Al hablar del sector de la nutrición, con frecuencia dirigimos nuestro enfoque hacia los alimentos que ingerimos y sus cualidades sensoriales. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre los cambios que se producen en el cuerpo y cómo se convierten en energía después de cada ingesta.
El azúcar: la fuente energética del organismo
Las células son como diminutos motores que requieren combustible para operar. Este combustible primordial son los azúcares, comúnmente denominados carbohidratos. Sin embargo, no todos los azúcares son equivalentes. Existen azúcares simples y complejos.
- Los simples proporcionan energía de manera rápida; estos se hallan en refrescos, golosinas o jugos de frutas. Tu organismo los absorbe con tal rapidez que aparecen en sangre de manera abrupta.
- Los complejos constituyen un depósito de energía de liberación gradual. Los encuentras en cereales, leguminosas o vegetales. El organismo requiere más tiempo para procesarlos y ellos ofrecen una fuente de energía constante.
Estos azúcares en sangre no entran a las células tan fácil, requieren una puerta de entrada.
Insulina: el mecanismo que facilita el acceso
La insulina es una hormona sintetizada por el páncreas y actúa como el «mecanismo» que permite la entrada de la glucosa en las células, donde puede ser utilizada como fuente de energía. Cada vez que se ingiere un alimento, las células beta del páncreas secretan insulina. Esta hormona estimula la entrada de glucosa a las células, donde se utiliza como fuente de energía, y también regula la producción de glucógeno y triglicéridos. También es necesaria para procesar las fuentes de alimentos y mantener los niveles de azúcar en sangre; la insulina producida de forma inadecuada puede provocar problemas de salud como la diabetes.
Problema del siglo: resistencia a la insulina
La resistencia a la insulina se manifiesta cuando las células dejan de responder a la señal de esta hormona. La glucosa, en lugar de ingresar a las células, permanece circulando en el torrente sanguíneo. Eso sucede con algunos tipos de células, como por ejemplo las del músculo, del tejido adiposo y del hígado, que no interactúan adecuadamente con esa hormona. Lo que implica que, aunque el páncreas sintetiza insulina, las células no son capaces de aprovechar la glucosa de forma efectiva.
Para contrarrestar esta situación, el páncreas realiza un esfuerzo adicional y produce más insulina, generando así un ciclo vicioso. Con el paso del tiempo, este desajuste puede dar lugar a enfermedades como la diabetes tipo 2, la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. ¿Qué factores provocan que el cuerpo no responda a la insulina? En este contexto, intervienen la herencia, la microbiota intestinal y, de manera sorprendente, el cerebro.
Genética y resistencia a la insulina: herencia que pesa, pero no condena
A pesar de que el estilo de vida es fundamental, la genética también desempeña un papel significativo. Algunas personas presentan una mayor predisposición a desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. Hasta la fecha se han identificado cientos de genes asociados a la resistencia a la insulina. Tal es el caso de los genes IRS1 (del inglés insulin receptor substrate 1), que interviene en la señalización de la insulina, y TCF7L2 (o transcription factor 7-like 2), asociado con la regulación de la glucosa. Las variantes en estos genes aumentan el riesgo de desarrollar diabetes. En términos más precisos y simples, existen individuos que nacen con cerraduras más «susceptibles», en las que la llave de la insulina puede fallar para darle acceso a la glucosa a las células con facilidad.
No obstante, poseer estos genes no implica un destino inevitable. Es análogo a heredar un motor más sensible: con un adecuado mantenimiento, puede perdurar toda la vida. Así, la genética puede predisponer, pero son los hábitos cotidianos los que activan o silencian esas vulnerabilidades. Por ello, el cuidado de la alimentación y el estilo de vida no es una recomendación general, sino un medio para “modular” esa predisposición genética.
La microbiota intestinal: un ejército invisible que decide tu metabolismo
En años recientes, la ciencia ha descubierto un factor inesperado relacionado con la resistencia a la insulina: la microbiota intestinal, ese conjunto de billones de bacterias que residen en el intestino. En condiciones normales, estos microorganismos, las bacterias, operan en armonía, facilitando la digestión, produciendo vitaminas y sosteniendo un sistema inmunológico robusto. Sin embargo, cuando dicho equilibrio se rompe –debido a una dieta deficiente en fibra y elevada en azúcares simples, productos ultraprocesados o grasas nocivas, uso de medicamentos, etcétera–, el impacto en la salud puede ser devastador.
Los individuos con resistencia a la insulina tienden a presentar cambios en su intestino, pues albergan más bacterias del grupo Firmicutes y una disminución de Bacteroidetes. Esta alteración, conocida también como disbiosis, favorece una extracción excesiva de energía de los alimentos y un aumento en el almacenamiento lipídico. Los cambios en el microbioma intestinal incrementan la permeabilidad intestinal, facilitando la entrada de partículas bacterianas conocidas como lipopolisacáridos (LPS) y su ingreso al torrente sanguíneo. Estos compuestos actúan como si fueran “toxinas”, ocasionando la activación del sistema inmunológico, lo que provoca una inflamación crónica. Tal inflamación se presenta como uno de los principales antagonistas de la insulina, porque interfiere con su señalización en órganos esenciales, como el hígado y el músculo.
Así, el microbioma intestinal que ha perdido su equilibrio no sólo afecta tu peso, sino que promueve la inflamación que deteriora la función de la insulina. La buena noticia es que la microbiota es adaptable. Una alimentación abundante en fibra, frutas, verduras, leguminosas y probióticos contribuye a restablecer ese equilibrio.

Resulta interesante que la insulina también desempeñe funciones cerebrales donde es capaz de regular el aprendizaje, la memoria y el estado emocional de los individuos. La resistencia a la insulina a nivel cerebral ocasiona disfunciones en las mitocondrias y en las neuronas dopaminérgicas, lo que genera una disminución en la motivación, dificultades con la memoria y un incremento en el riesgo de padecer trastornos como la ansiedad y la depresión. También se ha reportado una disminución de serotonina, un neurotransmisor fundamental para la regulación de nuestras emociones. Esto podría explicar por qué en individuos con resistencia a la insulina aumenta la depresión y se aprecia una menor resiliencia psicológica. Algunos académicos incluso han comenzado a denominar a este fenómeno “diabetes tipo 3”, debido a su íntima conexión con enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
Es interesante observar que ciertos fármacos serotoninérgicos, como la fluoxetina, y demás inhibidores de la recaptación de serotonina pueden influir en la sensibilidad a la insulina en la periferia, estableciendo un vínculo complicado entre el metabolismo y la salud mental, del cual se sabe muy poco. Esto refuerza la idea de que el cuerpo y la mente no están disociados: la resistencia a la insulina actúa como un vínculo que los une de manera estrecha.
El papel del estilo de vida: cómo tomar mejores decisiones
Aunque la genética, la microbiota y el sistema nervioso tienen un impacto en la resistencia a la insulina, gran parte del control recae en nuestras acciones. La manera en que alimentamos nuestro cuerpo, nos ejercitamos, descansamos y gestionamos el estrés puede generar una diferencia significativa.
Optar por ingerir carbohidratos complejos en lugar de azúcares simples no sólo proporciona una energía más constante, sino que también resguarda al páncreas y favorece la microbiota intestinal. Mantenerse activo, ya sea a través de caminatas o pequeños movimientos diarios, contribuye a que los músculos utilicen la glucosa de manera más eficiente y optimicen la acción de la insulina. Dormir lo adecuado permite al organismo equilibrar hormonas y disminuir la inflamación, mientras que aprender a gestionar el estrés evita que el metabolismo se vea atrapado en un estado continuo de alerta.
En conjunto, estas prácticas diarias funcionan como una barrera de resguardo: sutiles acciones que, ejecutadas día tras día, permiten que la insulina opere como la clave ideal que accede a nuestras células.
Una mirada global: cifras que invitan a reflexionar
La diabetes tipo 2 afecta en la actualidad a más de 500 millones de individuos en el mundo, y se prevé que para el año 2050 esta cifra podría sobrepasar los 1 300 millones, de acuerdo con la Federación Internacional de Diabetes. En México, alrededor de 12 millones de adultos están diagnosticados con esta enfermedad y una proporción considerable de ellos puede ignorar que padecen resistencia a la insulina.
Estas alarmantes cifras demuestran que no se trata de un problema aislado, sino de un reto de salud pública que integra a la ciencia, la cultura alimentaria, el estilo de vida contemporáneo y las políticas en salud locales.
Una orquesta en equilibrio
La relación entre los azúcares y la insulina va más allá del simple recuento de calorías; se trata de una gran red intrincada y además entrelazada en la que intervienen genes heredados, microorganismos intestinales imperceptibles y conexiones neuronales que incluso también afectan nuestras emociones.
En este contexto, la genética puede favorecer y, entonces, la microbiota puede inclinar la balanza y el cerebro puede experimentar el impacto. Así que cada elección cotidiana —desde el alimento que seleccionamos hasta cómo descansamos o gestionamos el estrés— puede mantener en equilibrio esta sinfonía biológica.
Seleccionar de manera consciente lo que ingieres, aumentar tu actividad física, optimizar la calidad de tu descanso así como promover tu bienestar mental, no se deben limitar a simples sugerencias. Estas son estrategias imprescindibles para asegurar que la función de la insulina sea eficiente y, así, la organización interna de tu organismo se mantenga con la capacidad de sostener la vida con vigor y equilibrio.
Comprender esta historia subraya que la salud no es un objetivo fijo, sino que está influenciada por decisiones individuales cotidianas. Y entonces, cada día, con cada bocado y cada práctica benéfica, tenemos la oportunidad de redactar una versión diferente y más saludable de nosotros mismos.
Laura del Bosque Plata
Laboratorio de Nutrigenética y Nutrigenómica del Instituto Nacional de Medicina Genómica. Estudia los mecanismos moleculares de diversas enfermedades crónicas
Vanessa González Covarrubias
Laboratorio de Farmacogenómica del Instituto Nacional de Medicina Genómica. Estudia los mecanismos moleculares de diversas enfermedades crónicas
Sharon Noelani Hernández Heredia
Estudió la Licenciatura en Químico Farmacéutico Biotecnólogo en la Universidad del Valle de México