Los científicos, de cocineros a inspectores de calidad

Solemos pensar a la ciencia como distinta, o incluso contraria, al arte o al pensamiento creativo y espontáneo. Es cierto que algo que la caracteriza es su rigor y pretensión de exactitud bajo ciertas directrices, en oposición a las artes, que en apariencia se antojan sin reglas y libres en su ejecución. No obstante, cualquier arte requiere pautas y habilidades para producir ciertas experiencias estéticas.

También se llega a creer que los científicos se apegan a un método casi como un cocinero sigue una receta para elaborar platillos y que para producir datos es suficiente con repetir una serie de pasos. Bastaría con elegir una pregunta del recetario científico, y ¡manos a la obra! Tomamos un trozo de frescas observaciones y sazonamos al gusto con abundantes estudios previos; lo colocamos en un recipiente teórico de hipótesis; mezclamos suavemente al calor de experimentos, y ¡voilà!: obtenemos un fino plato de exquisitos datos sabor a ley científica.

Pues ni el conocimiento científico se hace así ni tampoco para hacer determinados platos es suficiente con seguir el recetario. Tanto la buena cocina como la ciencia necesitan de otras cosas. Cualquiera que haya cocinado sabrá que para crear un rico alimento no basta con una receta: hace falta cierta pericia. Es más, para crear un extraordinario platillo se necesitan conocimientos que se sumen a cierta capacidad inventiva de un cocinero. Lo mismo pasa con la ciencia que utiliza un método, pero a veces no es suficiente.

Incluso en la ciencia, al igual que en historia de la gastronomía, en ocasiones ni siquiera el poder inventivo es el gran victorioso. También la casualidad o la “suerte” pueden ser las protagonistas que ofuscan a la creatividad. Del mismo modo que por accidente se crearon las papas fritas o el queso, en la ciencia abundan historias donde, más que el ingenio o el método escrupuloso, hubo factores azarosos que intervinieron en un descubrimiento o invento.

Ilustración: Adriana Quezada

Platillos sorpresa, la serendipia

Entonces, ¿se puede obtener conocimiento científico como aquel que por casualidad inventó un platillo? Tanto así, parece que no. Es claro que hay inventos o descubrimientos que se produjeron por eventos afortunados. Sin embargo, la mayoría de ellos se dieron por lo que se conoce en la historia de la ciencia como serendipia. El cual sí es un descubrimiento accidental, pero durante el proceso de búsqueda de otra cosa y con conocimientos previos, como la invención de las hojuelas de maíz o las galletas de chispas de chocolate.

El término serendipia —que deriva del inglés serendipity, nombre del lugar que actualmente es Sri Lanka— fue acuñado por un escritor británico del siglo XVIII en una carta para su amigo. En ella narraba las fábulas orientales de tres príncipes que hacían asombrosos descubrimientos de cosas que no buscaban. De ahí se dice que, cuando un científico se pone la meta de responder una pregunta, pero en el camino logra resolver una cuestión distinta o de forma diferente a la prevista, se trata de un descubrimiento por serendipia.

Uno de los más populares hallazgos accidentales en ciencia fue el de la penicilina. De forma un tanto fortuita, el microbiólogo británico Alexander Fleming pudo observar un efecto inhibitorio al analizar un cultivo de bacterias contaminadas con un hongo. Ello permitió la síntesis de uno de los fármacos más importantes. También está el ejemplo del famoso químico sueco Albert Hofmann quien, al estudiar un hongo huésped del centeno, descubrió de manera involuntaria los efectos psicodélicos del LSD: después de estar expuesto a una microdosis en su laboratorio, experimentó raras sensaciones y percepciones al regresar a su casa en bicicleta.

De otros tantos, más que un accidente, fueron literalmente los sueños los que propiciaron sus descubrimientos. Está el caso del gran químico alemán August Kekulé quien pudo visualizar en una ensoñación la codiciada estructura del benceno, que se le presentó como una serpiente que agarra su propia cola, similar al mítico uróboro. O el fisiólogo alemán Otto Loewi quien, después de olvidar un primer sueño, volvió a soñar los experimentos que le pudieron ayudar a demostrar cómo se transmiten los impulsos nerviosos por vía de sustancias químicas.

Tips culinarios, la heurística

Pero sin duda, de los muchos que existen, el más icónico descubrimiento por serendipia fue el del gran físico y matemático griego Arquímedes quien, después de extenuantes intentos y a la voz de ¡Eureka!, dio con el principio de empuje hidrostático al tomar un relajante baño. Tan emblemático es este evento que la curiosa palabra que con emoción profirió dio origen al término utilizado para aquellas pautas o estrategias, distintas al propio método, que propician el conocimiento científico: la heurística.

Como vemos, en la investigación científica no se trata sólo de manejar los ingredientes del problema e intentar solucionarlo con recetas infalibles. No se limita, pues, a procesos algorítmicos (es decir, seguir instrucciones y pasos). Existen otros elementos. Pero, tampoco podemos dejar todo en manos de sucesos afortunados como la serendipia. Como bien nos advirtió el físico y gran filósofo de la ciencia Mario Bunge, no debemos exagerar su importancia, ya que probablemente un investigador que no esté preparado no podrá percatarse de un descubrimiento extraordinario. Para no dejarlo todo a la suerte, nos dio algunos consejos heurísticos para obtener un excelente platillo y aumentar nuestra probabilidad de éxito al investigar.

Lo primero que nos sugiere Bunge, y quizá lo más importante, es minimizar la vaguedad de los conceptos, es decir, formular nuestro problema con claridad. Implica tener símbolos adecuados, tan sencillos y sugestivos como sea posible, y evitar formas lógicas defectuosas. Identificar las premisas y las incógnitas involucradas también resulta pertinente; nos ayuda a desarrollar por completo el enunciado del problema. Es fundamental hacer explícitos los supuestos relevantes que puedan influir en la solución. Por otro lado, debemos situar el problema dentro de un contexto adecuado (ya sea estratégico, empírico, conceptual, etc.) y elegir el método más apropiado para resolverlo. También evaluar con anticipación los métodos disponibles y sus posibles ventajas.

Otras recomendaciones serían simplificar el problema mediante la eliminación de información redundante. Dividir el problema en subproblemas más manejables y planificar una estrategia ordenada son pasos esenciales para su resolución efectiva. También buscar problemas similares resueltos puede darnos perspectivas útiles, al igual que transformar o adaptar el problema a uno más tratable dentro del mismo campo u otro afín. Por último, controlar la solución asegura su corrección, al ajustar supuestos si es necesario y mejorar la precisión mediante la repetición del proceso y la exploración de nuevas técnicas.

La ciencia, un sello de calidad

Aunque un platillo puede llegar a una fase de estandarización donde fácilmente se logre a través de una receta, en su mayoría, son producto de años y años de tradición, así como de particularidades históricas y geográficas. La ciencia, al igual que la cocina, se da en una matriz social y cultural. La manera en la que las personas crean platillos o hacen ciencia puede variar muchísimo: los ingredientes o instrumentos, su preparación, presentación, etc. Ya sea por serendipia, siguiendo pasos o explotando la creatividad, lo que caracteriza la ciencia no es tanto su manera de crearla, sino su calidad.

La ciencia varía mucho en sus disciplinas. No sólo tienen objetos de estudios distintos. Sus métodos de obtención de datos y verificación pueden variar muchísimo. ¿En qué se parece un economista que estudia el comportamiento de los consumidores a un astrónomo que estudia el pasado de las estrellas? Lo que los convierte en científicos no es qué ni cómo lo estudian sino la calidad del conocimiento que generan.

Los platillos son tan variados como los gustos y las personas que los hacen. Pero, si queremos un platillo de calidad, habrá que cumplir ciertas normas. Lo mismo pasa con el conocimiento científico que debe cumplir con ciertos requisitos mínimos como ser racional y objetivo, tener capacidad explicativa y predictiva, ser provisional y universal, así como consistente, riguroso y comunicable. Aunque existan otras maneras de crear u obtener conocimiento, el científico es el único que logra esta particular sazón.

La ciencia no cuenta con recetas infalibles que nos dicten cómo obtener conocimiento. Tampoco nos asegura que este conocimiento sea “bueno”, agradable o siquiera verdadero, así como ningún platillo tiene la garantía de saber rico. La ciencia sólo nos provee de herramientas para procurar conocimiento objetivo, verificable y perfectible. Podríamos ver a los científicos más como inspectores de control de calidad que como cocineros. No importa cómo se obtenga un alimento o elabore un platillo (o la ciencia) o qué ingredientes tenga, mientras cumpla con los estándares de calidad, bienvenido sea. Bon appétit.

 

Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia.

Bibliografía

Bunge, M., La ciencia. Su método y su filosofía, Sudamericana, 1997

Bunge, M., La investigación científica: su estrategia y su filosofía, Siglo XXI, 2000

Bunge, M., Diccionario de filosofía, Siglo XXI, 2001

Pérez-Tamayo, R., Serendipia: ensayos sobre ciencia, medicina y otros sueños. Siglo XXI, 1980

Roberts, R. M., Serendipia: descubrimientos accidentales en la ciencia, Alianza, 1992

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Publicado en: Métodos

Un comentario en “Los científicos, de cocineros a inspectores de calidad

  1. Es tan cuadrada y perjudicial la manera de explicar el «método científico» en nuestras universidades que mejor sería eliminarla de los planes de estudio. Pero es peor constatar que los profesores e investigadores se lo creen y siguen a pie juntillas. La forma más nociva de ese libreto para abordar la naturaleza es el uso y abuso de la estadística. La tienen endiosada. La usan como piedra de toque. Antes de observar a la naturaleza ya están viendo por donde le clavan la estadística multivariada. Muchos ya no distinguen entre estadística y ciencia. Pero así se obtienen «datos» con los que se escriben «papers» y se tiene «productividad» y «membresía» en el SNII.

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