Los grandes árboles del mar

Ilustración: Oliver Flores

No tienen ramas, hojas verdes ni raíces. Tampoco un tallo, tronco o una corteza. Lo que sí poseen son vértebras, pulmones y una aleta dorsal. Algunas tienen dientes y otras, cerdas. Recorren el mundo viajando unos cinco mil kilómetros para alimentarse o reproducirse y las hay de diferentes tamaños. Hay unas de quince metros de largo, pero existen otras que llegan hasta los treinta. Y aunque no lo parezca, es posible que las ballenas tengan más en común con los árboles de lo que parece.

En las selvas y bosques, los árboles contribuyen a la regulación de diferentes procesos hídricos como la captación de las precipitaciones: cuando la vegetación es muy densa, sólo una parte del agua de lluvia consigue llegar al suelo; otra es interceptada por las plantas, y el resto se evapora. De hecho, el que existan árboles en un área determinada es fundamental para evitar la desecación en esa zona, la presencia de un solo árbol es capaz de modificar la temperatura debajo de su copa, llegando a reducirla un grado centígrado con respecto a la que hay fuera de ella. De esta manera, se altera el microclima que puede albergar debajo de su sombra. Esto permite que el agua de lluvia que interceptan y la que escurre debajo suyo no se evapore, aumentando la humedad a su alrededor.

Pero esto es sólo algo de lo que sucede con las estructuras que alcanzamos a ver de los árboles, debajo del suelo ocurren otros procesos que también transforman su ambiente.

Las raíces son el soporte de la mayoría de las plantas. Les permite sujetarse al suelo y adquirir el agua que ahí se deposita, así como nutrientes que les ayudan a realizar sus actividades vitales. Pero eso no es todo lo que hacen. Muchas veces, las raíces son más grandes que la copa de los árboles, pues ocupan un área que se expande varios metros de forma horizontal, creando una malla que aglutina la tierra a su alrededor. Absorben el exceso de agua, que de otra manera podría provocar que el terreno se debilite y se desprenda; el hecho de que se mantenga unido a las raíces impide que diferentes elementos nutritivos que lo conforman se pierdan por erosión. Mientras más raíces haya, mejor protegido estará cualquier suelo.

No cabe duda de que una de las contribuciones más importantes que hacen los árboles al ecosistema está relacionada con la aportación de nutrientes. El follaje es responsable de ello. Todas esas hojas que visten de verde las copas de los árboles se caen en algún momento, se trate de árboles caducifolios (aquellos que pierden todas sus hojas en alguna temporada del año) o de árboles perennifolios (los que conservan sus hojas durante todo el año). Así como uno muda de piel y de cabello (no por nada encontramos tantas pelusas y polvo en casa aún después de haber barrido hace unas horas), los árboles mudan de hojas y ramas. Esto promueve que, debajo de ellos, el suelo sea más rico en nutrientes, en tanto que esas hojas y ramas contienen cantidades importantes de carbono, calcio, potasio, magnesio y azufre, elementos indispensables para su salud. Es por eso que la tierra más buscada para poder llenar las macetas y jardines domésticos suelen provenir de los bosques más cercanos a las ciudades.

Como ya mencionamos, esto es lo que pasa en ecosistemas terrestres. Pero si en el mar no hay árboles, ¿qué sucede ahí?

Los organismos de la especie Balaenoptera musculus (ballena azul) y Balaenoptera physalus (ballena alada o rorcual) son los seres vivos más grandes del planeta en la actualidad, ya que llegan a alcanzar entre los veinte y treinta metros de largo y pesar más de cien toneladas; pertenecen a la familia de los misticetos, es decir, ballenas con dientes en forma de cerdas o cepillos. Ahora, imaginemos los beneficios que brindan los árboles dentro de los bosques, pero agregando el factor del movimiento —recordemos que las ballenas se mueven a través de grandes distancias—. Sería como si fueran asimilando los nutrientes que hay en el bosque mientras que, con las hojas y ramas que se le desprenden, fertilizaran todo a su paso. Lo mismo ocurre con las ballenas.

En los ecosistemas terrestres, los bosques tienen un papel crucial en el flujo de materia y energía; de hecho, son conocidos como los principales sumideros de carbono dentro de los ecosistemas terrestres. Las plantas son los organismos que mejor transforman las moléculas de dióxido de carbono en azúcares y otros compuestos, y las incorporan a su cuerpo. Al ser ingeridas las hojas y otros órganos vegetales, una porción de ese carbono fluirá a otros seres vivos, pero otra parte importante quedará almacenada en el cuerpo de los árboles. Actualmente, se estima que el carbono retenido en los sistemas vegetales ronda las 2400 gigatoneladas (Gt), mientras que las emisiones netas de carbono por la humanidad rondan las seis Gt cada año.

El mar absorbe cerca del 22 % de las emisiones de carbono hechas por nuestra sociedad, e históricamente ha sido un importante reservorio de carbono. Es posible que el petróleo y otros hidrocarburos, de los que dependemos en la actualidad, se hayan formado gracias a la acumulación de sedimentos de restos de microorganismos, como algas, protistas y pequeños crustáceos, que habitaron hace más de 250 millones de años, en la Era Mesozoica. Como he adelantado, hoy en día existen otros seres inmensos que acumulan el carbono por la asimilación de microorganismos marinos: las ballenas.

En las aguas oceánicas se concentra la mayor cantidad de biomasa en el planeta. Además, aunque sea menos evidente que en tierra firme o en regiones como los arrecifes de coral, las migraciones más grandes de animales, tanto en términos de abundancia como de biomasa, también suceden mar adentro. Dichas migraciones ocurren a través de la columna de agua, es decir, de manera vertical, en las zonas mesopelágicas (de entre doscientos metros a un kilómetro de profundidad), donde habitan la mayor cantidad de organismos marinos conocidos. Así como el traslado de los animales, el flujo de los ríos o el escurrimiento del agua en los suelos contribuyen al transporte de nutrientes en los ecosistemas terrestres, las migraciones a través de la columna de agua en el océano representan la forma principal de transporte de carbono y nitrógeno. Sin embargo, si sólo fuera de esta manera, los nutrientes estarían dispersos en el agua, puesto que los microorganismos se distribuyen de manera amplia por las aguas del mar. Es ahí donde aparecen los grandes cetáceos.

El gran tamaño de estos seres es, en parte, el resultado de su gran eficiencia energética y de su alimentación, ya que su presa principal son las toneladas de microorganismos marinos que se encuentran nadando. Es decir, estas ballenas se alimentan del principal sumidero de carbono del planeta y como resultado, son el mayor acervo viviente que existe de ese elemento.

En vida terrestre, los árboles de los bosques son grandes depósitos de carbono porque pueden alcanzar grandes tamaños como parte de su estructura. Esto también sucede porque suelen ser organismos longevos, puesto que viven de entre treinta a más de cien años, lo que les permite acumular y formar parte del tránsito de nutrientes en los ecosistemas durante mucho tiempo. Con las ballenas ocurre algo muy similar. Dado que son inmensas, ingieren una cantidad enorme de carbono y lo almacenan mucho mejor que los organismos pequeños, además de que producen un gran volumen de desechos. Entonces, no sólo asimilan el carbono, sino que con sus excrementos —hasta doscientos litros en cada evacuación— fertilizan las aguas con fósforo, nitrógeno y metales como el hierro; así, alimentan a millones de microorganismos que representan los primeros eslabones dentro de las redes alimenticias en el océano.

Este transporte de nutrientes alrededor del mundo no solo construye y reestructura redes alimenticias sino que tiene un impacto en la productividad del ecosistema —es decir, la cantidad de organismos que hay—, así como en su equilibrio. En zonas en las que la cacería ilegal por parte de países como Japón redujo las poblaciones de ballenas, el flujo de carbono a lo largo de toda la columna de agua se ha alterado. Esto provoca la extinción de organismos que suelen alimentarse de los cadáveres de cetáceos que se depositan en el fondo del mar, lo que altera el resto de la red alimenticia y afecta a especies de las que incluso nosotros nos aprovechamos. Además, la reducción en la cantidad de las ballenas azules en el océano austral ha tenido como consecuencia una producción de biomasa mucho menor de la que había antes de que la industria ballenera se estableciera en la región.

Por esta razón, conservar a las ballenas tiene un impacto en el océano similar al de conservar los bosques en los ecosistemas terrestres. Significa mantener el flujo de energía en el planeta, conservar el equilibrio y la resiliencia de la naturaleza. Pero sobre todo, de conservar la vida misma.

Victor Alí Mancilla Gaytán
Biólogo y entusiasta de los datos curiosos

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Publicado en: Elementos