de OceanGate y capitán de la expedición, y cuatro pasajeros más habían fallecido en lo que aparentemente fue una catastrófica implosión. Se trataba de Suleman de diecinueve años y su padre Shahzada Dawood, un empresario y ciudadano británico de origen pakistaní, quien era fideicomisario del Instituto SETI (la famosa organización de investigación sin fines de lucro sobre la vida y la inteligencia en el universo); Paul-Henri Nargeolet, un explorador francés que dedicó su vida a estudiar el Titanic y llegó a estar treinta y siete veces en el naufragio, y Hamish Harding, empresario, piloto y explorador británico que residía en los Emiratos Árabes Unidos.
¿Temeraria inversión o visionaria expedición?
Sin contar las deleznables e insensibles burlas de internautas, las críticas por el extravío y trágico desenlace del Titan fueron muchas y variadas. Las más fundadas versaban, en primer lugar, sobre lo arriesgado de utilizar materiales experimentales en el casco del sumergible y, en segundo, sobre las múltiples advertencias y la falta de certificación. James Cameron se pronunció al respecto; dijo que la tragedia se trató de un fallo de la ingeniería y la normativa y que se debe prestar atención a las advertencias. No dejó de recordar la irónica coincidencia con el capitán del Titanic, quien era muy experimentado y respetado, pero no hizo caso de las advertencias y se dirigió a toda velocidad hacia un campo de hielo en una noche sin luna. Cameron también dijo que el incidente de Titán es un caso atípico y no que refleja la cuidadosa consideración que los científicos incorporan a sus esfuerzos de investigación.
Otras críticas se centraron en los recursos invertidos en la búsqueda por parte de gobiernos (liderados por Canadá, Estados Unidos y Francia) para encontrar a los pasajeros del Titan, así como la atención mediática que se le dio al naufragio. En contraste, cuatro días antes un barco con unos setecientos inmigrantes a bordo se hundió cerca de la costa de Grecia sin que hubiera la intervención de la Guardia Costera de ese país y cuya cobertura fue mucho menor.
Pero sin duda las mayores críticas se centraron en los pasajeros, principalmente en el capitán del Titan, para muchos el villano de la historia. Donde muchos vieron ociosos y timados millonarios que despilfarraron dinero por una muerte anunciada otros simplemente vimos adultos con libertad personal y financiera, con gustos y anhelos, advertidos y conscientes de los riesgos implicados y que, lamentablemente, perdieron la vida en una atrevida y asombrosa hazaña. Muchas personas, millonarias o no, gastan en cosas que son abismalmente más criticables donde no sólo se ponen en riesgo a ellos mismos, sino que lastiman a terceros. En esos casos pocas veces vemos críticas y burlas con tanta saña y vehemencia; sin duda, puede ser reflejo del hastío de la gente por las grandes desigualdades en el mundo, pero a mi parecer no justifica la nula empatía por las pérdidas humanas.
Donde muchos vieron a un negligente y avaro empresario, otros vimos un aventurero, emprendedor y visionario que, dispuesto a tomar riesgos, dio el primer paso para democratizar la exploración marina a grandes profundidades, ampliando más que los horizontes de la humanidad, similar a los intentos de Elon Musk de colonizar Marte llevando civiles al Espacio con su empresa SpaceX. Tildar de criminal al capitán de la expedición del Titan me parece ridículo debido a que él mismo iba a bordo, lo que lo convertiría también en un suicida. Como bien señala el profesor de Derecho Richard Daynard, OceanGate fue sincero con los riesgos y Stockton Rush tan sabía lo que estaba haciendo que él mismo estaba dispuesto a entrar al sumergible. Y así lo hizo.
Todo aventura, en menor o mayor medida, conlleva un riesgo. Como bien dicen, el mayor riesgo es no arriesgarse. Podemos procurar que la probabilidad de sufrir un accidente sea bajísima, pero nunca es cero. Si nuestros ancestros no hubiesen tomado riesgos, jamás habríamos logrado como especie convertirnos en un extremófilo ocasional y lograr titánicas hazañas. Como el mismo Stockton Rush llegó a decir: “Si sólo quieres estar seguro, no te levantes de la cama, no te subas a tu auto, no hagas nada. En algún momento, vas a correr algún riesgo, y realmente es una cuestión de riesgo-recompensa”. Para mí, conocer y explorar el planeta y el universo es suficiente recompensa para la humanidad que, en su afán de sobrevivir y conocer, pasó de ser un transeúnte de la sabana africana a intentar colonizar otros planetas.
Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia
Lalo: Los avances tecnológicos han sorprendido a toda la humanidad, así como sus inventores o creadores, en el siglo pasado vimos 2 guerras 2 mundiales, la de Korea, la de Vietnam, la del Golfo Pérsico, la de Afganistan, etc., etc., etc.-, no sin antes haber pasado por la era atómica, la guerra fria, la era espacial hasta llegar a la cibernética: Cuánto más avanzara la ciencia y tecnología, no lo sabemos, lo que si sabemos es que estos avances del siglo XXI, también caen en manos criminales y los explotan de maravilla, no hay una legislación internacional al respecto, en fin, bienvenida la tecnología, aunque me. recuerda este verso: «Llegaron los sarracenos y nos tundieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos». ¿Deberas seremos más los buenos que los malos o el verso es cierto?. Un abrazo. Vale.