Imagina que después de unas merecidas y largas vacaciones, un día cualquiera, recibes el siguiente correo de tu mejor amigo/a:
Querido/a [nombre del amigo/a],
Me alegra que estés de regreso. Te echo mucho de menos. Espero que el cambio de horario no te cobre caro la factura y pronto te acostumbres, otra vez, a estas tierras. Pronto nos vemos y vamos por esos tacos que seguro extrañas. Sé que te alegra leerme y estoy convencido/a que difícilmente te preguntarás si esta carta la escribí yo. Parecería obvio: se envió desde mi cuenta de correo. Aparte, reconoces mi forma de escribir, lo que digo, y —aunque sobrevive uno que otro como pieza viviente de museo— la gente ya no suele recurrir a evangelistas. Sí, esos antiguos escribanos que, a encomienda de analfabetos o faltos de talento, escribían en la plaza pública desde documentos oficiales y parroquiales hasta cartas de enamorados.
¿Me creerías si te digo que esta carta la escribió una computadora y no yo? Pero, no me refiero a como hasta hace poco, cotidianamente, escribíamos con ayuda de máquinas (o sea que, a través de un teclado, un procesador y un monitor escribíamos lo que pensamos o sentimos). Me refiero a que todo esto lo hizo una máquina: el contenido, el tono, el orden y cada una de las palabras que estás leyendo… Con un par de instrucciones extra, yo sólo le pedí: “Escribe una carta para mi amigo”. Más difícil de creerlo sería poder comprobar si estas palabras y oraciones son producto directo de mis sentimientos e ingenio o, en efecto, se trata de una mera respuesta de un avanzado algoritmo. Hasta hace unos años o meses, muchos dirían que no, que un ordenador no puede ejecutar tan común y, a la vez, compleja tarea de escribir por sí misma una carta con un tono tan personal.

No te preocupes. Distinguir, hoy en día, si se trata de un humano o una máquina se ha vuelto complicado, casi tanto como determinar si las computadoras pueden pensar. Saber si una máquina posee inteligencia es una pregunta que sigue sin respuesta satisfactoria y lleva rondando en la cabeza de científicos y filósofos desde los albores de la informática. El gran matemático Alan Turing (sí, el protagonista de la película Código Enigma) planteó un experimento mental para saber cuándo se pueden atribuir pensamientos o inteligencia a una máquina: la famosa Prueba de Turing. Para saber si un computador es “inteligente”, según el matemático, bastaba que sus respuestas de texto pudieran convencer (engañar) a una persona, haciendo creer que se trata de un humano y no una máquina. Actualmente, muchas computadoras pasan sin dificultad esta prueba. Por eso se habla de Inteligencia Artificial (IA o AI, las siglas en ingléspor Artificial Intelligence), la pesadilla hecha realidad del tecnofóbico fandom de Black Mirror. Como era de esperarse, este test ha tenido distintos detractores.
Dejando de lado los miedos distópicos de algunos, la idea de que las máquinas pueden pensar o ser inteligentes es, desde luego, objetable en varios sentidos. Por un lado, está el problema del concepto mismo de inteligencia que, hasta el momento, es poco claro y que Turing optó por soslayar. Por otro lado, está el hecho de que, aun desde una definición rudimentaria, es posible decir que algo o alguien posee cierta inteligencia sin que tenga comprensión o entendimiento propiamente dicho (sin mencionar estados más complejos, como la conciencia). Estos planteamientos llevaron al filósofo y lingüista John Searle a elaborar un experimento mental en respuesta al de Turing, llamado la habitación china. Según el filósofo, incluso con algo que sabemos posee inteligencia humana —un humano—, el ejecutar ciertos algoritmos no implica necesariamente comprender o entender, por ejemplo, un idioma.
Grosso modo, el experimento mental de Searle consiste en poner a un humano en una habitación y dictar una serie de instrucciones que le permitan elaborar palabras y oraciones coherentes y responder preguntas, pero sin aprender propiamente el idioma. Es decir, desde fuera de la habitación, sería indistinguible este humano de una máquina de Turing entrenada para “hablar” chino. Ambos podrían contestar, gracias a las instrucciones con las que fueron entrenados, pero ni la máquina ni el humano entenderían el chino, según el filósofo. Como anécdota, en 2015, el neozelandés Nigel Richards se proclamó campeón del mundo de Scrabble en francés sin comprender ni una sola palabra de este idioma. Le bastó con dedicar nueve semanas a memorizar todas las palabras del diccionario francófono. Como vemos, es posible que un humano ejecute ciertas tareas de lenguaje sin tener una comprensión del significado (semántica) o, en este caso, ni siquiera de la relación de palabras (sintáctica) ¡¿Qué esperar de un ordenador?!
Aunque pongamos en duda qué tanto o si son o no inteligentes las inteligencias artificiales (valga la redundancia), es indiscutible el alto desarrollo que éstas han tenido en los últimos años. Hace unos escasos meses, el mundo de la tecnología de la información (y sociedad en general, diría yo) convulsionó con la popularización de ChatGPT. Se trata de un chatbot con inteligencia artificial que utiliza un lenguaje desarrollado por OpenAI, una empresa fundada —nada más y nada menos— por colosos de la tecnología y los negocios como Elon Musk (famoso por proyectos como Tesla, SpaceX y Neuralink) y Sam Altman, y que también ha recibido financiamiento del mítico Bill Gates, fundador de Microsoft.
ChatGPT nos permite tener respuestas de manera casi instantánea de una inmensidad de instrucciones y con una precisión y coherencia aterradora, mucho mejor que la de muchos humanos (incluyéndome a mí, claro está). No sólo es capaz de contestar velozmente datos históricos, científicos o de la farándula. Si se le dictan órdenes de forma precisa, también puede dar respuesta a problemas matemáticos o prácticos, de forma bastante eficiente. Te puede dar recetas de cocina o hacer un programa de dieta personalizado, ayudarte a redactar un currículum, corregir tu ortografía y sintaxis, traducir textos a distintos idiomas o quizá escribir una carta personal como ésta. Incluso, es capaz de darte códigos de programación de distintos lenguajes o automatizar procedimientos de Excel.
Como todo, ChatGPT tiene sus limitaciones. La versión estándar no está alimentada con información actualizada de internet. Fue entrenado con datos de hasta septiembre de 2021; por ello sus respuestas se limitan a esta fecha. Si le preguntamos quién ganó el mundial del 2022, no sabrá la respuesta. Aparte, procura responder de la manera más objetiva e imparcial posible. Por lo que no te contesta cosas tipo: ¿quién es el mejor futbolista: Cristiano Ronaldo o Lionel Messi? (Aunque no lo diga, seguro sabe que Messi es el mejor.) Tampoco proporciona información ni procedimientos ilegales o aquellos que, de acuerdo a los programadores, no sean éticos. En fin, con bastantes mejoras, todo eso y mucho más es capaz de hacer esta IA.
La revolución que ha causado ChatGPT no sólo radica en su capacidad de respuesta, sino que es abierta al público (de ahí el nombre de la compañía: OpenAI). Ha sido tal su impacto, que es considerada por muchos (idea que comparto) como el invento más importante desde la llegada del internet. Sin embargo, era de esperarse que la avanzada tecnología de la IA despertara la alarma y pesimismo de muchos. Tanto así que, hace unos días, varios expertos, incluyendo al mismo Elon Musk y Steve Wozniak (cofundador de Apple), firmaron una carta en la que pidieron que se pausara por un tiempo el entrenamiento de las inteligencias artificiales, argumentando una potencial amenaza para la humanidad. Bill Gates, menos alarmista, dijo que detener el desarrollo de la Inteligencia Artificial no resolverá los retos que ésta implica y que es mejor centrarse en cómo usarla de mejor manera.
Sólo hasta cierto punto, creo yo, es comprensible la preocupación y pánico por el vertiginoso avance de la IA. Pienso que toda herramienta puede ser mal aplicada, pero es un problema de su uso y no algo propio de la tecnología. Lo cierto es que, para bien o para mal, la IA ha liberado al ser humano de ciertas labores. Aunque esto se traduce en menor esfuerzo y más tiempo de ocio para algunos, para muchos otros podría significar desempleo. Antes se creía que las máquinas primero iban a automatizar y desplazar a los humanos en la mayoría de los trabajos manuales y, por último, en las actividades creativas o intelectuales. Se creía que el arte sería el último reducto de la humanidad ante el avasallador progreso de las máquinas. Pues parece que nos equivocamos: como vemos, actualmente hay máquinas con AI capaces de elaborar cualquier tipo de texto o arte (ensayos, canciones, novelas, pinturas, etc.) a la velocidad de un clic y con mejores resultados que los de muchas personas.
Con todo esto, ¿todavía crees que esta carta está escrita completamente por una máquina?
PD: Si como yo te has entusiasmado con la AI y tu respuesta es afirmativa, lamento decepcionarte. Esta carta fue deliberadamente pensada y escrita artesanalmente por una humilde inteligencia humana.
Eduardo García Mondragón
Por la Facultad de Ciencias de la UNAM, es biólogo en formación y evolucionista por convicción. Le apasiona la filosofía de la mente y divulgar la ciencia.