Las islas: paraísos de creatividad y creación

Ilustración: Ros

Las islas siempre han cautivado a curiosos y pensadores. Charles Darwin y Alfred Russel Wallace encontraron en ellas parte de la inspiración para su teoría de la evolución por selección natural, y el escritor Daniel Defoe escribió su más grande novela de aventuras, Robinson Crusoe, describiendo las peripecias de un náufrago solitario en una isla desierta.

Hay algo en los espacios aislados que despierta una curiosidad inmensa, pareciera que en ellos se esconden secretos únicos y maravillosos. La sorpresa es que, en términos biológicos, esta afirmación es verdadera. Las islas son hábitats extremadamente interesantes, pues albergan plantas, hongos y animales que no se encuentran en ningún otro sitio del mundo, favorecen la aparición de atributos novedosos y son laboratorios vivos para estudiar la evolución de las especies.

En este texto exploraremos algunos ejemplos que nos harán ver a las islas del mundo como pequeños cofres que resguardan algunas de las joyas más valiosas de la biodiversidad.

Lienzos en blanco

Nuestra corta existencia humana es un obstáculo para pensar en tiempos evolutivos. Sabemos que algunas montañas comenzaron siendo pequeñas formaciones rocosas o que hubo un momento en el que Sudamérica estaba conectada a África como piezas de un rompecabezas, pero visualizar cómo todo cambió es imposible. Contrario a las grandes masas continentales, la mayoría de las islas son jóvenes en tiempos geológicos. Algunas de ellas, por ejemplo, emergieron del mar hace poco debido a erupciones volcánicas y quedaron en la superficie como lienzos en blanco con espacio para ser habitadas por diversos seres vivos. Esta característica las vuelve esenciales para entender procesos de migración y evolución biológica.

Cuando una especie coloniza un nuevo espacio existe la posibilidad de que desarrolle atributos novedosos que le faciliten habitar en esta locación tan distinta y única. Quizás el ejemplo más famoso es el de los pinzones de Darwin; con la diversidad de formas de sus picos tuvieron la capacidad de alimentarse de una gran variedad de recursos. Un pico más ancho los hace capaces de romper y consumir semillas, mientras que con un pico más delgado es más fácil acceder al néctar de las flores. Cada característica morfológica abre la puerta a una gran suma de posibilidades. Gracias a la evolución biológica, aquellos lienzos blancos se cubren con verdaderas obras de arte provenientes de la naturaleza.

Cunas de nuevas especies

En evolución existe el curioso término de radiación adaptativa, el cual postula que hay ocasiones donde el surgimiento de nuevas especies es rápido (en tiempo evolutivo) y localizado. ¿Qué más localizado que una isla o un conjunto de ellas? Hay ocasiones donde la especiación es tan grande que en un sólo archipiélago hay cientos de especies nuevas, como es el caso de la rápida especiación de las moscas de la fruta (familia Drosophilidae) en Hawái o la evolución de más de 150 especies de lagartos del género Anolis en las islas del Caribe.

Las islas tienen características ambientales muy distintas a los territorios continentales. Su exposición a fuertes vientos, la conectividad restringida que disminuye la migración de sus poblaciones o las mareas que las rodean son algunos de los factores que favorecen el nacimiento de nuevas especies. Por eso, una vez que un grupo de individuos tiene la fortuna de llegar a estos territorios inexplorados, es momento de poner en acción la creatividad y evolucionar en la búsqueda de la supervivencia.

Pero eso no es todo, las islas no sólo promueven la aparición de nuevos grupos biológicos o taxones, sino también su desaparición. Se ha reportado que alrededor del 60 % de las extinciones documentadas en los últimos quinientos años ha sido de especies endémicas a las islas. Uno de los casos más sonados es el del pájaro dodo, que se distribuía en la Isla Mauricio y desapareció debido a la acción humana, apenas un siglo después de que ese territorio fuera poblado. De entre todo el universo de nuevas especies, parece que un gran porcentaje no sobreviven en la carrera evolutiva y, por ello, quizás sea apropiada la frase “la práctica hace al maestro”.

Estuches de monerías

Si bien los seres vivos se desplazan de alguna u otra manera, todas las especies tienen un área de distribución más o menos definida. No esperaríamos ver un oso polar en el desierto del Sahara o a un elefante alimentándose de los árboles de la Selva Lacandona. Hay plantas y animales que están casi en todo el mundo, pero hay especies que crecen solamente en lugares muy específicos. Además, si estos espacios están rodeados de agua es más fácil entender por qué en las islas se encuentran plantas y animales únicos.

Las islas cubren solamente el 3.5 % de la superficie mundial, pero de forma increíble albergan entre el 15 y el 20 % de las especies terrestres. La Isla de Guadalupe en Baja California, México, es un claro ejemplo de ello. En ese espacio, de apenas 250 kilómetros cuadrados, habitan 35 especies de plantas que no se encuentran en ninguna otra parte del globo.

Esta alta diversidad y rareza de las especies isleñas es fascinante y preocupante a la vez, pues al ser únicas corren un mayor peligro de extinguirse si su hábitat es modificado o destruido. Cuatro de las 35 plantas endémicas de la Isla Guadalupe están reportadas como probablemente extintas. Al ser espacios aislados y bien delimitados puede ser más sencillo evaluar las poblaciones de seres vivos que habitan las islas, por eso es más alarmante cuando se presentan datos tan drásticos como éste.

Cofres del tesoro

Al igual que en las historias fantásticas, un lugar que resguarda un gran tesoro es a menudo más vulnerable a ataques y destrucción. Es triste pero con las islas pasa algo parecido. Al ser espacios aislados son más sensibles a modificaciones ambientales, como, por ejemplo, las que se viven a consecuencia del cambio climático. Imaginemos una isla pequeña que no tiene grandes elevaciones, si el nivel del mar aumenta las costas sufrirán fuertes daños y el hábitat de las especies se reducirá. Esto también afecta a las poblaciones humanas que viven en las islas, pues sus fuentes de ingresos, como el turismo o la pesca, pueden verse comprometidas.

Otros fenómenos como la introducción de especies exóticas, es decir que no forman parte del ecosistema original, son riesgos latentes que enfrentan las islas. También en la Isla Guadalupe se ha reportado que la introducción de cabras ha sido clave en la disminución de poblaciones de plantas nativas. Otras plantas pueden desplazar a las especies originales y comprometer su existencia, pues al ser un espacio definido no pueden migrar y terminan por extinguirse.

Otros tipos de islas

Aunque hasta ahora hemos hablado de las islas como áreas de tierra rodeadas de agua de mar, también hay otros espacios que proveen de condiciones similares para la distribución y evolución de los taxones. Los lagos y las cavernas son algunos de los ejemplos. En ellos también habitan especies únicas que no podrían sobrevivir fuera de ellos. Incluso existe el término “isla en el cielo”, para definir las partes más altas de las montañas. La cima de una cordillera vista desde arriba nos daría una imagen muy similar a la de un archipiélago y los riesgos que afrontan estos tipos de islas tampoco son muy diferentes.

La elevación de la temperatura global no sólo aumenta el nivel del mar, si no que hace que las zonas altas de las montañas sean cada vez menos frías. Se ha estudiado la migración paulatina de taxones de plantas que van cambiando su distribución cada vez más hacía arriba, pero llegará el momento donde la montaña terminará y las especies se enfrentarán a una pronta adopción de las nuevas condiciones o terminarán también por desaparecer.

Más allá de la ubicación o las características de las islas, en ellas habitan seres vivos que enfrentan retos únicos, así como los que libró el náufrago Robinson Crusoe en aquella famosa historia fantástica. Ahí la biodiversidad se ve forzada a cambiar en la búsqueda de sobrevivencia, innovando como nunca antes y propiciando fenómenos que nos asombran. Cada isla del mundo fue y sigue siendo un espacio de creación y desarrollo, donde las ideas no son descartadas a la ligera, sino que se aplican y ponen a prueba. Tal vez deberíamos tomar en cuenta esas lecciones en nuestra cotidianidad.

María Guadalupe Chávez Hernández

Bióloga por la UNAM y maestra en taxonomía, diversidad y conservación de plantas y hongos por la Queen Mary University of London y Royal Botanic Gardens Kew. Investigadora en botánica y entusiasta de la comunicación pública de la ciencia.

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Publicado en: Elementos